PRÓLOGO:
1837
El ama
de llaves entró en el salón, pálida y muy alterada.
-¡No está en su habitación!
El anciano alzó la cabeza y miró al hombre joven que
estaba de pie junto a la chimenea.
-¿Has oído? -dijo.
El joven le devolvió la mirada, muy serio. Era alto y bien
parecido, y su perfil expresaba determinación.
Al anciano se le empañaron los ojos.
-Has sido muy duro con ella.
-Sólo dije la verdad -replicó él-. Usted sabe
tan bien como yo qué es lo que ha pasado en esta casa, desde
que vine a vivir aquí. Si es inocente, ¿por qué
huye?
-Porque está enferma, hijo.
-Razón de más para internarla, señor.
El anciano bajó la cabeza.
Hubo un largo silencio en la habitación. El ama de llaves se
retorcía las manos, muy nerviosa. Finalmente, no pudo aguantar
más, y dijo:
-¡Por el amor de Dios! ¿Es que no van a hacer nada?
El estruendo de un trueno ahogó sus palabras.
El joven ignoró a la mujer, y le dio la espalda para asomarse
al ventanal. Fuera era de noche, y no había luna: el cielo
estaba completamente encapotado. Dejó vagar su mirada por las
oscuras sombras de las copas de los árboles, pero entonces
un relámpago iluminó el jardín, y el joven dio
un respingo: una forma blanca se movía entre los árboles,
hacia el estanque.
-¡Allí! -gritó.
El anciano se sobresaltó, y el ama de llaves ahogó un
grito. El joven cogió la levita y se la puso apresuradamente.
-La he visto corriendo hacia el estanque -explicó, muy pálido-.
No está en su sano juicio; temo que intente hacer algo terrible.
-¡No! -gritó el ama-. ¡Impídaselo, señor!
El joven salió corriendo de la habitación.
-Asómate a la ventana y dime qué ves -suplicó
el anciano, que no podía moverse.
El ama obedeció, y miró hacia fuera.
-No los veo, señor; está oscuro.
En aquel momento, un relámpago iluminó el cielo, y la
mujer distinguió la sombra del joven corriendo entre los árboles,
en pos de una figura vestida de blanco que se dirigía hacia
el estanque.
-¡Señorita! -susurró la buena mujer, asustada-.
¡Vuelva con nosotros, se lo ruego!
-¿Qué hay? ¿Qué hay? -preguntó
el anciano desde su sillón.
La oscuridad había vuelto a adueñarse del jardín.
-El señor intenta alcanzarla -murmuró el ama de llaves-.
Roguemos a Dios que llegue hasta ella antes de que sea demasiado tarde.