Título: La casa del crepúsculo

IX


Lázaro se dio cuenta enseguida de que, antes de haber hecho ningún trato con Sara, debería haber puesto en claro cuáles eran las condiciones.
-Quedan ciento cincuenta años de historia de los Valbuena, los Heredia y esa dichosa casa -le dijo ella-. De paso que buscas información sobre Elvira y Elisa, podrías acabar de recabar los datos que faltan para terminar el reportaje…
-¡Negrera! -protestó Lázaro.
En realidad, había esperado poder “investigar” por otros medios, pero esos medios seguían sin dejarse ver. Cuando se cansó de pasar por la casa de Borovski y encontrase con aquel letrero que le sugería que preguntase por él a los astros, Lázaro comprendió que no le quedaba más remedio que encerrarse en la biblioteca a buscar allí.
Y eso hizo.
-Menudas vacaciones… -rezongaba a menudo, antes de entrar en los dominios del señor Isidro.
Pasaron los días. Mientras Lázaro seguía con la nariz metida en libros y legajos antiguos, Sara se iba al cine, saboreaba helados de tres bolas o chapoteaba en la piscina municipal. En lo que a ella respectaba, el reportaje estaba acabado; si Lázaro no quería dar carpetazo al asunto de los Valbuena, que se quemase las pestañas él.
Y eso hacía. Con los datos que obtuvo,y con la valiosa ayuda del señor Isidro, poco a poco logró reconstruir la historia de los Valbuena y los Heredia con cierta exactitud. No encontró nada de interés; era como si la vida en la casa de la calle de las Acacias se hubiera vuelto sumamente aburrida desde que los Valbuena no vivían en ella.
Durante aquel tiempo, Lázaro aprovechó también para aprender muchas otras cosas sobre el Romanticismo. El señor Isidro le prestó algunos libros de escritores de la época, españoles, como José Zorrilla, Larra, Espronceda o el Duque de Rivas; o extranjeros, como Lord Byron, Walter Scott o Víctor Hugo. Y Lázaro se enteró entonces de cosas como que Frankenstein había sido escrito por una autora romántica: Mary Shelley.
Leyó algunos libros, pero otros los dejó a mitad; el lenguaje que utilizaban le resultaba difícil de comprender a veces.
En cambio, Sara se los llevó todos a su casa y los fue leyendo, uno tras otro.
Los días seguían pasando; Lázaro hacía el trabajo de investigación de su prima, pero no encontraba nada que probase su propia teoría.
Hasta que un día pasó algo.
Su madre lo sacó de la cama a las nueve y media de la mañana.
-¡Lázaro, despierta!
-¿Qué quieres? -bostezó él, mirando el despertador con ojos legañosos-. ¡Aún no son las diez!
-¡Levántate, vístete y lávate! ¡Abajo hay alguien que quiere hablar contigo!
-Si es Sara, dile que vuelva más tarde…
Pero la madre volvió a sacudirle sin piedad.
-¡No, no es Sara! Es un chico que dice que se llama Bruno, y que tiene algo importante que decirte…
-¿Bruno? No conozco a ningún Bruno, mamá…
Ella se irguió y lo miró, pensativa.
-Bueno, le diré entonces que se ha equivocado.
Y dio media vuelta para marcharse.
Cuando se iba, la mente de Lázaro recordó quién era ese tal Bruno.
-¡¡Borovski!! -gritó, levantándose de un salto-. ¡Espera, mamá! ¡Dile que no se vaya!
Bajó las escaleras apenas cinco minutos más tarde, todavía algo despeinado. El rostro del médium se iluminó al verle.
-¡Ca-caramba! -dijo, a modo de saludo-. Lázaro, ¿verdad? Recibí tu carta. Me la encontré en el buzón al llegar, y la leí en seguida, con todos los datos, y las fotocopias de ese periódico…
-¡Bien, estupendo! -lo cortó Lázaro-. ¿Te importa que lo hablemos en otra parte? ¡Hasta luego, mamá!
Y, agarrando a Borovski del brazo, se lo llevó de allí a rastras.
Poco después examinaban el material sentados en la mesa de un bar, al aire libre. Borovski había tenido el detalle de invitar a Lázaro a desayunar, y éste se estaba poniendo las botas.
-Esto es… sencillamente fantástico -decía Borovski, admirado-. Dos gemelas… un fantasma solar, y un fantasma lunar. ¡Y en la misma casa! -Su expresión cambió de pronto, para hacerse severa-. Más te vale que no me estés tomando el pelo…
-Que no, hombre. -respondió Lázaro con la boca llena-. ¿Qué es un fantasma solar?
