Título: La casa del crepúsculo

X.

-Estás loco, Lázaro…
-¡Oye! ¡Yo no te pedí que vinieras!
-¿Cómo iba a dejarte solo? ¡Alguien tiene que encargarse de vigilar que no hagas ninguna tontería!
-¡Ay! ¡Me estáis pisando!
-Lo siento, Bruno, ha sido sin querer.
-¡Eh, eh, sin empujar!
-¡¡Sssshhhh!! ¡Habla más bajo!
-¡Eh! ¿Qué es ese ruido?
Los tres intrusos se pararon en seco, sin atreverse a respirar. Al cabo de un rato sonó la voz de Bruno Borovski:
-¿Sabéis? Debe de haber sido un gato. Podríamos salir ya de este matorral, ¿no? Hay una rama que me hace cosquillas en la nariz… ¡At…chís! -estornudó.
-Vale. Seguidme -dijo Sara.
En un segundo estaban en el interior del jardín trasero de la casa de la calle de las Acacias.
-¡Vaya! -comentó Borovski, mirando a su alrededor-. ¡Un auténtico jardín romántico del XIX! ¡Y qué bien conservado!
-Date prisa -urgió Lázaro-. Es casi medianoche.
Borovski alzó la mirada hacia el cielo. Una enorme luna llena brillaba sobre el jardín. El médium se estremeció, no sabía si de miedo, de alegría o de emoción.
-Hay magia en el ambiente -murmuró para sí mismo.
Tuvo que volver a poner los pies en la Tierra casi enseguida, porque Sara le tiraba insistentemente de la manga:
-¡Eh, señor Borovski!
-¡Déjale, Sara! Se está concentrando.
-¡Pues yo diría que está en la parra! ¡Bruno! ¡Oye, Bruno!
-Está bien, adelante -suspiró Borovski, y echó a andar, muy decidido.
Enseguida se perdió por los oscuros senderos del jardín.
Lázaro y Sara fueron tras él, y lo alcanzaron junto al estanque. Se había quedado quieto, semioculto tras un enorme tilo, y tenía los ojos fijos en una forma blanquecina que se paseaba entre los árboles.
-¡Es ella! -musitó Sara, reprimiendo el impulso de echar a correr.
-¡Elvira! -susurró Lázaro.
Borovski la contemplaba fascinado.
-Sin duda es un espíritu… Pero, ¿cómo es posible? ¡Se pasea tan tranquila, y cualquiera puede verla!
-Cualquiera, no -rectificó Lázaro a media voz, y dirigió a su amigo una mirada significativa.
Borovski lo captó enseguida: se refería a Marina Valbuena, que frecuentaba la casa pero, por lo visto, no había visto nunca ningún fantasma.
No le habían contado a Sara su conversación con Marina, así que Borovski también se cuidó de no mencionar su nombre: si Sara hubiera sabido que Marina les había prohibido volver por la casa, no les habría dejado acercarse.
-Verás… -trató de explicarles-. ¿Habéis oído hablar de la expresión “Ver para creer”, o “Si no lo veo, no lo creo”?
-Claro.
-Bien, pues es justamente al revés: si no crees en fantasmas, tienes más bien pocas posibilidades de ver uno. Y lo mismo pasa con la mayoría de las cosas espirituales y sobrenaturales: los ángeles, las hadas, los duendes, los gnomos, los espíritus elementales…
Sara lo miraba, incrédula.
-Venga ya. ¿No intentarás decirme que esas cosas existen?
-Yo no intento decir nada. Para ti, desde luego no; como no crees en ellas, nunca verás nada parecido. La fe en lo invisible te hace desarrollar una especie de sexto sentido… que todos los niños tienen, y que pierden al hacerse mayores, cuando los adultos les convencen de que todas las cosas mágicas que vieron en su infancia eran fruto de su imaginación. Así que no es raro que haya gente que venga por aquí y no haya visto fantasmas: no los buscaba. Las criaturas espirituales son muy quisquillosas: ¿para qué van a molestarse en aparecer ante alguien que, cuando las vea, va a pensar que está soñando? -Vamos a darnos prisa, ¿vale? -cortó Lázaro, aunque le gustaba aquella conversación-. Se nos va a pasar la hora.
