XII
-¡Deja
de llamarme así! -dijo la supuesta aparición, que no
era otra que una malhumorada Marina Valbuena-. ¿Se puede saber
qué hacéis vosotros aquí? ¡Voy a llamar
a la policía!
Iba en camisón, y llevaba una linterna en una mano y una sartén
en la otra; parecía contundente.
-¿Quién eres tú? -preguntó Sara, pasmada.
-¡Soy Marina Valbuena, y esta es mi casa! ¿Se puede saber
qué…?
-¡Buscamos pistas sobre tus antepasados! -cortó Lázaro,
levantando el diario en alto para que Marina lo viera-. ¡Y hemos
encontrado cosas muy interesantes!
Marina se apresuró a quitarle el diario, mirándole con
desconfianza. Pero los tres intrusos tenían un aire tan desconcertado
y confuso que la joven sospechó que no le sería necesario
emplear la sartén.
Abrió el diario, al azar, y enfocó su linterna hacia
las páginas centenarias.
-Parecen lamentos de una adolescente despechada… bastante melodramática,
por cierto.
-Adolescente despechada -repitió Sara para sí, pensativa-.
¿Qué se me escapa? ¿Qué se me escapa?
-Alguien la mató -explicó Lázaro--; la ahogaron
en el estanque e hicieron que pareciese un suicidio, y ahora su espíritu
ronda por la casa, clamando venganza.
-Venga ya. ¿Realmente esperas que me crea eso?
Sara seguía murmurando, mientras su cerebro trabajaba a toda
velocidad.
-¿Por qué no habló? ¿Por qué dejó
que la acusaran de intentar asesinar a su propia hermana? ¿Quién
empujaría a Elisa escaleras abajo, y por qué?
-Basta ya de bromas -cortó Marina, molesta, pero nerviosa,
cerrando el diario-. Si no os marcháis de aquí inmediatamente,
llamaré a la policía.
-Alguien… alguien… -decía Sara obsesivamente-.
¡Claro, claro, pues claro! ¡Ese alguien era…!
-¡¡Cuidado!! -aulló Borovski.
Un aura brillante y multicolor se había materializado en el
centro de la habitación. Un viento huracanado se levantó
de súbito y recorrió el cuarto, revolviéndolo
todo con un rugido aterrador.
Marina gritó. Los tres intrusos se limitaban a observar aterrorizados
aquella presencia sobrenatural, sin atreverse a hacer el más
mínimo movimiento.
-¿Qué… es… eso? .-jadeó Sara.
-¡El asesino de Elvira! -exclamó Lázaro.
Borovski reaccionó. Sacó una tiza del bolsillo y empezó
a trazar signos en el suelo frenéticamente.
Marina gimió de nuevo y trató de moverse hacia la puerta,
pero la presencia fantasmal se interpuso en su camino. Daba la sensación
de que la miraba.
-La quiere a ella -susurró Borovski, olvidándose por
un momento de escribir en el suelo.
El espectro había tomado forma: una niebla de color gris con
aspecto de hombre, con un rostro joven, pero lleno de odio, que miraba
fijamente a Marina Valbuena.
-No… -dijo ella, y se volvió lentamente hacia la ventana,
para tratar de abrirla.
Todo sucedió muy deprisa.
El espectro aulló. Marina gritó. Borovski dejó
caer la tiza. Sara chilló, y se tapó la cara con las
manos. El espectro aulló de nuevo. Lázaro se lanzó
hacia Marina, para tratar de protegerla. Un viento huracanado salió
de no se sabía dónde, y abrió la ventana de golpe.
El espectro del asesino se lanzó hacia la heredera Valbuena.
Lázaro tiró de ella hacia atrás…
… y ambos se precipitaron por la ventana…
Cayeron en blando sobre el enorme arbusto que había visto Lázaro
momentos antes, al asomarse a la ventana.
Marina se incorporó, algo aturdida.
-¿¡Estás loco, tú!? -chilló, temblando
de furia; el golpe no le había hecho perder su mal genio.
-¡Oye! -se defendió Lázaro-. ¡Te acabo de
salvar la vida!
Pero se calló de pronto y miró hacia arriba.
-¿Qué? -preguntó Marina, sin atreverse a mirar.
-¡Corre! -gritó Lázaro.
Agarró a la joven de la mano, tiró de ella y echó
a correr desesperadamente…
Marina sintió en su nuca un aliento helado y húmedo,
y chilló de puro terror. Lázaro la guiaba a través
del jardín inglés, y parecía saber muy bien hacia
dónde se dirigían.
