Título: La casa del crepúsculo

XI

Lázaro corría por el jardín en pos de la doncella de blanco. Lo había hecho muchas veces antes, pero en aquella ocasión había un riesgo: el fantasma había cruzado el umbral. Ahora podía hacerle daño a Lázaro, si quería. Y, aunque él sabía, en el fondo de su corazón, que Elvira nunca había hecho daño a nadie, Borovski tenía razón: un fantasma atormentado era imprevisible.
De pronto, el fantasma desapareció. Lázaro se quedó parado en el jardín, desconcertado.
Frente a él estaba la casa, y Elvira había entrado en ella, atravesando la pared.
Lázaro no pensaba quedarse ahí parado. Avanzó un poco y examinó la fachada en busca de un lugar por donde entrar.
Pronto lo vio: una ventana baja, semiabierta. Lázaro no lo pensó. Trató de trepar por la pared hacia la ventana, apoyando los pies sobre una jardinera y agarrándose al alféizar con las puntas de los dedos.
-¡Lázaro! -susurró tras él la voz de Sara-. ¿Qué haces?
Lázaro se volvió. Sara y Borovski le habían seguido. Los dos estaban pálidos y parecían asustados.
-¿Po-Por qué has abandonado el círculo? -casi gritó Borovski.
-¡Ssssshhhh! Elvira ha entrado en la casa.
Lázaro se impulsó con ambas manos y saltó desde la jardinera hasta lograr encaramarse al alféizar de la ventana. En menos de un minuto se había colado dentro.
-¡Espera! -susurró Sara-. ¡Lázaro, espéranos!
-Está loco… ¡está loco! -dijo Borovski, con los ojos desorbitados por el terror.
-¿Por qué? -preguntó Sara-. ¿Tan peligroso puede ser el fantasma de una chica asesinada?
-Po-podría s-serlo, pero eso no es lo p-peor. -A Borovski le castañeteaban los dientes.
-¿Qué es lo peor?
-P-pues que si f-fue asesinada, el esp-espectro de su asesino po-podría seguir rondando por aquí…
-Oh, no -susurró Sara-. ¡Oh, no!
Mientras tanto Lázaro, ajeno al peligro, recorría la planta baja de la casa, en silencio, buscando al fantasma de Elvira Valbuena. Se asomó al salón, y también a la biblioteca. Los muebles estaban cubiertos con sábanas para preservarlos del polvo y la humedad, y aquello le daba un cierto aire tétrico a las habitaciones. Lázaro se estremeció, y siguió adelante.
Llegó a la escalera… y la vio. Elvira Valbuena subía hacia el piso superior, envuelta en una blanca aura sobrenatural.
Lázaro la siguió. Mientras subía las escaleras en pos de la aparición recordó que, según los planos de Valeriano Valbuena, en la parte de arriba de la casa estaban los dormitorios… así que se esforzó en no hacer el menor ruido; probablemente en aquellos momentos Marina Valbuena dormía en alguna de las habitaciones.
Lázaro siguió a Elvira hasta un cuarto pequeño en un extremo del pasillo. A diferencia de las otras habitaciones, ésta estaba completamente vacía de mobiliario. Una enorme ventana se abría a un lado, dejando pasar la luz de la luna llena. Lázaro pudo distinguir al otro lado del cristal las sombras de los árboles del jardín inglés.
Elvira se había detenido en una esquina. Se quedó allí un momento, levitando, y miró a Lázaro con una expresión inescrutable en su etéreo rostro.
Después, desapareció.
-¡No! -dijo Lázaro, y corrió hacia allí.
Nada.
Sacó la linterna de la mochila e inspeccionó el rincón.
-Lázaro -dijo a sus espaldas la voz de Sara.
Lázaro dio un respingo.
-¡Habla más bajo!
-¿Por qué? No hay nadie aquí.
Lázaro la interrumpió con un gesto.
-Elvira quería enseñarnos algo -dijo-. La he seguido hasta aquí, pero…
-Mmmm… -dijo Borovski-. Dejadme ver.
Lázaro le tendió la linterna, pero él se dirigió a la esquina sin cogerla. Se agachó y pasó las manos por el suelo, por las paredes…
-Oye, Bruno… -empezó Lázaro, pero Borovski le interrumpió, muy nervioso:
-Capto una emanación ectoplásmica muy intensa…
-¿Y eso qué quiere decir? -preguntó Sara.
-Que ahí, detrás de la pared, hay algo, un objeto, un tesoro que perteneció al fantasma… y que lo mantiene atado al mundo de los vivos.
-¿Detrás de la pared? ¡Esta sí que es buena!
Pero Lázaro, apartando a Borovski, se acercó al lugar que señalaba éste, y empezó a arrancar el papel estampado que decoraba la pared.
-¡Para! -exclamó Sara, pasmada-. ¿Qué haces?
Lázaro no le hizo caso. Enfocó el haz de la linterna directamente hacia allí, pero sólo vio la cal de una blanca pared.
-¿Qué esperabas encontrar? -resopló Sara.
-Esto -replicó Lázaro, golpeando la pared con los nudillos-. ¿Oyes? Suena a hueco.
Palpó la pared con los dedos hasta encontrar un pequeño saliente. Sacó entonces su cortaplumas del bolsillo y comenzó a rascar la pared.
Al cabo de un rato de paciente trabajo, había sacado a la luz una pequeña puerta con su cerradura. Siguió trabajando con su cortaplumas y, momentos después, la cerradura saltó, y la puerta se abrió con un chirrido.
Sara no salía de su asombro.
-¿Cómo has hecho eso?
-Bueno, no era muy difícil. La cerradura estaba tan estropeada que no me ha costado nada cargármela. Seguramente la llave se perdió hace mucho, mucho tiempo… me atrevería a decir que se perdió con Elvira en el estanque.
-¿Qué hay dentro? -quiso saber Borovski.
Lázaro enfocó la luz de la linterna hacia el interior del compartimento. No sería más grande que una caja de zapatos, y dentro había un libro, no muy grande, pero sí muy antiguo.
-Esto -susurró Lázaro.
Lo sacó y lo abrió para examinarlo a la luz de la linterna.. Sara, que espiaba por encima de su hombro, respiró hondo, sorprendida.
-Vaya -dijo-. ¡Es su diario!
Lázaro forzó la vista para leer las páginas amarillentas donde Elvira había plasmado sus últimos pensamientos. Se detuvo en una hoja emborronada por lo que parecían lágrimas.
-”Once de julio de 1836” -leyó.
-¡La boda de Elisa! -dijo Sara-. ¡Léelo!
Lázaro leyó:
-”Hoy se casa mi hermana, y yo… ya nada tiene sentido para mí, ni el mundo, ni la vida, ni el amor…” Aquí hay una mancha, no se entiende nada. Sigo más abajo: “…la muerte, porque algo morirá dentro de mí en este funesto día. ¡Ay de mí! ¿En qué me equivoqué? “ . Otra mancha… “…amor eterno. ¿Por qué me abandonó? ¿Por qué? ¿Por qué?”.
Lázaro intentó seguir leyendo, pero se rindió al cabo de un rato; la escritura, emborronada por el tiempo y las lágrimas, era ilegible.
Hubo un largo silencio.
-Salgamos de aquí -dijo Sara entonces-. Podemos seguir leyendo mañana.
Pero Lázaro seguía pasando páginas del diario.
-Todo son anotaciones muy cortas.
-Busca el día de la muerte de Elisa -indicó Borovski, consultando sus notas a la luz de la linterna-. El veintitrés de noviembre de 1837.
Lázaro lo hizo.
-No hay nada -dijo, tras su examen-. Hay un salto desde el dieciocho de noviembre hasta el uno de diciembre. Os leo este último:

