Título: En un futuro no lejano

Capítulo X: "Al rescate"

Al cabo de un rato Morgan apareció de nuevo por allí.
-Veo que aún sigues aquí -me soltó-. Mañana tendré lo que quiero.
Le miré extrañada. ¿Por qué estaría tan seguro?
-Sí, mañana -repitió-. Porque supongo que tus amigos tendrán que ir al colegio, ¿no?
Entonces lo comprendí. ¡Claro! Pensaba tender una emboscada a Nacho y Toni en el instituto.
-Les propondré un trato -prosiguió Morgan-. La libreta a cambio de su querida amiga Isa. ¿Cómo lo ves?
Bueno, las cosas estaban tan mal que ya no podían ir peor. Y eso era un consuelo, ¿no? Porque significaba que sólo podían ir mejor.
-Mmmm -protesté.
Traté de librarme de las cuerdas, pero sólo conseguí que se me clavara más en la piel. Morgan rió cruelmente.
-¿Qué más te da que yo consiga esa libreta si Lucian está muerto?
“¡CANALLA!”, me hubiera gustado chillar, pero sólo pude emitir un gemido ahogado. Morgan,tras una nuera carcajada despectiva, se marchó cerrando cuidadosamente la puerta tras de sí.
Cerré los ojos y traté de dormir. Quizá cuando despertara me daría cuenta de que aquello no era más que una pesadilla. Me sumí al cabo de un rato en un profundo sopor.
No sé cuánto tiempo permanecí en aquel estado de semiinconsciencia. Me dolían todos los huesos, tenía frío y sed y, además, ignoraba si se molestarían en darme de cenar. Pero al cabo de un rato oí un suave rumor, y una voz que decía en un susurro:
-Isa... Isa, despierta.
Abrí los ojos lentamente, y vi dos rostros inclinados sobre el mío. Enfoqué mejor y pude distinguir a Nacho y a Lucian. Me quitaron la mordaza de la boca.
-Es un sueño -murmuré-. Una pesadilla.
Ambos cruzaron una mirada, y Nacho dijo:
-Te sacaremos de aquí.
Lucian estaba cortándome las cuerdas con una navaja. Cuando acabó, traté de ponerme en pie, pero tenía los miembros demasiado entumecidos. Apoyándome en Lucian, pude caminar un poco por la estancia.
-Vámonos de aquí -urgió Nacho en voz baja.
Yo aún no había vuelto a la realidad. Todo me parecía muy confuso y, además, tenía hambre y frío, y tal vez un poco de fiebre. Me parecía estar viviendo como en un sueño. Ni siquiera me di cuenta de que Nacho me ponía su cazadora sobre los hombros.
Lucian se acercó a la ventana.
-Diablos, ¿cómo he subido yo por aquí? -gruñó-. Me parece que no voy a poder bajar otra vez por el mismo sitio, Nacho. Si me falla el brazo me romperé la crisma; y, por otra parte, Isa no está para estos trotes.
Nacho asintió.
-Habrá que salir por la puerta principal -dijo.
-Me parece demasiado arriesgado -rechazó Lucian-. Estará muy vigilada. ¿Y si salimos por una ventana del piso de abajo? Hay menos altura.
-Imposible, chico -dijo Nacho al comprobar que la puerta de la buhardilla estaba cerrada con llave-. Ni por la puerta principal ni por una ventana del piso de abajo. Esto está cerrado y, mientras no salgamos de aquí... Me temo que habrá que bajar por esa ventana.
-Pero...
-Hemos subido por ahí, ¿no?
-Sí, y, si quieres que te confiese una cosa, no sé cómo lo he hecho. He tenido suerte, nada más. Tú podrás bajar, pero yo no. Ya sabes que tengo el brazo mal. Además, Isa está “zombie”. Nos podemos dar un castañazo...
-Entonces, ¿qué hacemos?
