III.
El sol
de la mañana, que entraba a raudales en la habitación
y le daba a Lázaro en plena cara, le obligó a taparse
con la sábana mientras se despejaba un poco.
Bostezó y se frotó un ojo, estirando una mano para correr
un poco la cortina.
La noche anterior habían vuelto a casa tarde, porque el juego
se había prolongado hasta la madrugada. Lázaro no quería
reconocerlo, pero el caso es que se lo había pasado mejor de
lo que esperaba.
Había estado bien el experimento, pero aquella mañana
tenía otras cosas en qué pensar.
Había soñado con ella, con la chica de blanco, con su
rostro desesperado y sus lágrimas sobre sus pálidas
mejillas, con su desordenada melena negra.
La había visto la noche anterior, en el jardín de la
finca Valbuena, y sabía perfectamente que no se lo había
imaginado. Había sufrido tantas decepciones que se tomaba sus
precauciones antes de dar por cierto lo que en principio le parecía
algo fuera de lo normal. Y en esta ocasión estaba completamente
convencido de que lo que había visto era real.
¿Quién era la chica de blanco? O, mejor dicho, ¿quién
había sido en vida? ¿Por qué parecía tan
desgraciada?
Eran demasiadas preguntas sin respuesta.
Reflexionó un poco más, mientras se levantaba y se vestía.
Ya estaba de vacaciones, y tenía todo el día libre.
Podía intentar averiguar más cosas como, por ejemplo,
cómo habían salido de la finca él y Sara la noche
anterior.
Porque, si podía salir con tanta facilidad… probablemente
podría también entrar sin problemas, siempre que quisiera.
Salió de su casa rápidamente, casi sin desayunar, y
fue enseguida a llamar a la puerta de al lado.
Le abrió una mujer de unos cuarenta años, de cabello
castaño recogido en una trenza, y mirada sagaz. Vestía
una bata estampada, y una chanclas que dejaban ver las uñas
de los pies, pintadas de color lila.
-Hola, tía Clara -saludó Lázaro.
-¿Buscas a Fermín? Está durmiendo aún.
-En realidad, no. -Lázaro cambiaba el peso de una pierna a
otra, como le pasaba siempre que estaba nervioso-. Venía a
ver a Sara.
-No ha acabado de desayunar.
-Da igual, esperaré.
-Bueno, pasa.
La tía Clara se hizo a un lado para dejarlo entrar, mientras
lo observaba de arriba a abajo.
-Vas hecho un pordiosero, Lázaro…
Lázaro se miró a sí mismo: unos vaqueros desgastados
y agujereados en las rodillas, una camiseta de Expediente X y el pelo
negro demasiado largo y casi sin peinar.
-Voy como siempre.
La tía Clara suspiró.
-No sé cómo tu madre te deja salir así a la calle.
Desde luego, si por mí fuera…
La tía Clara siguió hablando. Lázaro había
dejado de escucharla: siempre decía lo mismo, y siempre con
buena intención. En el fondo Lázaro la quería
mucho, aunque siempre quisiera opinar sobre su forma de ser y de comportarse.
Su madre decía que eso era porque la tía Clara había
tenido que criar a muchos hijos, y, para controlarlos a todos, se
había vuelto algo mandona.
La tía Clara y la madre de Lázaro eran hermanas, pero
eran muy diferentes.
Lázaro siguió avanzando por el pasillo, con su tía
parloteando tras él. Finalmente llegó a la cocina, donde
estaban desayunando Sara y otros tres primos más.
-¡Hola! -saludó Lázaro-. Sara, necesito hablar
contigo.
-¡Qué modales! -protestó la tía Clara-.
¿No ves que tu prima no ha acabado de desayunar?
-Bueno, cuando acabes -añadió Lázaro rápidamente,
encogiéndose de hombros.
La tía Clara le revolvió el pelo con la mano.
-¡En fin, qué le vamos a hacer! -dijo-. Te lo paso porque
eres mi ahijado. Pero… ¡ay de ti si no te portas bien!
Lázaro le sonrió, y la tía Clara se fue, dejándolos
solos.
Sara se terminó las tostadas, le limpió los mocos al
más pequeño de la familia, recogió las cosas
del desayuno y fue a cambiarse de ropa y a peinarse, apremiada por
su primo.
Poco después, ambos paseaban por las calles del pueblo.
-¿Qué era eso tan importante que tenías que decirme?
-preguntó ella, intrigada.
-Necesito saber cómo salimos anoche de la casa de los Valbuena.
Sara lo miró, sorprendida.
-¿Y para eso tantas prisas?
Lázaro no pensaba hablarle de la aparición vestida de
blanco, así que tardó un poco en contestar.
-Quiero volver -dijo finalmente-. Me encanta esa casa, y me gustaría
poder entrar en el jardín sin tener que trepar a los árboles.