Borovski miró el reloj y se puso rápidamente en acción. Eligió un lugar despejado junto al estanque y lo barrió de arena, hierbas y hojas. Después, dibujó con tiza un círculo en el suelo, a su alrederor, que rodeaba también a Lázaro y Sara, mientras recitaba:
-”Éste es el Gran Círculo de Protección alrededor de nosotros; es invencible y repele todo elemento discordante que intente entrar a molestarnos”.
Sacó algo más de su bolsa, y se puso a restregar con ello el círculo de tiza. Un penetrante olor a ajo invadió el ambiente.
-¡Puaf! -dijo Sara, tapándose las narices-. ¿Es necesario eso?
-Absolutamente -replicó Borovski.
Sacó de nuevo la tiza y pintó un símbolo en el suelo.
-¡Es un pentáculo mágico! -exclamó Lázaro al reconocerlo-. ¡Una estrella de cinco puntas!
-Exacto. Pero también es un círculo de protección: no salgáis de él por nada del mundo.

Borovski se detuvo un momento para contemplar su obra y asegurarse de que todas las puntas del pentáculo tocaban el círculo.
Después procedió a repasar el círculo con agua bendita, y siguió recitando, solemnemente, las palabras del ritual:
-”Yo soy la perfección de mi mundo, y ésta está autosostenida en el Círculo dorado”.
Sacó cinco velas blancas de su bolsa. Mientras las encendía y colocaba en las puntas del pentáculo, concluyó diciendo:
-”Gran Círculo Mágico; envuélveme, ayudando a evolucionar”.
El resplandor de las velas bañaba los rostros de los tres amigos con una luz débil, temblorosa, irreal.
-Y ahora, ¿qué? -preguntó Sara en un susurro.
A lo lejos sonaron doce campanadas, procedentes de la iglesia parroquial de Santa Mónica.
-Las doce -musitó Lázaro.
Entonces, Borovski se sentó en el centro del pentáculo, a lo indio, abrió las manos y cerró los ojos.
-”Invoco la fueza y la guía de la Luz Blanca” -recitó solemnemente, y su voz no tembló, sino que se alzó, segura, serena y potente, hacia el cielo nocturno-, “para que me ilumine y proteja. Invoco la fuerza y la guía de la Luz Blanca para que me deje ver más allá”. Criatura del Otro Lado, yo te llamo desde el mundo de los vivos para que compartas tus conocimientos con nosotros. Acude a mi llamada y cruza el umbral a través de mí.
Un viento frío recorrió el jardín, sacudió las ramas de los árboles más bajos e hizo que a Sara y Lázaro les corriera un escalofrío por la espalda.
-Criatura del Otro Lado-prosiguió Borovski-, vuelve, regresa al mundo de los vivos para comunicarte con nosotros. Háblanos, espíritu sin cuerpo. Habla con los vivos.
El viento se hizo más fuerte y más frío, y Sara y Lázaro se acurrucaron el uno junto al otro, temblando. Las velas parecían estar a punto de apagarse.
-¡¡Cruza el umbral a través de mí!! -aulló Borovski.
De pronto, el viento cesó y todo quedó en calma y en silencio. Los chicos miraron a su alrededor, temerosos. Nada.
-Creo que no ha dado resultado, Bruno… -empezó Lázaro, pero se calló al ver que Borovski no se había movido. Seguía con los ojos cerrados, estaba rígido y frío, y pálido como un muerto.
-¡Borovski! -susurró Sara; iba a cogerle del brazo, pero Lázaro la detuvo:
-¡Quieta! Está en trance.
-¿Eso qué quiere decir?
