Título: La casa del crepúsculo

II

Lázaro se volvió lentamente, imaginando que iba a recibir una buena bronca por trepar a los árboles para espiar en casas ajenas.
Pero no. Tras él había un chaval de su edad, bajito y con el pelo oscuro casi tapándole los ojos.
-Oye, tú -dijo el chico.
Lázaro lo conocía: iba a su clase, y se llamaba Lucas.
-Me llamo Lázaro -replicó, sorprendido, aliviado y molesto, todo a la vez.
-Oye, tú -repitió Lucas-. ¿Sabes ya lo de esta noche?
-No. -Lázaro fue a coger su mochila, dándole la espalda. Pero Lucas le siguió.
-Necesitamos gente -dijo.
-Pues qué bien.
Lázaro ya no estaba sorprendido ni aliviado; sólo molesto.
-Peña está con una pierna escayolada -siguió explicando Lucas-, y a Soriano lo han castigado sin salir. Los Castillo se van de vacaciones esta tarde…
-No contéis conmigo -cortó Lázaro, aunque aún no sabía de qué le estaba hablando Lucas.
-Es que nos hemos quedado siete, nada más -protestó Lucas-. Cinco tíos y dos tías. Estaría bien que fuésemos pares…
-Pues buscaos a otro.
Lucas se encogió de hombros.
-Vale, allá tú.
Y dio media vuelta para marcharse. Lázaro lo siguió con la mirada, suspiró y, cogiendo su mochila, echó a andar hacia su casa.
Estaba terminando de comer cuando llamaron a la puerta, y tuvo que levantarse para abrir.
Fuera estaba su primo Fermín. Fermín era hermano de Sara, e iba a la misma clase que Lázaro. Aun así, no solían ir mucho juntos.
-Hola -saludó Fermín, un poco cortado.
-Hola. ¿Querías algo?
-Sí, mira, es que me ha dicho el Lucas que no quieres venir esta noche con nosotros.
-Pues te ha dicho bien. No me apetece salir.
Fermín lo miró con desaprobación.
-Pues cuando eras pequeño te morías por participar. Pero ni a ti ni a mí nos dejaban, porque éramos muy críos. ¿No te acuerdas?
No, Lázaro no se acordaba, pero empezaba a picarle la curiosidad.
-Pero, vamos a ver, ¿de qué me estás hablando?
Fermín se quedó con la boca abierta.
-¡Pero… pero si Lucas me ha dicho que había hablado contigo!
-Pues no se habrá explicado bien -gruñó Lázaro; la conversación empezaba a ser demasiado larga para su gusto, y el postre aún le esperaba sobre la mesa.
-¡Pero si es tradicional! -Fermín le dirigió una mirada dolida-. El primer día de vacaciones nos reunimos todos por la noche para jugar a polis y cacos por todo el pueblo.
Lázaro parpadeó, perplejo.
-¿Polis y cacos? -repitió.
-Claro. Verás, llevamos linternas. La plaza mayor es la comisaría. Los cacos corren a esconderse y los polis cuentan hasta cien y…
-Vale, vale, sé cómo se juega a polis y cacos. Pero el caso es que no tengo ganas, ¿sabes?
-Pues yo creo que deberías ir -dijo una voz a sus espaldas.
Lázaro se giró. Una mujer alta, esbelta y elegante le miraba con desaprobación desde la puerta del salón.
-Pero, mamá…
-Ni mamá ni historias -cortó ella-. Ya estoy harta de que estés todo el día en casa de morros. Si pensabas quedarte aquí encerrado todo el verano, lo tienes claro. También las madres tenemos que descansar, ¿no te parece?
Lázaro hizo un gesto de fastidio. Su madre le consentía muchas cosas, pero, si alguna vez se empeñaba en algo, no había nada que hacer.
-Además… -se atrevió a añadir Fermín-, pensábamos que a ti te gustaría eso de recorrer el pueblo de noche, a oscuras. Como eres tan…
Fermín no completó la frase, pero a Lázaro se le ocurrieron al punto varios adjetivos: “noctámbulo”, “extravagante”, “raro”, “solitario”, “siniestro”, “excéntrico”… la mayoría de ellos se los había aplicado, sin piedad, su siempre juiciosa prima Sara.
Un poco a su pesar, Lázaro tuvo que reconocer que Fermín tenía razón: la noche, el misterio, la soledad… le fascinaban. Y recorrer el pueblo bajo las estrellas jugando a perseguir o ser perseguido reunía los tres factores.
-Oye, ¿te decides, o qué? -protestó Fermín.
-Anda, Lázaro, di que sí… -metió baza su madre.
