I. Ordalía.
La muchacha había
sabido que estaba condenada mucho antes de que la sacaran del húmedo
y apestoso calabozo en que la habían confinado, mucho antes
de que la subieran, maniatada, al carro que recorrería las
calles de la ciudad hasta la plaza mayor, mucho antes de que la
amarraran al poste y encendieran la pira.
Lo había sabido al mirar a los ojos a los miembros del tribunal.
Ellos no habían pronunciado palabra, pero ella había
leído el odio, el miedo y el desprecio en su mirada.
Había pasado toda la noche pensando en ello, haciéndose
a la idea de que iba a morir y, por eso, cuando los guardias acudieron
a buscarla al amanecer, ella los recibió con orgullo y frialdad,
sin un ápice de miedo en su mirada. Era inocente, no había
hecho nada malo, y estaba siendo víctima de una injusticia.
Lo gritaría por el camino, lo gritaría sobre la carreta,
durante el vergonzoso paseo hasta la plaza, lo gritaría en
lo alto de la pira hasta que las llamas ahogaran su voz.
Sin embargo, no le resultó fácil encontrar valor para
proclamar su inocencia cuando el carro salió de la prisión
y la multitud la recibió con gritos, insultos, amenazas y
una lluvia de huevos y hortalizas.
Inspiró hondo mientras los tomates impactaban en su cuerpo:
—¡¡¡Soy inocente!!! —chilló,
pero no pudo añadir nada más; como si hubiese dicho
una blasfemia, la multitud rugió aún más y
le lanzaron más verduras.
La muchacha sintió que las lágrimas le abrasaban los
ojos, pero parpadeó varias veces para retenerlas; su orgullo
le impedía llorar ante aquellas personas hipócritas
que la habían querido y apreciado (o, al menos, habían
fingido que lo hacían, se dijo amargamente) hasta apenas
unos días antes.
Alzó la barbilla con valentía en medio de la lluvia
de hortalizas e insultos. Su pelo, rojo como el fuego, iluminado
por el sol naciente, parecía una ardiente corona en torno
a su semblante pálido, que, sin embargo, mostraba una mueca
de desprecio. “Gentuza”, pensó. Esquivó
un huevo. Lo único que lamentaba era que la privaran de una
muerte digna. Ser inmolada en la hoguera era bastante épico,
pero, en su opinión, los tomates sobraban.
Sacudió la cabeza, confundida, y por un momento asomó
a sus ojos un atisbo de miedo. “¿En qué estoy
pensando?”, se dijo, obligándose a sí misma
a recuperar algo de cordura. “¡Voy a morir, me van a
quemar en la hoguera!”. La perspectiva, vista con sensatez,
era aterradora, así que decidió que era mejor el orgullo,
y volvió a levantar la cabeza, bien alto.
No era fácil conservar la dignidad en tales circunstancias,
pero ella se las arregló bastante bien. Con todo, el paseo
se le hizo eterno, y casi agradeció que la subieran a lo
alto de la pira. Entonces, la multitud dejó de lanzarle cosas,
aunque no se callaron. “Que griten”, pensó, resentida.
“Que griten hasta destrozarse la garganta”.
Apenas oyó las palabras de rigor:
—Muchacha, aún puedes salvar tu alma. Confiesa tu pecado.
Ella esbozó una sonrisa escéptica.
—¿Pecado? —repitió.
—¡¡Bruja!! —chilló una mujer en primera
fila.
—Soy inocente —repuso la joven con calma.
—Si eres inocente, no tendrás nada que temer: el fuego
no podrá dañarte.
Ella dejó escapar una risa amarga.
—Si yo fuera una bruja, el fuego no podría dañarme
—rectificó—, y tampoco estaría aquí
ahora. Haría rato que habría salido volando sobre
mi escoba.
Los razonamientos no entraban en la lógica de aquel hombre.
—¿Confiesas tu pecado, hija mía? —insistió.
—Confieso, sí —dijo ella, y miró a su
alrededor—. ¡Confieso que os odio a todos, porque vais
a condenar a una chica inocente! ¡Ése es mi pecado!
Hubo un breve silencio, pero entonces, alguien gritó:
—¡Bruja!
Y todos corearon:
—¡Bruja! ¡Muerte a la bruja!
La chica vio la tea ardiendo acercarse a la paja de la pira.
—¡Soy inocente! —gritó—. ¡Y
mi muerte caerá sobre vuestras conciencias como una losa,
y os perseguirá eternamente!
