I.
La leyenda del Reino Etéreo
—Cuentan que, más
allá de los Montes de Hielo, más allá de la
Ciudad de Cristal, habita la Emperatriz en un deslumbrante palacio,
tan grande que sus torres más altas rozan las nubes, y tan
delicado que parece creado con gotas de lluvia. Dicen que la Emperatriz
es tan bella que nadie puede mirarla a la cara sin perder la razón;
dicen también que es inmortal y que lleva miles de años
viviendo en su palacio, en el Reino Etéreo, un lugar de maravilla
y misterio que aguarda a todos los que son lo bastante osados como
para aventurarse hasta él. Allí, en el palacio de
la Emperatriz, no existe el sufrimiento, ni se pasa frío,
y no es necesario comer, porque nunca se tiene hambre…
Ajenos a la violenta tormenta de nieve que sacudía el hogar
de Nuba, nueve niños, de edades comprendidas entre los cinco
y los diez años, escuchaban el cuento con atención.
Fascinados, contemplaban a la mujer con la boca abierta y los ojos
brillantes.
Todos, menos uno.
Bipa miraba a un lado y a otro, visiblemente incómoda. Nuba
suspiró para sus adentros. Resultaba muy difícil atrapar
a aquella niña en la red que tejía la magia de las
palabras.
—¿Qué te pasa, Bipa? —le preguntó
con amabilidad—. ¿No te gusta el cuento?
Bipa dudó un instante, pero finalmente confesó:
—No mucho —detectó las miradas, entre extrañadas
y hostiles, de los otros niños. Pero ya estaba lanzada y
no se detuvo—: Es un cuento absurdo. No existe ese palacio
de la Emperatriz, son todo mentiras —Bipa debería haber
captado entonces el brillo de tristeza de los ojos de Nuba, debería
haber prestado atención a los murmullos de los otros niños;
pero siguió hablando sin ser consciente de lo crueles que
podían llegar a ser sus palabras—. Nadie puede vivir
para siempre, ni siquiera esa Emperatriz. ¿Y cómo
va la gente a volverse loca si la mira? Por muy guapa que sea, nadie
se volvería loco sólo por mirar a otra persona. Además,
si pasas mucho tiempo sin comer, te mueres. Eso lo sabe todo el
mundo —concluyó con un cierto tono de reproche, como
echándole en cara que mintiera a los niños, o que
los considerara tan estúpidos como para creerse esos disparates.
Nuba no respondió. Sólo siguió mirándola,
y Bipa empezó a intuir que sus palabras la habían
herido, aunque no alcanzaba a comprender por qué.
—Sólo es un cuento, Bipa —intervino una de las
niñas mayores.
—Pues es un cuento tonto, una pérdida de tiempo —replicó
ella, molesta por el tono burlón y autosuficiente de la otra—.
¿De qué nos sirve que nos cuenten cuentos sobre cosas
que no existen?
—Tú dices que no existen —intervino de pronto
una voz desafiante—. ¿Cómo lo sabes? ¿Alguna
vez has atravesado los Montes de Hielo?
Bipa se volvió hacia el niño que acababa de hablar;
lo conocía, porque en las Cuevas todo el mundo se conocía,
pero no había tratado mucho con él. Se llamaba Aer,
y era el único hijo de Nuba.
Aer… Todo en él era extraño, desde su nombre
hasta sus ojos, más claros que los de cualquier otra persona
que Bipa conociera. A diferencia de ella, y de los otros niños,
Aer era más bien delgaducho, hablaba poco y, por el contrario,
se fijaba mucho en todo. Constantemente estaba desapareciendo y
regresando en los momentos más inesperados. Prestaba atención
a cosas sin importancia y, al mismo tiempo, parecía desdeñar
lo cotidiano, lo evidente, todo aquello en lo que cualquier persona
sensata debería invertir su tiempo.
Quizá por esta razón, en las pocas ocasiones en las
que hablaba decía cosas extrañas.
A Bipa no le caía bien. Al resto de la gente, ni bien, ni
mal.
—Sé lo que veo —replicó ella—. Es
verdad que no conozco lo que hay más allá de los Montes
de Hielo, pero, ¿para qué quiero saberlo? No voy a
ir nunca hasta allá. ¿Qué me importan a mí
la Emperatriz y su palacio?