-No sé, quizá tenía que haber venido Toni en mi lugar.
-Eso fue lo que dije. Pero, como eres tan cabezota...
Poco a poco fui recobrando la lucidez. Cuando los vi ahí discutiendo me dije a mí misma que de allí no saldríamos. Lucian dijo entonces:
-¿Y si echamos la puerta abajo?
-Pero qué bruto eres, Lucian -replicó Nacho-. Nos oirían enseguida, y no podríamos contra ellos. De todas maneras -añadió, asomándose a la ventana-, me parece que yo sí podré bajar por aquí. Hagamos una cosa: yo salgo por aquí y atraigo la atención de esos gorilas. Al fin y al cabo, tienes razón; esa puerta está tan desvencijada que será fácil tirarla abajo. Haré un ruido muy grande cuando esté fuera. Estáte atento, para cargar contra la puerta en ese momento. Así el ruido que hagas al tirarla será amortiguado por el que yo haga desde fuera. Y, mientras los terroristas esos salen fuera para ver qué es, vosotros podéis escapar.
-Si eso es un plan seguro, yo soy la reina de Saba -intervine yo, ceñuda-. ¿Vosotros sabéis cuántos matones nos esperan abajo?
Ambos me miraron.
-El encierro le ha reblandecido el seso -comentó Nacho-, aunque es normal en Isa no agradecer lo que se hace por ella.
Opté por callarme, y decidí que no estaba en condiciones de ostentar el liderato, por más que ellos nunca se pusieran de acuerdo. Mejor era dejar que fueran Nacho y Lucian quienes tomaran las decisiones.
-Ya sabes cuál es nuestro punto de reunión por si alguno se queda atrás -le dijo Lucian a Nacho cuando éste salió por la ventana.
Vi cómo se descolgaba por la ventana. Fueron cinco minutos angustiosos los que tardó en bajar. Pero cuando al fin llegó al suelo, lo hizo sano y salvo. Se despidió con una seña y desapareció.
-Ahora, a esperar -murmuró Lucian, acercándose a la puerta-. Y ojalá no le pase nada.
Le miré, intentando asimilar que estaba vivo, y que estaba allí.
-Hay tantas cosas que no comprendo -le dije-. Entre ellas... Morgan me dijo que te habían matado, y yo...
-Y tú le creíste -completó Lucian, sonriendo.
Guardé silencio.
-Qué poca fe tienes en mí -prosiguió Luc-. Deberías haber sabido que no iba a dejarte en la estacada así como así. ¿Cómo iba a dejarme matar estando tú en problemas?
Le miré enfadada, intentando comprender por qué a todos les gustaba tanto tomarme el pelo. Decidí contraatacar.
-Claro, debí de haber pensado antes que “Mala hierba nunca muere”.
Luc estuvo a punto de soltar una carcajada, pero finalmente no lo hizo.
De pronto un estruendo ensordecedor se oyó fuera, y Lucian echó abajo la puerta mientras todavía se oía aquel jaleo, que duró cerca de tres minutos.
Cuando el sonido cesó, la puerta ya había cedido. Salimos fuera con precaución. Oímos las voces de los de abajo.
-¿Qué ha sido eso? -gruñía uno.
-Debía de ser un gato -resopló otro-. ¡Maldito animal!
El sonido se repitió de nuevo.
-No es un gato, muchachos -se oyó la voz fría de Morgan-. Más vale que subamos arriba, para ver si nuestra presa sigue en su sitio.
-¡Maldita sea! -musitó Lucian-. Ese tipo es más listo que el mismo diablo...
Tiró de mí hasta meterme en otra habitación, y entró él también, entornando la puerta tras de sí. Dejó una rendija abierta, para poder ver lo que pasaba fuera.
-Cuando yo te diga -susurró-, sal corriendo sin mirar atrás, y no te pares hasta la salida.
Asentí, aunque no estaba muy convencida.
