Título: La casa del crepúsculo

V

Lázaro no tardó en buscarse otras fuentes de información. Rondó a su prima durante un tiempo, sin atreverse a preguntarle. Sara pronto había averiguado, preguntando a la madre de Lázaro, que éste nunca llevaba puesta la medalla, y supo así, por tanto, que él la había engañado para entrar en la casa. Ahora no le dirigía la palabra.
Lázaro le pidió a su primo Fermín que hablase con ella, pero las noticias del chico no fueron nada alentadoras:
-No quiere ni verte, macho. ¿Qué le has hecho?
Lázaro no se resignó. Un día la vio sentada en la plaza, leyendo un libro, y se le acercó, como quien no quiere la cosa.
-Hola.
Sara respondió con un gruñido. Lázaro hizo de tripas corazón y añadió:
-He venido a pedirte perdón.
Sara le dirigió una breve mirada.
Lázaro inspiró profundamente. Lo que iba a hacer podría traerle muy malas consecuencias, pero era la única manera de que Sara confiase en él y aceptase ayudarlo. Se sentó junto a ella.
-Tengo que contarte algo -empezó-. Probablemente pienses que te estoy mintiendo o, peor aún, que estoy más loco que una cabra. Me da igual, correré el riesgo.
Sara no dijo nada.
Lázaro le contó la misma historia que le había relatado a Bruno Borovski, y que había hecho que éste le echara de su casa con cajas destempladas; pero esta vez, según hablaba, estudiaba con prudencia las reacciones de su prima, que no movía un músculo.
Cuando acabó de hablar, la miró, expectante. Ella tardó un poco en decir algo.
-Fermín tiene razón -comentó-. Estás como una chota. No me extraña que Borovski pensara que le estabas tomando el pelo.
-¿Me ayudarás?
-Claro. Le aconsejaré a tu madre que busque un buen psiquiatra. Mi padre conoce uno que…
-Eh, eh, no te pases -protestó Lázaro, dolido; sin embargo, tenía que reconocer que se lo había ganado a pulso-. Sabes que, aunque me interesa lo paranormal y lo sobrenatural, nunca os he dicho que haya visto ovnis, ni fantasmas, ni nada por el estilo.
-Claro, porque no existen.
Lázaro no pensaba meterse ahora en discusiones sobre lo que existía y lo que no. Había aprendido que más valía convencer a los escépticos con pruebas; Sara era muy, muy escéptica, y él aún no tenía pruebas de ninguna clase.
-Necesito saber quién es ella, Sara -suplicó.
-Primero buscas medallas y luego fantasmas. -Sara saboreaba su venganza-. ¿Qué será lo próximo? ¿El monstruo del lago Ness?
Lázaro suspiró.
-No me crees.
-¿Cómo voy a creerte?
-Bueno, te propongo una cosa, entonces. Míralo de esta manera: tú enfocas tu reportaje sobre la casa desde el punto de vista de los que vivieron en ella, y me enseñas lo que hayas averiguado.
-¡Qué morro! Trabaja tú: mi reportaje ya está casi acabado, y la biblioteca pública está abierta para todos.
-Pero es que yo no sabría por dónde empezar…
-Pues aprendes.
Lázaro abrió la boca para protestar, pero se dio cuenta de que no podía decir nada: Sara tenía razón.
-De acuerdo -gruñó-. Ya me buscaré la vida yo solo.
Se levantó para marcharse, pero dudó un momento, y se volvió de nuevo hacia Sara.
-Hazme al menos un favor: no le cuentes a nadie nada de todo esto, ¿quieres?
-Descuida.
Lázaro cogió su mochila, se despidió de su prima y echó a andar, sin mirar atrás.
Sara lo vio marchar. Cuando Lázaro desapareció de su vista, suspiró, movió la cabeza y murmuró:
-Sí que es raro este chico.
Trató de concentrarse de nuevo en su libro, pero no lo consiguió. Después de intentar varias veces acabar la página, sin éxito, cerró el libro y se levantó de un salto.
Apenas diez minutos más tarde estaba en la biblioteca.
El bibliotecario estaba sentado tras el mostrador, haciendo jeroglíficos con gesto aburrido. No había nadie más.
-Buenas tardes, señor Isidro -saludó Sara.
-¡Ah! -El bibliotecario se ajustó las gafas-. Hola, Sara. ¿Ya vienes a devolver los libros, tan pronto?
-No; vengo por lo del reportaje, otra vez.
-Pero ya te dije que, aparte de ese libro sobre los edificios antiguos de la comarca, no tengo nada más…
-No, no busco libros; ya tengo cubierto el apartado de arquitectura, historia y descripción de la casa. -Sara vaciló un momento-. Sólo me preguntaba… si tiene usted aquí periódicos antiguos, del siglo pasado.
El bibliotecario se la quedó mirando, cogido por sorpresa.
-Bueno… algo hay. Pero hace tiempo que nadie entra en la hemeroteca. Sígueme.
La hemeroteca era una habitación fresca y oscura donde se guardaban cientos y cientos de diarios antiguos.
-Aquí sólo entra la señora de la limpieza, dos veces por semana -explicó el señor Isidro-, para cambiar unos cacharros que deja ella en la habitación, que se comen la humedad.
Sara notó que, efectivamente, el ambiente era fresco, pero seco. El bibliotecario encendió la luz. El resplandor amarillento de una única bombilla, de poca potencia, bañó la habitación.
-Bueno -dijo el señor Isidro-. ¿Qué buscas exactamente? Te advierto que periódicos nacionales tenemos más bien pocos.
-No. Busco algún periódico local. Es para conseguir datos sobre los que vivieron en la casa.
-Hmmm… Mira, en 1833 se fundó un periódico en el pueblo, a la muerte de Fernando VII. Se llamaba “La Gaceta Liberal”, y sobrevivió siete años, nada más. Pero tenemos todos sus números.
Sara suspiró, decepcionada.
-La casa se construyó en 1806. ¿No tiene nada entre esa fecha y 1833?
El señor Isidro se rascó la cabeza.
-Bueno -farfulló-. Quizá encuentre algunas revistas por ahí, no sé.
-Mientras tanto -añadió Sara rápidamente, advirtiendo la mirada desilusionada del bibliotecario-, empezaré con “La Gaceta Liberal”. No es un mal comienzo.
El señor Isidro sacó siete tomos de la estantería.
-Los encuadernaron porque estaban algo estropeados -le explicó-. En teoría, se necesita un permiso especial del ayuntamiento, porque son antiguos, pero… bueno, yo sé que tú cuidas los libros y conoces el valor de las cosas.
Sara le dirigió una mirada agradecida. Al señor Isidro le encantaban los libros, pero en su biblioteca casi siempre estaba sólo él.
-La gente debería leer más -dijo la chica-. No saben lo que se pierden.
El bibliotecario asintió, con un suspiro pesaroso.
Sara se sentó en la sala de lectura, con los siete tomos de “La Gaceta Liberal” sobre la mesa. Con mucho cuidado, abrió el primero y le echó un vistazo
Pronto advirtió que los periódicos eran muy breves: una o dos hojas, todo lo más. Además, había muy pocos titulares, y los que había eran tan escuetos que, de todas formas, Sara tenia que leerse el artículo entero para enterarse de qué trataba.
Suspiró y comenzó a trabajar:

