Título: La casa del crepúsculo

VI

Sara volvió a casa con una fotocopia de la esquela, que el señor Isidro le había hecho personalmente, con todo cuidado, para que no se estropearan las páginas centenarias de “La Gaceta Liberal”.
No volvió a aparecer por la biblioteca en dos o tres días, y tardó bastante en contarle a Lázaro su descubrimiento. Ella y sus hermanos se habían burlado a menudo de su primo, por andar buscando cosas que no existían, pero tenía que reconocer que, aunque Lázaro creía firmemente que había otra realidad, siempre había admitido que él no la había visto aún. ¿Por qué afirmar ahora de forma tan tajante que había visto un fantasma? Podía estar tomándole el pelo, pero Sara sospechaba que no. Esta vez, no.
¿Y si la historia de su primo era cierta? Sara no quería ni pensarlo.
-Aquí la tienes -dijo solamente cuando por fin se acercó a él para darle la fotocopia-. Elisa Valbuena del Castillo.
Lázaro no pudo decir nada durante un momento. Para cuando fue a darle las gracias, ella ya le había dado la espalda y se alejaba calle abajo.
Los días veraniegos pasaban, sin prisas, y Lázaro siguió frecuentando la finca Valbuena. Persiguió a la aparición por los jardines, llamándola “Elisa”, pero ella seguía sin responderle. Lázaro se sentaba en un rincón y la miraba mientras ella paseaba, cantando de día por el jardín francés, o sollozando de noche por el jardín inglés.
Sara olvidó el asunto, hasta la siguiente reunión que tuvo con sus compañeros de la revista del instituto, a mediados de mes. Les enseñó lo que tenía, y les contó la historia de la familia Valbuena. Ellos se mostraron entusiasmados, y le pidieron que siguiera investigando, y reconstruyendo su historia hasta la actualidad.
Ella palideció.
-Pero es que es un trabajo pesadísimo… -protestó.
-Bueno, pero aún quedan casi dos meses para que salga el próximo número de la revista -le replicó uno de sus compañeros-. Tienes tiempo de sobra para tomártelo con calma, si quieres.
- No me caben tantas cosas, sólo tengo cuatro páginas.
-Pues tendrás ocho.
Sara se fue a su casa, un poco mosqueada. Reconocía que la culpa había sido suya, por meterse en aquellas cosas; ahora, no podía dejar el trabajo a mitad.
Sin embargo, estaba algo preocupada: “La Gaceta Liberal” sólo llegaba hasta 1840. Para los más de ciento cincuenta años que quedaban, tendría que atreverse a buscar en la montaña de documentación que le había preparado el señor Isidro.
Pero, decidió, esta vez no pensaba hacerlo sola.
Después de comer fue a llamar a la casa de al lado. Le abrió la madre de Lázaro.
-¡Hola, Sara!
-Hola, tía Isabel. ¿Está Lázaro?
-Pues no, ha salido. No me ha dicho a dónde.
Sara se imaginaba perfectamente dónde estaba su primo, pero no tenía tiempo ni ganas de ir a buscarlo.
-¿Puedo dejarle una nota?
-Claro.
Sara arrancó una hoja de su cuaderno y escribió rápidamente: “FAVOR POR FAVOR. ESTOY EN LA BIBLIOTECA. VEN EN CUANTO PUEDAS. SARA”.
Le dejó la nota a la madre de Lázaro, se despidió de ella y se alejó en dirección a la biblioteca.
El señor Isidro la recibió con una amplia sonrisa.
-¡Buenas tardes! Hacía tiempo que no venías.
-Sí, es que he estado algo liada. ¿Ha guardado ya…?
-No, lo he dejado todo aparte, esperando a que volvieras.
Sara no sabía si alegrarse o lamentarlo. Minutos después estaba examinando de nuevo los tomos de “La Gaceta Liberal”. Comenzaba por el quinto, que correspondía a 1837. Pasaba las páginas con cuidado de no estropearlas, pero leyéndolas por encima.

“Ha sido nombrada camarera mayor de S.M. la Reina la Sra. Marquesa de Santa Cruz”.

“TEATRO: Hoy se ejecutará la comedia entres actos, de grande espectáculo, Pólder o el verdugo de Amsterdam”.

“Acaba de inventarse en Leypsick un Psicómetro, que señala los grados de las pasiones del ánimo y del corazón”.

-¡Qué curioso! -comentó Sara, y siguió buscando.

