1. Consejo
Ahriel no recordaba
cuánto tiempo había pasado desde la última
vez que sus ojos habían contemplado las blancas torres de
Aleian, la Ciudad de las Nubes.
El hogar de los ángeles.
Aleian era pura, inmaculada y liviana como las alas de sus habitantes.
Sus edificios, altos y esbeltos, parecían desafiar las leyes
de la gravedad. Sus amplias calles, pavimentadas con bloques de
mármol de la más perfecta blancura, desembocaban en
anchas escalinatas, en plazas presididas por fuentes de aguas tintineantes,
en pórticos sostenidos por elegantes columnas. Todo en Aleian
invitaba a la calma y al sosiego, pues la Ciudad de las Nubes era
para los ángeles mucho más que una urbe. Era el refugio
con el que todos soñaban cuando se hallaban lejos, el lugar
de reposo tras un largo vuelo, el santuario inviolable que los humanos
jamás lograrían corromper.
Porque Aleian era un sueño inalcanzable para todos aquellos
incapaces de desplegar las alas y volar hasta él.
Pese a llamarse «la Ciudad de las Nubes», Aleian no
era en realidad tan ligera ni se había levantado sobre una
pradera de cúmulos. Los ángeles la habían erigido
en tiempos remotos en la más alta cima de la cordillera más
inaccesible del mundo conocido. De hecho, Aleian se hallaba a tanta
altura que el manto de nubes se extendía muy por debajo de
ella. Por esta razón, todo cuanto podía contemplarse
desde sus balcones y azoteas era un mar de niebla y nubes hasta
donde alcanzaba la vista. Y la mirada de los ángeles llegaba
muy, muy lejos.
«Pero no ven el mundo en realidad», pensó Ahriel,
mientras recorría la concurrida avenida principal, la que
llevaba a la sede del Consejo Angélico. «Seguros en
lo alto de su montaña, los ángeles se creen los reyes
del mundo; piensan que lo dominan todo y que nada puede escapar
a su aguda mirada. Pero las nubes les impiden contemplar lo que
sucede a ras de suelo. Estamos demasiado lejos como para verlo.»
Probablemente, era el primer ángel que pensaba así
en muchas generaciones; pero, si era consciente de ello, no le concedía
importancia.
Llegó por fin a su destino, un enorme edificio sostenido
por blancas columnas. Bajo el arco de entrada, dos imponentes ángeles
armados con lanzas custodiaban la entrada.
No había nada que temer en realidad. En muchos siglos, nadie
había tratado de atentar contra la sede del Consejo Angélico
ni contra ninguno de sus miembros. Los únicos que podían
alcanzar Aleian eran los propios ángeles, y el Consejo no
tenía nada que temer de los suyos. Pero los ángeles
guardianes seguían allí, quizá para subrayar
la importancia del lugar, o tal vez como reliquia de un tiempo pasado
en el que otras criaturas habían amenazado la paz de la ciudad.
Ahriel no lo sabía, pero tampoco la preocupaba. Se detuvo
al pie de la escalinata y los contempló, dubitativa.
Ellos la miraron con desconfianza. Probablemente, jamás habían
recibido así a ningún ángel, pero Ahriel era
diferente. Incluso aunque la historia de su fracaso en la educación
de su protegida no hubiese llegado a los oídos de los guardias,
era evidente que la recién llegada había pasado por
algún tipo de experiencia difícil de imaginar bajo
la clara luz de Aleian. Sus alas no presentaban la albura nívea
que caracterizaba a las de los demás ángeles, sino
que eran de un blanco sucio, desvaído; y, en lugar de alzarse
con gracia y orgullo, parecían caídas, dañadas,
tal vez, con una herida que jamás sanaría. Sus movimientos,
pese a que aún no habían perdido la gracia angélica,
eran mucho más bruscos y enérgicos de lo que sería
deseable; casi, casi, más propios de una humana habituada
a caminar que de una criatura alada que podía elevarse por
encima de las nubes. Su gesto, duro, incluso hosco, contrastaba
con los semblantes serenos, casi marmóreos, de los guardias.
