Capítulo
I: "Llegó como el viento"
Hacía mucho frío aquella mañana. Cuando fui a
buscar a Ali, mi mejor amiga, a su casa, fue lo primero que noté.
Y ella también.
-¡Uf! -se quejó-. No sé cómo me han convencido.
-Yo sí -repliqué-. Te dejas convencer muy fácilmente,
no es ninguna novedad.
Nos quedamos paradas un momento en el portal de su casa, tiritando.
-Isa -me dijo entonces Ali-, más vale que nos demos prisa,
o llegaremos tarde. Y luego los chicos dirán que nos pesa el
trasero.
-Está bien -suspiré-. Hala, andando.
Echamos a correr, para calentar. Habíamos quedado con los chicos
de la pandilla para ir a hacer “footing”. Era un sábado
por la mañana, pronto llegarían las vacaciones de Navidad
y todavía estaba amaneciendo.
En nuestra pandilla éramos por aquel entonces cuatro y medio.
Y digo medio porque había uno que no era miembro del todo.
Nacho es como el líder del grupo, el más mayor, el que
toma las decisiones (aunque entonces apenas había decisiones
que tomar), el que reflexiona antes de entrar en acción. Es
serio, responsable e inteligente. De hecho, debo reconocer que él
es el único que tiene la cabeza sobre los hombros. Por eso
me cae tan bien.
Toni es atlético y deportista (fue suya la idea de ir a correr
aquel sábado), y muy activo. Pero además es amable,
sincero y cariñoso. Por eso le cae tan bien a Ali, aunque ella
no lo admita.
Ali, mi amiga, es la siguiente. Es lista, y la más “mona”
de las dos. Tiene un carácter dulce y suave, pero es terrible
cuando se enfada de verdad.
Luego está una humilde servidora (me llamo Isa, tengo quince
años, soy morena, no muy alta, llevo el pelo más o menos
corto y la gente dice que tengo bastante “coco”), y el
medio miembro, que atiende al nombre de Juanma; es el hermano pequeño
de Nacho. Como tiene doce años y nosotros catorce (Ali), quince
(Toni y yo) y dieciséis (Nacho), nos parece demasiado pequeño,
y siempre intentamos escaparnos de él, aunque no siempre lo
conseguimos. Es pícaro y travieso como él solo, y siempre
va pegado a nosotros cano una lapa.
-¿Crees que vendrá Juanma? -me preguntó Ali.
-Mmmmm -gruñí-. Ya le advertimos a Nacho que guardara
el secreto. Pero ése seguro que se las ha apañado de
alguna manera para enterarse de que íbamos a quedar. Y entonces
ya nada le detendrá.
-Es más difícil escaparse de él que de Raquel.
-Es que Raquel es una inocentona. Fíjate que le dije la semana
pasada que no íbamos a quedar porque tenía que estudiar
para el examen del lunes, ¡y no teníamos ningún
examen el lunes!
-A veces me parece que nos portamos muy mal con ella, Isa.
Opté por callarme. Raquel era una chica de nuestra clase a
la que le hubiera gustado pertenecer a nuestra pandilla. En un principio
pensamos aceptarla, pero pronto surgió el problema: Raquel
no sabe guardar secretos. Y eso es una lata. En el fondo, que cuente
nuestras cosas no tenía mucha importancia, porque al fin y
al cabo tampoco teníamos grandes cosas que ocultar, pero lo
malo es que Raquel las cuenta “a su manera”... es decir,
inventándose unas cosas y exagerando otras. Y entonces las
noticias corren deformadas por todo el barrio. Eso es lo que nos molesta.
Pero, como no queríamos decirle todo esto a Raquel (no lo hacía
con mala intención, y le hubiera sentado como un tiro), nos
las apañábamos para evitarla. A veces quedábamos
todos con ella para que no pensara que no la aceptábamos en
el grupo, pero la mayoría de veces íbamos nosotros solos.
Pensando en Raquel llegamos al parque, al sitio donde habíamos
quedado. Estaba desierto.
Ali hizo una mueca.
-¡Mira qué bien! -dijo-. ¡Y luego nos acusan a
nosotras de impuntualidad!
-Bah, da igual -contesté, sentándome en un banco-. Así
descansamos. ¡Con lo poco que me gusta a mí hacer ejercicio...!
