Alondra vivía en un delicado
palacio de cristal, en la cúspide de un altísimo pico
nevado rodeado de nubes. Alondra dormía en una enorme cama
de plumas y se despertaba con los trinos de las más talentosas
aves cantoras. Toda clase de pájaros acudían a visitarla
y se encargaban de cumplir sus mínimos deseos. Venían
de todos los rincones del mundo y le traían los manjares
más exquisitos, los juguetes más ingeniosos, las ropas
más finas, las joyas más rutilantes, los tesoros más
extraordinarios.
Pero nada de esto la hacía feliz.
Por las mañanas, al levantarse, lo primero que hacía
era correr a la torre más alta del palacio, y desde allí
contemplaba el amanecer, y veía cómo los primeros
rayos de la aurora doraban las nubes del este. Al caer la tarde,
el sol incendiaba las nubes del poniente.
Esto era todo lo que podía ver desde su atalaya. Mirase donde
mirase, sólo divisaba el eterno manto de nubes que se extendía
a sus pies hasta más allá del horizonte, y que era
todo cuanto rodeaba su mundo, un mundo de nubes con un corazón
de cristal. Alondra desplegaba entonces las alas y volaba en torno
al palacio, pero no se atrevía a ir muy lejos, y jamás
había intentado traspasar el manto de nubes para ver qué
había más abajo.
Aparte de las aves, Alondra era la única habitante del enorme
palacio de cristal. Los pájaros la querían y la mimaban,
pero no entendían su tristeza, porque la consideraban una
de ellos.
—Está claro que ella se siente diferente —canturreó
un ruiseñor.
—¿Pero, por qué, por qué? —gorjearon
los gorriones—.Tiene alas como nosotros.
—Pero no es libre como los pájaros —graznó
una gaviota—. Nunca se aleja de este palacio.
—Tampoco nosotros nos alejamos de nuestros nidos —trinó
un pinzón.
—¿Por qué ella es diferente? —insistieron
los gorriones.
Cuando la reunión de aves se disolvió, nadie había
logrado aún encontrar una respuesta a aquella pregunta.
Mientras tanto, Alondra estaba sentada sobre la balaustrada de uno
de los balcones del palacio. Sus pies descalzos colgaban sobre el
vacío, pero ella no estaba asustada. Contemplaba las nubes
que rodeaban el pico montañoso sobre el que se erguía
su palacio, como una aguja cristalina. Los rayos del sol atravesaban
las paredes y formaban hermosos arcoiris sobre las nubes más
cercanas.
Alondra suspiró. Alzó la cabeza y miró al horizonte.
—Tiene que haber algo más —se dijo—. Los
pájaros que vienen a verme me traen regalos que nunca he
visto en el palacio. Hay algo más allá de las nubes.
Debería investigarlo.
Pero no se atrevió.
Día tras día contemplaba el horizonte. Una tarde decía:
—Mañana me iré.
Pero al día siguiente la interminable extensión de
nubes le parecía aterradora.
Y, cuando ya creía que jamás se atrevería a
abandonar su palacio, una mañana se puso en pie sobre la
balaustrada, desplegó las alas y dijo:
—¡Adiós!
Y echó a volar.
Algunos pájaros la siguieron, creyendo que era un juego.
Otros trataron de ganarla en aquella carrera. Pero, según
avanzaba, los fue dejando atrás.
—¿A dónde vas, a dónde vas? —le
preguntaban.
—¡Volveré! —era lo único que contestaba
ella.
Pronto, sólo las aves más poderosas fueron capaces
de seguirla: águilas, halcones, cóndores, gavilanes…
Alondra brillaba entre todos ellos, volando, con el cabello al viento
y un toque de color en las mejillas.
Una vez se detuvo para mirar atrás. Su palacio no era más
que un débil resplandor en el horizonte. Las nubes seguían
cubriéndolo todo, y Alondra se sintió inquieta.
—¿A dónde iré? —se preguntó.
Se dio cuenta entonces de que se había quedado sola, y tuvo
miedo. Alzó la mirada y vio las primeras estrellas de la
noche, pero le parecieron lejanas y frías. A sus pies sólo
estaban las nubes.
—Tiene que ser por ahí —se dijo.
Respiró hondo y se lanzó en picado hacia la capa de
nubes que nunca se había atrevido a atravesar.
Una humedad pegajosa la envolvió inmediatamente. Alondra
se asustó, pero cerró los ojos y siguió descendiendo.