-Pues… no lo tengo muy claro. Es lo que le pasa a un médium cuando se pone en contacto con el Más Allá. Y nunca, nunca se debe tocar a un médium en trance.
-Pero aquí no hay Más allá -empezó Sara, algo molesta-. Sólo estamos nosotros tres encerrados en este ridículo dibujo de tiza…
Súbitamente un rostro pálido y etéreo surgió en la oscuridad, ante ellos. Un rostro femenino, hermoso, pero infinitamente triste y atormentado.
Sara chilló y se aferró con fuerza al brazo de su primo.
El rostro fantasmal los miró y trató de acercarse a ellos, pero una barrera invisible se lo impidió. Entonces la aparición se desplazó, flotando, alrededor del círculo, buscando un lugar para entrar.
-Ay… -dijo Sara, temblando como un flan-. Ay, ay, ay…
-Sara -musitó Lázaro.
-¿Qué?
-Que me estás clavando las uñas…
Sara soltó el brazo de su primo, sin perder de vista al fantasma de Elvira Valbuena.
Ella seguía dando vueltas, flotando, en torno a ellos. Era algo parecido a un banco de niebla densa, su imagen cambiaba a cada movimiento, pero sus grandes ojos oscuros, marcados por profundas ojeras, seguían mirándolos en silencio desde un blanco rostro fantasmal.
Sara y Lázaro temblaban dentro del círculo, no sabían si de miedo o de frío. La aparición trató de entrar varias veces, pero siempre se topaba con una especie de muro invisible que se lo impedía.
-¡No puedo creerlo! -jadeó Sara-. ¡Funciona!
El fantasma los miraba, y su expresión parecía suplicante. Lázaro la compadecía de todo corazón. Su intuición le decía a gritos que aquella criatura no quería hacerles daño; pero estaba demasiado asustado como para atreverse a salir del interior del pentáculo protector.
Entonces, la aparición movió los labios, como si quisiera decirles algo.
-A…a… -susurró una voz ronca justo junto a ellos.
Lázaro y Sara dieron un salto del susto.
-A… ay… -repitió la voz.
-¡Mira! -dijo Sara, agarrando de nuevo con fuerza el brazo de Lázaro.
El chico miró.
Los labios de Bruno Borovski se movían a la vez que los del fantasma de Elvira Valbuena.
-Ay…ay… -dijo Borovski.
-¿Qué? -susurró Lázaro.
-Ayu… ayu… ayuda…
Lázaro y Sara se quedaron de piedra.
El fantasma flotó de nuevo alrededor del círculo. Sus labios se movieron otra vez.
-Ayuda… -dijo Borovski-. Yo…
-¿Qué? -repitió Lázaro, cada vez más nervioso-. ¿Qué pasó, Elvira?
-Yo… -susurró Borovski-. A… as… ase… asesina…
Sara ahogó un grito.
-…da -concluyó Borovski.
Ahora fue Lázaro el que gritó.
-¿¡Has oído!? ¡¡Asesinada!!
-¡¡Asesina…da!! -gritó Borovski, y el fantasma de Elvira aulló de rabia y dolor. Su aura pareció cubrirlo todo y empezó a girar y a girar en torno al círculo, formando un tornado blanco y gris en torno a ellos. Lázaro y Sara gritaron de miedo, se abrazaron y cerraron los ojos…
Y, de pronto, el viento cesó, y todo quedó en calma.
Se oyó la voz, débil y vacilante, de Bruno Borovski:
-¿Q-qué ha p-pasado?
Lázaro se puso en pie de un salto y miró a su alrededor, ansioso.
Distinguió la forma blanquecina del fantasma huyendo por el jardín… hacia la casa.
-¡Espera, no te vayas! -gritó, y, sin preocuparse por nada más, abandonó el círculo protector y salió corriendo tras ella.
-¡Espera, Lázaro! -gritó Borovski-. ¡Recuerda: es un fantasma lunar, es imprevisible y potencialmente peligroso!
-¡Lázaro, no! -chilló Sara.
Él no los escuchó.