I.
SAEVIN
La tormenta de nieve
azotaba con fuerza el Valle de los Lobos. Dos figuras ascendían
penosamente por el camino, inclinadas hacia delante, para tratar
de vencer la fuerza del viento.
Cualquiera en el pueblo habría sabido que era una mala noche
para andar al descubierto, pero al viajero de mayor edad eso no
le importaba. Su urgencia estaba motivada por el miedo, y su terror
al muchacho que caminaba junto a él era mayor que el que
podía provocar en él la ventisca.
El chico, cubierto por una gruesa capa, percibía aquel miedo.
El hombre lo sabía; aunque a veces habría dado cualquier
cosa por saber qué rondaba por la mente del muchacho, en
la mayor parte de las ocasiones decidía que era mejor seguir
ignorándolo.
En cualquier caso, pronto se solucionaría todo. Estaban a
punto de llegar.
Habían partido dos meses atrás; en ningún momento
había dicho al chico a dónde se dirigían, y
él tampoco había preguntado. A lo largo de todo el
trayecto apenas había hablado, mirándole con esa extraña
mirada suya, y con una leve sonrisa en los labios.
El hombre se estremeció, pero no a causa del frío.
Se volvió un momento para observar al muchacho y él
le devolvió una mirada inescrutable.
Siguieron su camino, hasta que el hombre se detuvo bruscamente y
miró al frente, alzando el farol.
Ante él se erguía una alta verja de hierro.
—Hemos llegado —anunció secamente.
El chico despegó los labios por primera vez en muchos días.
—La Torre —murmuró.
El hombre se estremeció. ¿Cómo lo había
sabido?
—Bien, pues… —empezó, indeciso—.
Ya estamos aquí. Supongo que habrá una campanilla
para llamar o algo por el estilo…
Alzaba el farol para buscarla cuando súbitamente se oyó
un gran resoplido que parecía venir de las entrañas
de la tierra. El hombre dio un salto atrás. Entonces una
gran nube de humo ardiente que procedía del otro lado de
la verja los envolvió. Sin poder evitar un ataque de tos,
el extranjero levantó la luz en alto, intentando ver algo,
y lo que vio lo dejó absolutamente aterrado.
Por encima de la verja se alzaba lentamente un enorme bulto vivo,
una gigantesca cabeza unida a un largo cuello escamoso, una cabeza
con cuernos y colmillos enormes, cuyo hocico aún echaba humo
y que se inclinaba hacia ellos con los ojos entornados.
El forastero gritó, aterrado ante la visión de la
criatura, que siguió pasando el cuello por encima de la verja
hasta que sus ojos y sus fauces estuvieron prácticamente
a la altura de los dos humanos. El pavor impidió moverse
al más mayor, mientras que el joven permanecía impasible.
—Buenas noches, viajeros —dijo entonces el dragón,
amablemente; sus ojos verdes brillaban divertidos y burlones al
ver la expresión horrorizada del recién llegado—.
Bienvenidos a la Torre.
—No-nosotros… —balbuceó él—.
Ya-ya nos íbamos.
—No nos vamos, padre —intervino entonces el muchacho,
con voz suave pero autoritaria.
El hombre se volvió hacia él, temblando violentamente.
Uno no habría sabido decir qué le aterrorizaba más,
si el inmenso reptil o su propio hijo.
—Ya veo —comentó el dragón—. Habéis
venido a hablar con la Señora de la Torre, ¿no es
así?
—S-sí.
El dragón se retiró un poco y la verja se abrió.
El hombre de más edad parpadeó, confuso, porque estaba
convencido de que nadie se había acercado a la cancela. Su
hijo, en cambio, no parecía sorprendido en absoluto. Lo observaba
todo pensativo y en calma, sin que nadie pudiese llegar a adivinar
qué había tras la mirada de aquellos ojos de un color
azul tan claro que parecía hielo.
—Bienvenidos —dijo entonces otra voz, una voz femenina.
De entre las sombras surgió una figura envuelta en un resplandor
centelleante. El muchacho no se movió, pero su padre retrocedió
unos pasos. Cuando la mujer cruzó la verja para acudir a
su encuentro vieron que no había nada sobrenatural en ella,
por lo menos a simple vista. El brillo que habían visto se
debía a la luz reflejada en los pliegues de su túnica
dorada.
La mujer les dedicó una suave sonrisa. Tenía poco
más de treinta años, el pelo negro como el ala de
un cuervo y unos ojos azules profundos y serenos como el mar en
calma.
—Buscamos a la Señora de la Torre, la Dama del…Dragón
—dijo el hombre, lanzando miradas recelosas al dragón,
que se erguía impasible tras la verja.
—Yo soy la Señora de la Torre y la Dama del Dragón
—dijo ella—. ¿Qué se os ofrece?
El hombre miró a su hijo y se estremeció.
—Es él —dijo, señalándolo con un
dedo ligeramente tembloroso—. No lo queremos más en
casa. Su lugar no está con la gente normal…
Calló de pronto, dándose cuenta de que tal vez había
dicho algo inconveniente. Pero la Señora de la Torre no le
prestaba atención. Observaba al muchacho con expresión
pensativa.
—Ya veo… —murmuró.
—La misma historia de siempre —gruñó el
dragón desde la oscuridad.
—No, vos no lo entendéis… —dijo el hombre,
negando con la cabeza.
La mujer lo miró a los ojos y vio terror en ellos, pero también
súplica… Volvió de nuevo su mirada hacia el
muchacho.
—¿Cómo te llamas?
—Saevin —respondió su padre por él.
Hubo un largo e incómodo silencio, sólo enturbiado
por el sordo rugir de la tormenta de nieve.
—Bienvenido a la Torre, Saevin —dijo ella entonces—.
Te acogemos como a uno de nosotros.
El hombre dio un suspiro de alivio. El muchacho no dijo nada. Su
rostro seguía siendo impenetrable.