I.
La casa
estaba allí, esperándole.
Lázaro cambió el peso de un pie al otro y se quedó
mirándola. No era la primera vez que la veía, pero siempre
le causaba la misma impresión; aquel edificio tenía
algo diferente, una especie de aura misteriosa.
Lázaro cruzó la calle de las Acacias para acercarse
a la enorme verja de hierro, y se asomó, colocando la cara
entre los barrotes. La casa era antigua, pero estaba muy bien conservada,
aunque allí no vivía nadie. Frente a ella había
un amplio jardín sembrado de blancas estatuas clásicas.
La niebla serpenteaba entre los setos, de trazado laberíntico;
Lázaro sabía que podría perderse en aquel jardín
y esconderse en los recodos de los senderos durante horas… si
pudiese entrar, claro. Y entraría, sin duda. Algún día,
se prometió a sí mismo por enésima vez, entraría.
Alzó la mirada hacia el edificio y se estremeció. Allí
había algo, algo que no podía explicar, pero que lo
tenía hipnotizado.
A Lázaro le apasionaban los enigmas y las cosas sin explicación,
especialmente si tenían que ver con lo sobrenatural. Sus películas,
libros y cómics favoritos siempre trataban temas paranormales
y, en general, le interesaba más bien poco todo aquello que
se pudiera tocar. Siempre había creído que en el mundo
había otra realidad, además de la cotidiana, visible
y evidente. y soñaba con enfrentarse a ella algún día.
Por eso se sentía atraído por los lugares extraños,
solitarios, misteriosos… como aquella casa.
-Cualquiera diría que te está mirando, ¿verdad?
-dijo una voz a su espalda.
Lázaro se volvió. Tras él había una chica
un poco mayor que él, de pelo corto y con el rostro lleno de
pecas. Sus ojos castaños lo miraban divertidos.
-¿Qué haces aquí? Vas a llegar tarde al colegio.
Lázaro se encogió de hombros.
-Me da igual. Hoy es el último día de clase.
-Mira que se lo voy a decir a tu madre.
-¿Y qué? Si te lo pasas bien haciendo de chivata, adelante.
Sabes que las riñas me resbalan, Sara.
Ella suspiró, y miró a Lázaro con reprobación.
Aún no había cumplido los trece años, pero ya
era el rebelde de la familia. Sus modales descarados y su forma de
vestir escandalizaban a su abuela y a su tía Clara, aunque
a la madre de Lázaro parecía no importarle.
Sara se colocó a su lado, junto a la verja.
-No te gusta este pueblo, ¿verdad?
-Muy aguda. ¿Cómo lo has adivinado?
-No hace falta ser Sherlock Holmes para darse cuenta. ¿Tampoco
te gusta el colegio? Fermín dice que siempre llegas tarde,
y que a veces, ni apareces.
-No es asunto tuyo.
-Claro que lo es. Eres mi primo, ¿no?
Lázaro no contestó.
Hacía poco que se había ido a vivir con su madre al
pueblo donde vivía su familia. Lo conocía, porque solía
pasar allí las vacaciones de verano. Pero una cosa era veranear,
y otra, muy distinta, vivir. Tras el divorcio de sus padres, a su
madre no se le había ocurrido otra cosa mejor que mudarse a
un piso junto a la casa de su familia.
Allí, Lázaro tenía abuelos, tíos y primos;
pero no tenía amigos. Aquél había sido el curso
más difícil de su vida.
-No te gusta el pueblo, ni te gusta el colegio -dijo Sara-. Pero,
en cambio, parece que sí te gusta la casa de los Valbuena.
Lázaro se volvió, interesado.
-¿Los Valbuena? -repitió-. ¿Son los dueños
de la casa?
Sara asintió.
-¿Y por qué no viven aquí?
-No pueden. La familia está dividida desde hace generaciones.
Se pelean por esa casa en los tribunales, y, hasta que no se dicte
sentencia, nadie puede vivir en ella. Pero se encargan de mantenerla
limpia y cuidada. Es el legado familiar.
Lázaro asintió, sombrío. Sabía bastante
acerca de familias que se rompían.
-¿Cómo sabes todo eso? -le preguntó a su prima-.
¿Es otro cotilleo de pueblo?
Ella pasó por alto la pulla; a menudo, Lázaro tendía
a creerse superior, sólo porque se había criado en una
ciudad. Pero su abuela decía que ya se le pasaría la
tontería.
-Estoy preparando un reportaje para la revista del instituto -le explicó-.