Y sus ojos…
…Sus ojos, desde luego, sugerían cualquier cosa en
lugar de la paz espiritual que debería haberse adivinado
en ellos.
Por primera vez en su largo servicio como guardianes del Consejo,
los ángeles cruzaron sus lanzas, los dos a una, cerrando
el paso a un visitante.
–¿Quién eres? –demandó uno de ellos.
Ahriel subió un escalón, pero se detuvo allí.
Alzó la cabeza con orgullo y respondió:
–Me llamo Ahriel. Se me ha concedido una audiencia ante el
Consejo Angélico.
Los ángeles cruzaron una mirada. Debían de saber que
ella tenía permiso para entrar, que la estaban aguardando.
Quizá no habían oído los rumores sobre Ahriel
y su extraña historia. Quizá, simplemente, era su
aspecto, o su mirada, lo que les hacía desconfiar.
Fuera como fuese, aún tardaron un par de segundos en retirar
las lanzas e invitarla a entrar.
–Puedes pasar –declaró el segundo ángel.
–Gracias –respondió ella con sencillez.
Se recogió el borde de la túnica con la punta de los
dedos y subió el tramo de escalinata que le quedaba. Los
ángeles no la miraron, ni siquiera de reojo, cuando pasó
entre ellos; pero ella pudo percibir su recelo y su inquietud.
Entró en el recibidor; allí no la esperaba nadie,
por lo que avanzó por el largo corredor abovedado que conducía
a la Sala del Consejo. Lo recorrió con aparente calma, pero
su corazón latía con tanta fuerza que estaba segura
de que allá fuera, en la entrada, los ángeles guardianes
serían capaces de escucharlo. No la preocupó.
No le importaba que su corazón se acelerara. La primera vez
que eso había sucedido, un joven de sonrisa pícara
había sido el culpable; y, aunque entonces ella ya era adulta,
había sentido que volvía a nacer, o quizá,
que en aquel instante comenzaba a vivir de verdad.
Pero aquello había ocurrido mucho tiempo atrás. ¿Cuánto,
en realidad? Para ella, encerrada en la mágica prisión
de Gorlian, habían sido años, tal vez décadas.
Para el resto del mundo, apenas habían transcurrido varios
meses desde aquel fatídico día en que la reina Marla
la había traicionado.
Ahora, Marla estaba peor que muerta, y Gorlian había desaparecido
con ella. Y, sin embargo, el corazón de Ahriel no había
perdido la capacidad de palpitar con fuerza, en respuesta a sus
emociones más intensas.
No se avergonzaba de ello. Ya no.
Por fin, sus pasos la condujeron hasta la Gran Sala del Consejo.
Alzó la cabeza involuntariamente para contemplar la inmensa
cúpula que la cubría, en la que se abría un
tragaluz que arrojaba un haz de claridad sobre las blancas baldosas
de mármol.
Pero se obligó a sí misma a mirar al frente, porque
ellos la estaban observando.
Eran ocho.
Habían sido elegidos directamente por sus predecesores mucho
tiempo atrás, en función de su sabiduría y
su experiencia. Llevaban muchos siglos dirigiendo los destinos de
Aleian y de toda la raza angélica. Su miembro más
joven ocupaba aquel asiento desde hacía no menos de ciento
cincuenta años. Lo cual, en realidad, no era mucho para un
ángel.
Vestían túnicas blancas, como la mayor parte de los
habitantes de Aleian, pero lo que los diferenciaba de los demás
era el cinto dorado que sólo los Consejeros portaban; en
él se podía leer un símbolo que todos los ángeles
reconocían, y que hacía referencia a su rango.
Los ocho estudiaron a Ahriel con atención, evaluándola.