Los gorilas subieron desde la planta baja, y pasaron frente a nosotros, que no nos atrevíamos ni a respirar.
-¿Qué os dije? -oímos decir a Morgan-. El pajarillo ha volado, y me parece que alguien le ha ayudado a escapar.
Tenía tanto miedo que me aferré a Lucian con fuerza.
-Preparada -susurró él, y me solté.
-No ha salido de la casa -dijo Morgan-. ¡Todo el mundo a buscarla!
-¿Cómo pudo desatarse? -quiso saber uno de los terroristas.
-Tuvo ayuda.
-¡Son la chica y el hijo de Beltrán! -dio la voz de alarma-. ¡Allí!
-¡¡Corre, Isa!! -me urgió Lucian.
Salí corriendo a la desesperada, bajé las escaleras de dos en dos, sorteé a uno de los matones y me vi de narices en la calle.
-¡Vámonos, Isa! -me dijo Nacho, apareciendo tras una esquina de la casa.
-Pero... Lucian...
-¡Sabe cuidarse solo! ¡Corre!
Me cogió de la mano y echó a correr, prácticamente arrastrándome tras de sí. Dimos la vuelta a una especie de granero que había por allí y nos subimos a un árbol, ocultándonos entre el follaje.
Nos quedamos quietos. Oíamos las voces de los del R.A.P., y conteníamos la respiración. Como era invierno se hacía de noche enseguida y, aunque no era muy tarde, ya hacía rato que había anochecido, lo cual era un factor a nuestro favor. Los gorilas del R.A.P. pasaron de largo; seguramente creían que nos habíamos dirigido a la ciudad. Yo ignoraba cuál era el plan de Nacho y Lucian, y cuánto tiempo permaneceríamos en el árbol. Sólo sabía que seguíamos allí porque, de alguna manera, estábamos esperando a Lucian.
Procuré acomodarme mejor sobre la rama. Algo me decía que Luc no tardaría mucho en aparecer pero, de todas maneras, los minutos se me hacían eternos.
Al cabo de un rato oímos que Morgan y los suyos volvían a la casa. Entraron todos dentro y cerraron la puerta. ¿Por qué tardaba tanto Lucian? ¿Le habrían capturado? Yo navegaba en un mar de dudas.
Poco después un rumor de pasos nos puso en estado de máxima alerta. Contuvimos la respiración, preparados para salir corriendo si llegaba el caso.
La sombra se paró junto a nuestro árbol-refugio y silbó suavemente. Estuve a punto de chillar, pero Nacho me cogió del brazo, susurrando:
-Todo está bien. Es la señal. Bajemos.
Así lo hicimos. Lucian estaba abajo, jadeante.
-Vámonos -dijo-. Morgan no es tonto, sabe que estamos por aquí cerca. Ahora sí, ahora vamos hacia la ciudad.
Entonces la puerta de la casa de campo se abrió y apareció Morgan, con una sonrisa de triunfo, seguido de sus gorilas.
-¿Qué os dije? -rió-. ¡Efectivamente, se ocultaban por aquí cerca! ¡A por ellos!
Echamos a correr desesperadamente. Sabíamos que nuestra única posibilidad era llegar a la ciudad, donde seguramente podríamos escondernos en algún sitio, más fácilmente que en campo abierto. No teníamos ningún plan esta vez, ni esperábamos engañarlos con alguna treta de las nuestras. La consigna era: ¡Pies, para qué os quiero!
Yo me había espabilado completamente con el aire nocturno. Ahora no estaba “zombie”, como decía Lucian, y me daba perfecta cuenta de que nuestros perseguidores nos estaban pisando los talones. Sin embargo, alentados por las luces de la ciudad, aumentamos la velocidad, incrementando así la distancia que mediaba entre ellos y nosotros.
Al fin llegamos a las afueras de la ciudad. Allí no nos fue difícil despistarlos porque, además de que ya les llevábamos bastante ventaja, el nuevo panorama ofrecía múltiples escondites.