-¡¡No!! -gritó Marina al ver el estanque-. ¡Allí
es donde esa chica murió ahogada!
Lázaro no respondió. Veía a lo lejos un leve
resplandor en la oscuridad, y corría hacia él como alma
que lleva el diablo.
Entre los árboles todavía brillaban las cinco velas
del pentáculo protector.
-¡Entra ahí! -ordenó el chico.
Los dos saltaron al interior del pentáculo justo cuando el
espectro asesino se lanzaba sobre ellos. Lázaro vio cómo
su fantasmal perseguidor se detenía justo frente a ellos, y
respiró, aliviado. El espectro dio un par de vueltas en torno
al círculo.
-Aquí estamos a salvo -dijo Lázaro.
No había terminado de hablar cuando el fantasma, con un bramido,
atravesó limpiamente la barrera protectora y se abalanzó
sobre ellos…
“¡Antes funcionaba!”, quiso chillar Lázaro,
pero lo único que hizo fue echarse hacia atrás, como
pudo. De pronto vio que el espectro se detenía de nuevo, a
pocos centímetros de él, y sintió que algo le
quemaba sobre el pecho. Sin salir de su asombro, se metió la
mano bajo la camiseta para sacar… la medalla del abuelo, que
brillaba y quemaba como un carbón encendido.
Guiado por una súbita inspiración, Lázaro alzó
la medalla y la sostuvo frente a él. El espectro la miró,
furioso, pero con un atisbo de temor en su rostro fantasmal.
Lázaro se colocó lentamente frente a Marina para protegerla,
sin dejar de mirar al espectro, ni de sostener la medalla entre ambos.
-Esto es una pesadilla… esto es una pesadilla… -murmuraba
Marina.
Lázaro no dijo nada. Se levantó lentamente, y Marina
con él. Ambos comenzaron a retroceder poco a poco, paso a paso,
con los ojos fijos en el espectro, que les seguía sin atreverse
a atacarles, por el momento.
Aquel trayecto se les hizo a los dos eterno. Avanzaban despacio hacia
la casa, pero no tenían ni la más remota idea de lo
que harían cuando llegaran a ella.
-¡Lázaro! ¡Marina! -se oyó entonces la voz
de Sara desde la puerta trasera-. ¡Aquí!
Lázaro y Marina cruzaron una mirada. Ella se volvió,
ansiosa, hacia la casa. Les quedaban poco más de veinte metros
para llegar.
-Cuando yo te diga, corre -susurró Lázaro.
Marina asintió. Lázaro alzó la medalla un poco
más. El espectro retrocedió un tanto.
-¡Ahora! -gritó Lázaro.
Marina dio media vuelta y echó a correr. Lázaro la siguió,
pero vio de pronto que algo se le había caído al suelo
a la joven: el diario de Elvira.
Lázaro se detuvo y alzó de nuevo la medalla para frenar
al fantasma, que ya se lanzaba sobre él. Muy lentamente, se
agachó y recogió el diario.
-¡Lázaro! -oyó que chillaba Sara-. ¡Lázaro!
Lázaro calculó la distancia, y miró de nuevo
al espectro, que cada vez estaba más cerca, como si le fuera
perdiendo miedo al amuleto protector del chico. Lázaro sudaba
y temblaba, consciente de que tenía poco tiempo. Si daba media
vuelta y echaba a correr, el espectro le alcanzaría.
Vio a lo lejos, entre los árboles, una figura blanquecina que
lo observaba todo sin atreverse a intervenir.
-Elvira -susurró el chico-. Por favor, ayúdame.
El espectro emitió un sonido parecido a una carcajada, como
si la idea le pareciese muy divertida.
-Elvira -repitió Lázaro; ignoraba si ella podía
oírle, pero las palabras no le salían de la cabeza,
sino del corazón-. Elvira, él te mató a ti y
trató de matar a tu hermana. Por favor, ayúdame.
Le pareció que el fantasma de Elvira temblaba, un poco más
allá, y comprendió.
-¡Tienes miedo! -exclamó, sorprendido.
Lázaro se dio cuenta, entonces, de que sólo le quedaba
una salida.
Dio media vuelta y echó a correr con todas sus fuerzas.
Enseguida oyó el aullido del espectro, y sintió su mano
gélida en la nuca, pero siguió corriendo. Vio que Marina
ya se había reunido con Sara y Borovski; el médium trazaba
el círculo del pentáculo protector en torno a ellos.