“La diligencia que llegó de Valladolid el día 6 por la noche fue detenida por 40 hombres que robaron a los pasajeros…”

“CORREDURÍA DE CASAMIENTOS: un joven de 21 años, alegre, vivo, semblante expresivo; nada posee, y busca novia bonita, joven, virtuosa y rica que le mantenga”.

-¡Qué morro! -dijo Sara.
Dio la vuelta a la hoja, sorprendida de que ya hubiese en el siglo XIX algo parecido a una agencia matrimonial en “La Gaceta Liberal”.

“REAL LOTERÍA PRIMITIVA: En la extracción celebrada en este día han sido agraciados los números 67, 38, 7, 47 y 42”.

“SUICIDIO: Hoy hemos de lamentar en nuestra tranquila villa un episodio oscuro: la señorita Elvira Valbuena, de diecisiete años…”

Sara parpadeó y miró otra vez antes de seguir leyendo. No, no se había equivocado: Elvira Valbuena. Con el corazón latiéndole con fuerza, leyó el artículo completo:

“SUICIDIO: Hoy hemos de lamentar en nuestra tranquila villa un episodio oscuro: la señorita Elvira Valbuena, de diecisiete años, hija de nuestro buen vecino, don Valeriano Valbuena, se suicidó la otra noche, arrojándose a las aguas del estanque que hay detrás de su casa.
Tras esta terrible desgracia hay, sin embargo, una desagradable verdad: todos conocíamos a la señorita Valbuena, y sabíamos cuánto la había afectado la lectura de los autores llamados románticos: Goethe, Byron, Hugo… que escriben insensateces sobre amores imposibles y desgraciados, que reúnen a los enamorados en lugares tan impropios como celdas, monasterios, cementerios o bosques lúgubres, tétricos, fúnebres y oscuros, en noches tan tormentosas como sus sentimientos. En estas obras, los amantes mueren: o los matan o se suicidan por amor.
Desgraciadamente, esta moda ha alcanzado a nuestra España: la trajeron consigo los españoles que volvieron del exilio, hace tres años, y, en tan poco tiempo, ya proliferan poemas, novelas y obras de teatro de esta calaña.
Y ahora, ¡ay de nosotros!, por culpa de estos mal llamados escritores, nuestros jóvenes abandonan su sana alegría y se vuelven pálidos, delgados y suspirosos, soñando con amores imposibles y desgarrados, de una forma insana y enfermiza.
Todos sabemos que la señorita Valbuena había vivido recientemente una serie de tragedias: la muerte de su madre, la invalidez de su padre, el fallecimiento de su hermana, la señorita Elisa Valbuena…”

Sara dejó de leer bruscamente. Había entendido el artículo a medias, pero ya tenía un dato clave. Escribió en su libreta:

“ELISA VALBUENA (casada): 17 años. Murió en noviembre de 1836.
ELVIRA VALBUENA: 17 años. Murió en febrero de 1837. Suicidio. “