“Nunca en mi vida me había sentido tan sola y tan desgraciada. Parece que sobre mí pesa alguna suerte de terrible maldición que aleja de mi lado a todos los que amo.
Mi hermana Elisa ha muerto, víctima de una enfermedad. Dice el doctor que era un enfriamiento, parecido al que se llevó la vida de mamá, allá en Londres. Al fin y al cabo, Elisa siempre tuvo la salud muy frágil, igual que ella. La echo de menos, y lloro su muerte todos los días. Nadie la quería más que yo, ni siquiera papá.. ¡Oh, fatalidad! ¿Cómo pueden creer, siquiera por un instante, que yo acabé con su vida? ¿Cómo pueden? ¡Ay de mí! ¿Por qué estaría yo allí, hace dos meses, el día en que Elisa se cayó por las escaleras? ¡Triste sino! Se figuran que me protegen diciendo que estoy desequilibrada. ¡Por eso me tienen aquí encerrada! ¿Estoy loca? ¿Por qué? ¿Porque lloro? ¡Lloro, oh sí! ¿Y qué? Mi hermana ha muerto. Mi hermana… ¡Oh, Elisa, Elisa, querida y añorada Elisa! ¡También tú creías que yo te empujé, pero dijiste que habías tropezado… ! ¡Para protegerme! ¿Tendré valor para confesar la verdad por ti, querida hermana? ¿Tendré valor?”