-”…repele todo elemento discordante…” -recitaba
en voz alta.
Lázaro notó de pronto algo deslizándosele por
el cuello, y oyó, aterrado, el sonido de la cadena con la medalla
del abuelo cayendo al suelo del jardín. El espectro lanzó
un aullido de triunfo, pero Lázaro no podía detenerse
ahora. Su única oportunidad era alcanzar el círculo…
-¡…antes de que se cierre, Lázaro, antes de que
se cierre! -chillaba Borovski.
Lázaro sintió los dedos espectrales agarrándole
el pelo. Sintió su aliento de muerte envolviendo su alma. Cayó
al suelo, a dos pasos del círculo.
-¡¡Lázaro!! -chilló Sara.
Todas las velas estaban encendidas y colocadas, excepto una.
Con un esfuerzo sobrehumano, Lázaro se arrastró hasta
el círculo y entró por el hueco abierto justo cuando
el espectro se lanzaba sobre él…
-¡¡Rápido, rápido!! -chillaba Borovski,
mientras frotaba con ajo aquella parte del círculo por donde
había entrado Lázaro-. “…sostenida en el
Círculo dorado…”
Se apresuró a colocar la última vela en la punta del
pentáculo.
-”¡Envuélveme, ayudándome a evolucionar!”
- concluyó Borovski.
Inmediatamente, algo parecido a un densísimo banco de niebla
se estrelló contra una especie de barrera invisible cuando
trató de llegar a ellos.
-¡Funciona! -exclamó Marina, estupefacta.
-Claro que funciona -replicó Borovski, muy digno-, siempre
y cuando se haga bien. Para eso hay que dibujarlo cada vez en torno
a uno. Si se sale del círculo, éste pierde su fuerza,
así que no se debe volver a entrar en él, sino construir
uno nuevo.
-Vaya -comentó Lázaro, avergonzado-. No lo sabía.
-¡Tú tenías algo que hacía retroceder a
esa cosa! -exclamó Marina, con los ojos muy abiertos-. ¡Yo
lo he visto!
Sara y Borovski miraron a Lázaro con interés.
-Sí, lo tenía -dijo-. No sé por qué, pero
la medalla del abuelo lo asustaba.
-¡La medalla del abuelo! -repitió Sara, pasmada-. ¿Y
ya no la tienes?
Él se palpó el cuello desnudo.
-No, me la ha quitado ese… ese…
Miró al espectro, que rondaba en torno al círculo. Su
terrible aspecto le hizo enmudecer y tragarse todas las palabras que
se le ocurrían al respecto.
El fantasma asesino aulló de rabia e impotencia, y los cuatro
amigos se acurrucaron unos junto a otros, temblando de miedo.
Hubo un largo silencio.
-Y ahora, ¿qué? -preguntó Marina.
-Esperaremos al amanecer -dijo Borovski-. Entonces, podremos salir
de aquí sin peligro.
-Me gustaría que me contarais qué está pasando
aquí.
-Es una larga historia… -empezó Lázaro, pero Marina
le cortó:
-No importa: tenemos tiempo hasta el amanecer.
Lázaro procedió entonces a relatarle toda su aventura,
desde el momento en que se coló en la casa para recorrer el
jardín y se topó con el fantasma de una chica que lloraba
desconsoladamente.
Cuando acabó, Marina estaba pasmada, sin acabar de creérselo.
Fijó entonces su mirada en los ojos fantasmales que la miraban
cargados de odio.
-Pero, ¿quién es el asesino? -preguntó-. O, mejor
dicho, ¿quién fue?
-Eso -asintió Lázaro-. ¿Quién fue? Elvira
no menciona su nombre en su diario. Creo que sí lo hace en
la anotación del día en que empujaron a Elisa escaleras
abajo… Pero alguien arrancó esa página.
-Sí -dijo Sara inesperadamente; había estado callada
todo el rato, de modo que su voz los sobresaltó-: La propia
Elvira arrancó esa página.
-¿Qué? No, Sara, eso es absurdo. ¿Por qué
lo haría?
Sara sonrió tristemente.
-Por amor -dijo por fin-. Un amor fatídico, funesto y desgraciado…
como todos los amores románticos.
El espectro del asesino aulló.
Desde el estanque, volvieron a sonar los sollozos del espíritu
de Elvira Valbuena.