Al cabo de un rato sintió que le costaba respirar y que tenía
las alas tan mojadas que apenas podía volar. Se detuvo. Estaba
rodeada por una niebla tan espesa que apenas podía verse
los pies. Estuvo tentada de volver a subir, pero recordó
los interminables días en el palacio, hizo acopio de fuerzas
y batió las alas de nuevo.
Cuando ya creía que no aguantaría más, las
nubes se abrieron y ella pudo respirar otra vez. Estaba cansada,
muy cansada. Era de noche y apenas podía ver nada, pero sí
pudo distinguir que a sus pies se extendía algo mucho más
sólido que las nubes.
Vio árboles. Nunca antes los había visto, pero los
pájaros le habían hablado mucho de ellos. Sabía
también que los utilizaban para dormir, de modo que descendió
hasta uno de ellos y se acomodó en su copa. El árbol
movió las ramas para envolverla. Le hizo cosquillas con las
hojas, y Alondra rió, más tranquila. Sin darse cuenta,
se durmió.
La despertaron los trinos de las aves saludando al alba. Se desperezó,
dispuesta a explorar aquel nuevo mundo. Sobrevoló el bosque
y jugó con los pájaros, y vio a otras muchas criaturas
que no conocía. Se sorprendió de que no tuviesen alas.
Intentó entablar conversación con ellas, pero no comprendían
su idioma.
Cuando se cansó, se acomodó sobre una rama y se dispuso
a comer los frutos que los árboles le habían regalado.
Entonces oyó voces extrañas y quiso asomarse para
mirar.
—¡No lo hagas, niña pájaro! —le
advirtió un pequeño tordo—. ¡Los humanos
son peligrosos! ¡No deben verte!
—¡Pero entiendo lo que dicen! ¡Y no hablan como
los pájaros!
El árbol también trató de retenerla, pero Alondra
apartó sus ramas con delicadeza y se asomó a mirar.
Tres chicos caminaban por el bosque, bromeando entre ellos. Alondra
los miró, muda de sorpresa. ¡Eran tan parecidos a ella!
Pero Alondra se dio cuenta, horrorizada, de que ellos no tenían
alas. ¿Qué habían hecho con sus alas? ¿Quién
se las había quitado? ¿Cómo podían vivir
sin ellas?
Uno de ellos alzó la mirada y la descubrió.
—¡Oye, tú! ¿Qué haces ahí
arriba?
Alondra no respondió. Aquellos chicos sin alas le parecían
seres incompletos, y le inspiraban miedo, horror, compasión…
Quiso preguntarles qué les había pasado, pero se contuvo.
Probablemente ellos no querrían que les recordase que habían
perdido las alas.
—¿Quién eres? —preguntó otro de
los chicos—. Vistes de una forma muy extraña.
Alondra se miró a sí misma sin comprender. Las aves
solían regalarle plumas bonitas para que tejiera con ellas
ropas multicolores. En aquel momento llevaba puesta su más
bella túnica de plumas.
—Soy Alondra —respondió.
Los chicos se rieron.
—¡Es verdad que pareces un pájaro ahí
subida! ¿Por qué no bajas?
Animada, Alondra saltó desde lo alto del árbol y,
extendiendo las alas, planeó hasta el suelo. Avanzó
hacia los tres chicos, pero dejó de sonreír en cuanto
vio que ellos la miraban con horror.
—Tienes… tienes alas —dijo uno de ellos.
Alondra dio unos pasos, sin comprender, pero ellos retrocedieron.
—¡Vete, no te acerques!
—¡Eres un bicho raro!
—¡Yo no soy rara! —exclamó Alondra, furiosa
y dolida a la vez—. ¡Vosotros no tenéis alas,
vosotros sois raros!
Pero ellos dieron media vuelta y echaron a correr.
Alondra se quedó sola, de pie, en el bosque.
—Has tenido suerte, niña pájaro —oyó
la voz del tordo en su oído—. Pero no te acerques a
los humanos. No son gente de fiar. Son crueles, embusteros y traidores.
¡Nos atrapan con redes, nos encierran en jaulas, se comen
nuestros huevos, se nos comen a nosotros, nos quitan las plumas,
destruyen nuestros nidos, nos…!
—¿Esos eran humanos? ¿Hay más como ellos?
