XIII
-Estaba
claro -prosiguió Sara-. Estaba muy claro. Elvira no menciona
en su diario el nombre de su asesino, pero no para de hablar de él.
Lo vio empujando a Elisa escaleras abajo, pero no dijo nada, porque
no quería creer lo que había visto.
>> En el fondo, seguía enamorada de él.
-¿De quién? -preguntó Lázaro, pero Marina
lo había cogido al vuelo:
-De… ¿Adolfo Heredia? ¿De su cuñado? ¿Quieres
decir que él es el asesino?
El espectro aulló y, de nuevo, se lanzó sobre ellos.
Marina gritó. Pero la barrera del pentáculo lo detuvo
otra vez.
-Elvira contó a su prima Sofía lo que había visto
-prosiguió Sara-, y ella se dio cuenta enseguida de que las
dos hermanas corrían un grave peligro. Pero Elvira no quiso
delatar a Adolfo… ¿por qué? Por amor. Además,
al fin y al cabo, Adolfo no era aún un asesino. La naturaleza
le ahorró ese trabajo. Elisa murió poco después,
tras contraer una breve enfermedad que los médicos, con los
pocos conocimientos que había en la época sobre el tema,
no supieron diagnosticar ni tratar.
>> Pero Adolfo no podía permitir que alguien conociese
sus verdaderas intenciones. Mató a Elvira e hizo que pareciese
un suicidio, nada menos que ahogada en el estanque, como la Ofelia
de Hamlet…
>> Además, por si quedaban dudas, publicó un artículo
en “La Gaceta Liberal”, en el que hablaba de la moda romántica
como la causante de la locura y posterior suicidio de Elvira…
-¡Un momento! -soltó Lázaro-. ¿Así
que el artículo era suyo?
-Bueno, no se necesita ser un lince para adivinar que “Ofloda”
es “Adolfo” al revés -indicó Sara-. Además,
según creo recordar, en el anuncio de su boda ponía
que él trabajaba en “La Gaceta Liberal”.
-Pero… ¿por qué iba Adolfo a querer que muriera
Elisa?
-Pues… en realidad la pista me la dio un pasaje del diario de
Elvira: “No quiero creer a Sofía cuando me recuerda que
Elisa nació unos minutos antes…” ¡Antes que
Elvira! ¡Elisa era la mayor de las dos gemelas! ¡La que
heredaría la fortuna de los Valbuena!
-Quieres decir… ¿que Adolfo era un cazafortunas?
-¡Exacto! Cortejó a Elvira, le prometió amor eterno,
la enamoró… hasta que se enteró de que era Elisa
la heredera… y se casó con ella…
-Pretendería matarla antes de que ella tuviera hijos que pudieran
aparecer en el testamento de Valeriano Valbuena, que ya estaba viejo
e inválido… -añadió Borovski, pensativo.
-Trató de matar a Elisa, pero no lo consiguió. La empujó
por las escaleras y se escondería, o algo así…
nadie lo vio, salvo Elvira, que estaba por allí…
-Y todos creyeron que había sido ella -dijo Lázaro,
echando un vistazo al espíritu de blanco que flotaba entre
los árboles, lejos del alcance del espectro de Adolfo Heredia-.
¡Y con eso Adolfo hacía carambola! Si convencía
a todos de que Elvira no estaba bien de la cabeza, la meterían
en un manicomio y…
-…Consecuentemente, ella tampoco podría heredar la fortuna
de su padre -concluyó Sara.
Marina los miraba a los tres con los ojos muy abiertos.
-¿Podéis demostrar todo eso que estáis diciendo?
-¿Demostrar? -Lázaro señaló, ofendido,
los rasgos cambiantes del espectro que rondaba en torno a ellos-.
¿Qué mas pruebas quieres?
-No. Quiero decir, demostrar esa historia ante un tribunal. La historia
de cómo los Heredia se hicieron con la fortuna de los Valbuena.