-Si me quedo aquí clavada como un poste se me van a congelar
hasta las uñas de los pies -declaró Ali-. Me da rabia
que nos den plantón.
-Nunca lo han hecho.
-Siempre hay una primera vez, ¿no?
No respondí. Iniciar una conversación con Ali era como
meterse en un callejón sin salida. Nos quedamos calladas un
momento, y entonces comenté:
-Lo que no comprendo es qué necesidad había de venir
a estas horas. ¡Hace un frío que pela!
-Es que Toni dice que es mejor correr con frío que con calor.
-No, si frío hace a cualquier hora del día. ¡Mecachis,
que estamos a mediados de diciembre!
-Míralo por el lado bueno. Cuando hayamos hecho la media hora
reglamentaria nos sobrará tiempo para ir a dar una vuelta juntos.
-Bueno...
-Escucha -me cortó mi amiga-, no has hecho más que gruñir
desde que hemos salido a la calle. ¡No protestes tanto, caramba,
que a los chicos no los vemos todos los días!
Era verdad. Íbamos a institutos distintos y, como no coincidíamos
entre semana y el BUP nos traía a todos fritos con tantos exámenes,
sólo podíamos vernos los fines de semana.
-¡Eh, Isa, Ali! -nos llamó una voz alegre.
-¡Ya era hora! -exclamó Ali, aliviada-. ¡Es Toni!
Toni llegó corriendo alegremente.
-Cómo se nota que esto es lo que a ti te gusta, ¿eh?
-comenté-. ¿Y Nacho?
Toni hizo un gesto vago.
-Se quedó atrás. Supongo que ahora vendrá.
Oteé el sendero. ¡Sí, por allí venía!
Pero no traía una cara muy feliz. Más bien parecía
enfadado.
-¿Qué pasa? -fue lo primero que le preguntó Ali-.
¿Algo no marcha bien?
Toni miró divertido a Nacho, que gruñó algo ininteligible.
Detrás de éste aparecieron dos ojos que chispeaban con
malicia.
-¡Tú! -exclamé al reconocer a Juanma-. ¿Quién
te ha dado permiso para venir?
-Mi madre -replicó el chaval, aún parapetándose
tras su hermano-. Esta vez voy a ir con vosotros.
Ali levantó los ojos al cielo.
-¡Señor, qué hemos hecho para merecer esto...!
-Eh, lo siento -farfulló Nacho-. Me pilló cuando me
iba, y mi madre me dijo que me lo trajera.
-¡Si tu hermano no cede, acude a los altos mandos! -sentenció
Juanma-. ¡No falla!
Nacho y yo cruzamos una mirada de cansancio, pero Toni comenzó
a reírse a carcajadas, y Ali también. Y nos contagiaron.
Juanma nos miraba pasmado, preguntándose si nos habríamos
vuelto locos de repente.
Cuando se nos pasó el ataque de risa feroz -al fin y al cabo,
nuestra pandilla no sería la misma sin Juanma-, Toni dijo:
-¡Al ataque! ¡A rebajar grasas!
Y echó a correr: Nosotros le seguimos.
-Si te cansas, no vamos a parar por ti -le advirtió Nacho a
su hermano amenazadoramente.
-¡Bah, no hay problema!
-¿Crees que aguantará? -le pregunté a Ali.
-¡Calla, Isa, y corre! -me cortó Nacho, burlón-.
Que si no, luego te faltará aire.
Le miré con enfado. Aunque era el más serio de los cinco,
le encantaba tomarme el pelo, y, aunque parezca mentira, nos lo pasábamos
muy bien discutiendo.
Al cabo de un cuarto de hora ya me parecía que tenía
las piernas como de gomaespuma. Pero como Nacho seguía, aunque
estaba ya colorado, yo no iba a ser menos. Si no, me estaría
tomando el pelo al respecto hasta que las ranas criasen pelo. Ali
jadeaba, pero Toni y Juanma seguían tan frescos a la cabeza.
Diez minutos más tarde nos derrumbamos todos sobre la hierba.
-¡Seguro que he perdido por lo menos cinco kilos! -pudo decir
Ali.
-Eso es que no estás en forma -rió Toni.
-¡Mira los deportistas! -se burló una voz.
Alzamos la cabeza. Juanma era el único que seguía en
pie, tan tranquilo, con los brazos en jarras y mirándonos con
aire de reproche.
-¿Quién no se iba a parar por quién? -le preguntó
guasón a su hermano mayor.