Ella alzó la cabeza, irguió las alas y dijo solamente:
–Saludos.
La presidenta del Consejo, un ángel llamado Lekaiel, clavó
sus ojos violáceos en ella.
–Saludos, Ahriel –respondió.
Su voz era vibrante y profunda, como el tañido de una campana.
Ahriel se descubrió a sí misma admirando la delicada
elegancia de su cuello de cisne, su aristocrático porte,
sus blancos cabellos, recogidos en una trenza enrollada en torno
a su cabeza. Todo en ella transmitía serenidad y sabiduría.
Y la recién llegada añoró los tiempos en que,
si bien no habría podido tampoco compararse con Lekaiel,
sí irradiaba una cierta aura de dignidad que el fango de
Gorlian se había tragado, quizá para siempre.
–Solicitaste audiencia ante el Consejo Angélico –prosiguió
Lekaiel–, y se te ha concedido. ¿Qué deseas?
¿Tal vez has regresado a Aleian para exponer ante nosotros
tu versión acerca de lo que sucedió en Karish?
No era una historia que Ahriel tuviese ganas de rememorar, por lo
que se encogió de hombros –un gesto que algunos de
los presentes contemplaron con reprobación– y respondió:
–No hay mucho que contar. La reina Marla me mintió,
me engañó y me traicionó. Con la ayuda de una
secta iniciada en la magia negra creó una prisión
de pesadilla en la que no solamente encerraba a los criminales,
sino también a todo el que la estorbaba en sus planes de
expansión imperialista. Descubrí su juego y me condenó
a una vida penosa en Gorlian, pero logré escapar y acabé
con ella. Y eso es todo.
–¡Pero era tu protegida! –le reprochó otro
de los miembros del Consejo, un ángel severo y circunspecto
llamado Radiel.
–Lo sé –se limitó a contestar Ahriel,
y dejó que los ángeles sacasen sus propias conclusiones
al respecto.
–¿No tienes nada más que añadir acerca
de Marla? –preguntó la presidenta.
–No, Lekaiel.
–Entonces, ¿no has venido a pedir perdón al
Consejo por haber fallado?
–Lo hice lo mejor que supe –replicó Ahriel–.
Seguí el código en todo momento, y actué de
buena fe. Si todo lo que sucedió fue culpa mía, y
no de Marla, entonces ya he pagado por mi error entre los muros
de Gorlian.
Hubo un murmullo que Lekaiel acalló con una sola mirada.
–Karish ya está en paz –prosiguió Ahriel–.
Los karishanos han elegido rey al duque Bargod, hermano del difunto
rey Briand, el padre de Marla. Es un hombre justo; vivía
retirado en su castillo de las montañas, pero ha regresado
para reorganizar el reino tras la desaparición de su sobrina.
Puede que no viva mucho tiempo, pues su salud es delicada, pero
se encargará de nombrar un sucesor adecuado. Confío
plenamente en su criterio.
–¿Igual que confiabas en el criterio de Marla? –inquirió
Radiel, mordaz; pero Ahriel se limitó a devolverle una mirada
penetrante y se dirigió de nuevo a Lekaiel:
–A pesar de lo sucedido estos últimos meses, en la
actualidad el reino cuya custodia se me encomendó ya está
pacificado. Me encargué de ello personalmente antes de acudir
a presentarme ante el Consejo. Porque no he venido a hablar del
pasado ni a rendir cuentas de lo que ocurrió. Ya no se puede
volver atrás ni cambiar lo sucedido. No; si he solicitado
audiencia al Consejo se debe a otro motivo.
–¡Qué arrogante! –murmuró otro ángel,
alto y de rizado cabello castaño, de quien Ahriel sabía
poco más que su nombre: Adenael.
Lekaiel cerró un instante los ojos y volvió a abrirlos
casi enseguida. Ésa fue su única reacción.
