Título: La casa del crepúsculo

IV.

En los días siguientes, y aprovechando que ya estaba de vacaciones, Lázaro frecuentó la casa de los Valbuena todo lo que pudo. A veces tenía suerte, y a veces no. A veces veía al espíritu de blanco, y otras veces volvía a casa sin que ella se hubiese presentado. Y los días en que esto ocurría, se sentía solo, triste y vacío.
Había aprendido una cosa con respecto al fantasma de la finca Valbuena: si acudía a verla durante el día, sólo la encontraría en el jardín francés, alegre y feliz, cantando y riendo, y paseando entre los setos y las rosas. Si, por el contrario, visitaba la propiedad después de la puesta del sol, vería a la joven en el jardín inglés, caminando entre sombras y atormentada por alguna desgracia que Lázaro sólo podía tratar de adivinar. Durante el día, la aparición transmitía serenidad y ganas de vivir. Por la noche, su desesperación, sus lágrimas y sus lamentos dejaban a Lázaro con el corazón encogido.
Y era precisamente esta manifestación de ella la que más le atraía y le fascinaba; pero, como no siempre podía salir de casa después de cenar, también se dejaba caer a menudo durante el día por el jardín francés.
Ella nunca hablaba, ni parecía verle, ni oír sus llamadas. Y, según pasaban los días, Lázaro deseaba, cada vez más ardientemente, conocerla y saber quién había sido, y, sobre todo, qué le había sucedido, tan terrible como para transformarla de aquel modo.
No le había dicho nada a nadie, en primer lugar, por miedo a que los demás no le creyeran, y a que no vieran lo mismo que él cuando visitasen la finca Valbuena; y, en segundo lugar, porque le gustaba la idea de ser el único en conocer el secreto de la casa de la calle de las Acacias.
Una tarde, mientras iba hacia la casa, sumido en sus pensamientos, vio, pegado a una farola, un cartel que le llamó al atención:

¿QUIERES CONOCER EL MUNDO
DE LO INVISIBLE? ¡VEN A VERME!
B. M. BOROVSKI. VIDENTE. MÉDIUM.
TAROT, RUNAS, NUMEROLOGÍA,
ASTROLOGÍA, ALTA MAGIA BLANCA

Según iba leyendo, Lázaro iba perdiendo el interés. Aquel anuncio parecía uno de tantos otros. Él creía en la auténtica magia, pero también estaba convencido de que la gran mayoría de los videntes que se anunciaban en los periódicos y la televisión eran sólo unos charlatanes.
Movió la cabeza y siguió andando. Pero en la siguiente farola encontró otro anuncio:

¡NO ME IGNORES!
PUEDO SER TU CONTACTO CON EL MÁS ALLÁ.
NO DEJES PASAR ESTA OPORTUNIDAD
B. M. BOROVSKI. VIDENTE. MÉDIUM

Lázaro se sonrió un poco, a su pesar, y siguió andando. El anuncio de la tercera farola tenía las letras más grandes:

¡¡¡NO PASES DE LARGO!!!
SI ALGÚN DÍA ME NECESITAS, PUEDE QUE NO VUELVAS
A ENCONTRAR ESTE ANUNCIO. ¡APÚNTATE MI NÚMERO!
B.M. BOROVSKI. VIDENTE. MÉDIUM.

Lázaro estuvo tentado de sacar papel y boli para apuntarse los datos de B.M. Borovski, que aparecían bajo su nombre. Pero sacudió la cabeza y siguió andando.
La cuarta farola ya no tenía cartel, y Lázaro se sintió extrañamente aliviado. Pero, al seguir caminando calle abajo, se topó de narices con el siguiente mensaje en la quinta farola:

¿CREÍAS QUE TE HABÍAS LIBRADO DE MÍ?
¡EL MÁS ALLÁ TAMBIÉN PUEDE SORPRENDERTE!
¡TU FUTURO TAMBIÉN ES IMPREVISIBLE!
¡¡¡LLÁMAME!!!!
B. M. BOROVSKI.

-Qué pesada es esta señora -comentó Lázaro a media voz.
Miró más allá, y vio que en la siguiente farola había otro cartel, pero era el último. Se acercó a él:

¡HOLA DE NUEVO!
MIRA QUÉ FÁCIL ES ACUDIR A MI CONSULTA:
¡YA ESTÁS EN LA PUERTA!
B.M. BOROVSKI.


Lázaro dio un respingo y miró en la dirección que señalaba la flecha.
Era el portal de una casa vieja. Junto a la puerta había otra flecha señalando hacia arriba, y Lázaro vio otro cartel, sobre la ventana del primer piso:

B. M. BOROVSKI.
VIDENTE. MÉDIUM.
TAROT, RUNAS, NUMEROLOGÍA,
ASTROLOGÍA, ALTA MAGIA BLANCA
(SI HAS LLEGADO HASTA AQUÍ, NO CUESTA NADA
SUBIR UN PISO, ¿VERDAD?)