Cuando los perdimos de vista aprovechamos para coger un autobús que nos llevaría hasta nuestro barrio.
Durante todo el trayecto, ninguno de los tres habló. Nos encontrábamos tan terriblemente cansados que no teníamos fuerzas para pronunciar una sola palabra.
El autobús paraba justo frente a mi casa, y decidimos detenernos allí para descansar, aunque luego Nacho y Lucian tuvieran que marcharse.
Subimos hasta mi piso, y abrí la puerta. Cuando entré me encontré con un silencio poco usual allí.
-¡Eeeooo! -grité-. ¿Hay alguien en casa?
-¡Yooo! -me respondió la voz de Pablo-. ¿Eres tú, Isa? ¡Papá y mamá han ido al circo con Clara!
Entré en la habitación de mi hermano.
-Hola, Pablo -saludé-. Sal un momento, que te presente a Lucian.
Porque la cortesía es lo primero.
Hechas las presentaciones, Pablo volvió a refugiarse en su cuarto para estudiar. Nosotros nos metimos en mi habitación. Inmediatamente Nacho y Luc ocuparon las dos sillas que había. Yo me derrumbé en la cama.
-Vaya tardecita -suspiré-. ¡Hay tantas cosas de qué hablar...! ¿Cómo es que la libreta no estaba donde yo la dejé? ¿Y cómo me habéis encontrado? ¿Y cómo se libró Lucian de los tipos esos del R.A.P. cuando me secuestraron?
-Estás hecha un lío -me dijo Lucian amablemente-. Apostaría a que te han estado interrogando.
Me llevé una mano a la cabeza.
-Oh, sí. Y aún tengo jaqueca. Les dije... les dije dónde estaba la libreta y...
-¿Te preguntaron cuál era la clave? -cortó Luc bruscamente.
-Sí, pero no la sabía. ¿Qué es eso de la clave?
-¿No le echaste un vistazo a la libreta?
-Oye, ¿por quién me tomas?
Lucian se relajó, y bromeó:
-Te tomo por una incorregible curiosa, y digas lo que digas no voy a cambiar de opinión.
-Cuéntamelo todo -exigí-, que cada vez entiendo menos.
-Verás, esta tarde, cuando se te llevaron -comenzó Lucian-, pude ver que Nacho estaba tras una esquina. Me hizo una seña, indicándome que él se encargaría de seguiros, así que no me preocupé demasiado. Y, como sabía que Morgan quería algo de mí (de lo contrario, no me habría dejado en libertad), en lugar de dirigirme al gimnasio, comencé a caminar por el barrio, dando vueltas y más vueltas, para marear bien al que me estaba siguiendo.
-¿Cómo sabías que te seguían?
Luc se encogió de hombros.
-Intuición -dijo-. Además, para comprobarlo, me escondí una vez tras una esquina y pude ver al gorila ese detrás de mí. Terminé por despistarlo por completo y perderlo de vista. Entonces fui a una cabina y llamé por teléfono a casa de Toni; me imaginaba que estarían todos allí. Me reuní con ellos hecha la comprobación y, cuando Nacho volvió media hora después, trazamos un plan de rescate.
El propio Nacho tomó el relevo:
-Os había seguido hasta las afueras de la ciudad -explicó-. Y sabía dónde te tenían. Lucian y yo decidimos ir a rescatarte nosotros mismos, porque si hubiéramos acudido a la policía nos habrían hecho muchas preguntas, habríamos perdido mucho tiempo y, además, no nos habrían creído.
»Total, que fuimos hasta la casa y subimos por la pared hasta la ventana de la buhardilla. Yo sabía que te tenían allí, porque cuando al ir allí por primera vez había escuchado una conversación entre dos terroristas: que te tenían en el desván. Y el resto ya lo sabes.
-No del todo -apunté-. ¿Cómo hiciste ese ruido tan estruendoso?