–¿Cuál es la razón, pues, por la que
has solicitado audiencia? –quiso saber.
Ahriel irguió un poco más las alas y paseó
su mirada por todos los miembros del Consejo. Sus rostros permanecían
serenos, pero sus ojos denotaban cierta indignación.
Tan sólo uno de los ángeles se mostraba casi ausente,
como si aquello no le interesara lo más mínimo. Se
había recostado contra el respaldo de su asiento, de modo
que su rostro permanecía en sombras. Todos los ángeles
conocían la identidad de todos los Consejeros y, aunque Ahriel
no pudiera verle la cara en aquellos momentos, por eliminación
sabía que se trataba de Ubanaziel.
Y Ubanaziel tenía una reputación bastante interesante.
Ahriel sonrió para sus adentros. Había supuesto que
al miembro más peculiar del Consejo no le interesarían
los problemas políticos de un reino humano, aun cuando su
soberana hubiese amenazado con resucitar la magia negra en el mundo.
Sin embargo, lo que estaba a punto de revelar era una historia muy
distinta.
Tomó aliento y formuló su petición al Consejo
Angélico, con calma, con seguridad y sin aspavientos:
–Solicito permiso para abrir la puerta del infierno.
Sobrevino un incrédulo silencio. Los miembros del Consejo
permanecieron inmóviles como estatuas, como si la insólita
demanda de Ahriel hubiese detenido el tiempo. Pero uno de ellos
se inclinó hacia delante para observarla con atención.
Tal y como había previsto Ahriel, se trataba de Ubanaziel.
Ambos se midieron con la mirada. Ubanaziel era viejo, mucho más
viejo de lo que sugería su aspecto. Tenía la piel
del color del ébano y una larga melena negra que llevaba
recogida en multitud de pequeñas trenzas. Ahriel recordó
los tiempos en que ella, como muchos otros jóvenes ángeles,
había admirado a Ubanaziel hasta el punto de imitar su estilo
y su curioso peinado. Pero lo que confería al Consejero aquel
aura tan especial iba más allá de su aspecto. Tampoco
tenía que ver con la larga cicatriz que surcaba uno de sus
musculosos brazos, que llevaba siempre al aire, y cuya piel morena
resaltaba poderosamente junto al blanco de su túnica. Era
inevitable que aquella cicatriz llamase la atención, porque
ni las heridas más profundas eran capaces de dejar marcas
tan duraderas en la perfecta piel de los ángeles, maestros
en el arte de la sanación. Pero la que desfiguraba el brazo
de Ubanaziel no había desaparecido, y corría el rumor
de que el resto de su cuerpo también estaba marcado de forma
similar. Entre los ángeles había muchos que podían
enorgullecerse de ser fieros luchadores, pero ninguno de ellos exhibía
cicatrices de guerra. Se decía que las marcas de Ubanaziel
eran indelebles porque habían sido infligidas por la espada
de un demonio.
Ésa era la leyenda de Ubanaziel, el Guerrero de Ébano,
que ocupaba un asiento en el Consejo Angélico –aunque
él jamás buscó ese honor, ni parecía
especialmente contento con él– porque era el único
ángel que había visitado el infierno y había
vuelto para contarlo.
Y no eran las cicatrices, comprendió de pronto Ahriel, ni
su gesto severo, ni las historias que se contaban sobre él,
ni su peculiar personalidad, tan diferente de la de los demás
Consejeros; ni mucho menos, su peinado.
Eran sus ojos. En la mirada de Ubanaziel, Ahriel detectó
algo dolorosamente familiar: la huella que había dejado en
su alma un pasado lleno de sufrimiento. Ella sabía de qué
se trataba, pues había visto algo similar en los ojos de
los prisioneros de Gorlian, y tenía la sospecha de que ese
dolor se veía reflejado también en su propia mirada.