-No puedo decírtelo. Si la gente entrara y saliera del recinto
sin control, tanto la casa como el jardín terminarían
por quedar hechos una pena.
-¡Pero yo no soy cualquiera! Prometo cuidarlo todo y no decir
nada a nadie.
Sara seguía sin ceder. Lázaro le insistió, le
rogó, le suplicó, pero ella continuó en sus trece:
no le contaría cómo entrar en la casa de la calle de
las Acacias. Si pretendía colarse de nuevo, Lázaro tendría
que volver a jugársela trepando al árbol otra vez.
-No me des la lata, Lázaro -concluyó su prima-. No voy
a dejarte entrar.
Sara dio media vuelta para marcharse. Lázaro se quedó
mirándola. Tenía que pensar algo, y rápido.
-Por favor -dijo-. Es muy importante que vuelva ahí dentro.
Se me cayó algo anoche… y, si mi madre se entera de que
lo he perdido, me matará.
Sara se volvió para mirarle.
-No me tomes el pelo. ¿Te crees que soy tonta?
-No te estoy tomando el pelo.
Respiró hondo y vaciló, como si le costase hablar del
tema. En realidad, cuando quería, era un magnífico actor.
-He perdido la medalla del abuelo -mintió.
Sara se sobresaltó, y lo miró, muy preocupada.
Aquella medalla era la joya más antigua de la familia. El abuelo
de Lázaro y Sara la había heredado de su abuelo, y la
había llevado encima hasta poco antes de su muerte; tenía
cuatro hijos y quince nietos, pero, entre todos, había elegido
a Lázaro para regalársela.
La realidad era que el chico nunca la llevaba puesta; pero sabía
que, si Sara o cualquiera de sus hermanos hubiese heredado la medalla,
la tía Clara no le habría dejado quitársela para
nada.
Por eso, cuando Sara miró a Lázaro y vio que, efectivamente,
no llevaba ninguna cadena al cuello, no se le ocurrió pensar
que nunca se la ponía.
-Ostras, es verdad. ¿Seguro que la perdiste ahí dentro?
-Estoy casi convencido.
-¿Y por qué no lo habías dicho antes?
-Porque no quería que se lo dijeras a mi madre, o a la tía
Clara.
Sara estaba muy nerviosa. Para ella, perder la medalla del abuelo
era una de las peores cosas que se podían hacer. Su primo se
había metido en un buen lío.
-De acuerdo -accedió-. Sígueme.
Lázaro obedeció, intentando fingir que estaba tan nervioso
como ella. En realidad, la medalla del abuelo estaba bien guardada
en el joyero de su madre, prácticamente desde el día
en que Lázaro la había heredado, pero eso no tenía
por qué saberlo Sara.
Juntos recorrieron el pueblo hasta la casa de los Valbuena. Por el
camino, Sara no paraba de parlotear de manera parecida a como lo hacía
la tía Clara.
-Mira que eres desastre, Lázaro. ¡Como se entere tu madre…!
Pero, ¿cómo se te ocurre?
-Eh, para ya. Ni que lo hubiese hecho a propósito.
Sara se detuvo frente al muro de la propiedad Valbuena, justo delante
de una enorme mata de jazmín. Lázaro aspiró el
aroma y lo reconoció entonces: aquél era el lugar por
donde había salido del recinto la noche anterior.
Sara miró hacia todos lados y, tras comprobar que no se acercaba
nadie, agarró a Lázaro de la mano y se metió
en el jazmín, por un lugar donde las ramas se abrían
un poco. Detrás sólo estaba el muro, pero, mirando hacia
la derecha, Lázaro descubrió que entre la planta y la
pared había un hueco lo bastante ancho como para que una persona
pudiese pasar. Sara se internó por él, y Lázaro
la siguió. Recorrieron unos metros ocultos entre la pared y
la mata de jazmín, hasta que Sara le indicó con un gesto
una amplia grieta en el muro. Lázaro se coló por ella
y fue a parar al arbusto que había atravesado la noche anterior
para salir. Avanzó un poco más y se encontró
en el jardín inglés.
Se dio la vuelta para mirar a Sara, que entraba tras él.
-Buen truco -comentó.
Ella asintió, sacudiéndose las hojas de los pantalones.
-El agujero no se ve desde fuera, porque lo tapa el jazmín
-dijo-, pero tampoco desde dentro, porque está este matorral
delante. Bueno -añadió, frunciendo el ceño-,
empecemos a buscar.
Pronto estuvieron los dos inspeccionando el suelo por los senderos
del jardín. Lázaro miraba de reojo el estanque y las
zonas umbrías, pero no vio al fantasma de la chica de blanco
por ninguna parte.