-¡Gemelas! -musitó.
De pronto, sintió que alguien colocaba la mano sobre su hombro, y se sobresaltó. Tras ella estaba Lázaro, que la miraba con curiosidad.
-Parece que hayas visto un fantasma -comentó él-. Mi madre me ha dado tu nota. ¿En qué quieres que te ayude?
Aún temblando, Sara le contó lo de su reportaje, y le explicó que era mucho trabajo, y que necesitaba que le echara una mano. Le enseñó los tomos de “La Gaceta Liberal”.
-¿De aquí sacaste la esquela de Elisa?
-Y mucho más. Lee esto, y cuidadito con estropearlo. Estas páginas tienen casi ciento setenta años.
Lázaro obedeció. Según avanzaba en la lectura, su rostro iba adoptando una cierta expresión de perplejidad.
-No he entendido gran cosa -confesó-. A ver, esa chica, Elvira Valbuena, era hermana de Elisa, y se suicidó…
-Las dos tenían diecisiete años -cortó Sara.
-¿Quieres decir…?
-¿No es evidente? ¡Eran gemelas!
Lázaro dio un bote en el asiento.
-¡Madre mía! -gritó-. ¡Eso es!
-¡¡¡Sssssshhhhh…!!! -les recriminó un hombre que leía el periódico en un rincón de la biblioteca.
-Eso lo explica todo -prosiguió Lázaro, bajando la voz-. Lo que me dijo Borovski… que los fantasmas se pasean de día o de noche… ¡es lo que hace mi fantasma, porque no es uno, son dos! ¡Dos gemelas! Por eso son tan iguales y tan diferentes.
-¿Elisa y Elvira, quieres decir? ¿Y quién es quién?
-Bueno… -Lázaro titubeó-. En el artículo del suicidio de Elvira no hablan muy bien de ella. La presentan como una loca, una alucinada o algo así… ¿Quién ha escrito esto?
-No sé, un tal “Ofloda”. Mira que tenían nombres raros estos tipos, ¿eh?
-Pues habla de Elvira como un nuevo Don Quijote, pero en chica.
-¿Crees que ella es el fantasma que llora de noche?
Lázaro se levantó de un salto, temblando de excitación.
-¡Eh! -protestó Sara-. ¿A dónde vas?
-¡A hablar con Borovski!
-¡No, ni hablar! -Sara lo obligó a sentarse de nuevo-. Tú te quedas aquí. Tienes que ayudarme con mi reportaje.
Lázaro, de mala gana, cogió el sexto tomo.
-¿Habéis encontrado algo interesante? -dijo entonces la voz del bibliotecario, muy cerca de ellos.
Sara le enseñó el artículo, y le explicó que buscaban pistas sobre la gente que había vivido en la propiedad Valbuena.
-No entendemos muy bien esto de la moda romántica -dijo la chica-. ¿Tiene que ver con las historias de amor?
-No sólo con el amor. -El señor Isidro se sentó junto a ellos-. Mirad, el Romanticismo fue mucho más que una moda, aunque algunos críticos de la época no quisieran reconocerlo.
>> Imaginaos el mundo antes de 1789, año de la Revolución Francesa. El rey manda porque ha sido elegido por Dios. Los nobles están por encima de los plebeyos, que deben trabajar para ellos. Los eclesiásticos rezan y cobran también impuestos a los campesinos. No importaba que hubiese burgueses plebeyos más ricos que los nobles, ni que muchos nobles lo fueran porque habían comprado un título nobiliario: la teoría era que el rey, los nobles y los altos cargos de la Iglesia mandaban porque habían nacido para mandar. Y los otros, a callar.
-Hasta la Revolución Francesa -murmuró Sara, recordando oportunamente las clases de historia-. Libertad, Igualdad, Fraternidad.
-Exacto. Los plebeyos se rebelaron contra sus señores, y rodaron cabezas. El orden del mundo quedó trastocado.
>> Pero no creáis que fue tan sencillo. Las luchas duraron muchos años, por toda Europa, y, en España, mucho más. La política quedó básicamente dividida en liberales y conservadores. Los liberales luchaban a favor de los ideales de la Revolución. Los conservadores deseaban volver al Antiguo Régimen.
>> El Romanticismo se inició en Europa con ideales revolucionarios. Los románticos soñaban con un mundo más igualitario, más justo, y luchaban por causas nobles: por ejemplo, Lord Byron, el famoso poeta romántico inglés, murió en la guerra por la libertad de Grecia.
>> Pero, ¿sabéis qué pasó cuando las aguas volvieron a su cauce?
Sara y Lázaro negaron con la cabeza.
-Las ideas revolucionarias afirmaban que no debía gobernar quien hubiese nacido noble, sino quien realmente tuviese aptitudes para ello. Lo llamaban “aristocracia del talento”. Pero, ¿quiénes gobernaron después de la revolución? No los más capacitados. No los más inteligentes, los más sabios, los más honrados o los más justos.
>> Gobernaron los más ricos. La nueva sociedad era de aquel que tenía dinero.
-Como pasa hoy en día -comentó Lázaro.
-Exacto. Pues sabed que nuestra sociedad nació en aquella revolución, aunque no salió exactamente como la habían planeado los primeros románticos, sino como la planearon los burgueses ricos.