—El mundo está lleno de ellos —suspiró
el tordo—. Créeme, son una plaga para el mundo animal
—añadió, antes de alejarse volando hacia el
corazón del bosque.
Alondra se quedó allí unos días más,
explorando todos los secretos de la floresta. Pero cuando volaba
muy alto podía ver que a lo lejos el bosque se acababa, y
el mundo seguía más allá. De modo que una mañana
dejó atrás el bosque y sobrevoló los campos.
Vio muchas cosas a lo largo de su viaje, y vio más humanos.
Algunos huían de ella, otros la perseguían, otros
se frotaban los ojos como si no creyesen lo que estaban viendo.
Ninguno de ellos tenía alas, y Alondra se preguntaba cómo
era posible que no se diesen cuenta de que estaban incompletos,
por qué no echaban de menos un par de alas de plumas a su
espalda.
Un día vio una sombra gris a lo lejos, y se dirigió
hacia allí.
Según avanzaba, las casas (aquellas casas de paredes macizas
que construían los hombres a ras de suelo) eran cada vez
más altas y estaban más juntas, había más
ruido y más gente, y el aire era más difícil
de respirar. Aquel lugar intimidaba a Alondra, de modo que trató
de ir con cuidado, escondiéndose de la mirada de los humanos.
Habló con los gorriones y las palomas, y descubrió
que había llegado a la Ciudad.
Apenas dos días después, ya había decidido
que no le gustaba. Aquella gente sin alas caminaba mirando al suelo
y respiraba un aire extraño que volvía grises las
plumas de los pájaros. Ella había tratado de imitar
a los humanos, escondiendo sus alas bajo su túnica para caminar
por el suelo junto a ellos, pero aún así llamaba su
atención. Además, aquel suelo no era hierba, sino
algo mucho más extraño. Alondra podía sentir
que la tierra lloraba bajo el suelo de la Ciudad, asfixiada bajo
el peso del asfalto.
“Ningún ave canta en la Ciudad”, pensó
Alondra tristemente, un día que sobrevolaba los edificios
de una tranquila zona residencial.
Pero en aquel momento escuchó un delicioso canto de pájaro,
y, dando una voltereta en el aire de pura alegría, Alondra
lo siguió.
El ave que cantaba era pequeña y de un suave color amarillo,
y estaba posada en un palo, en el interior de una casa transparente,
como el palacio de Alondra. Pero cuando se acercó más
se dio cuenta de que la casa del pájaro no era transparente,
sino que estaba constituida por una serie de barrotes de metal.
—Hola —dijo Alondra—. Soy Alondra. ¿Quién
eres?
El pájaro dejó de cantar y le explicó que era
un canario. Alondra le dijo que cantaba muy bien, y el canario se
esponjó las plumas de orgullo. Hablaron de la Ciudad y de
los humanos, y Alondra se enteró de que una familia de humanos
alimentaba al canario todos los días. Pensó que tal
vez no fuesen tan malos como le había dicho el tordo. Pero
entonces se dio cuenta de que la casa del canario estaba cerrada.
—¿Cómo haces para salir de aquí?
—No puedo salir. Esto es una jaula. Estoy siempre aquí
dentro.
—¿No sales? —dijo Alondra horrorizada—.
¡Pero eso es espantoso! ¿Quién te ha encerrado
ahí dentro?
El canario la miró extrañado.
—¿No está claro? Los humanos.
Alondra se apresuró a abrir la puerta de la jaula. El canario
saltó de un barrote a otro, nervioso e indeciso.
—Escápate, vamos. Huye. Sé libre.
—No quiero. Estoy bien aquí. Me dan de comer y de beber,
me limpian mi casa, me protegen si llueve o hace frío, me
llevan al veterinario si estoy enfermo. ¿Para qué
quiero salir ahí fuera y pasar hambre y frío? No es
vida para mí. Cierra esa puerta. No conozco otra cosa. Cierra
esa puerta. No quiero salir. Cierra esa puerta.
Con el corazón encogido, Alondra obedeció. Quiso decirle
que más allá había un mundo nuevo, que el cielo
era azul y los campos verdes. Quiso hablarle de todo cuanto había
visto, pero calló, porque comprendió que el canario
nunca tendría valor para adentrarse en lo desconocido porque
siempre había visto el mundo a través de aquellos
barrotes. “Es como los humanos”, pensó. “No
sabe que está incompleto. No quiere saberlo, porque tiene
miedo de descubrir que una vez perdió algo importante que
ya no puede recuperar”.