—Pues yo iré —replicó Aer—. Cruzaré
los Montes de Hielo y la Ciudad de Cristal, y veré a la Emperatriz.
Tras esta sorprendente revelación, todos quedaron mudos como
estatuas; sólo se oyó el débil suspiro de Nuba,
que se fundió con el sonido del viento que bramaba en el
exterior.
Y entonces sonó de nuevo la voz de Bipa:
—¿Para qué?
Aer se mostró desconcertado. Abrió la boca para responder,
pero no se le ocurrió nada inteligente que decir. Los francos
ojos oscuros de Bipa se clavaron en los suyos, interrogantes.
Los otros niños empezaron a murmurar:
—Es verdad, ¿para qué querría nadie ir
a los Montes de Hielo?
—¿Y vivir en un palacio donde nunca se come?
—Si no comen nunca, no tendrán que trabajar en los
huertos ni cuidar del ganado.
—¡Es verdad! ¿Y qué hacen entonces los
que viven con la Emperatriz?
—¡Jugar todo el día!
—¿Incluso los mayores?
—Además —razonó Bipa—, si te marchases
de aquí, tu madre se pondría muy triste.
De nuevo, los niños enmudecieron. Todos a una, se volvieron
hacia Nuba. La mujer había girado la cabeza y se había
cubierto los ojos para que no la vieran llorar, pero los rastros
de sus lágrimas aparecían claramente marcados en sus
mejillas.
Aer se levantó, sin una palabra, y corrió a su regazo
para consolarla.
Nadie dijo nada. Aunque no solían hablar de ello, porque
no valía la pena ni le iba a ser de utilidad a la pobre Nuba,
todos, incluso los niños como Bipa, sabían que, tiempo
atrás, el padre de Aer se había marchado de las Cuevas
y nunca había regresado.
Se suponía que había muerto en los Montes de Hielo.
Ésa era otra de las cosas que Bipa sabía, porque los
niños de las Cuevas las aprendían a edad muy temprana:
lejos de los cálidos hogares de su gente, lejos de los túneles
y de sus acogedoras lumbres, el mundo era frío y hostil.
Todos aquellos que se alejaban de las Cuevas morían congelados
al poco tiempo.
¿Para qué querría nadie, y menos un niño
como Aer, abandonar el único lugar seguro y acogedor que
todos conocían? En las Cuevas había comida, abrigo
y calidez. En opinión de Bipa, y de la mayor parte de la
gente, ni todas las maravillas del palacio de aquella Emperatriz
de leyenda podrían competir con eso.
—No vale la pena pensar en ello —le dijo Bipa a Aer
en voz baja—. Nada de lo que puedas encontrar ahí fuera
puede ser mejor que lo que dejarías atrás.
Y dirigió una mirada significativa a Nuba.
Aer apretó los dientes y optó por callar.
Tampoco los demás añadieron nada. Las reflexivas palabras
de Bipa les habían dejado sin ganas de hablar ni de escuchar
más cuentos.
Una de las niñas mayores se levantó para servirle
a Nuba una infusión caliente. Otro de los niños le
trajo una manta.
En un mundo como el suyo, una manta y una taza de una bebida caliente
suponían mejor consuelo que las palabras. Pero a Nuba resultaba
difícil consolarla. Nuba era frágil y melancólica
y, aunque se esforzaba por mostrar el talante práctico y
resuelto que caracterizaba a todas las mujeres de las Cuevas, a
menudo la sorprendían mirando al horizonte con un brillo
de nostalgia en la mirada.
Pese a su debilidad y su tendencia a fantasear, Nuba era cálida
y dulce, y todos la querían. Cuidaban de ella como si fuese
un niño más, o una anciana que no pudiese valerse
por sí misma.
Se lo consentían todo, porque en el fondo sabían que
no había ningún palacio ni existía ninguna
Emperatriz, y que el padre de Aer jamás volvería.
Y había sido un joven tan extraordinario que, desde el mismo
instante en que sus ojos, claros y brillantes como un cristal de
nieve, se habían cruzado con los de ella, años atrás,
la habían condenado a no poder amar jamás a ningún
otro hombre.