-Me dediqué a jugar a fútbol con un par de cubos viejos y oxidados que había por allí.
En aquel momento llamaron al teléfono. Salí de mi cuarto para cogerlo.
-¡Isa, qué alegría! -exclamó la voz de Ali al oír la mía, al otro lado del auricular-. ¿Qué ha pasado? ¿Estáis todos bien?
-Sí, estamos todos bien. Ha sido muy duro. A propósito, ¿cogiste tú la famosa libreta?
-Sí; sabía que volverían por ella.
-¡Menos mal! Tenías razón. Volvieron a buscarla. Me obligaron a confesar dónde la había escondido.
-¿Te torturaron?
-Oh, no. Me interrogaron. Utilizaron un aparato de su tiempo. Cuando me lo pusieron, ¡respondía la verdad a todo lo que me preguntaban, aunque no quisiera decir nada! Pero ese artilugio futurista me dominaba la mente, ¿sabes?
-¿Están Lucian y Nacho contigo?
-Sí; si no llega a ser por ellos, nunca habría salido de allí. Morgan y los suyos me tenían prisionera en una casa abandonada, a las afueras de la ciudad.
-Bueno, al menos no ha sido muy largo.
-Tienes razón; fue un secuestro corto. ¿Y Raquel? ¿Se lo habéis contado todo?
-Sí, no ha quedado más remedio. Me parece que lo ha asimilado bien.
-¿Y sabe ya que Lucian viene del año 2025?
-Sí, ya te he dicho que lo sabe todo.
-Isa... -oí entonces la voz de Nacho a mis espaldas.
-Sí, es Ali -le respondí sin volverme.
-¡ISA! -insistió Nacho-. ¡CUELGA YA!
Me fastidió su tono autoritario, y ni siquiera me molesté en darme la vuelta.
-Era Nacho -le dije a Ali-. No sé que mosca le ha picado. Quiere que cuelgue.
-Escucha, ¿por qué no quedamos ahora en el bar y nos lo contáis todo? -preguntó Ali-. Ya sé que es tarde, pero...
-Es que esos terroristas del siglo XXI estarán al acecho. ¡Pues no se enfadaron poco cuando nos escapamos!
-Venga, por favor...
-Vale, de acuerdo. En el bar dentro de veinte minutos.
-¿Veinte minutos?
-Es que tenemos que descansar, ¿sabes? Acabamos de llegar.
-¡¡¡IIIISAAAA!!! -me chilló Lucian al oído-. ¡¡Si te dignas a darte la vuelta podrás ver que hay alguien que no debería estar aquí!!
-Cuelgo, Ali -le dije a mi amiga-. Estos dos pesados quieren decirme no sé qué... Hasta luego.
-Hasta luego.
Giré, dispuesta a decirles un par de cosas a aquellos dos, pero me quedé de piedra cuando vi que mi hermano Pablo estaba allí, con los brazos cruzados y la espalda apoyada en la pared.
-Oído todo lo he -me soltó con guasa-. Y una explicación exijo.
-Eso era... -empezó Nacho.
-...lo que queríamos decirte -completó Luc, con un gesto resignado.
-Tenemos que deliberar si merece la pena contártelo o no -le dije a mi hermano, y, agarrando a Luc y a Nacho, los metí de un empujón en mi cuarto-. Dentro de un rato te haremos saber nuestra decisión -añadí entrando tras ellos y cerrando la puerta.
Miré a mis dos amigos.
-¿Qué decís? -pregunté-. ¿Puede saberlo o no?
-No lo creo prudente -opinó Lucian, moviendo la cabeza en señal de desaprobación.
-A mí no me parece mala idea -contradijo Nacho-. La unión hace la fuerza; cuantos más seamos, mejor.