>> Con el tiempo, esta nueva sociedad se consolidó, y aquellos hombres y mujeres que lucharon por el cambio se sintieron muy desilusionados, solos y perdidos, como pájaros encerrados en jaulas de oro. Aquel nuevo mundo no gustaba a los románticos liberales, que soñaban con una sociedad más igualitaria y libre; pero tampoco gustaba a los románticos conservadores, que añoraban el mundo anterior a la revolución. Unos y otros expresaban sus ideas mediante artículos críticos en los periódicos, como Larra, el mejor periodista español de aquella época…
-¿Ah, sí? -preguntó Sara, interesada-. ¿Y qué fue de él?
-Se suicidó.
-¡Ah! -dijo la chica, desilusionada-. ¿Se suicidaba mucho la gente, entonces?
-Más que en épocas anteriores, sí; aunque no tanto como dice el autor de ese artículo que me habéis enseñado. Los románticos se sentían diferentes, elegidos. Se sentían genios incomprendidos y pensaban que ellos estaban por encima del materialismo y la hipocresía que les rodeaba. Les gustaba la naturaleza salvaje e indomada; creían en valores espirituales y, cuando se enamoraban, su amor era apasionado, rebelde y eterno; generalmente, un amor imposible.
-Vaya -comentó Lázaro, impresionado-. No parece una moda.
-En algunos aspectos, sí que lo fue. Fijaos en que el buen romántico era, o debía ser, alto, delgado y pálido. Así parecía más espiritual. Los hombres comenzaron a vestir de negro, para que se viera, por contraste, lo pálidos que estaban. Usaban sombrero de copa, para parecer más altos; pusieron de moda los pantalones largos y el chaleco, y muchos incluso usaban zapatos con tacones. En cuanto a las mujeres románticas, eran preferiblemente de piel blanca y cabellos negros, con ojeras, para que se viera cuánto sufrían; delgadas…
-Entonces, ¿los románticos también pusieron de moda la anorexia? -quiso saber Sara.
El señor Isidro soltó una carcajada.
-No, hija. Las mujeres adelgazaban, pero no tanto. No había nada de romántico en morir de hambre. Los románticos morían de amor.
Lázaro estaba confundido.
-No entiendo -dijo-. Usted ha hablado del Romanticismo como un ideal de libertad, de igualdad… pero me parecen unos hipócritas. ¿Vestían de negro, con sombrero de copa y pantalones largos, sólo para parecer más altos?
-Para que la gente viera que ellos eran diferentes -corrigió el bibliotecario-. Era una forma de rebeldía pacífica. De demostrar que no estaban de acuerdo con la sociedad en la que vivían.
-Me parece una tontería.
El señor Isidro se encogió de hombros.
-Se cansaron de luchar. Hay gente que quiere cambiar el mundo, pero simplemente no tiene fuerzas.
>> Hubo románticos que lucharon, y otros que no. Muchos se refugiaron en un mundo fantástico, exótico, o ya pasado y olvidado. En muchas historias románticas los fantasmas vagan por castillos en ruinas a media noche; o el héroe se bate en duelo contra el villano en un cementerio; o los amantes se despiden para siempre poco antes de que ella muera y él se suicide arrojándose por un precipicio una noche de tormenta…
Sara se estremeció.
-No sé si quiero saber más. Es usted una enciclopedia, señor Isidro.
-Cuando uno ha pasado veintisiete años metido en una biblioteca, a la fuerza ha de salir sabiendo algo.
Lázaro y Sara estaban abrumados. El bibliotecario se dio cuenta, y dijo:
-Bueno, os dejo que sigáis con vuestro trabajo. Si necesitáis algo más, ya sabéis dónde encontrarme.
Y se alejó de nuevo hacia el mostrador.
Sara y Lázaro cruzaron una mirada.
-Bueno, tú ya conoces la historia de tus fantasmas -dijo ella, insegura-. Pero yo no he terminado mi reportaje.
-Te ayudaré -dijo Lázaro, cogiendo el tomo sexto de “La Gaceta Liberal”-. Te debo una.
Poco después, ambos estaban sumidos de nuevo en la búsqueda de datos. Sara se sentía confundida. No quería creer la historia de Lázaro, pero… ¡todo concordaba! Y, si su primo decía la verdad…
Se estremeció, y se concentró en los periódicos.
Cuando acabaron, sólo habían encontrado otra referencia más, aunque significativa: la noticia de la muerte de Valeriano Valbuena en 1840, a los 67 años de edad. Junto a aquella noticia había un extenso artículo que hablaba de la influencia que había tenido el señor Valbuena en la población, y de lo solo que se había quedado tras la muerte de su esposa, Aurora del Castillo, y de sus dos hijas gemelas, Elisa y Elvira. Su yerno, Adolfo Heredia, había estado a su lado todo el tiempo, y heredaría todos sus bienes, incluida su preciosa casa en la calle de las Acacias.
-Heredia -murmuró Sara-. Entonces, ¿qué ha sido de los Valbuena?
Lázaro no paraba de moverse en su asiento.
-Está bien, vete -dijo Sara-. Ya seguiré yo.
-¡Mañana volveré para ayudarte! -prometió el chico, antes de salir por la puerta.
-¡¡¡¡Sssssssshhhhhhhhh!!!! -protestó el hombre del periódico.