XIV
Lázaro
estaba sentado junto a la tapia, a la sombra de los sauces. Había
llegado antes de tiempo, pero no le molestaba esperar. Le gustaba
estar solo, para pensar.
Una brisa fresca le revolvió el pelo, y Lázaro respiró
hondo. El verano se acababa. Pronto volvería al colegio, pero
ya nada sería igual.
La historia de Elisa y Elvira Valbuena había sobrepasado los
límites del reportaje escolar que había previsto Sara
en un principio. Después de ordenar todos los documentos encontrados,
Marina y su tía se habían puesto en contacto con un
periódico local para que Sara les vendiera la historia que
ella y Lázaro habían reconstruido.
Ahora, toda la comarca conocía la verdad.
-Hola.
Lázaro alzó la cabeza. Frente a él estaban Sara
y Bruno Borovski.
-Hola -respondió-. Creo que somos los primeros en llegar.
-¿Ah, sí? -Borovski tomó asiento resueltamente
junto a él-. No importa, esperaremos.
Sara se sentó también. Estaba radiante. Bajo el brazo
llevaba un periódico del que ya nunca se desprendía:
un ejemplar del número que había sacado su reportaje.
Lázaro también se sentía feliz y muy orgulloso
de ella. El reportaje incluía fotografías de la casa,
del diario de Elvira, de las cartas de Sofía, de los artículos
de “La Gaceta Liberal”… todo muy completo, para
que la gente conociese hasta el mínimo detalle de aquella historia.
Aquel reportaje había tenido consecuencias. A la luz de los
nuevos datos, el testamento de Valeriano Valbuena en favor de Adolfo
Heredia estaba siendo revisado, y era muy probable que los Valbuena
recuperasen la propiedad familiar.
Por otro lado, Lázaro, Sara y Bruno Borovski se habían
convertido en los nuevos héroes del pueblo, aunque la gente
sólo conocía la versión “oficial”,
la que se basaba sólo en los documentos y no incluía
la intervención de los fantasmas.
A Lázaro no le había gustado aquello, pero hasta el
mismo Borovski le había convencido de que era lo mejor. Así,
Elisa y Elvira descansarían en paz, y la gente no tendría
problemas en creer la verdad de la historia que habían descubierto
gracias a ellas.
Después de su aventura, Sara y Lázaro habían
ido a la biblioteca a dar las gracias al señor Isidro por la
ayuda prestada. El pobre hombre estaba desolado: tras la aparición
del reportaje en el periódico, su biblioteca estaba siempre
repleta de gente que quería echarle la zarpa a los documentos
centenarios que guardaba. La mayoría de ellos eran simplemente
curiosos que no tenían la menor intención de iniciar
una investigación seria, y el señor Isidro temía
que estropeasen sus valiosos papeles. Por suerte, pronto se pasó
la fiebre, y ahora había en la biblioteca personas realmente
interesadas en lo que allí se guardaba. Pronto, también
los tesoros bibliográficos del señor Isidro saldrían
a la luz.
Ahora, los tres amigos se habían reunido para hacer algo importante,
que debía haberse hecho más de siglo y medio atrás.
Permanecieron en silencio un rato, a la sombra de los sauces, hasta
que Lázaro dijo:
-Gracias por salvarme la vida la otra noche, Bruno.
Borovski se puso colorado.
-Oh, bu-bueno, yo… no hice nada…
Sara se inclinó hacia su primo para susurrarle al oído:
-Si vieras como se puso cuando Marina le dio las gracias el otro día…
estaba rojo como un tomate y no fue capaz de pronunciar una sola palabra.
Lázaro sonrió. La admiración de su amigo por
la joven Valbuena no era un secreto para nadie.
-Sí que hiciste -insistió.
-No, fue Elvira quien se enfrentó por fin a su asesino y os
rescató a Marina y a ti.
-¡Oh, Lázaro, si la hubieras visto! -exclamó Sara-.
Salió de entre los árboles aullando y se lanzó
contra Adolfo; parecía la misma diosa de la venganza en persona.
Fue increíble: ¡el espectro salió huyendo!
-Tú la invocaste otra vez -dijo Lázaro, mirando a Borovski-.
Conseguiste que reuniese valor para luchar contra él. ¿Cómo
lo hiciste?
-No me acuerdo.
-Yo sí -intervino Sara; sus ojos brillaban maliciosamente-.
Le dijo: “La verdad y la justicia están de tu lado: él
ya no tiene poder sobre ti”.
-Vaya -comentó Lázaro, impresionado-. Pues funcionó.
-En el fondo, era aún una niña -dijo Borovski, algo
incómodo-. Una niña que sufrió demasiado, Pero
estaba deseando intervenir para salvaros la vida, aunque no sabía
cómo. Creo que en ese momento todos la invocamos a la vez,
todos pensamos en ella, y eso le dio fuerzas. Por primera vez en mucho
tiempo, no se sintió sola.
Sara se levantó de un salto, y Lázaro y Borovski la
imitaron. Por el camino venía gente: Marina y su tía,
Amelia Valbuena, y don Epifanio, el sacerdote de la parroquia de Santa
Mónica. Marina y Amelia vestían de negro, y Sara se
sintió algo cohibida.
Enseguida llegó también un coche verde, y Lázaro
lo reconoció: era el Ford Mondeo de su madre. De él
bajaron ella y la tía Clara.
La comitiva entró en el cementerio sin una palabra, y avanzó
por el camino bordeado de cipreses, Se detuvieron frente a la tumba
de Elisa Valbuena; junto a ella habían excavado otra, y a un
lado descansaba un ataúd.