—¡No! —gritó una vieja—. ¡Nos
ha echado una maldición!
La muchedumbre retrocedió unos pasos, murmurando aterrorizada.
La muchacha no pretendía lanzar una maldición (no
habría sabido cómo hacerlo), pero la gente había
tomado sus palabras por tal.
Los ejecutores no se entretuvieron más, y lanzaron la antorcha
ardiendo al montón de paja, que prendió rápidamente.
Entonces ellos se echaron hacia atrás, con una sonrisa de
alivio y satisfacción en sus labios.
—Cuidado, bruja —le advirtió el alguacil, antes
de recular él también.
Una llamarada se alzó súbitamente frente a la joven
condenada, que miró a su alrededor. El fuego la rodeaba y
se acercaba a ella inexorablemente. Cerró los ojos y respiró
hondo, pero el humo la hizo toser. El calor se hacía insoportable.
Abrió los ojos otra vez para mirar a la muchedumbre que contemplaba
el espectáculo de su ejecución, pero no eran más
que manchas borrosas tras las llamas.
Tosió de nuevo, sintiéndose desfallecer. El calor
abrasaba su piel, y el humo, sus pulmones.
—No… soy… una bruja… —musitó.
Le pareció de pronto que la gente dejaba de gritar y murmuraba,
pero no podía estar segura y, de todas formas, ahora ya daba
igual.
Alguien chilló:
—¡El diablo!
Y la chica abrió los ojos. Entre las llamas vio una alta
figura vestida de rojo que se movía con elegancia y seguridad.
Ella se dijo que su mente comenzaba a desvariar, sobre todo cuando
el desconocido subió a la pira como si nada, atravesó
el fuego y se colocó junto a ella, que apenas podía
respirar ya. Estaba desfallecida, pero, aun así, pudo preguntar
a aquel producto de su imaginación:
—¿Quién eres?
—Alguien que ha venido a rescatarte —dijo él,
sacando un cuchillo.
La chica lanzó una exclamación de miedo, pero el extraño
se limitó a inclinarse hacia ella para cortar sus ataduras.
La muchedumbre murmuraba aterrorizada sin atreverse a dar un paso
hacia ellos, pero la joven ya no les prestaba atención. Observó,
como en un sueño, cómo las llamas lamían los
pies de su salvador, sin llegar a prender en su túnica.
—Estoy muerta, ¿verdad?
El otro no respondió.
La gente gritaba ahora, señalándoles, pero seguían
sin acercarse a ellos. La muchacha sintió que las llamas
alcanzaban su vestido, sintió que mordían su piel,
y gritó de dolor.
El desconocido se inclinó un poco y pronunció una
palabra en un idioma extraño. Entonces las llamas del vestido
de la condenada se apagaron de súbito, y el fuego retrocedió
un tanto.
—Estoy muerta —repitió ella—, y tú
eres el diablo.
El tipo de rojo se rió. Su risa era cantarina y musical,
la muchacha lo captó con claridad, a pesar del crepitar de
las llamas, y se preguntó si el diablo podía reír
así. Alzó la cabeza para mirar al desconocido. Era
muy alto, y tenía el pelo de color de cobre.
—¿Has venido a llevarme contigo?
El desconocido acabó su trabajo. Las ataduras cayeron al
suelo. Estaba libre.
Su salvador se volvió hacia ella, y la chica vio que no era
un ser humano: tenía las orejas puntiagudas, los rasgos finos
y delicados y unos enormes ojos almendrados con pupilas que parecían
de cristal coloreado.
Él respondió por fin a la pregunta.
—Sí —dijo solamente.
Las llamas se alzaron más alto, y ella gritó:
—¡Pues sácame de aquí, sácame de
aquí!
Pero el extraño ser de la túnica roja simplemente
sonrió.
—Puedes salir tú sola.
—¿Qué estás diciendo? ¡Me abrasaré!
—No lo harás.
La chica lo miró dubitativamente.
—Confía en mí —dijo él.
Ella consideró que no tenía nada qué perder.
Alzó la cabeza y avanzó un paso, introduciéndose
en las llamas.
Cerró los ojos mientras sentía el fuego rodeando su
cuerpo, el humo abrasando sus pulmones…
Otro paso más.
Abrió los ojos y vio frente a sí a la multitud, que
ahora ya no tenía aliento para insultarla. La miraban todos
con la boca abierta y los ojos desorbitados de miedo y asombro.
Miró a su salvador. Él sonrió.
—Eres libre, muchacha —dijo.
Ella se desmayó.