Los niños no estaban al tanto de todo esto. Eran demasiado
pequeños como para haber asistido a la breve pero intensa
relación que ambos habían compartido, y de la cual
ya sólo quedaban un niño extraño e inquieto
y un cúmulo de recuerdos tan frágiles e inalcanzables
como el palacio de cristal de aquella mítica Emperatriz.
Los niños sólo tenían claro que había
que cuidar a Nuba porque estaba sola; que había que mimarla
porque estaba triste. Y que eso se debía a que el padre de
Aer no iba a volver.
Quien mejor lo entendía era, precisamente, Bipa. También
su familia se componía únicamente de dos miembros.
Su madre había fallecido al darla a luz a ella, y su padre,
aunque vivía en apariencia tranquilo y satisfecho consigo
mismo y con su vida, mostraba a veces, cuando creía que Bipa
no se daba cuenta, aquel brillo nostálgico en la mirada que
tan a menudo alumbraba los ojos cansados de Nuba.
Por todo ello, Bipa era extraordinariamente madura para su edad.
Los niños de las Cuevas eran, en realidad, sensatos y responsables
a edades muy tempranas (con la probable excepción de Aer).
Pero en cuanto a pragmatismo y sentido común, sin duda Bipa
los ganaba a todos. Quizá porque debía hacer de madre
a la vez que de hija, o simplemente porque su padre siempre la había
tratado como a una persona mayor.
Lo que sí quedaba claro era que aquella madurez prematura
todavía no le había enseñado a tener tacto
o un mínimo de empatía: decía las cosas tal
y como las pensaba sin detenerse a considerar las consecuencias.
—Ya está, ya está —sonrió Nuba,
envolviéndose en la manta y echando un vistazo a las nueve
caritas preocupadas—. Ha sido sólo un desahogo. Olvidémonos
del cuento, ¿de acuerdo? Podemos hacer otra cosa —añadió,
mirando de reojo a Aer.
El niño había desviado la vista, sombrío.
Podría haber tomado las historias de su madre como lo hacían
el resto de personas de las Cuevas: cuentos infantiles para entretener
a los niños, bellos y emocionantes, pero sin ninguna base
real.
Pero no lo hacía, en primer lugar, porque su madre sí
creía en la Emperatriz y en su palacio, y en un reino legendario
más allá de los Montes de Hielo. En segundo lugar,
porque aquellas historias se las había enseñado su
padre. Y en tercer lugar, porque aceptar que no había nada
más allá suponía darlo por muerto. Y, dado
que su madre no lo hacía, a Aer le resultaba imposible dejar
de creer que un día podría regresar, o, incluso, que
los estaba esperando en el palacio de la Emperatriz.
Pero su madre nunca tendría valor para abandonar las Cuevas.
¿Sería capaz él de partir y dejarla atrás?
‹‹Nada de lo que puedas encontrar ahí fuera…››
De pronto sonaron unos golpes en la puerta.
Los niños, que habían estado ordenando la habitación
y armando un revuelo considerable, en un intento de ayudar a Nuba,
callaron y prestaron atención.
Se oyó una voz desde fuera:
—¿Nuba? ¿Niños?
—¡Es mi padre! —exclamó alguien.
—La tormenta debe de haber amainado ya —dijo Nuba, con
un suspiro—. Es hora de que volváis a casa.
Uno por uno, los padres llegaron al hogar de Nuba para recoger a
sus hijos.
El último fue Topo, el padre de Bipa.
Siempre era el último en llegar. Los niños no eran
aún lo bastante perspicaces como para captar que lo hacía
para poder pasar un rato a solas con Nuba, pero Aer sí se
había fijado.
No le molestaba. El padre de Bipa le caía bien —al
contrario que la niña—, aunque sabía que él
y su madre nunca llegarían a nada.
El corazón de Nuba se lo había llevado el hombre que
una mañana se perdió entre la cortina de nieve y nunca
más volvió.
Topo entró resoplando, como siempre hacía. Guiñó
un ojo a Nuba y a los niños.
—¡Qué frío hace! Más que ayer,
pero menos que mañana.