“ARTÍCULO DE OFICIO: S. M. la REINA, nuestra señora, su augusta madre la REINA gobernadora y la Serenísima Señora Infanta María Luisa continúan sin novedad en su importante salud en el Real Sitio del Pardo”

Sara pasó a otra cosa:

“Sabemos positivamente que en Peralta, cerca de Tudela, se han presentado 16 facciosos armados y se han alistado en las filas de los urbanos de aquella villa”.

“París. La Reina de Portugal ha declarado, según se dice, que quería cumplir la voluntad de su padre y elegir un esposo. El pudor natural en su edad no le permitía añadir que lo haría con placer; pero su afecto por el hermano de la emperatriz no es un secreto”.

-¡Vaya! -dijo Sara, sorprendida-. ¡Ya había noticias del corazón en aquella época!
Siguió leyendo, por encima, noticias sobre los movimientos de diversos generales en una guerra, que ella supuso sería la primera guerra carlista (había tenido que leer sobre el tema para documentar su reportaje), distintos anuncios de leyes… pasó directamente a una sección de anuncios breves:

“En la calle del Pollo, número 7, vive un sujeto que quita todo tipo de manchas”.

“Un joven de 26 años de edad, que sabe escribir y cuentas, desea su colocación en una casa decente para todo lo que se le mande”.