Sara miró a Marina, muy sorprendida.
-¡Quieres decir… que podríais recuperar la casa!
-La casa, y una fortuna en tierras, ¿me equivoco? -dijo Borovski,
con una sonrisa.
-No -replicó Marina con sequedad-. Pero es mucho más
que una fortuna en tierras. Son nuestras raíces. -Se volvió
de nuevo hacia Sara-. Dime, Sara, ¿podríais demostrarlo?
Sara hojeaba el diario de Elvira. Sacó de entre sus páginas
un montón de hojas cuidadosamente dobladas.
-Si esto es lo que creo, sí.
-¿Y qué crees que es?
-Las cartas que Sofía escribió a su prima Elvira. El
testimonio de Elvira tal vez no valga por sí solo, pero…
Sofía era mayor que ella, más cabal, más seria.
Creo que llegó ser una mujer muy respetable. Y ella creyó
en todo momento en la inocencia de su prima.
Lázaro había dejado de prestar atención hacía
rato. Observaba pensativo las formas cambiantes del espectro de Adolfo
Heredia.
-Y éste, ¿por qué está aquí? -le
preguntó a Borovski.
-Es un espectro guardián -susurró éste en voz
baja-. Vivía en la casa y protegía el diario de Elvira…
y, con él, la verdad…
-Es increíble -murmuró Marina, sobrecogida-. He venido
muchas veces a esta casa. Nunca he visto fantasmas.
-”Creer para ver” -dijo Lázaro con una sonrisa-.
Si no crees en fantasmas, ellos nunca se mostrarán ante ti.
-Pero hay un motivo para que el fantasma de Adolfo Heredia se haya
mostrado ante ella -añadió Borovski-: es una Valbuena,
una Valbuena que conoce la verdad. Por eso apareció cuando
Sara estaba a punto de revelarle lo que sabía. Los espectros
de asesinos suelen estar obsesionados con sus víctimas. Si
pueden, repetirán el crimen con alguien que les recuerde a
ellas, sobre todo si es su descendiente. Y el peligro de que Marina
se enterase de lo que pasó en realidad fue la excusa perfecta
para atacarla.
-Bruno -dijo entonces Lázaro, pensativo; apenas había
prestado atención a su parlamento, parecía como si estuviese
en otra cosa, mientras contemplaba al fantasma de Elvira, que seguía
lejos-. ¿Puede ser que me llamaran?
-¿Quiénes?
-Elisa y Elvira. No me colé en el jardín sólo
por capricho, ¿sabes? Sentía… como una llamada,
como si yo fuera una viruta de hierro y toda la casa fuera un gigantesco
imán.
-Mmm… sí, es posible. Yo diría que las dos hermanas
necesitaban imperiosamente que alguien las viera, las conociera y
sacara su historia a la luz… sobre todo ahora, que la propiedad
de la casa depende del veredicto de un tribunal…
>> Sí, no me extrañaría que te hubiesen
elegido a ti -Borovski miró a Lázaro, pensativo-. Eres
noble, valiente y perseverante y, sobre todo… tienes fe. Eso
es lo más importante.
Lázaro enrojeció, y miró hacia cualquier otra
parte.
-Pues creo que se equivocaron -dijo en voz baja-. Conozco a alguien
que será capaz de contar su historia al mundo cien veces mejor
que yo.
Y miró a Sara, que parpadeó, sorprendida.
-¿Aún quieres escribir ese reportaje? -le preguntó,
muy serio.
-Yo… empezó ella, pero la interrumpió un repentino
grito de Borovski:
-¡¡La vela!!
Una de las velas se había apagado con el viento. Borovski tanteó
frenéticamente en busca del encendedor, pero fue demasiado
tarde: el espectro se coló por la brecha abierta en la barrera,
y todos sintieron su aliento de hielo.
-¡El diario! -gritó Sara.
El diario de Elvira había sido violentamente arrancado de sus
manos por una fuerza invisible. Sara trató de recuperarlo,
pero no pudo evitar que cayera sobre una de las velas encendidas,
y comenzara a arder.
