VII
Lázaro se topó de narices con un curioso cartel en la
puerta de la casa de Borovski:
HE SALIDO
DE VIAJE. NADIE SABE
A DÓNDE HE IDO, NI CUÁNDO VOLVERÉ.
¡PREGUNTA A LOS ASTROS!
B.M. BOROVSKI
Lázaro
se encogió de hombros y salió de la casa. Miró
el reloj: eran las seis y media. Quedaban dos horas para que cerrara
la biblioteca. Pensó en volver con Sara, pero finalmente decidió
no hacerlo.
Sus pasos le encaminaron de nuevo hacia la finca Valbuena.
Mientras tanto, en la biblioteca, Sara había empezado con el
montón de documentación que le había preparado
el señor Isidro. Era más rápido de lo que imaginaba:
la mayoría de los papeles no le servían para nada.
-Me da la sensación de que te he complicado el trabajo, en
lugar de ayudarte -comentó el señor Isidro-. ¿Qué
buscas exactamente?
-Ya se lo dije: información sobre los que vivieron en la casa..
Los Valbuena… y los Heredia -añadió.
-Bueno -dijo el bibliotecario, pensativo-. Verás, a finales
del siglo XIX vivió en el pueblo un erudito que se dedicó
a hacer el árbol genealógico de las familias más
importantes de la comarca. Creo que su estudio sigue por aquí,
en alguna parte. ¿Te sirve?
-Sí, para empezar. Por lo menos, hasta los primeros años
del siglo XX. Después, tendré que seguir buscando información
de los cien años que me faltan.
Mientras el señor Isidro iba a buscar el volumen, Sara siguió
examinando lo que había en su montón de papeles.
Le llamó la atención un libro antiguo, que estaba debajo
de todo. Lo sacó y lo hojeó, interesada. Era una especie
de atlas local, un conjunto de planos de la comarca y sus diferentes
poblaciones, Por curiosidad, miró en la portada la fecha de
publicación: 1832. Abrió la primera página y
vio una anotación manuscrita que hizo que su corazón
se acelerara:
“Este volumen
pertenece al sr. D. Valeriano Valbuena.
A once de diciembre de 1833”
-¡Vaya! -murmuró y, con dedos temblorosos, sacó
un montón de papeles que había entre sus páginas.
Los estudió con interés y emoción, sin acabar
de creerse su buena suerte.
El señor Isidro ya volvía con el volumen de las genealogías.
-¡Mire esto! -dijo Sara, enseñándole los papeles-.
¡Planos de la casa! Son los que usó Valeriano Valbuena
para hacer las reformas cuando volvió del exilio.
Por primera vez veía cómo podía ser la casa por
dentro: tenía dos pisos y una buhardilla. En el piso inferior
estaba la biblioteca, el salón, el comedor, la cocina…
En el segundo, las habitaciones. Y, en la buhardilla, los cuartos
de los criados: el ama de llaves, el cocinero, el jardinero. En el
sector del plano que correspondía a la parte trasera de la
casa, Valeriano Valbuena había escrito, con caligrafía
fina, segura y elegante: “Aquí, un jardín como
los que vimos en Londres y tanto le gustan a Elvira”.
Sara casi no podía hablar de la emoción. Le parecía
increíble estar reconstruyendo la historia de una familia que
había vivido más de ciento cincuenta años atrás.
-¿Lo ves? -le espetó el bibliotecario-. Podrías
escribir una tesis doctoral.
-Pero si todavía estoy en el instituto…
Sara siguió pasando hojas, hasta que algo cayó al suelo.
La chica dejó el libro de planos sobre la mesa y se agachó
para recogerlo. Era un sobre pequeño y amarillo:
“A la atención
del Sr. D. Valeriano Valbuena Monteverde.
Calle de las Acacias, número 7”.
Sara le
dio la vuelta al sobre para leer el remite:
-Leonor Valbuena Monteverde -murmuró-. ¡Su hermana!