Una hora después, Sara sudaba a chorros y se había cansado
de buscar la medalla del abuelo. Lázaro también sudaba,
y, además, se aburría como una ostra. Había llegado
a la conclusión de que debía volver de noche para ver
de nuevo a la misteriosa aparición fantasmal. Y, ahora que
sabía que podía entrar cuando quisiera, no tenía
ningún interés en quedarse.
-Volvamos a casa -dijo.
Sara lo miró, dudosa.
-Quizá deberíamos mirar en el jardín francés.
-¿El jardín francés? -repitió Lázaro-.
¿Te refieres al delantero?
-Sí. Se llama así porque…
-Déjalo, déjalo, no me lo expliques. De todas formas,
no vale la pena ir a buscar la medalla allí: anoche no lo pisé
para nada.
-Entonces, ¿quieres que volvamos a casa ya? ¿Y qué
vas a hacer sin la medalla del abuelo?
-La buscaré allí. Quizá se me cayera mientras
dormía.
-La habrías visto al hacerte la cama esta mañana.
-No me he hecho la cama esta mañana.
Sara hizo una mueca de disgusto, y Lázaro sonrió para
sí. Su prima era una chica inteligente, independiente, extrovertida,
resuelta y activa, pero en muchos aspectos se notaba que era hija
de tía Clara.
Logró convencerla de que abandonaran la búsqueda, y
por la tarde pasó a decirle que había encontrado la
medalla en el cuarto de baño, donde la había dejado
al quitársela para ducharse.
-Entonces, ¿por qué no la llevas puesta?
-Para no perderla otra vez.
Sara le dirigió una mirada penetrante, y Lázaro supo
que ella había adivinado que la había engañado.
Pero eso ahora no le importaba: ya había averiguado lo que
quería.
Poco antes del anochecer estaba vagando de nuevo por el jardín
inglés.
Todavía era de día, porque no había podido esperar
más tiempo; y los minutos se le hacían eternos esperando
el crepúsculo. Decidió entonces dar una vuelta por el
jardín delantero.
Rodeó el edificio y encontró una arcada recortada en
un altísimo seto. La cruzó; era la puerta que comunicaba
los dos jardines.
Se quedó un rato caminando por entre los rosales y las estatuas,
procurando no pasar cerca de la verja delantera, para que nadie lo
viera desde la calle. Cuando le pareció que era casi de noche,
dio media vuelta para regresar a la parte trasera de la casa.
Pero, de pronto, un sonido lo detuvo: una risa alegre, pura y cristalina.
Parecía que venía del otro lado del seto, pero había
también algo en ella, como un eco remoto, que daba la sensación
de proceder de muy lejos, de otros lugares, otros tiempos.
El corazón del chico empezó a latir apresuradamente.
¿Quién más, aparte de él, podía
estar en la casa? Con cautela, avanzó unos pasos. Una voz femenina
cantaba una canción sin palabras, sencilla, feliz, casi infantil.
Aún oculto tras el pie de una enorme estatua de mármol,
Lázaro se asomó un poco… y se quedó de
piedra.
Era la joven de blanco.
No cabía duda: los mismos rasgos hermosos, suaves y elegantes;
los mismos ojos oscuros, la misma melena negra, la misma apariencia
de inmaterialidad…
Pero se había operado en ella un cambio evidente: reía
y cantaba mientras recorría el jardín con paso ligero,
y su rostro irradiaba paz y felicidad. Llevaba el pelo recogido cuidadosamente
tras la cabeza, y sus ojos brillaban de pura alegría.
Lázaro la vio alejarse, etérea, vaporosa, como una nube,
y supo que no podía dejarla marchar. La siguió por el
laberíntico jardín, entre la neblina del crepúsculo,
bajo la atenta mirada de las estatuas de mármol. La siguió,
estudiando con atención todos los movimientos de su figura
incorpórea, sin acabar de creerse que estaba viendo un fantasma;
pero, sobre todo, preguntándose quién era ella, o quién
había sido.
-¡Espera! -la llamó, pero ella no pareció escucharle.
Lázaro notó que apretaba el paso, y se apresuró
a seguirla para no perderla.
Pero, de pronto, la aparición giró un recodo…
y desapareció entre la niebla.
Lázaro se quedó parado, desconcertado, mirando a todos
lados. Ni rastro de la joven de blanco.
Respiró hondo y cerró los ojos. Se sentía…
¿cómo explicarlo? Intrigado por aquel misterio, pero
también orgulloso de que su intuición acerca de la casa
de la calle de las Acacias hubiera sido acertada… y, sobre todo,
exultante de felicidad.
Había otra realidad. Sabía que no estaba loco, ni se
lo había imaginado.
Un fantasma.
Lázaro se estremeció. Tenía la piel de gallina.
El sol ya se había ocultado tras el horizonte, y ante él
se alzaba la arcada que daba paso al jardín inglés.