-Bueno, ¿y qué tal si coges la guía telefónica y llamas a todos, uno por uno, de la A a la Z, para decirles que Lucian Beltrán ha venido del año 2025 en la máquina del tiempo de su padre, y que unos señores de la misma época cuya reputación es muy dudosa y cuya compañía es poco recomendable han venido tras él para meterle una bala en el seso y quitarle cierta libreta que se trajo desde el futuro? -se burló Lucian-. A mí no me parece mala idea.
-No seas borde, Lucian. ¿Tienes algo en contra de Pablo?
-No, pero, ¿tú crees que estaría bien involucrarlo en esto?
-Mira; se lo contamos, y luego que él mismo decida si quiere unirse al grupo de... ¿cómo nos llamó Morgan? ¡Ah, sí! Al grupo de las Anguilas Resbaladizas.
-No sé quién es más borde, si tú o yo. Yo pienso que no tiene por qué enterarse, ya somos demasiados en el grupo. Alguno se irá de la lengua y...
Se habían olvidado de todo. Para ellos ya no había más que aquella discusión. Me senté a horcajadas en una silla y, apoyando la mejilla en el respaldo, me quedé mirándolos a los dos.
Nacho y Lucian. Agua y fuego. Eran totalmente diferentes el uno del otro. Pero ambos se habían arriesgado para salvarme. Y eso era de agradecer, ¿no?
Lucian se marcharía a su tiempo tarde o temprano. Y pensar que aún no había nacido, que no nacería hasta el año 2009...
En cuanto a Nacho... ¿no había prometido que si me libraba de aquella nunca más me pelearía con él? Pero, de todas formas... ¿cómo discutir con él después de lo que había hecho por mí?
Y ellos allí, discutiendo acerca de un asunto trivial. Estuve tentada de dejarlos así, porque en el fondo me gustaba verlos discutir. Me hacía gracia la forma que tenían de exigir el liderato del grupo. Se lo disputaban como si fuera un legítimo derecho suyo. De todas maneras, allí estaba yo para ser siempre la que, finalmente, se alzara con la victoria. Era así: ellos discutiendo y yo, entre tanto, aprovechando. Pero estaba bien. No porque fuera yo la vencedora sino porque me las arreglaba para que, cada vez que intervenía implantando mi “dictadura”, volvía a haber paz entre ellos. Y nuestro grupo sí que era entonces un grupo de verdad.
Aquella vez no tenía por qué ser distinta de las otras.
-Chicos, ¿sabéis una cosa? -dije.
Se callaron y se volvieron hacia mí.
-Sois maravillosos -completé.
-¿A qué viene eso? -preguntó Nacho.
Me levanté de mi asiento con aire del que se las sabe todas.
-Si queréis mi opinión, no creo que haga falta contárselo a Pablo.
-¿Ves? -le increpó Lucian a Nacho.
Estuve a punto de soltar una carcajada. Parecían dos niños pequeños. No me hubiera sorprendido lo más mínimo que Luc le sacara la lengua y le dijera: “Hala, hala, yo tengo razón y tú no-o!”.
Me acerqué a la puerta, sabiendo que allí la que iba a ganar en la discusión iba a ser yo.
-No hace falta contárselo -proseguí-, porque ya lo sabe todo.
Abrí la puerta y mi hermano cayó de bruces a mis pies.
-Conque espiando, ¿eh? -le pregunté amablemente.
-Psé.
-Habéis hablado tan alto -les expliqué a los pasmados Nacho y Lucian-, que se oía todo desde fuera.
Pusieron cara de circunstancias, se miraron y soltaron una carcajada. La paz estaba salvada de nuevo.
-Propongo que vayamos al bar a reunirnos con Ali y los demás -resolví-. Y por el camino se lo terminaremos de contar.
Y nadie puso objeciones. ¿Para qué? A ver, ¿quién se atrevía a contradecirme?
-¡Sellamos la tregua! -declaró Nacho, y él y Luc se dieron ceremoniosamente la mano.
Si es que lo que no consiga una...