Éste es el edificio más antiguo que tenemos en el pueblo,
después de la iglesia. Bueno -rectificó-, quizá
haya otras casas más viejas, pero no tan señoriales
ni tan bien conservadas. Ésta se construyó en 1806.
¡Qué de cosas habrán visto sus muros!
Lázaro suspiró con impaciencia. A veces, Sara podía
llegar a ser realmente cargante.
-¿Has visto el jardín inglés? -le preguntó
ella.
-No. ¿Qué es eso?
-Es el jardín trasero de la casa. Es de un estilo distinto
al de la parte delantera, porque lo construyeron más tarde,
en 1833. Las modas habían cambiado, incluso para los jardines.
-Qué bien.
-Bueno, veo que te mueres de ganas de ir al colegio -dijo Sara con
ironía-, así que no te entretengo más.
Lázaro miró la hora y vio que ya llegaba veinte minutos
tarde. De mala gana, se despidió de su prima, se alejó
de la casa y echó a andar hacia el colegio.
No prestó mucha atención a las clases: sus pensamientos
vagaban por entre los setos de la casa decimonónica, y no deseaba
otra cosa que oír el timbre que anunciaba la salida, para volver
a la casa y encontrar algún modo de ver aquel jardín
inglés del que le había hablado Sara.
La mañana fue larga, pero, finalmente, el sonido del timbre
se oyó por todos los pasillos del colegio. Todos los chavales
vaciaron sus pupitres y se marcharon a casa corriendo, riendo y jugando
a lanzarse globos de agua unos a otros. Las vacaciones de verano acababan
de empezar.
Lázaro recorrió el pueblo con paso ligero, y pronto
estuvo de nuevo ante la enorme verja de la casa de la calle de las
Acacias. Llevaba mucho tiempo queriendo entrar en aquel sitio y, ahora
que tenía ante sí un largo y caluroso verano, que sería,
presumiblemente, tan aburrido y carente de emoción como todos
los que pasaba en el pueblo, decidió que no pararía
hasta conseguirlo.
Se asomó de nuevo para observar el laberinto que formaban los
setos, cuidadosamente recortados. Los rosales estaban en flor, y su
colorido contrastaba con el blanco marmóreo de las estatuas.
Lázaro se separó de la verja y echó a andar,
siguiendo el muro que rodeaba la casa. A menudo se había quedado
mirando aquel muro, preguntándose su podría trepar por
él, pero nunca lo había intentado.
Tampoco había rodeado la casa para ver qué había
detrás.
Se sorprendió del tamaño de la propiedad. El perímetro
era amplísimo. Al otro lado, Lázaro podía distinguir
las copas de los árboles de lo que parecía un bosquecillo.
“El jardín inglés”, pensó, y sintió
vivos deseos de verlo. Apresuró el paso para seguir rodeando
la casa en busca de un lugar por donde entrar.
Finalmente, lo vio: un enorme árbol crecía justo al
lado del muro. No sería difícil trepar por él,
y echar una miradita, así que dejó la mochila apoyada
contra el muro y empezó a subir. Se arañó una
rodilla, pero su esfuerzo se vio recompensado: había una larga
rama que se proyectaba hacia la parte superior del muro.
Lázaro apoyó los pies en las ramas más bajas
y se dio impulso hacia arriba para seguir subiendo, hasta alcanzarla.
Entonces avanzó, tanteando. La rama se movía mucho y
no parecía segura, así que se detuvo a medio metro del
muro.
-Bueno, no hace falta que entre -se dijo a media voz-; o, al menos,
no ahora.
Se aferró bien a la rama y estiró el cuello para ver
mejor.
Vio el jardín inglés, y comprendió entonces lo
que había dicho Sara sobre estilos diferentes.
Si el jardín delantero era clásico, geométrico,
los setos estaban perfectamente recortados y la pequeña fuente
invitaba a la calma y la tranquilidad, el jardín inglés
era salvaje e inquietante. En lugar de la fuente, había un
enorme estanque con nenúfares, oscuro y profundo. Los árboles
(cipreses, abetos y otras variedades que Lázaro no conocía),
se alzaban sobre una hierba aparentemente descuidada, creando espacios
de luces y sombras. La naturaleza crecía de forma desbordada,
como en un pequeño bosque, como si por allí no hubiese
pasado la mano del hombre.
Pero, observando con atención, Lázaro comprendió
que el jardín estaba hecho así a propósito.
Y le gustó mucho más que el jardín delantero,
con sus estatuas y sus rosales.
Suspiró, y miró la hora; su madre le estaría
esperando en casa para comer. De mala gana, bajó del árbol.
En cuanto sus pies tocaron el suelo, una mano aferró su hombro,
sobresaltándole.