Iba a preguntarle si había más como él, cuando
se oyó un chasquido y una ventana se abrió, y Alondra
se encontró cara a cara con un niño humano. Alondra
lo miró con desconfianza, y se preparó para echar
a volar. Esperaba que gritara, que saliera huyendo, que tratara
de cazarla, pero el niño sólo la miró y dijo:
—¿Eres un ángel?
Alondra no sabía lo que significaba esa palabra.
—Creo que no. Soy una niña pájaro.
—Ah, sí. Estabas hablando con Pikachu. Te he oído.
Alondra tardó un poco en darse cuenta de que Pikachu era
el canario. Se preguntó qué clase de nombre sería
ese. Iba a preguntarlo cuando el niño dijo:
—¿Hay más como tú?
Alondra se dio cuenta de que no lo sabía. Se dio cuenta de
que a lo largo de su viaje había hallado aves y humanos,
pero nunca humanos alados, o pájaros con cuerpo humano, o
lo que quiera que fuera ella. Se dio cuenta de que entendía
el lenguaje de aves y humanos, de que tenía cuerpo humano
y alas de pájaro, y pensó que tal vez era ella la
criatura incompleta, un ser medio humano y medio pájaro que
no pertenecía a ninguna de las dos especies.
Se dio cuenta, por primera vez, de que era una rareza.
Asustada, echó a volar sin despedirse del niño ni
del canario. Voló y voló, muy lejos, lejos de la Ciudad,
lejos de los hombres. Llegó hasta el mar; le recordó
a la vasta extensión de nubes que se divisaba desde su palacio,
y no dudó en continuar volando, siempre adelante. No sabía
hacia dónde iba, no sabía de qué estaba huyendo;
sólo quería volar y volar, muy lejos, lejos de la
Ciudad, lejos de los hombres.
Cuando la alcanzó la tormenta, estaba en altamar. Alondra
luchó valerosamente, pero no pudo evitar quedar como una
pluma a merced del viento y de los elementos. Finalmente, cerró
los ojos y se dejó llevar.
Cuando despertó, estaba seca y volaba sobre el mar azul a
lomos de un enorme pájaro de alas gigantescas.
—¡Buenos días, niña pájaro! —la
saludó el ave.
—Buenos días —murmuró Alondra—.
¿Quién eres?
—Soy un albatros. Te he rescatado del mar. Nunca había
visto a nadie como tú, y eso que he corrido mucho mundo;
dime, ¿de dónde vienes?
Alondra se sentía cómoda y segura entre las plumas
del albatros. Apoyó la mejilla sobre su lomo y le contó
toda su historia. El gran pájaro escuchó atentamente
y después dijo:
—Tú no eres una rareza, Alondra. Tú eres especial.
Cuando naciste, las aves comprendieron que tu existencia significaba
una luz de esperanza para ellas. Te han cuidado y te han protegido
porque eres la prueba de que, una vez, los hombres y los pájaros
fueron hermanos. Pero, aunque el hombre sigue escuchando los cantos
de los pájaros, ya no los comprende. Nos mira con envidia
y construye artefactos para poder volar como nosotros, sin saber
que ése no es el camino. Pero el hecho de que exista un ser
como tú es una señal de que, algún día,
las cosas pueden volver a ser como antaño, y tal vez aves
y humanos encuentren un hogar común que puedan compartir
en paz, más allá de las nubes.
Alondra meditó las palabras del albatros y las encontró
muy sabias. Entonces desplegó las alas y dijo:
—Quiero viajar hasta ese lugar más allá de las
nubes. ¿Me acompañarás?
El albatros rió.
—¿No es allá de donde vienes?
—Sí. Allí no hay humanos, porque los humanos
no saben volar. Pero, si yo fui la primera, tal vez luego vendrán
más. Los esperaré. Y cuando lleguen, viviremos todos
juntos, pájaros y humanos, y fundaremos una Ciudad de Cristal
donde el cielo sea azul y siempre canten los pájaros libres.
El albatros rió de nuevo. Alondra batió las alas y
se elevó en el aire, y juntos volaron hacia el sol poniente,
de regreso al palacio de cristal.
Y, según cuentan los cuentos, allí siguen todavía,
esperando a nuevos humanos con alas que hablen con los pájaros
y sepan que ese lugar existe, en la cúspide de un altísimo
pico nevado, rodeado de un manto de nubes.