Nunca la había preocupado, ya que hacía ya tiempo
que sabía que ella no era un ángel como los demás,
que su paso por Gorlian la había cambiado para siempre. Porque
los ángeles no entendían de dolor, no conocían
el verdadero significado de la angustia y el sufrimiento, y, hasta
ese momento, Ahriel se había creído única y
especial por haberlo experimentado.
Pero los ojos de Ubanaziel también hablaban de ese conocimiento.
Se preguntó qué habría visto en el infierno,
y si las cicatrices de su cuerpo eran reflejo de las que laceraban
su alma.
Si no eran tan diferentes… si Ubanaziel era el único,
entre todos los Consejeros, y, probablemente, entre todos los ángeles,
capaz de comprender lo que Ahriel había sufrido en Gorlian…
tal vez apoyaría su petición ante el Consejo.
–¿Cómo has dicho? –preguntó entonces
Lekaiel, repuesta ya de la sorpresa–. Me temo que no te he
oído bien.
–La has escuchado perfectamente –gruñó
Ubanaziel, despegando los labios por primera vez–. Esta loca
pretende abrir la puerta del infierno.
Su voz era seca, dura, y desprovista del armonioso timbre angélico.
Ubanaziel tampoco había sido nunca muy diplomático;
decía las cosas tal cual las pensaba, y ello había
ocasionado problemas al Consejo en más de una ocasión.
Por fortuna para Lekaiel y los demás, había pocos
asuntos que mereciesen el interés del Guerrero de Ébano.
Sin embargo, estaba claro que sí tenía mucho que decir
acerca de aquella petición.
–Tenía la esperanza de que Ahriel no hubiese recapacitado
bien antes de hablar –replicó Lekaiel, con voz gélida–.
Porque, aunque yo no lo habría expresado en esos términos,
está claro que abrir la… puerta del infierno…
es…
–Un desatino –cortó Ubanaziel–. La respuesta
del Consejo es no, y no hay más que hablar.
Probablemente los otros ángeles estaban de acuerdo con él
en cuanto al fondo, pero Ahriel detectó que no les gustaba
que Ubanaziel hablara por todos ellos, y menos de forma tan rotunda.
Hubo murmullos, que Lekaiel acalló con un solo gesto.
–Dado que todos tenemos claro que resulta una medida tan…
excesiva… –matizó, todavía con frialdad–,
imagino que también Ahriel será consciente de lo inusual
de su petición… y tendrá algún motivo
para plantearla.
–Que está loca, por supuesto –dijo Ubanaziel,
irguiendo las alas y cruzando sus poderosos brazos ante el pecho–.
Ha vivido una experiencia que, es evidente, ha cambiado su forma
de ver el mundo, y ahora se cree con derecho a decidir lo que se
puede o no se puede hacer; piensa que, por el simple hecho de haber
sobrevivido a ese lugar, está preparada para enfrentarse
a todo lo que habita en el infierno. Está loca, sí
–añadió, frunciendo el ceño–. Pero,
además, es una loca arrogante.
Ahriel luchó por contener la ira que aquellas palabras provocaron
en su corazón. Estaba desencantada, ciertamente, porque no
era aquélla la respuesta que había esperado. Pero,
aunque sabía que seguía bien cuerda, no tenía
más remedio que reconocer que Ubanaziel la había calado
en todo lo demás. Y de qué manera.
–Aun así, debemos dejar que exponga sus razones –replicó
Lekaiel, recuperando el mando de la situación–. Ahriel,
¿por qué quieres abrir la puerta del infierno?
Ubanaziel sacudió la cabeza, en señal de desaprobación,
y las cuentas que adornaban sus trenzas tintinearon un breve instante.
Sin embargo, no volvió a interrumpir.
Ahriel inspiró hondo, replegó un poco las alas y respondió:
–Hace unos meses, detuve a la reina Marla cuando acababa de
invocar a un poderoso demonio al que llaman «el Devastador».
