VIII
Hacía
calor, así que Lázaro dio unos pasos atrás, para
refugiarse bajo la sombra de un árbol, y contempló la
lápida una vez más.
AQUÍ
YACE NUESTRA BIENAMADA HIJA
ELISA VALBUENA DEL CASTILLO
11 - VI
- 1819
24 -XI -1836
R. I. P
-Lo siento -musitó, recordando el fantasma que corría
por el jardín francés-. Aunque no parece que te vaya
mal en el Más Allá; pareces feliz. Entonces, ¿por
qué has vuelto?
Se inclinó para depositar un sencillo ramo de flores sobre
la tumba. Elisa Valbuena había fallecido hacía más
de ciento cincuenta años, y ya nadie se acordaba de ella, ni
acudía a llevarle flores.
-A las mujeres os gustan las flores -comentó el chico-. Seguro
que las echas de menos.
Se tocó el cuello para sentir asegurarse de que aún
llevaba la cadena con la medalla del abuelo. Por alguna razón,
el día anterior había sentido el impulso de cogerla
del joyero de su madre y de colgársela al cuello. Era antigua
y estaba tan gastada que la imagen que mostraba estaba casi irreconocible,
pero, no sabía muy bien por qué, llevarla le reconfortaba
un poco en medio de todo aquel asunto.
-Lázaro.
Él se volvió. Sara acababa de llegar.
-Tu madre nos está esperando.
Lázaro asintió, y se levantó para marcharse.
-He buscado la tumba de Elvira, pero no la he encontrado -dijo.
-Ni la encontrarás. Ella se suicidó; el suicidio es
un pecado mortal, así que no puede ser enterrada en sagrado.
-¿En sagrado? ¿Qué es eso?
-Éste es el cementerio de una iglesia. Aquí se enterraba
a las gentes de bien. Los pecadores no tenían derecho a un
entierro cristiano.
-Pues yo creo que un suicida no es un pecador, sino alguien que se
ha equivocado, alguien que estaba muy confundido. Creo que es más
bien una víctima.
-¿Elvira, una víctima? -Sara resopló-. ¿Es
que no leíste la carta de su tía?
Lázaro no la escuchaba.
-Aquí está toda su familia -comentó, pensativo-.
Su padre, su hermana, incluso su madre, que murió en el extranjero.
No me extraña que su espíritu llore.
-Mató a su hermana -dijo Sara secamente-. En su lugar, yo también
lloraría toda la eternidad.
Lázaro estuvo a punto de replicarle que no tenían pruebas
de ello, pero en aquel momento llegaban junto al elegante coche verde
de su madre, que sacó la cabeza por la ventanilla.
-¿Estáis listos, chicos?
Ellos asintieron, y entraron en el coche.
Estuvieron un buen rato en silencio, mientras avanzaban a buen ritmo
por la carretera. Sara estaba esperando que, de un momento a otro,
la madre de Lázaro le preguntase a su extravagante hijo qué
hacía en un viejo cementerio, pero la pregunta no llegó.
Sara suspiró. Su tía había sido actriz de teatro
en su juventud. Era culta, elegante, inteligente y sofisticada. Y,
en algunos aspectos, aún más extravagante que Lázaro.
“¡Qué familia!”, solía decir a menudo
la madre de Sara; pero lo decía con cariño. Las dos
se habían llevado siempre muy bien, aunque muchas veces no
tuviesen los mismos punto de vista sobre las cosas.
Sara abrió de nuevo su carpeta para comprobar que llevaba dentro
lo más importante: dos cartas. Una de ellas era la que había
escrito Leonor Valbuena a su hermano Valeriano, siglo y medio atrás.
La otra era mucho más reciente, y estaba escrita por una descendiente
de Leonor: Amelia Valbuena García. Sara volvió a leerla:
“Apreciada Sara:
He recibido tu amable carta, y he de decir que siento un vivo interés
por tu historia, que no deja de ser la mía y la de mi familia.
Antes de darte permiso para publicarla, me gustaría leer
esa carta que, según dices, encontraste en la biblioteca
de tu pueblo; pero, sobre todo, me encantaría conocerte personalmente.
¿Te vendría bien visitarme el próximo sábado
por la tarde, para charlar un poco?
Atentamente,
Amelia Valbuena”
Sara volvió
a doblar la carta. se asomó a la ventanilla.
-¿Falta mucho, tía Isabel? -preguntó.
-No. De hecho, creo que estamos a punto de llegar. -La madre de Lázaro
apagó el cigarrillo y miró por la ventanilla, por encima
de sus gafas de sol-. Ajá, aquí es.
Sara y Lázaro miraron también. Había un letrero
junto a una pequeña senda, a un lado de la carretera: Villazul.