-¡¡No!! -gritó Lázaro, e hizo lo que pudo
para apagarlo, golpeándolo con fuerza.
Pero Borovski fue más rápido: destapó la pequeña
botella de agua bendita que llevaba consigo y arrojó su contenido
sobre el cuaderno. Inmediatamente, las llamas se apagaron como por
arte de magia.
-¡Tenemos que… ! -empezó el médium, pero
un grito interrumpió sus palabras.
-¡Se lleva a Marina! -exclamó Sara.
Los tres alzaron la mirada hacia Marina Valbuena, que se debatía
en el aire, envuelta en una neblina gris, que parecía arrastrarla…
-¡¡¡Hacia el estanque!!! -gritó Lázaro,
y saltó fuera del círculo para acudir en socorro de
la joven.
-¡No, no, no! -gritó Borovski.
Con un grito, Marina cayó en las oscuras aguas.
-¡No, no, no! -repitió Borovski, saliendo también
del círculo-. ¡Hay que sacarla de ahí!
Lázaro se disponía a lanzarse al agua para rescatarla,
pero Sara lo agarró del brazo.
-¡Espera! ¿Y si te ahogas tú también?
-¡Sé nadar! -protestó el chico; se desasió
de su prima, se desprendió de la mochila y se tiró al
agua.
Pronto se dio cuenta de que el estanque era más profundo de
lo que parecía: no hacía pie. Pero, además, se
encontró con dos problemas añadidos: la ropa mojada
pesaba tanto que tiraba de él hacia abajo, y sus pies se enredaban
en las algas del fondo fangoso. Para cuando se reunió con Marina
en el centro del estanque, estaba agotado.
-¡Agárrate a mí! -jadeó.
Marina manoteaba y bregaba por moverse. Abrió la boca para
decir algo, pero su cabeza se hundió de pronto en el agua,
como si algo la hubiera empujado hacia abajo.
Y Lázaro descubrió, con horror, que Marina no podía
moverse del sitio, porque el espectro del asesino no se lo permitía.
La mano del chico logró aferrar la de la joven.
-¡Mari…! -empezó, pero, súbitamente, también
él se vio violentamente empujado hacia el fondo del estanque.
Luchó por volver a la superficie, pero las algas se le enredaban
en los pies. Logró asomar la cabeza y tirar de la mano de Marina,
pero apenas había abierto la boca para respirar cuando la fuerza
fantasmal lo hundió de nuevo. Antes de que su cabeza volviera
a sumergirse, le pareció oír la voz de Borovski desde
la orilla:
-”¡Invoco la fuerza y la guía de la Luz Blanca
para que me ilumine y proteja!”
Lázaro se esforzó por volver a subir. Consiguió
sacar la cabeza, y sólo se le ocurrió decir:
-Elvira…
Inmediatamente, el espectro lo empujó de nuevo bajo el agua.
Lázaro pataleó hasta quedar exhausto, pero no logró
asomar la cabeza otra vez. Sentía los pulmones a punto de estallar,
y supo que había llegado su fin.
Pero entonces, de súbito, otra fuerza tiró de él
hacia arriba y lo sacó como si fuera una pluma, y Lázaro
abrió. Era una fuerza cálida y reconfortante, que lo
envolvía como una suave nube dorada. Lázaro abrió
la boca para aspirar el aire que tanta falta le hacía, y se
vio a sí mismo flotando en el aire, un metro por encima del
agua. Junto a él levitaba también Marina, inconsciente.
-¡Lázaro! ¡Marina!
Era la voz de Sara desde la orilla, pero Lázaro no le prestó
atención. Agotado, sin poder moverse, giró la cabeza
para ver los primeros rayos de la aurora rozando las copas de los
árboles del jardín inglés.
Y vio también el rostro de Elvira, que le sonreía antes
de desvanecerse con las luces del alba.