Nacho ni se inmutó. Siguió tumbado en la hierba cuan
largo era, sin dignarse a mirarlo siquiera. Juanma, ofendido, se volvió
hacia Toni:
-¿No vamos a correr más hoy?
-Habría que llevar a las chicas a cuestas...
Me rebelé inmediatamente.
-¡De eso nada! ¡A mí nadie me lleva a cuestas!
-Ay, por favor, a mí sí -le soltó Ali a Toni-.
Llévame hasta mi casa, y te daré propina de un duro.
-Chavales, son las nueve -dijo Nacho, incorporándose-. Tenemos
toda la mañana libre. ¿Que sugerís que hagamos?
-¡Correr! -insistió Juanma, tozudo.
-Descansar -bostezó Ali.
-Correr.
-Descansar.
-Correr.
-Descansar.
Nosotros mirábamos primero a uno y luego a otro, como si estuviéramos
viendo un partido de tenis.
-A mí me parece que...-empezó Nacho.
No sé qué dijo luego. Me recosté de lado en la
hierba, de espaldas a ellos, y dejé que mi mente volara libre.
Un par de minutos después abrí los ojos, a tiempo de
ver un extraño destello de luz entre los árboles. Me
incorporé apresuradamente.
-¿Habéis visto eso?
-¿El qué? -dijo Juanma, interesado.
-No sé, era como una luz.
-Será una bicicleta, que pasaba -razonó Nacho-, y se
ha reflejado en ella la luz del sol.
-Tal vez -respondí, no muy convencida.
-¿Quieres que vayamos a ver qué es? -preguntó
Ali, siempre dispuesta a dejarme en buen lugar.
-Yo de aquí no me muevo -sentó Nacho, y volvió
a tumbarse en la hierba.
Ali, en cambio, se levantó y me tendió la mano para
ayudarme a levantarme también.
-Ahora volvemos -dijo-, vamos a echar un vistazo.
Nacho ni siquiera abrió los ojos. Mientras nos alejábamos,
oí su voz burlona a nuestras espaldas:
-¡Isa, ten cuidado, no se te vayan a llevar en su nave espacial
al planeta Marte!
-Me pone frenética cuando se porta así -gruñí.
-Déjalo, hoy tiene el día tonto. Está enfadado
porque Juanma ha sido más listo que él.
Algo se movió entre los arbustos.
-¡Espera! -musité, cogiéndola del brazo-. Hay
que tener cuidado. ¿Tú sabes que hay vagabundos que
pasan las noches aquí?
Ali asintió, y retrocedió unos pasos.
-Nos quedamos aquí -resolví-, pero tú prepárate
por si hay que salir corriendo.
La maleza volvió a crujir. Ya no había duda; alguien
se ocultaba allí. Ali y yo seguíamos clavadas en el
sitio, incapaces de movernos ni de pronunciar palabra.
Y entonces, como creado de la neblina matinal, como surgido de las
entrañas de la aurora, un muchacho salió a nuestro encuentro.
Parecía agresivo, pero sangraba por una herida en la frente.
Sus ropas eran todas de cuero, y llevaba un cinturón hecho
de cadenas. El pelo oscuro le tapaba los ojos, de los cuales se veía
sólo un brillo amenazador. Avanzó hacia nosotras tambaleándose.
-Ayy.. que me parece que no trae buenas intenciones -murmuró
Ali.
Estábamos a punto de salir corriendo cuando vimos que el muchacho
caía al suelo.
-Éste no va a hacernos nada -dije-. Corre a avisar a los demás,
está malherido. Hay que ayudarle.
-¿Te dejo aquí sola?
-¡Sí! Vamos, deprisa.
Ali se fue en busca de los que faltaban.
El chico trató de incorporarse, y me miró con el aspecto
de una fiera acorralada.
-Espera -le dije-, estás herido. Quédate tumbado, o
te marearás.
Su hostilidad inicial se trocó en desconcierto.
-¿Dónde estoy? -pudo articular-. O, más bien,
¿cuándo estoy?
Me dije a mí misma que estaba como una regadera; pero había
que ayudarle.
-¿Te caíste de la bici? -le pregunté-. Te has
dado un buen coscorrón.
Pero él no me oía. Se volvió bruscamente hacia
mí e, ignorando mi pregunta, formuló otra:
-¿En qué año estoy?