Sara y Marina suspiraron a un tiempo al verlo. Contenía los
restos de Elvira Valbuena, hallados en el jardín trasero de
la casa, enterrados bajo un enorme roble. Los Valbuena no habían
reparado en gastos a la hora de proporcionar un lugar de descanso
para su antepasada, nada menos que al lado de su hermana; el lugar
que merecía y que le había sido negado por culpa de
la falsa acusación de su asesino.
La ceremonia fue íntima, breve y sencilla. Marina y Amelia
quisieron colocar personalmente la lápida sobre el nuevo lugar
de reposo de la joven Elvira Valbuena.
Lázaro leyó el epitafio, con un nudo de emoción
en la garganta:
AQUÍ
YACE
ELVIRA VALBUENA DEL CASTILLO
Tenga por
fin el descanso que merecen
su cuerpo y su alma
11 - VI
- 1819
7 -II-1837
Q. E. P.
D.
Lázaro se quedó contemplando la tumba un rato. Luego
alzó la cabeza para ver el sol escondiéndose por el
horizonte.
Y recordó algo.
-¡Tengo que hacer algo muy urgente! -exclamó de pronto-.
¡Hasta luego!
Se despidió con un gesto, dio media vuelta y se alejó
corriendo por el camino de cipreses, sin hacer caso de las caras de
desconcierto de sus amigos, ni de sus llamadas.
-¡Lázaro! -oyó que decía don Epifanio-.
¿A dónde vas?
-Desde luego, este chico… -refunfuñó la tía
Clara.
Lázaro no los escuchó. Corrió por el pueblo sin
mirar atrás, en una carrera contrarreloj.
Llegó sin aliento a la casa de la calle de las Acacias, y se
coló por la brecha del muro del jardín; su existencia
seguía siendo un secreto que sólo conocían Sara,
Borovski y él mismo. Atravesó el jardín inglés
a todo correr, mientras los últimos rayos del crepúsculo
iluminaban la casa, pero se detuvo en el lugar donde Borovski había
dibujado su segundo círculo de protección.
No había vuelto a la casa desde entonces, de modo que se afanó
en buscar por el suelo algo que había perdido, sonriendo ante
la idea de estar haciendo de verdad algo que tiempo atrás había
fingido que hacía, para lograr que Sara le guiase hasta aquel
jardín.
Por suerte, no tardó mucho en encontrar lo que buscaba: la
medalla brillaba misteriosamente a la luz del ocaso, enredada en un
pequeño matorral. Lázaro la recogió y se la puso.
-Gracias, abuelo -murmuró, con una sonrisa.
Siguió su camino hasta el jardín francés, y llegó
cuando el ocaso expulsaba de allí a las últimas luces
del día.
Por entre los setos, por el laberinto de rosales y blancas estatuas
clásicas, el fantasma de Elisa Valbuena caminaba a paso ligero
hacia el jardín inglés.
Lázaro la siguió una vez más, con el corazón
lleno de júbilo. Ahora comprendía.
La casa.
La casa, habitada por el espectro de Adolfo Heredia, había
sido una barrera entre las dos hermanas, un límite entre ambos
jardines, al igual que el crepúsculo separaba la noche del
día.
-Ya sé por qué estás aquí -le dijo Lázaro
a Elisa.
Pero ella no parecía escucharle. Se detuvo de pronto ante la
arcada que llevaba al jardín inglés.
-Aquí te parabas siempre -prosiguió Lázaro-.
No puedes cruzar más allá, ni tampoco puedes quedarte
en este mundo cuando cae la noche.
>> Pero tú volvías todos los días, todos
los días, al alba… con la esperanza de recuperar a la
hermana que habías perdido.
El cielo empezaba a oscurecerse, y el fantasma de Elisa se difuminaba
entre la niebla. Pero esperaba pacientemente, y Lázaro con
ella.
Por fin, antes de que el manto de la noche cubriera por completo la
casa decimonónica de la calle de las Acacias, una figura vestida
de blanco cruzó la arcada.
El espíritu de Elisa abrió los brazos en un gesto de
bienvenida. El espíritu de Elvira corrió a su encuentro,
Se parecían como una gota de agua a otra.
Los dos fantasmas se fundieron en un abrazo, giraron, como en un torbellino…
Todo a su alrededor se vio sacudido por un viento de ultratumba, y
Lázaro vio que las dos estaban envueltas en un brillante manto
de luz dorada.
Elisa y Elvira se alzaron sobre el jardín francés, hacia
el último rayo del sol crepuscular… y desaparecieron
en la niebla.
Lázaro se quedó solo en medio de la noche.
Sonrió. No necesitaba cruzar la arcada ni buscar a Elvira en
el jardín inglés para saber que no la encontraría.
Su alma por fin descansaba en paz, y su espíritu nunca más
volvería a vagar después de la puesta de sol. Se había
transformado en un fantasma solar, y, de volver a aparecer por el
mundo de los vivos, lo haría durante el día…
… si es que volvía.
Lázaro alzó la mirada hacia las estrellas y pensó
que las echaría de menos, a las dos, e intuyó que hasta
la casa y los jardines estaban llorando su partida…
Como había dicho Borovski, los fantasmas solares no solían
tener motivos para volver.
Lentamente, Lázaro se dio la vuelta y contempló la casa,
una vez más.
-Tus muros no podían guardar el secreto eternamente -le dijo.
Tuvo la sensación de que la misma casa le sonreía.