La madre de Lázaro giró el volante, y el coche entró
suavemente por el camino.
Enseguida vieron Villazul, una pequeña casita blanca con tejados
de color azul marino. Delante había un jardín, y, a
un lado, un huerto.
La madre de Lázaro detuvo el coche junto a la valla.
-Es aquí -dijo-. ¿Os recojo a alguna hora?
-A las siete está bien.
-De acuerdo. A las siete, entonces.
Los chicos salieron del coche, y Sara se volvió para examinar
el aspecto de su primo. Suspiró, exasperada. Lázaro
llevaba el pelo negro despeinado, unos vaqueros cortos deshilachados
y una camiseta negra con la imagen de un alien y la leyenda “NO
ESTAMOS SOLOS”.
-¿Qué? -se defendió el chico, al advertir la
mirada desaprobadora de su prima.
Sara decidió olvidar lo que había visto, y avanzó
decididamente hacia la puerta de la casa.
Un enorme perro se lanzó hacia ella, ladrando con fiereza.
Pero una cadena lo retuvo con un sonoro “¡Clac!”
antes de que pudiese alcanzarla.
-¡”Tom”, cállate!
Sara, aún con el corazón latiéndole con fuerza,
miró hacia la entrada de la casa. Ante ella acababa de aparecer
una mujer de unos cincuenta años, de expresión bondadosa,
pero mirada firme y segura.
-¡”Tom”! -repitió la mujer-. ¡Atrás!
El perro se retiró, de mala gana.
-Vamos, venid -dijo la dueña de la casa-. No os hará
daño.
Sara no lo tenía muy claro.
-¿Es usted Amelia Valbuena?
-Sí, claro. Y vosotros debéis de ser los chicos de esa
revista de estudiantes…
-Yo soy Sara, y éste es mi primo Lázaro.
-Encantada. Vamos, entrad.
Los dos chicos pasaron rápidamente junto al perro y entraron
en la casa, siguiendo a Amelia Valbuena. Ella los guió hasta
un agradable salón lleno de plantas y flores. Al fondo había
una enorme chimenea, y, junto a ella, dos mecedoras y un sofá
cubierto de cojines de colorines.
-Sentaos -dijo Amelia, y tomó asiento sobre una de las mecedoras.
Lázaro fue más rápido que su prima, y corrió
a tomar posesión de la otra. Sara apartó un montón
de cojines para sentarse sobre el sofá.
-He preparado una pequeña merienda -añadió la
dueña de Villazul-. ¿Os apetece?
Fue entonces cuando los visitantes se percataron de que sobre la mesita
había una tetera y un plato con pastas.
-Mi madre no me deja tomar café -dijo Lázaro, y Amelia
sonrió.
-No es café, es té.
-¡Ah! ¿Como lo que toman los ingleses a las cinco?
-Eso mismo. ¿Quieres probar?
-Vale.
Amelia sirvió el té. Lázaro intentó probarlo
enseguida y se quemó la lengua.
-Espera un poco -le aconsejó Amelia-. ¡Prueba las pastas!
Y tú también, Amelia, no seas tímida.
Sara mordisqueó una pasta.
-Están de muerte -afirmó Lázaro, con la boca
llena.
-Me las manda desde el convento una tía mía, que es
monja. Las hacen allí: ¡todo natural!
-Pues están riquísimas -repitió Lázaro
con énfasis.
Sara terminó de comer la pasta, se limpió bien las manos
con una servilleta y sacó de la carpeta la carta centenaria,
protegida por una funda de plástico transparente.
-¡Ah! -exclamó Amelia Valbuena-. Así que es ésta.
Cogió la carta y, sin sacarla de su funda, la leyó atentamente,
mientras bebía su té a pequeños sorbos. Cuando
terminó, dejó la carta a un lado y miró a Sara
y a Lázaro, pensativa.
-Valeriano Valbuena era viudo y tenía dos hijas gemelas -dijo
Sara-. Adolfo y Elvira eran novios, pero él la plantó
para casarse con su hermana Elisa, lo cual no le sentó nada
bien a Elvira. A los pocos meses de la boda, Elisa murió, y
se sospechaba que Elvira pudo haberla matado. Poco tiempo después,
Elvira se suicidó, ahogándose en el estanque. Ésa
es la historia que cuenta esa carta.
-Sí, ya la he leído -dijo Amelia gravemente; ya no sonreía.
-No me va a dejar publicarla, ¿verdad? -preguntó Sara,
descorazonada.
Amelia le miró a los ojos.