-Un fantasma solar es el espíritu de alguien que muere en paz y armonía consigo mismo y con lo que le rodea. Estos fantasmas no tienen motivos para volver a la tierra, pero, si lo hacen, sólo vagan por el mundo de día.
>> En cambio los fantasmas lunares murieron de forma trágica. Son espíritus que tienen alguna razón para quedarse aquí: remordimientos, venganza, una cuenta pendiente… o, simplemente, desconcierto: son también los fantasmas de la gente asesinada o fallecida de una forma violenta, que aún no se han hecho a la idea de que están muertos.
-Y esos rondan de noche -adivinó Lázaro-. ¡Vaya! Entonces, si Elisa es un fantasma sola… significa que murió en paz, no asesinada. ¡Entonces, Elvira es inocente!
-No tan deprisa -lo cortó Borovski-. Das por hecho que Elisa es el fantasma solar… pero… ¿y si fuera el fantasma que vaga de noche? ¿Y si Elvira fuera el fantasma solar?
-Eso es fácil de resolver: si Elisa murió asesinada, y por eso es un fantasma lunar, su hermana Elvira sería el fantasma solar… lo cual no tiene sentido, si, efectivamente se suicidó. Un suicidio también es una muerte violenta, ¿no?
Borovski asintió.
-Pues entonces, está claro. Si una mató a la otra y luego se suicidó, las dos serían fantasmas lunares, ¿entiendes?
Borovski tenía cara de haberse perdido, pero Lázaro no se molestó en repetírselo. Se levantó de un salto.
-¡Tengo que decírselo a Sara!
-¡Un momento! -Borovski lo detuvo cuando ya se marchaba-. No debes decírselo a nadie. No te creerían -añadió con cierta tristeza.
-Ella, sí -replicó Lázaro, aunque se volvió a sentar.
Borovski tenía razón: diciendo que Elisa era un fantasma solar no probaría que no había sido asesinada.
-Bueno -dijo Lázaro-, pero, si murió por causas naturales, ¿por qué ha vuelto?
Borovski se encogió de hombros.
-Cualquiera sabe. Por eso los fantasmas solares son sumamente raros: no tienen motivos para volver.
Lázaro calló, pensativo. Luego miró a Borovski y preguntó, muy serio:
-¿Hay alguna manera de saber la verdad? ¿Puedo comunicarme con ellas?
-No hay manera de hablar con un fantasma solar -explicó Borovski-, porque está más aquí que allí.
-¿Y con Elvira?
Él le miró fijamente.
-¿Estás seguro, chico?
-¿Por qué no iba a estarlo?
-Bueno, porque… los fantasmas lunares son… ya sabes…
-No. ¿Cómo son? Yo no creo que ella sea una asesina.
-Quizá no, pero era una suicida. Los fantasmas lunares son… no sé, algo imprevisibles. Están desconcertados y muchas veces, furiosos y desesperados por encontrarse tan solos y perdidos. Pueden ponerse violentos. Si contactas con ella a través de una invocación, entrarás en su mundo y… puede pasar cualquier cosa.
Lázaro se estremeció, pero se las arregló para que su voz sonara firme cuando dijo:
-¿Puedes hacer eso tú?
-¿El qué?
-Una… invocación, o lo que sea.
Borovski parpadeó varias veces.
-Po-podría hacerlo -tartamudeó-. Pero ya te he dicho que es peligroso.
-Yo quiero intentarlo.
-¿Po-por qué?
Lázaro no contestó enseguida. En realidad, no estaba muy seguro.
-Porque quiero saber la verdad -dijo por fin.
-¿Y no te da mi-miedo lo sobrenatural?
-¡No! -A Lázaro le brillaron los ojos de excitación-. ¡Me vuelve loco lo sobrenatural! Desde que era muy pequeño siempre quise que pasara algo extraordinario en mi vida, ¿entiendes? Buscaba OVNIs en el cielo, gnomos en los jardines y fantasmas en las casas viejas. No me importaba lo que dijera la gente: yo sabía que existían todas esas cosas. Y ahora, gracias a Elisa y Elvira, sé que es verdad, que tenía razón, ¿entiendes? Estoy en deuda con ellas. Quiero ayudarlas, quiero saber lo que pasó.
Borovski parecía conmovido. Tenía los ojos húmedos y tuvo que sonarse la nariz un par de veces.
-Yo, de crío, era como tú -confesó-, pero la gente se reía de mí. “El Alucinado”, me llamaban.
-Bueno, yo no voy a reírme -le aseguró Lázaro, muy serio.
-Ahora ya lo sé. Siento haberte echado de mi casa el otro día.
-No importa. ¿Harás la invocación?
-Bueno…, vale, sí.
-¿Cuándo?