Logramos volver a cerrar la puerta al infierno que ella había
abierto. Yarael, el ángel guardián de la princesa
Kiara, hoy reina de Saria, murió en aquella batalla.
–Estábamos al tanto –asintió Lekaiel.
–Marla fue arrastrada al infierno, junto con el Devastador,
cuando la puerta se cerró de nuevo –prosiguió
Ahriel–. Me propongo cruzar la puerta para encontrarla.
Nuevo silencio. En esta ocasión, sin embargo, fue Radiel
quien lo rompió:
–Resulta conmovedor tu apego hacia tu protegida. Sin embargo…
–No me habéis entendido –cortó Ahriel,
sacudiendo su melena negra con energía–. No tengo la
menor intención de rescatarla. Si el infierno es un lugar
tan terrible como se cuenta, entonces es el lugar donde merece estar.
–¿Quieres decir…? –preguntó Radiel,
alzando una ceja.
Ahriel respiró hondo de nuevo.
–Ya os he hablado de Gorlian, la prisión mágica
que Marla creó. Allí no hay barrotes, ni celdas, ni
muros… pero no se puede escapar de ella. Es un territorio
en el que sólo hay un lodazal infecto, una cadena de montañas
y un desierto yermo… habitado no sólo por criminales
de todas las calañas, sino también por monstruos sanguinarios
generados por la más oscura de las magias. Todo ello, sin
embargo… está encerrado en una pequeña bola
de cristal.
–¿En una… bola de cristal, has dicho? –inquirió
Lekaiel, perpleja.
–Eso he dicho, Consejera. Comprenderéis, pues, que
la técnica mágica que llegó a dominar Marla
es bastante avanzada, teniendo en cuenta que se supone que la magia
negra lleva siglos extinta. Sin embargo, ella fue capaz de crear
ese… ese lugar inmundo, con ayuda de una secta cuyo origen
no llegué a desentrañar del todo. Actualmente, esa
esfera de cristal que contiene Gorlian, y a todos los seres humanos
que habitan en ella, se encuentra en paradero desconocido. Marla
se llevó consigo al infierno el secreto de su ubicación.
Podría estar todavía en su poder. Podría estar
en manos de esa secta de magos negros. Si se tratara de una prisión
en la que sólo hay criminales, tal vez no llegaría
a estos extremos… pero me consta que hay gente inocente encerrada
allí dentro. La propia reina de Saria fue una de sus víctimas
y podrá confirmar mis palabras. Si Gorlian está en
malas manos, nada nos asegura que no vayan a seguir introduciendo
prisioneros allí dentro de forma indiscriminada. La mayor
parte de la gente encerrada en Gorlian encuentra una muerte horrible
y brutal los primeros días. Los que sobreviven… terminan
convirtiéndose en seres bestiales y despiadados. Y lo peor
es que, dado que no existe ninguna posibilidad de escapar de allí,
sus descendientes también están condenados a una vida
de miseria en esa inmunda prisión…
–Pero tú escapaste –objetó Radiel.
–Sí –repuso Ahriel–. Es una larga historia.
–Sin embargo, si tú lograste escapar, otros podrán
hacerlo.
–No, Consejero, no podrán. A menos que tengan alas.
–Comprendo –murmuró Radiel, tras un breve silencio.
No era toda la verdad, pero, por el momento, bastaría. En
realidad, para escapar de Gorlian había que conocer el lugar
exacto donde se ubicaba la única entrada y salida, oculta
en una caverna en el pico más escarpado de la Cordillera.
Aun así, a Ahriel le habían inmovilizado las alas
al arrojarla a la prisión, y sólo había logrado
huir de ella porque a Marla se le había antojado, meses después
–años, según el tiempo distorsionado de Gorlian–,
que la necesitaba en el mundo exterior para invocar al Devastador.