-Me-me parece que el golpe te ha afectado a la cabeza más de
lo que creía -tartamudeé.
-¡Contesta!
Como dice mi madre, a un loco vale más seguirle la corriente.
-Mil novecientos noventa y dos.
Entonces pareció relajarse. Apoyó la espalda contra
el tronco de un árbol y, cerrando los ojos, murmuró
para sí mismo:
-Bien, no me encontrarán aquí. A no ser que vengan por
mí...
En aquel momento llegaron los demás. Detecté la ausencia
de Ali.
-Ha ido al bar de la esquina, por agua oxigenada y algodón
-me informó Juanma.
-Me parece que se ha caído de la bici -expliqué-. El
caso es que dice cosas muy raras. No sabía en qué año
estaba.
-E1 golpe le ha vuelto tururu -sentenció Juanma.
Nacho se arrodilló junto al extraño muchacho.
-¿Cómo te llamas? -le preguntó.
-Lucian -contestó él con un gemido, llevándose
una mano a la cabeza. En aquel momento llegó Ali. Cuando se
acercó a Lucian con intención de curarle la herida,
éste se apartó con brusquedad, pero luego le dejó
hacer. Entonces fue cuando me di cuenta de que estaba nublado y que,
por lo tanto, el brillo de antes no podía haber sido un reflejo
del sol. Mis sospechas se confirmaron cuando Toni regresó de
explorar los alrededores.
-No hay ninguna bici -dijo-. Tampoco una moto.
-Claro que no -dijo Nacho, pensativo-. Si fuera una moto, la habríamos
oído.
-¿Cómo te diste ese golpe? -le pregunté a Lucian.
-En... en el laboratorio -murmuró-. Me di contra una estantería,
huyendo... huyendo de Fausto.
-¿Laboratorio?
-Vosotros sois buenos chicos -añadió mirándonos
a todos-. Eso... no es fácil de encontrar...
-Eh, no le hagáis más preguntas -dijo Ali-. Está
divagando.
-La máquina de mi padre funciona -murmuró Lucian-. Eso
es lo único que comprendo.
-A mí me parece que éste viene de otro planeta -soltó
Juanma.
Lucian le miró y sonrió con cansancio.
-Con que mil novecientos noventa y dos -dijo-. Año de las Olimpiadas
de Barcelona. Las penúltimas que se celebraron.
-¿Penúltimas? -repetimos todos a la vez.
-Las últimas fueron las de Atlanta, en el 96. En el año
dos mil se decidió que, como aquello procedía de la
Grecia clásica y comenzaba una nueva Era, no hacían
falta, y las suprimieron. Eso fue nueve años antes de nacer
yo.
-Está como una cabra -comentó Nacho.
Una sospecha atenazó mi mente.
-Llegaste como el viento -dije-. De repente. Tú no has nacido
aún, ¿verdad? Tú vienes del futuro.
-¡No digas tonterías! -protestó Nacho-. Tú
alucinas.
-No -cortó Lucian-. Dice la verdad. Vengo del año 2025.
-¡Estás loco! -dijo Toni.
-Pensad lo que queráis -replicó Lucian, apartando con
brusquedad a Ali y levantándose-. Pero tengo que hacer algo
por mejorar mi situación.
-¡Espera! -dije-. Yo te creo. ¿Por qué viniste
aquí?
-Por error. Ni siquiera sabíamos que ese trasto funcionaba.
Nos miramos unos a otros. Si lo que contaba era cierto, había
aventura a la vista.
-¿Qué vas a hacer? -preguntó Ali-. ¿Cómo
volverás a tu tiempo?
Pero Lucian ya se alejaba parque abajo. Corrí tras él.
-Espera, ¿a dónde vas? -le dije-. Tal vez podamos ayudarte.
-No puedo perder más el tiempo, niña.
-Me llamo Isa -protesté-, y no soy una niña. ¿Por
qué no quieres aceptar nuestra ayuda?
-No sabéis en qué situación me encuentro...
-Bueno, pues dínoslo.
-Es una historia muy larga.
-Entonces cuéntala -dijo Nacho, que llegaba en aquel momento,
seguido de toda la pandilla.
Lucian se volvió hacia él, y Nacho se presentó:
-Me llamo Nacho.
Uno por uno fuimos presentándonos. Y entonces nos sentamos
en círculo en la hierba y Lucian, el muchacho del futuro, comenzó
su historia.