Lázaro iba a decir que no, a pesar de todo, cuando se le ocurrió una idea.
-¿Por todo el pueblo, has dicho?
-Bueno, hay algunos límites, claro…
-¿También por la parte antigua?
-Sí, claro…
-Entonces, me apunto.
Horas después, un grupo de siete “cacos”, entre los que se contaban Lázaro y Sara, salía corriendo de la Plaza Mayor, ante la mirada impaciente de los “polis” , que tenían que esperar un rato hasta poder echar a correr tras ellos para darles caza.
Al principio, Lázaro siguió a los otros; pero pronto, al doblar una esquina, se quedó atrás deliberadamente… y se escabulló entre las sombras, alejándose de sus compañeros.
No tardó en llegar a la finca Valbuena. La rodeó, en busca del árbol al que había subido aquella mañana para ver el jardín. Cuando lo encontró, miró a su alrededor antes de comenzar a trepar por él: no había nadie por los alrededores.
Apenas unos instantes después, hacía equilibrios sobre la rama que sobrepasaba el muro del jardín inglés.
Recapacitó. Podía quedarse allí, pero la rama se movía demasiado, y, además, cualquiera que pasase por allí lo descubriría. La única razón por la que había aceptado unirse al juego era la posibilidad de poder entrar en el jardín sin que nadie lo viese, camuflado por la oscuridad.
Por otro lado, parecía difícil alcanzar el muro desde allí. Y la altura no era despreciable. Si se caía…
Lázaro oyó voces cerca de allí, y reconoció la de Lucas, que era “poli”. No tenía mucho tiempo. Avanzó lentamente por la rama, aferrándose con brazos y piernas, hasta que vio que no podía moverse más hacia adelante, porque podría quebrarse. Miró el muro: no estaba demasiado lejos. Dándose impulso, se lanzó hacia él, y sus manos lograron agarrarse a la parte superior.
Lázaro respiró hondo. Aún se aferraba a la rama con las piernas, pero los brazos le temblaban. Ahora o nunca.
Saltó. La rama volvió a su lugar, con un susurro de hojas. Lázaro quedó colgado del muro, en precario equilibrio. Hizo un esfuerzo más, y por fin logró subir a lo alto, quedándose a horcajadas sobre el muro.
Se asomó al interior del jardín. Estaba oscuro, pero él había visto aquella mañana que justo debajo había unos mullidos matorrales que amortiguarían su caída.
No lo pensó más: saltó.
Aterrizó suavemente dentro del jardín trasero de la casa de los Valbuena.
Se quedó un momento decidiendo qué iba a hacer a continuación… y se dio cuenta, de pronto, de que, si pretendía volver a salir, no podría hacerlo por el lugar por donde había entrado.
Intentó no dejarse dominar por el pánico. Seguro que podría salir de allí, de alguna manera.
De momento, había algo más urgente: ¡explorar el jardín!
La luna y las estrellas brillaban allí con más claridad que en el cielo de la ciudad, y Lázaro podía recorrer el jardín sin muchos problemas. La luna se reflejaba en el estanque, bordeado de nenúfares, y la brisa removía las oscuras copas de los árboles. Entre los matorrales había pequeños senderos de tierra, y Lázaro se perdió por ellos, seguro de que no había ningún peligro, porque estaba completamente solo en la propiedad Valbuena.
Se le pasó el tiempo sin sentir. Cuando se cansó de explorar el jardín inglés, decidió ir a la parte delantera de la casa, ver el jardín de los setos y las estatuas blancas y, de paso, comprobar si podía trepar por la verja desde dentro para salir de allí.
Pero, de pronto, vio algo, y se quedó quieto, semioculto entre los árboles, con el corazón latiéndole con fuerza.
Una figura de blanco avanzaba por el jardín, hacia el gran estanque. Lázaro se quedó mirándola, muy sorprendido. Parecía una mujer con un vestido largo. Estaba de espaldas, así que no parecía haberle visto.
¿Quién era ella? ¿Qué hacía allí?
El primer impulso de Lázaro habría sido marcharse de allí cuanto antes; pero ahora sentía curiosidad, así que se acercó a la mujer de blanco, ocultándose entre los matorrales y sin hacer ruido, para que ella no lo descubriera.
Cuando estuvo lo bastante cerca, se asomó de nuevo, echó un vistazo… y tuvo que contenerse para no lanzar una exclamación de sorpresa.
La joven deambulaba sin rumbo junto al estanque; daba la sensación de que no sabía muy bien qué hacer, o a dónde ir. Pero sus pies flotaban en el aire, unos centímetros por encima del suelo, y su figura estaba rodeada por un aura blanca muy tenue, y, lo más sorprendente… Lázaro podía ver a través de ella. Parpadeó, pero supo enseguida que no se debía a un efecto óptico, ni a la neblina nocturna.