Por ello había enviado a uno de sus agentes infiltrado en
un grupo, encabezado por la princesa Kiara, ahora soberana de Saria,
que tenía como objetivo rescatarla. Sin las indicaciones
del traidor –Ahriel se negaba incluso a evocar su nombre,
tal era la rabia que le producía su simple recuerdo–,
jamás habrían dado con la salida. «Y no llegué
a sospechar nada en ningún momento», se dijo, abatida.
«Estaba tan cegada por la sed de venganza que no me di cuenta
de cuáles eran sus intenciones hasta que fue demasiado tarde.»
Pero aquello era demasiado doloroso y personal como para que quisiera
compartirlo con el Consejo. Naturalmente, y aunque ningún
humano podría apreciarlo a simple vista, la ligera desviación
anormal que presentaban sus alas podía indicar a cualquier
ángel que había sufrido una lesión en ellas,
una lesión que podría haber afectado a su capacidad
de vuelo. Pero nadie le preguntaría al respecto. La idea
de que un ángel pudiese quedar encadenado a tierra resultaba
tan terrible que evitaban pensarlo siquiera.
No poder volar… era un castigo tan espantoso para un ángel,
tan atroz e inimaginable, que no valía la pena atormentarlos
relatándoles su experiencia. Por un breve instante disfrutó
con la visión de Lekaiel y Radiel transformando su expresión
marmórea en un gesto de horror, y jugueteó con la
idea de turbarlos relatándoles sus vivencias en Gorlian con
todo lujo de detalles. Pero sabía que no iba a hacerlo; como
Reina de la Ciénaga, había sido dura y despiadada,
pero todavía no era tan cruel. Se preguntó, sin embargo,
qué cara pondría Ubanaziel si se decidiera a contarlo.
Y se sorprendió cuando, al mirar al Consejero, descubrió
en sus ojos una mirada tan penetrante como si le hubiese leído
el pensamiento… una mirada muy parecida a la que lo había
visto dirigirle en su imaginación. Incómoda, se preguntó
si sólo él, de entre todos los ángeles, había
adivinado que, durante años, la habían privado de
la capacidad de volar.
Un ave con las alas rotas. Un espanto. Una criatura desgraciada
y miserable. Más que una humana, pero menos que un ángel.
Sí; ésa era otra de las cosas por las que Marla tendría
que rendirle cuentas cuando se reencontrasen, aunque fuera en el
corazón del infierno.
–He buscado esa bola de cristal en todos los lugares imaginables
–prosiguió–, para liberar a los inocentes que
permanecen encerrados en ella y destruir esa prisión para
siempre –no tuvo que imprimir convicción en sus palabras;
sus propios sentimientos al respecto se derramaban sobre ellas,
como un turbulento río de ira–. Pero no me queda más
remedio que admitir que, sin las indicaciones de Marla, es como
buscar una pluma en un vendaval. Necesito interrogarla al respecto.
Necesito arrancarle la verdad.
–Y por eso quieres ir al infierno a buscarla –murmuró
Lekaiel.
Ahriel asintió.
–Me siento responsable por toda esa gente. Estuve tan cerca
de ellos y no pude ayudarlos. Y luego los dejé atrás
al escapar. Mi misión en Karish no se habrá completado
hasta que no solucione el problema de Gorlian.
–Tu misión en Karish consistía en asegurarte
de que Marla se convirtiera en una gobernante recta y justa –replicó
Didanel, la más joven de los Consejeros, con ojos centelleantes.
–Lo sé; y por eso debo ser yo quien solucione los problemas
del reino que estaba a mi cargo. Además, no se trata sólo
de Gorlian. –Ahriel tomó aliento; si el argumento que
iba a proponerles a continuación no los convencía,
nada más podría hacerlo–. He buscado también
señales de la secta que corrompió a Marla, pero ocultan
bien sus huellas y no he sido capaz de localizarlos. Me propongo
interrogarla también al respecto. Creo que es importante
que demos con ellos y arranquemos el problema de raíz, antes
de que se hagan más poderosos y extiendan su negra mano por
otros reinos.