Lázaro se rascó la cabeza, pensativo. Era la médium más original que había conocido nunca, y eso que aún no la conocía.
-Está bien, me has convencido -gruñó.
Sin pensarlo más, entró en el portal y subió los escalones de dos en dos, hasta quedar frente a una puerta con un sencillo rótulo:

B. M. BOROVSKI

Lázaro dudó un momento antes de llamar. Dado el talante de la señora Borovski, quizá le diera un calambre en el dedo si apretaba el timbre.
Finalmente, llamó. Un timbre chillón se oyó al otro lado de la puerta. Sonaba como si le estuvieran arrancando las tripas a un gato.
Lázaro esperó un buen rato. Cuando ya iba a marcharse, la puerta se abrió, y salió de la casa un joven larguirucho, de mirada melancólica. Lucía un fino bigote y no parecía muy seguro de sí mismo. Parpadeó varias veces antes de decir:
-¡Ca-caramba! Buenas tardes.
-Buenas tardes -respondió Lázaro-. ¿Está la señora Borovski?
-¿La-la se-señora Borovski? -tartamudeó el joven, extrañado.
-Sí. ¿No vive aquí? Lo pone en la puerta.
El joven le miró fijamente durante un momento. Le temblaba el labio inferior, y Lázaro se dio cuenta de que acababa de decir algo inconveniente, aunque no entendía por qué. La tía Clara siempre le decía que era muy bruto hablando, pero, la mayoría de las veces, Lázaro no era consciente de ello.
-Bueno, ¿qué pasa? -preguntó-. ¿Qué he dicho?
El joven sacó una tarjeta de visita del bolsillo y se la tendió.
Lázaro leyó:


BRUNO MANUEL BOROVSKI.
VIDENTE. MÉDIUM.
TAROT, RUNAS, NUMEROLOGÍA,
ASTROLOGÍA, ALTA MAGIA BLANCA.

-Ah… oh -fue todo lo que pudo decir Lázaro.
-¿Quieres una consulta o has venido a reírte de mí? -cortó Borovski.
-No, yo… quiero una consulta.
-Entonces, pasa.
Lázaro siguió a Borovski hasta el interior de una habitación pequeña, sin adornos. En el centro había una mesa-camilla, cubierta por un mantel de terciopelo azul. Sobre la mesa, una baraja de cartas del tarot y dos o tres saquillos cerrados.
-Es sencillo -dijo Borovski, al advertir la mirada de Lázaro-. No necesito nada más.
Le indicó una silla, y el chico se sentó. Borovski tomó asiento frente a él.
-No tengo mucho dinero -confesó Lázaro, titubeante; aún se le hacía extraño pensar que el tipo de los carteles y aquel joven arisco y nervioso fueran la misma persona.
Borovski asintió, ceñudo.
-Lo suponía. No importa; dime lo que quieres y yo te daré mi tarifa. Si tienes bastante, seguimos. Si no, vuelve otro día.
A Lázaro le pareció bastante razonable, y asintió a su vez. Vaciló un momento antes de decir:
-He visto un fantasma.
Borovski parpadeó, sorprendido.
-Ca-caramba -dijo-. No es el tipo de consultas que suelo recibir.
-¿No me cree?
-No lo sé. Cuéntame tu caso, y veré si sigo escuchándote. ¿Quieres librarte de él? Porque, entonces, yo…
-No, no -cortó Lázaro-. Sólo quiero hablar con ella. Saber quién es… o quién fue.
-Ella -repitió Borovski, pensativo, pero con un brillo divertido en la mirada-. Cuéntamelo.
Lázaro refirió todo lo que había visto en la finca Valbuena desde la primera vez que viera a la chica de blanco. Al principio titubeaba, inseguro, pero, según fue avanzando en el relato, olvidó sus reticencias, para hablar con verdadera pasión del fantasma de la casa de la calle de las Acacias. Borovski le escuchaba con atención, sin interrumpirle. Sin embargo, cuando Lázaro empezó a contar que también había visto a la chica de día, su labio inferior volvió a temblar otra vez. Y, cuando el chico terminó su historia y miró al médium, le sorprendió ver que le observaba casi con odio.
-¡¡¡Fuera de aquí!!! -chilló Borovski, y Lázaro dio un salto en la silla.
-Pero, ¿por qué? ¿Qué he dicho esta vez?
-¡Largo de aquí! ¿Crees que no me he dado cuenta de que has venido a reírte de mí? ¡No soy estúpido!
-Pero yo…
-¡He dicho que fuera!
Lázaro se levantó, aún confuso.
-¡He dicho la verdad!
-¡Ningún fantasma se pasea de noche y de día!
Lázaro abrió la boca para protestar, pero Borovski ya le empujaba hacia la puerta.
-¡Yo sé lo que he visto! -dijo, muy ofendido.
Borovski le cerró la puerta en las narices.
Lázaro se alejó de allí, muy confundido. Le dio vueltas al asunto mientras caminaba hacia la finca Valbuena, y llegó a la conclusión de que el excéntrico Borovski estaba algo paranoico, y que era mejor no volver por allí.
Encontró al fantasma de blanco correteando alegremente por el jardín, y la siguió hasta que se puso el sol.
Entonces, como de costumbre, la perdió en el laberinto de setos, y se encontró, de nuevo, ante la arcada que daba paso al jardín trasero.
La atravesó, pensativo.
Sabía que, en cuanto se hiciera de noche, volvería a ver a la aparición, con el cabello suelto, atormentada y bañada en lágrimas, vagando junto al estanque.