-¡Sigue!
-No dice más.
-”Hace dos meses…” ¡Busca los primeros días de octubre, “el día que Elisa se cayó por las escaleras”!
-¡Lo tengo! -dijo Lázaro al cabo de un rato-. Escuchad:

“Acaba de pasar algo terrible: Elisa se ha caído por las escaleras y tiene una fea herida en la cabeza. Ha pasado inconsciente todo el día, pero el doctor dice que se recuperará. Desgraciadamente, yo estaba allí, en lo alto de la escalera, y ella me vio, y también el ama… ¡Oh, Dios! ¿Qué debo hacer? ¡Yo sé la verdad, pero nadie me creería si la contara! Dirían que miento por despecho y que…”

Lázaro calló.
-¿Qué? -preguntaron a la vez Sara y Borovski.
-No lo sé. Falta una hoja.
-¡Qué raro! ¿Quién la arrancaría?
Lázaro pasó las hojas.
-Voy a leer la siguiente anotación, ¿vale?

“Parece que Elisa ya está mejor. ¡Qué alegría! Todos en casa prefieren olvidar este accidente cuanto antes, pero, en el fondo, sé que creen que yo lo provoqué.
Le he escrito a mi prima Sofía contándoselo todo, y que he decidido no revelarlo a nadie más. No se trata sólo de mi; es por Elisa, por papá…Total, ¿qué importa? Ya pensaban que yo no estaba en mi sano juicio. ¿Qué más da que sigan sin creer en mí?”

Sara se estremeció.
-Es terrible -comentó.
Lázaro pasó las páginas del diario con cuidado. Una delgada hoja de papel doblada cayó de entre ellas. El chico la cogió, la desdobló y le echó un vistazo.
-Es una carta -dijo-. De una tal Sofía Manrique Valbuena.
-Su prima -dijo Sara-. ¿Creéis que es la contestación a la carta que le escribió Elvira?
-No lo creo. La carta de Elvira debía de ser de octubre, y ésta ya es de finales de enero.
-Elisa había fallecido dos meses antes, y Elvira lo haría apenas dos semanas después -dijo Borovski gravemente-. Léela, Lázaro.
Lázaro leyó.

“Querida Elvira:
Mi madre aún nos prohibe hablar contigo y mandarte cartas, y por eso sigo escribiéndote a sus espaldas; por favor, sigue poniendo un remite falso en las tuyas, o no me llegarán. ¡Cómo lo siento! Tú sabes que esta situación me gusta tan poco como a ti: sé que no estás loca, sé que no empujaste a Elisa escaleras abajo y sé que no tuviste nada que ver con su muerte. Yo te creo, mi querida prima. Te conozco, y sé que tú no eres así.
Sin embargo, y a pesar de tus explicaciones, me cuesta trabajo entender tu actitud. Por eso sigo insistiéndote: ¡habla, por Dios, di lo que sabes, antes de que sea tarde!
Si te resulta más sencillo callar, amiga mía, por favor, considera mi oferta: huye de esa casa, ven a la ciudad. He hablado con esa mujer que alquila pequeños estudios, y tiene uno libre: podrías quedarte aquí, cerca de mí, y nadie lo sabría. Por lo menos, estarías a salvo.
Te lo ruego, Elvira, escapa, huye de allí. Te queda poco tiempo.
Tu prima,
Sofía “