Bipa rió, y Nuba le dedicó una cálida sonrisa.
Topo se acercó al fuego a calentarse las manos, advirtió
que crepitaba con desgana y echó más carbón.
Las llamas se alzaron más altas, inundando la casa con su
calor.
—¿Habéis aprovechado la tarde? —preguntó
Topo.
—Mi madre nos ha estado contando un cuento —dijo Aer
con cierto rencor—, pero la tonta de Bipa lo ha estropeado.
—¡Aer! —lo reconvino Nuba.
Bipa, que había estado recogiendo sus cosas y ajustándose
la capa, preparada ya para salir, se detuvo de pronto.
—¿A quién llamas tonta, larguirucho?
—¡A la que mete la pata y habla cuando se tiene que
quedar callada!
—¿Ah, sí? ¡Pues yo hablo cuando me da
la gana, para que lo sepas! ¡Pero no soy tan bocazas como
tú, que vas y le sueltas a tu madre…!
—¡Silencio! —tronó Topo.
De pronto, su expresión afable se había esfumado.
Miró a Bipa con severidad.
—¡Ha empezado él! —protestó la niña—.
¡Tú lo has visto!
—Quiero que te disculpes ante Nuba y Aer, Bipa.
Bipa entornó los ojos.
—Sólo si Aer se disculpa primero.
Aer se volvió hacia su madre, pero ella no dijo nada. Parecía
ausente; las escenas de tensión, las riñas y las discusiones
la turbaban y la dejaban en un estado de cierta perplejidad.
—Bipa, discúlpate —insistió Topo, severo.
Ella miró a Aer, iracunda. En otras circunstancias, tal vez
habría obedecido. A regañadientes, pero habría
pedido perdón, porque no le servía para nada estar
enfadada con alguien, y Bipa era, ante todo, una niña pragmática.
Pero Aer, tan raro, tan insolente, tan cabeza hueca, le sacaba de
sus casillas. Y teniendo en cuenta que era él quien se saltaba
las normas, y hacía y decía lo que se le antojaba,
una y otra vez, sin recibir reproches o castigos, no lo consideró
justo.
—Sólo si Aer se disculpa primero —repitió
despacio, tozuda.
—Si no pides disculpas, te irás a la cama sin cenar.
Las tripas de Bipa protestaron al oírlo, pero ella apretó
los dientes y no cedió. Clavó sus ojos desafiantes
en Aer y declaró:
—Pues no cenaré. Pero creo que Aer también se
ha portado mal y también debería irse a la cama sin
cenar si no pide perdón.
La mano de Topo aferró el brazo de Bipa con tanta fuerza
que le hizo daño.
—Mis disculpas a los dos en nombre de mi hija —dijo
con voz grave—. Por su mal comportamiento estará castigada
esta noche sin cenar. Espero que eso le haga reflexionar y mañana
venga ella misma a pediros perdón.
—Topo, no es necesario… —empezó Nuba, pero
no terminó la frase: la mirada del hombre no admitía
réplica.
Bipa fue llevada a rastras de la casa de Nuba a la suya propia.
Antes de salir, cruzó una última mirada con Aer, y
a los dos se les escapó un bufido de indignación.
Y a pesar de que, como de costumbre, el paisaje estaba nevado y
hacía muchísimo frío, Bipa se sentía
acalorada y llena de energía. Se preguntaba cómo era
posible que una mujer tan dulce como Nuba tuviese por hijo a semejante
alcornoque.
Y aquella noche, mientras trataba de dormir a pesar del vacío
de su estómago, su antipatía hacia Aer creció
todavía más.
‹‹Ese niño y yo nunca nos llevaremos bien››,
se dijo. Lo cual era una lástima, porque discutir constantemente
con alguien acababa enseguida con las fuerzas de uno, y además
no servía para nada.
Al día siguiente, Bipa fue a disculparse. Pero aprovechó
un momento en que sabía que Nuba estaba sola, para no tener
que pasar el trago de pedir perdón a Aer también.
‹‹No —pensó, mientras se alejaba del hogar
de Nuba y se internaba en otro de los túneles, en dirección
a los huertos, donde tenía que ayudar aquella mañana—,
Aer y yo nunca nos llevaremos bien.››