-Ajá -dijo entonces el señor Isidro-. Aquí está.
Le enseñó una página del libro de las genealogías.
Era la de los Valbuena.
Sara la examinó durante un momento, y la copió rápidamente
en su cuaderno, pero sólo desde los padres del constructor
de la casa.
El árbol genealógico no llegaba hasta el siglo XX, porque
la persona que lo había hecho había muerto, según
le dijo el señor Isidro, hacia 1893. Además, especificaba
que Adolfo Heredia se había casado con Elisa Valbuena en 1836;
diez años más tarde se había vuelto a casar,
con una tal María Cantero, con la que sí había
tenido hijos.
-Los Heredia -murmuró Sara, comprendiendo.
-Son los actuales propietarios de la finca -señaló el
señor Isidro-, pero la gente se había acostumbrado a
llamarla “la casa de los Valbuena”, y eso no han podido
cambiarlo.
Sara seguía con su razonamiento.
-Pero Valeriano Valbuena tenía una hermana, Leonor -murmuró-,
y un hermano, Pedro… -murmuró-, que se quedarían
en la ciudad. Éstos sí que tuvieron hijos. Supongo que
sus descendientes son los que, en la actualidad, disputan la casa
a los Heredia…
-Pero tienen poco que hacer -explicó el señor Isidro-.
Por lo que he oído, los Heredia conservan el testamento de
uno de sus antepasados, un Valbuena, cediéndoles la casa y
toda su fortuna…
-El testamento de Valeriano Valbuena, en favor de Adolfo Heredia -Sara
señaló la genealogía-. Adolfo Heredia, que se
casó con Elisa Valbuena y, según dice “La Gaceta”,
estuvo junto a su suegro enfermo e inválido hasta que murió…
Con mucho cuidado, sacó la carta del sobre y la desdobló.
Se sentó para leerla, esforzándose por entender la letra:
“
Enero 1837
Queridísimo hermano:
Hemos recibido tu carta de Navidad, y sentimos mucho no haber podido
acudir a pasar las fiestas con vosotros. Dios sabe cuánto
nos apena vuestra situación, pero mi esposo tiene mucho trabajo
aquí y no podemos ni soñar con movernos de la ciudad,
por el momento.
En cuanto a que envíe a mi hija Sofía a pasar unos
días con su prima, para que le haga compañía…
si he de serte sincera, hermano mío, no me parece una idea
acertada.
No quiero aumentar tu dolor con mis palabras, pero es necesario
que dejes de cerrar los ojos ante lo evidente. Todos sabemos que,
desde que tu yerno, Adolfo, dejó de cortejar a Elvira para
iniciar su noviazgo con Elisa, tu hija no ha vuelto a ser la misma.
Ya sabemos que, influenciada por esos libros que se trajo del extranjero,
y que ahora comienzan a proliferar en nuestra España, se
figuró ser víctima de un amor funesto y desgraciado,
y alimentó unos horribles celos hacia su hermana, a la que
consideraba culpable de su infelicidad.
Es necesario que te diga que, aunque los médicos dictaminaron
que la pobre y dulce Elisa murió por un enfriamiento, corre
de boca en boca el rumor de que fue su hermana Elvira quien la mató,
por medio de algún mortífero bebedizo. Pese a tus
esfuerzos por ocultarlo, sabemos que Elvira ya había atentado
contra la vida de Elisa en otra ocasión…
Por ello, y visto el evidente estado de enajenación mental
de tu hija desde el desgraciado fallecimiento de su hermana gemela,
espero que comprenderás y aceptarás mi decisión
de prohibir a mis hijos que vayan a visitaros, por el momento, mientras
no se aclare este escabroso asunto.
De nuevo insisto en que me duele dirigirme a ti en estos términos,
querido Valeriano. Pero no puedo seguir mintiéndote con excusas
vacías. Harías bien en internar a tu hija Elvira en
alguna institución donde puedan sanar su enfermedad mental,
y devolverle el buen juicio, antes de que sea demasiado tarde.