La chica del vestido blanco era un fantasma.
Lázaro no se asustó. Siguió allí, fascinado, sin acabar de creer su buena suerte. Llevaba mucho tiempo deseando con toda su alma que pasara algo extraordinario en su vida, algo que le demostrara que el mundo era mucho más de lo que parecía, y ahí tenía la prueba.
De modo que se quedó mirándola en silencio, sobrecogido.
La aparición vestía un traje sencillo, pero indudablemente de otra época. Llevaba el pelo suelo, una melena negra, larga y rebelde. Hubo un momento en que ella se volvió, y Lázaro pudo verle la cara por fin; se quedó sin respiración.
La chica tendría unos dieciséis o diecisiete años, pero su expresión de infinita tristeza no parecía propia de una joven de su edad. Sus ojos, grandes y oscuros, estaban húmedos y cercados por profundas ojeras. La extraordinaria palidez de su piel contrastaba vivamente con su largo pelo negro.
Lázaro sólo le había visto el rostro durante un breve instante, pero se sintió inmediatamente fascinado y conmovido a la vez. La joven parecía profundamente atormentada por alguna secreta tristeza, y Lázaro estuvo tentado por un momento de acercarse y preguntarle qué le ocurría. No lo hizo, pero no por miedo, sino porque no quería asustarla y que desapareciera en el aire.
Entonces, los hombros del fantasma se convulsionaron, y Lázaro supo que estaba llorando. La vio caer de rodillas junto al estanque y agachar la cabeza, para luego alzar la mirada hacia las estrellas con un prolongado lamento.
De pronto, alguien lo agarró del brazo, y Lázaro soltó un grito.
-¡Eh, calla! -le dijo una voz conocida-. ¡Que soy yo!
Junto a él estaba su prima Sara. Aún temblando, Lázaro miró de nuevo hacia el estanque, pero la muchacha de blanco se había esfumado.
-¿Qué haces tú aquí? -gruñó, de mal humor; estaba convencido de que Sara había asustado al fantasma.
-¿Cómo que qué hago? Pues te he visto hacer acrobacias sobre el árbol, como un mono, y te he seguido…
-Pues qué bien. Ahora estamos los dos atrapados.
Ante su sorpresa, Sara se rió de él, y Lázaro se sintió molesto.
-Y ahora, ¿qué pasa? No me digas que les vas a pedir amablemente al fantasma que nos abra la puerta principal.
-¿Qué fantasma…? ¡Ah, es otra de tus bromas macabras! Fermín me ha dicho que crees que todas las casas viejas están encantadas.
-Eso no es verdad -protestó Lázaro, mortificado-. Yo no he dicho eso. Sólo comenté que algunas casas viejas tienen fantasmas.
Pero decidió no volver a insistir sobre el tema. Era la historia de siempre. No podía
hablar con nadie de cosas extraordinarias, porque se reían de él, y sobre todo allí, en el pueblo. Pero era frustrante: Lázaro sabía positivamente que acababa de ver un fantasma, su primer fantasma, y no podía contárselo a nadie: nadie le creería.
-¿Me has seguido para cogerme? -le preguntó a su prima, recordando oportunamente que estaban jugando a policías y ladrones.
-No, yo soy caco, como tú. Pero los polis han cogido a todos los demás, y sólo quedamos nosotros dos. Hay que ir a buscarlos. Vamos, sígueme.
Lázaro obedeció, aunque en el fondo se resistía a abandonar aquel misterioso jardín y a su habitante incorpórea. Antes de alejarse, echó una última mirada al estanque, para ver si la veía por última vez.
Ni rastro de ella.
Tan sumido estaba en sus pensamientos que tardó un poco en darse cuenta de que Sara lo guiaba lejos del lugar por donde él había entrado.
-¡Eh, espera! ¿A dónde me llevas?
-Pues a la salida.
Lázaro miró hacia delante, pero sólo vio un enorme matorral que crecía junto al muro. Sin embargo, cuando iba a preguntar algo más, su prima lo agarró del brazo y tiró de él, internándose entre las hojas del arbusto.
Y, antes de que pudiera darse cuenta, Lázaro estaba en la calle, envuelto en un perfume aromático que en aquel momento no logró identificar.
-¿Cómo…? -empezó, pero Sara lo hizo callar, y le señaló la esquina. La voz de Fermín y el haz luminoso de una linterna indicaban que dos “polis” se acercaban a ellos.
Lázaro y Sara se internaron en silencio por las calles del pueblo, perdiéndose en la oscuridad.