Sara suspiró de nuevo. Iba a ser una tarde muy, muy larga.
Un par de horas más tarde le dolía ya la cabeza. Había examinado, así por encima, los dos primeros tomos, sin encontrar ninguna referencia a la familia Valbuena.. Por si fuera poco, cada vez que levantaba la cabeza veía que el montón de documentación que le sacaba el señor Isidro se hacía más y más alto. El bibliotecario, con el deseo de ser útil, le estaba buscando todo lo que llevara fecha de 1800 en adelante, hasta 1900. Aquello incluía no sólo periódicos y semanarios, sino también cosas tales como programas de teatro, panfletos, documentos legales y cartas personales.
Sara estaba empezando a pensar que tenía que haber dejado que Lázaro se las arreglase solo. “Lo hago por mi reportaje”, se repitió a sí misma, una vez más. Había estado a punto de dejarlo en más de una ocasión, pero le entraban remordimientos sólo de pensar en la cara que pondría el bibliotecario si le decía que lo guardase todo.
Así que siguió, no sin antes pedirle al señor Isidro que, por el momento, no le sacara más cosas. El hombre asintió, pero Sara se dio cuenta de que estaba deseoso de seguir enseñándole los tesoros que contenía su pequeña biblioteca de pueblo.
También Sara estaba sorprendida, pero, por el momento, tenía más que suficiente.
En el tercer tomo, que correspondía a 1835, encontró la primera referencia a un Valbuena:

“GENEROSA DONACIÓN- El señor don Valeriano Valbuena, distinguido habitante de esta villa, ha donado una importante cantidad al nuevo hospital de la comarca”

Sara leyó el resto de la noticia con interés. Explicaba que, tras el fallecimiento de su esposa, siete años atrás, tras una larga enfermedad, el acaudalado señor Valbuena era muy sensible a la muerte, y había contribuido a menudo a la construcción de asilos y hospitales por toda la región.
Sara lo apuntó en un papel: “VALERIANO VALBUENA: en 1828 muere su esposa”.
Siguió buscando, cada vez más interesada.

“ESTADO SANITARIO DEL REINO: En la provincia de Cuenca: el siete del corriente en dicha provincia iban desapareciendo los efectos del cólera morbo y había esperanzas de verse pronto libres de la plaga. En la de Navarra: desde el día 28 fallecieron en Pamplona 34 personas, curaron 128 y quedaban enfermas 327. En la de Huesca…”

Sara pasó a otra cosa:

“Ha sido preso en Burgos un sujeto que inspiraba las más vehementes sospechas, y que confesó no llamarse N.Angulo, ni ser paisano, como expresaba su pasaporte, sino N. Cantero, y que…”

Sara se saltó el resto, y los artículos que seguían, todo noticias sobre la guerra. Pasó un buen rato antes de que encontrara una nueva referencia a los Valbuena. La encontró al final del tercer tomo, y la leyó, sobrecogida:

“Con mucha satisfacción nuestra anunciamos que el Sr.D. Valeriano Valbuena, después del accidente que le puso al borde del sepulcro, empieza a recobrarse, aunque lentamente, y a dar esperanzas de su restablecimiento a familia y amigos. Por desgracia, su médico afirma que, a sus 62 años, ya nunca podrá volver a caminar”.

El texto seguía hablando del señor Valeriano Valbuena, uno de los hombres más pudientes de la comarca: en 1806 su joven esposa había contraído una grave enfermedad (el diario no especificaba cuál), y los médicos le habían aconsejado que cambiara de aires y fuera a vivir al campo. Por tanto, Valeriano Valbuena se había hecho construir una preciosa casa en aquel pueblo, y había vivido en ella hasta 1823, fecha del regreso a España de Fernando VII. El señor Valbuena, hombre abierto y con visión de futuro, había luchado por los ideales de los liberales, y, al volver al trono el rey conservador, no había tenido más remedio que marchar al exilio, como otros tantos españoles. A su regreso, en 1833, su familia tenía un miembro menos: de constitución frágil, su mujer había fallecido en Londres. Pero, aun así, Valeriano Valbuena había decidido quedarse en el pueblo, para lo cual tuvo que reformar la casa, que llevaba diez años abandonada.
Sara cotejó las fechas que tenía. Coincidían: construcción de la casa, 1806. Reformas, 1833. Ahora sabía por qué su propietario había tenido que hacer obras.
-Aprovechó para construir el jardín trasero -murmuró.
Siguió leyendo el artículo, que lamentaba la mala suerte del señor Valbuena, “un ciudadano ejemplar que ha contribuido en numerosas ocasiones a mejorar las condiciones de nuestra hermosa villa, haciéndola más moderna y europea cada día; es digno del mayor elogio el noble entusiasmo que ha demostrado siempre…”
Sara se saltó las líneas siguientes.
Sólo cuando había terminado de copiar la información, recordó la petición de su primo. Repasó los datos que ya tenía, y no encontró nada que concordase con la historia de Lázaro. Decidió, entonces, terminar con “La Gaceta Liberal”. Si no encontraba ninguna alusión a una chica joven muerta en la casa Valbuena…
Sara sacudió la cabeza. ¿Qué iba a hacer entonces? Decirle a Lázaro que no había nada sería como admitir que se había tragado su historia… es decir, otra tomadura de pelo.
-Más me vale encontrar a la chica -murmuró para sí misma-, o habré hecho el ridículo otra vez.
Volvió a la biblioteca después de comer, para seguir con su búsqueda, y descubrió que, entre tanto, el señor Isidro había sacado más papeles, documentos, revistas y panfletos. Cogió uno de ellos, al azar:

“Soldados: vais a emprender vuestra marcha a las Castillas, Nuestra inocente reina Isabel II os llama. Tenéis valor y subordinación, y sumisos siempre a la voz de vuestros jefes, podéis estar seguros de vuestra victoria…”

Sara sacó otro folleto, y leyó el título:

“ECONOMÍA RURAL:
Cultura y prácticas de la Francia. Extracción del aceite de las olivas”

-Señor Isidro…
-¿Verdad que con lo que hay aquí se podrían escribir varias tesis doctorales? -la cortó el buen hombre, radiante.
-Bien, sí, pero… esto es sólo un reportaje de cuatro páginas para la revista del instituto, no una tesis doctoral.
-¡Ah!
El bibliotecario parecía desilusionado, y Sara se sintió fatal. Se apresuró a decirle:
-Pero es increíble todo lo que ha encontrado usted. ¿Cómo es posible que haya tanta documentación en una biblioteca tan pequeña?
-Viene de los archivos del Casino. ¿Sabes lo que era el Casino?
Sara negó con la cabeza.
-En el siglo XIX, los hombres que no tenían otra cosa que hacer iban al Casino todas las tardes…
-¿A jugar a las cartas?
-Bueno, no sólo a eso. Leían el periódico, tomaban una copa… pero, sobre todo, hablaban, hablaban mucho.
-¿De qué?
-Fundamentalmente, de política. Entonces no existía el fútbol -añadió el señor Isidro, guiñando un ojo-. El Casino del pueblo fue demolido hace treinta años, para hacer un cine. Todos los periódicos y papeles que quedaban allí pasaron a la biblioteca.
Sara asintió, sorprendida de que hubiese un lugar de reunión social donde guardasen periódicos a lo largo de más de cien años.
Siguió con su búsqueda, y comenzó con el cuarto tomo de “La Gaceta Liberal”, el correspondiente a 1836.

“En Toledo un joven bien vestido se ahorcó ayer en camisa. Su muerte se atribuye a un suicidio”.

“El rebelde Zumalacárregui ha anunciado una guerra de exterminio”

“PRONÓSTICO: Se nos anuncia que este invierno será especialmente frío. Apóyase tal pronóstico en las observaciones…”

Al cabo de un buen rato de leer todo tipo de noticias, sin sacar nada en claro, se topó con el siguiente párrafo:

“Ayer contrajeron matrimonio, en la iglesia parroquial de Santa Mónica, el Sr Adolfo Heredia, redactor de este periódico, y la señorita Elisa Valbuena. La ceremonia fue muy emotiva, y a ella asistió buena parte de la población de nuestra villa, como correspondía a tan especial acontecimiento. La novia estaba radiante, y el padre, el muy respetable señor Valeriano Valbuena, expresó su satisfacción y felicidad por el enlace. Desde aquí les hacemos llegar nuestra más sincera enhorabuena”.

Sara lo leyó de nuevo: “La señorita Elisa Valbuena”…
-Vaya -murmuró-. Tenía una hija. Pero eso no demuestra nada.
Apuntó el dato y siguió buscando.
Casi al final del cuarto tomo de “La Gaceta Liberal” encontró un pequeño párrafo que le heló la sangre. Lo leyó varias veces, sin acabar de creérselo.
Era una esquela.

“NECROLOGÍA: El día 23 del actual falleció en esta villa la señorita Elisa Valbuena del Castillo, de 17 años de edad. Su médico atribuye su muerte a un enfriamiento, tan traicioneros en esta época del año. Todos lamentamos su pérdida y ofrecemos nuestras más sinceras condolencias a los familiares y amigos de esta bella y virtuosa jovencita. Descanse en paz”.

-Oh, Dios mío -musitó Sara, y sintió que se le ponía la piel de gallina-. La he encontrado.