Afectuosamente, tu hermana,
Leonor”
Sara acabó la lectura de la carta, perpleja. Volvió
a leer algunos renglones que saltaban ante sus ojos como si estuviesen
escritos con letras de fuego: “tu yerno, Adolfo, dejó
de cortejar a Elvira para iniciar su noviazgo con Elisa”…
“alimentó unos horribles celos hacia su hermana”…”la
pobre y dulce Elisa”… “corre de boca en boca el
rumor de que fue su hermana Elvira quien la mató”…
“Elvira ya había atentado contra la vida de su hermana
en alguna otra ocasión”… “estado de enajenación
mental”…
-¿Has encontrado algo?
La voz del señor Isidro la hizo volver a la realidad. Sara
se sobresaltó y lo miró, confundida.
-¡Madre mía…ya lo creo! Esto es un auténtico
culebrón. Amores, celos, asesinatos, locura, muerte…
-Sara movió la cabeza-. ¡Es una bomba! ¿Puedo
llevarme la carta?
La expresión del bibliotecario se había vuelto seria,
casi severa.
-No, no puedes. Si esa carta cuenta todo eso, has de tener en cuenta
que los descendientes de esas personas todavía viven. Deberías
pedirles permiso a ellos antes de publicar nada.
Sara le miró, contrariada.
-¡Pero no conozco a ningún Valbuena!
-Yo puedo conseguirte la dirección de Amelia Valbuena. Escríbele
y cuéntale tu situación.
A regañadientes, Sara tuvo que admitir que tenía razón.
Pero eso retrasaría terriblemente las cosas.
De pronto se acordó de algo, y empezó a recoger apresuradamente
sus cosas.
-¡Espera! -la llamó el señor Isidro-. ¿A
dónde vas?
-¡A hacer algo muy urgente! -dijo ella desde la puerta-. ¡Mañana
volveré, se lo prometo!
-¡¡Ssssshhhhh!! -se oyó una voz airada desde el
rincón.
Lázaro se había colado de nuevo en el jardín
de la casa de la calle de las Acacias. Había seguido al fantasma
de Elisa durante un buen rato y ahora se encontraba ante la arcada
que lo llevaría al jardín inglés, en la parte
trasera del edificio.
Lázaro suspiró. Anochecía rápidamente.
El sol ya había desaparecido tras las montañas, y las
primeras estrellas tachonaban un cielo sin luna.
Lázaro aguardó a que oscureciera del todo, encendió
la linterna y se internó en el jardín inglés.
Recorrió sus senderos sombríos, apenas trazados entre
árboles y matorrales que componían una naturaleza libre,
salvaje y magnífica. “El ideal romántico”,
pensó el chico.
Se acercó al estanque y se quedó esperando, hasta que
distinguió una forma blanquecina un poco más allá.
-Elvira -susurró-. ¿Por qué te quitaste la vida?
¿Por amor? ¿Porque te sentías desgraciada? ¿Por
las dos cosas?
Profundamente conmovido, compadeciendo a aquella criatura que sufría
más allá de la muerte, Lázaro salió de
su escondite para ir en pos de ella.
Pero una mano lo agarró férreamente por el brazo, y
Lázaro tuvo que contenerse para no lanzar una exclamación.
Se volvió. Era su prima Sara, que lo miraba, pálida
y con los ojos muy abiertos.
-Lázaro… -empezó ella.
-¡La has visto! -adivinó él, sorprendido, pero
contento-. ¡Tú también la has visto!
-Lázaro… -repitió Sara; temblaba-. No te acerques
a ella.
Lázaro iba a replicarle que no era su madre y no podía
darle órdenes, pero se calló al ver en la mirada de
su prima que iba en serio.
Sara señaló con el mentón el espectro de Elvira,
que rondaba desconsolada al otro lado del estanque.
-No te acerques a ella -repitió-. Es una asesina.