Los rostros de los Consejeros no variaron un ápice, pero
Ahriel detectó un brillo de alarma en sus ojos, y supo que
estaba ganando la partida.
–Y, si tan importante es, ¿por qué razón
deberías ser tú quien se ocupara de ello? –interrogó
Radiel.
–Porque ya he tratado con ellos y he visto su obra. Los conozco.
Y porque todo esto ha sucedido en Karish y es, por tanto, mi responsabilidad.
–Se le debe dar una oportunidad para enmendar su error –asintió
Lekaiel.
–¿Permitiéndole abrir la puerta del infierno?
–dijo Adenael.
–Si no existe otro modo…
–Existen muchos otros modos, Lekaiel. Por muy bien que se
hayan escondido esos humanos, tienen que haber dejado huellas en
alguna parte. Si dedicáramos más tiempo a investigar…
–¡Pero es que no tenemos más tiempo! –exclamó
Ahriel, y los Consejeros se volvieron hacia ella, sorprendidos y
molestos por su osadía–. No lo tenemos –repitió
ella, en voz más baja–. Los días en Gorlian
no transcurren a la misma velocidad que en el exterior. En este
rato que hemos estado hablando, sus prisioneros han sufrido su encierro
durante días, puede que semanas. Si nos demoramos más,
transcurrirán años, o incluso décadas, antes
de que los rescatemos. Muchos inocentes sufrirán y morirán
antes de que eso suceda.
–Pareces muy preocupada por la suerte de esos criminales –observó
Lekaiel.
–No todos son criminales –murmuró Ahriel–.
Pero, incluso aunque lo fueran, los niños engendrados y nacidos
en Gorlian no merecen ese destino. No tienen por qué pagar
por los errores de sus padres.
–Si los criminales contuvieran su lujuria, no nacerían
criaturas en ese lugar –gruñó Radiel.
–Estamos hablando de humanos –señaló Ahriel–.
Es demasiado pedir que sepan contener su lujuria.
Naturalmente, no añadió que las cosas eran mucho más
complejas, y que no se trataba de una simple cuestión de
lujuria. Ella lo sabía muy bien. Sin embargo, conocía
de sobra el concepto que los ángeles tenían de los
humanos, y que aceptarían como válido aquel argumento.
Los Consejeros comentaron el caso en voz baja hasta que Lekaiel
los hizo callar con un gesto.
–¿Has terminado ya de exponer todos los aspectos de
su petición, Ahriel? –preguntó.
–Sólo me queda insistir en una cosa –dijo ella–.
Recordad, por favor, que lo que esa secta ha logrado requiere el
dominio de magia negra muy avanzada. Que, igual que han seducido
a una reina protegida por los ángeles, podrían embaucar
a muchos humanos más. No sabemos hasta dónde ha llegado
su influencia, pero es necesario... es imprescindible –recalcó–
detenerlos antes de que sea demasiado tarde. Está en juego
el equilibrio del mundo. Recordadlo, Consejeros, antes de tomar
vuestra decisión.
Ahriel calló, dejando que sus palabras calaran en ellos.
Como no añadió nada más, Lekaiel dijo:
–Bien; Ahriel solicita abrir la puerta del infierno para encontrar
e interrogar a la reina Marla acerca de la suerte de esa prisión
tan terrible de la que nos ha hablado y, al mismo tiempo, averiguar
más cosas sobre esa secta que pretende resucitar la magia
negra. Debemos valorar si todos los riesgos potenciales de esa incursión
superan los beneficios que pueden derivarse de la misma o si, por
el contrario, la suerte de los humanos de Gorlian y la información
acerca de la secta no son asuntos que merezcan llevar a cabo una
acción tan peligrosa. Y ahora, Consejeros, pronunciémonos
sobre el particular.