-En el pueblo -dijo-, cualquier cosa que cuentes corre de boca en
boca, y enseguida lo sabe todo el mundo. Si se hace pública
toda esta historia, no nos beneficiará, ni mucho menos, ante
los tribunales, en nuestra batalla por la casa.
Suspiró. Hubo un largo silencio que ni Sara ni Lázaro
se atrevieron a romper.
-Pero no puedo hacer nada para impedirlo -concluyó Amelia.
Sara la miró, pasmada.
-Pero…
-Es un asunto del pasado, y pertenece a la historia -explicó
Amelia-. Las personas de las que habla esa carta murieron hace muchos
años. No hay ningún motivo para esconder esa información.
Al fin y al cabo, estaba en la biblioteca pública, ¿no?
Sara no sabía qué decir.
-Si vas a dedicarte al Periodismo -añadió Amelia-, aprende
que hay dos cosas que nunca debes hacer: publicar información
falsa y publicar cosas que violen la intimidad de nadie.
>> Y lo que dice esa carta no es falso, ni ofende a nadie, ¿verdad?
-Excepto a Elvira -se le escapó a Lázaro.
Las dos se volvieron para mirarle: Amelia, sorprendida; Sara, con
un brillo de advertencia en los ojos.
-Quiero decir… -dijo Lázaro-, que yo creo que la mujer
que escribió esa carta, Leonor Valbuena, se equivoca. Elvira
no mató a nadie.
-¿Cómo lo sabes? -quiso saber Amelia, intrigada.
-Bueno… no lo sé. Es sólo una corazonada.
-¿Entonces vais a publicar el artículo, sí o
no?
-¡Sí! -dijo Sara.
-¡No! -protestó Lázaro.
Amelia estaba desconcertada.
-Chicos, creo que tenéis un problema de entendimiento -dijo-.
¿Por qué no os habéis puesto de acuerdo antes
de venir a verme?
Sara estaba roja como un tomate. Le lanzó a Lázaro una
mirada asesina, pero él se limitó a adoptar una expresión
resuelta y desafiante… o impertinente, como diría la
tía Clara.
-¡Es mi reportaje! -dijo Sara, con las mejillas encendidas-.
¡Claro que voy a publicarlo!
-¡Pero no tienes pruebas de que Elvira asesinase a su hermana,
y Leonor Valbuena tampoco las tenía!
-Un momento, un momento -intervino Amelia, conciliadora-. Según
me decías en tu carta, Sara, la revista no saldrá hasta
mediados de septiembre, ¿no? Pues tenéis tiempo de sobra
para seguir investigando y averiguar lo que ocurrió en realidad.
Sara gimió. Estaba harta de revolver en los viejos papeles
que se amontonaban en la biblioteca. Pero Lázaro agarró
la ocasión por los pelos.
-Amelia tiene razón. Tenemos más de un mes para demostrar
que Elvira no mató a nadie.
Sara lo miró, considerando una idea.
-Con una condición -dijo por fin-: yo no pienso mover un dedo.
Por mí, el tema está zanjado, así que si quieres
seguir investigando, tendrás que hacerlo tú solo.
Lázaro frunció el ceño, pero finalmente asintió.
-¡Hecho! -dijo, y engulló otra pasta.
Sara se volvió hacia Amelia.
-Lo siento -se disculpó-. No tenía ni idea de que mi
primo no estaba de acuerdo con las conclusiones de mi reportaje -acribilló
a Lázaro con otra mirada que no presagiaba nada bueno-. Pero
parece que hemos hecho un trato.
Ella sonrió.
-Bueno, creo que tenéis un buen punto de partida -dijo-. Si
Lázaro sigue investigando por su cuenta y descubre más
cosas, puede que tu artículo quede mejor que antes, Sara.
“O peor”, pensó ella, pero no lo dijo. Si Lázaro
descubría que Elisa había muerto por causas naturales,
y que Elvira se había suicidado porque no estaba bien de la
cabeza, su historia de amor, celos y asesinatos se iría al
traste.
Pero no cambió de idea con respecto al trato que había
hecho con Lázaro; en el fondo, estaba segura de que sus deducciones
eran correctas, y, por otro lado, pensaba aprovecharse de la nueva
fiebre investigadora de su primo…
Levantó la cabeza para mirar a Amelia, con una radiante sonrisa.
-Entonces, todo solucionado: Lázaro seguirá investigando
y a mediados del mes que viene le traeremos lo que tengamos.
-Me parece bien -asintió la dueña de la casa.
Sara miró el reloj; vio que eran casi las siete, y se levantó
para marcharse. Lázaro la imitó.
-Muchas gracias por dedicarnos su tiempo -dijo ella.
-Y por el té y las pastas -añadió Lázaro,
echando una mirada compungida al plato de las pastas: no había
dejado ni las migas.