-No lo sé. -Borovski le miró, dudoso-. ¿Cuándo es la próxima luna llena?
-¡Yo que sé! ¡Tú deberías saberlo, eres un médium!
-Mmmm…, sí, sí, claro. Pero ahora -añadió, levantándose-. ¿podemos ir a ver la casa? Necesito estudiar el terreno.
Un rato después estaban en la calle de las Acacias, frente a la verja de la casa de los Valbuena.
-¿Cómo piensas entrar? -preguntó Borovski, asomando la nariz entre los barrotes.
-Hay un medio. Se trata de…
-Por favor, ¿me dejáis pasar? -dijo a sus espaldas una voz femenina.
Lázaro y Borovski se sobresaltaron, y se giraron rápidamente. Lázaro se quedó sin habla: tras él había una chica morena, alta y delgada, de facciones suaves, pero firmes, grandes ojos oscuros y nariz recta y aristocrática, como las de las estatuas griegas.
-¡Elisa! -pudo exclamar por fin, blanco como la cera.
La chica ladeó la cabeza y lo miró, pensativa.
-Me parece que te has equivocado. Me llamo Marina. Y, ahora, ¿me dejas pasar, por favor?
Lázaro se apartó inmediatamente y observó a la chica mientras introducía una llave en la cerradura de la puerta principal de la casa. Llevaba vaqueros y una ligera camisa de algodón, sin mangas, y se recogía el pelo en una coleta detrás de la cabeza. Estaba demasiado viva para ser un fantasma, decidió Lázaro.
-¿Marina Valbuena? -preguntó.
-Sí -respondió ella sin mirarle.
-¿Pariente de Amelia Valbuena?
-Sí, es mi tía. ¿La conoces?
La puerta se abrió. Marina miró a Lázaro y a Borovski con curiosidad, y el chico se dio cuenta entonces de que no era idéntica a los fantasmas. Sólo se le parecía, tenía un algo, un cierto aire de familia. Además, era mayor. Tendría veintidós o veintitrés años.
Lázaro le explicó que había hablado con su tía para hacer un reportaje sobre la casa.
-¡Ah, sí! Me contó algo de eso -dijo Marina; alzó la mirada hacia la casa, y añadió-: de vez en cuando vengo a limpiar y a cuidar de las plantas. Me lleva varios días, así que suelo aprovechar los fines de semana.
Lázaro la miró boquiabierto.
-¿Te quedas a dormir aquí, en la casa?
-Sí. ¿Qué tiene de malo? La tenemos bien cuidada.
Borovski se adelantó.
-Señorita, permítame decirle que es peligroso pasar la noche en la casa -dijo, muy serio-. Al menos, mientras no averigüemos la naturaleza de los fantasmas que habitan en ella.
-¿Fantasmas? -repitió Marina, boquiabierta.
-Pero no se preocupe -añadió Borovski enseguida-, porque, en cuanto realicemos la invocación, descubriremos seguramente qué lleva a esos espíritus a rondar por aquí.
-¿Invocación?
-¡Oh, es algo muy sencillo, no se apure! -Borovski seguía hablando alegremente, sin darse cuenta de que estaba metiendo la pata-. Levantaremos barreras de protección contra lo sobrenatural, por si acaso… y son muy seguras, créame…
La mirada de Marina iba de Lázaro a Borovski, y de Borovski a Lázaro, que le daba codazos a su amigo para que cerrase la boca.
Finalmente, la joven Valbuena estalló:
-Pero, ¿qué os habéis creído?
Borovski calló y la miró, muy confundido.
-Pe-pero…
-¡Conque fantasmas…! ¿Habráse visto? ¡Es que ya no saben qué inventar para echarnos de la casa! ¡Largo de aquí!
-Pe-pero nosotros…
-¡Fuera, he dicho!
Lázaro y Borovski salieron de la propiedad con el rabo entre las piernas.
-Mira, Lázaro… -dijo Borovski, después de un buen rato en silencio.
-¿Qué?
-Pues que puede que te hayas equivocado, y no haya fantasmas en esa casa.
-¿Ah, no?
-Puede que la hubieras visto a ella.
-¡Ni hablar! Sé muy bien lo que vi. ¿Es que vas a echarte atrás ahora? Venga, no disimules: sé que quieres impresionarla: se te notaba en la cara, los ojos te hacían chiribitas…
Borovski se puso colorado, e hizo como que no había oído el último comentario de Lázaro.
-Bu-bueno, verás…
-¿Qué?
-Es que he hecho cálculos.
-¿Y qué?
-Que mañana es luna llena. Y, si esa chica está en la casa, no va a dejarnos entrar para hacer una invocación a medianoche, ¿sabes?