Lázaro volvió a guardar la carta.
-Hablar… -dijo Sara, pensativa-. ¿Qué tenía que confesar Elvira? ¿Qué se nos escapa?
-Voy a leer la última anotación -anunció Lázaro-. Es del siete de febrero de 1837.
-El día que Elvira murió -añadió Borovski lúgubremente.
Lázaro se centró en las páginas del diario:

“Se prepara una tormenta. El cielo está cubierto por un plomizo manto gris. Hay relámpagos, y truenos, y el viento aúlla.
Así se siente mi alma.
Llevo tres meses encerrada en casa, y ya no lo soporto más. Dicen que estoy perturbada y van a internarme en un sanatorio. Sofía tiene razón: no puedo quedarme aquí ni un minuto más.
Pero hablar… ¡Dios mío, hablar…! No quiero creer a Sofía cuando me recuerda que Elisa nació unos minutos antes… No quiero creerla cuando dice que, si Elisa no hubiese muerto de aquel enfriamiento, habrían encontrado el modo de matarla… ¡No quiero creerla! ¡No quiero creer que alguien quiera matarme a mí!
¿Qué quiero creer? Quiero creer que fue simplemente un arrebato de furia, no un intento premeditado de homicidio… Quiero creer que fue un error. Que Elisa no debía caer por esas escaleras.
Quiero creer… pero Sofía tiene razón. Ya no me es posible seguir creyendo.
En cuanto acabe de escribir estas líneas, guardaré este cuaderno en mi escondite detrás de la cómoda y me escaparé… bajaré por la ventana, por el emparrado, como esta mañana, recogeré las cuatro cosas que he dejado escondidas junto al estanque y me marcharé de casa, ahora que va a llover y no habrá nadie en el jardín que pueda verme.
Cuánto me gustaría despedirme de papá… pero no puedo hacerlo. Escaparé de aquí, iré a la ciudad, con Sofía, y, a pesar de todo, me llevaré mi secreto conmigo… y que sea lo que Dios quiera”.

La voz de Lázaro se extinguió.
-No hay nada más -dijo, tras un breve silencio.
-Elvira nunca llegó a salir de la finca -murmuró Sara-. Alguien la siguió, y la sorprendió junto al estanque, y la ahogó allí… supongo que haría desaparecer su equipaje, para que todos creyesen que había sido un suicidio.
-Pero, ¿quién, y por qué?
-La misma persona que empujó a Elisa escaleras abajo, que tenía miedo de que Elvira contase lo que había visto…
Lázaro se levantó y se asomó a la ventana para ver el emparrado por donde había bajado Elvira para escapar de su cuarto, hacía más de siglo y medio.
-El emparrado ya no está -dijo, volviendo a cerrar la ventana-. Han cambiado muchas cosas desde entonces, pero creo que aún podría alguien escapar por aquí: abajo hay un matorral enorme que haría de colchón si saltase desde aquí.
Borovski no lo estaba escuchando. Parecía preocupado por algo.
-¿Habéis pensado en que hay otra posibilidad?
-¿A qué te refieres?
-Puede que Elvira estuviese loca de verdad, y escribiese todos esos desvaríos para tratar de acallar su conciencia, para buscar una excusa… Puede que sí se suicidara y que nos haya mentido. De todos los fantasmas lunares, los asesinos y los locos son los peores…
-¡No lo creo! -saltó Lázaro-. Su prima creía en su inocencia.
-Entonces, si Elvira fue asesinada, ¿dónde está el espectro de su asesino?
Lázaro iba a replicar, pero no encontró las palabras. De pronto, Borovski se dio la vuelta, y los chicos con él.
Tras ellos había una joven pálida, vestida de blanco, y parecía muy furiosa.
-¡Elvira! -exclamó Lázaro.