Título: En un futuro no lejano

Capítulo XI: "La libreta negra"

Llegamos al bar sin percances. Entramos dentro y vimos que el resto de la pandilla nos estaba esperando. Se habían sentado en una mesa cerca de la puerta trasera del bar, para poder escapar en caso de emergencia.
-¡Qué ganas tenía de verte, Isa! -dijo Ali-. Lo vimos todo por la ventana del gimnasio. ¡Casi me dio un infarto cuando vi a ese tipo apuntándote con la pistola!
-¿Has traído la libreta? -le preguntó Lucian sin rodeos.
Ali la puso sobre la mesa, y la empujó hasta él. Luc respiró profundamente al cogerla.
-No sabía que Pablo estuviera también en el ajo -comentó Juanma, mirando a mi hermano.
-Lo sabe todo -dije-. Ahora es uno de los nuestros.
-Bien -alabó Toni-. Cuantos más seamos, mejor.
-Parece tan extraño -comentó Pablo-. Y pensar que Lucian viene del año 2025...
-No lo repitas más -corté, mirando a mi alrededor-. Pueden oírte.
-Cuéntanos todo lo que ha pasado, Isa -pidió Ali.
Lo hice con pelos y señales y cuando acabé, Lucian dijo:
-Ahora ya no estamos seguros, ninguno de nosotros. Tenemos que andar con pies de plomo. El R.A.P. nos conoce a todos, excepto a Pablo. Él también tiene que tener cuidado. Que no parezca que está enterado de todo. Puede ser nuestra carta en la manga.
-Escuchad, estamos en una situación más bien extraña -dijo Nacho-. El doctor Beltrán tiene el mensaje, es cuestión de esperar.
-¿Esperar? -repitió Pablo-. ¿A qué?
-Veréis, el Alfa-5 no es perfecto -explicó Lucian-. El tiempo trascurre igual en el punto de partida que en el de llegada.
-¿Qué quieres decir?
-Os lo explicaré con un ejemplo. Veréis, yo viajé al pasado el día 19 de diciembre de 2025, a las 9.30 horas. Y apareceré en el pasado el 19 de diciembre de 1992 a las 9.30 horas. Si ahora mismo, 20.45 horas del 20 de diciembre de 1992 volviera al futuro, aparecería a las 20.45 horas del 20 de diciembre de 2025. Eso es lo que se llama “tiempo simétrico”. El tiempo no se detiene; puedes cambiar de año, puedes viajar a un año cualquiera, pero cuando vuelvas de ese año a tu época de origen te encontrarás conque en ésta ha transcurrido tanto tiempo como tiempo has pasado en una época que no te correspondía. Con esto quiero decir que, aunque mi padre haya recibido el mensaje, habrá tardado lo suyo en volver de Viena, avisar a la policía, regresar al laboratorio, detener a Fausto y enviar refuerzos a 1992. ¿Cuánto calculáis que se tarda en hacer todo eso?
-Un día, más o menos -dije yo-. Puede que más.
-Exacto -corroboró Luc-. Dado que la nuez mecánica se abrirá a las 17.15 horas del día 19 de diciembre de 2025 (es decir, quince minutos antes del atentado) si mi padre ha recibido el mensaje, los refuerzos deben estar al caer.
-¿Y no se puede cambiar el día y la hora de llegada? -preguntó Toni.
-Es verdad -dijo Raquel-. Pero si se pudiera, tu padre podría haber enviado refuerzos al día 19 de diciembre. Y entonces todo esto ya estaría solucionado.
-No puede cambiarse el día y la hora si hay alguien en una época que no le corresponda -explicó Lucian-. Mientras el R.A.P. y yo sigamos aquí, mi padre no podrá mandar a nadie a otra época. Además, el Alfa-5 está programado para una época determinada: tiempo simétrico-1992.
-¿Y eso no puede modificarse? -inquirí-. ¿Sólo se puede viajar a 1992?
-Era una prueba sólo -respondió Luc-. Mi padre programó 1992 por poner un año cualquiera. Suponiendo que no quedara nadie en un año que no fuera el suyo, podría cambiar el punto de llegada. Pero sólo accediendo a la computadora del Alfa-5. Y eso sólo se hace con la clave.
-¡La clave! -repetí, interesada.
Lucian asintió.
-Ya he dicho que el Alfa-5 está programado únicamente para viajar a 1992. Si se quiere cambiar ese programa habrá que acceder a él. Y la computadora de la máquina del tiempo,donde está archivado ese programa, tiene un sistema de seguridad muy peculiar: si introduces la clave equivocada, puede borrarse el programa por completo. Fausto lo sabía, y no quería correr el riesgo de echarlo todo a perder introduciendo una clave errónea. Cuando oí la conversación telefónica entre Fausto y Morgan, oí también que lo único que necesitaban ya para tener el dominio del Alfa-5 era la clave de acceso, y que dicha clave estaba escrita en la libreta de apuntes de mi padre... que es la famosa libreta negra que me traje conmigo. Obviamente, la traje porque sabía que era eso lo que buscaban. Fausto no sabía dónde la guardaba mi padre, pero yo sí; cuando me descubrieron la cogí y me metí con ella en la máquina del tiempo. Y si sé tanto sobre el Alfa-5 es porque me he leído la libreta de cabo a rabo.
-¿Y tú sabes cuál es la clave? -pregunté.
-Sí. ¿Comprendéis ahora lo importante que era que esta libreta no cayera en manos del R.A.P.? Isa hizo bien en no echarle una ojeada, porque dicha clave está escrita en letras bien grandes en la primera página de la libreta. Si la hubiera leído, Morgan, al interrogarla, habría logrado lo que quería.
Clavó sus ojos oscuros en Ali.
-¿Y tú, Ali? -le preguntó-. ¿La has leído?
Ali negó con la cabeza.
-No -dijo-. Cuando vi que Isa la escondía sin mirarla pensé que debía de tener una buena razón para ello. Confieso que me picaba la curiosidad, pero me contuve.
-Bueno, pues ya lo sabéis -concluyó Lucian-. La misteriosa libreta negra no es más que el cuaderno de notas de mi padre. Pero como en dicho cuaderno está contenida toda la información sobre el Alfa-5, el R.A.P. quiere hacerse con él a toda costa.
Nos quedamos en silencio un rato, hasta que Nacho dijo:
-Lucian, si viene la policía desde tu tiempo...¿dónde aparecerán?
-Donde todos -fue la respuesta-. En el parque.
-¿Y no sería más prudente ir allí a esperarlos? Cuando lleguen, necesitarán ayuda... quiero decir, que necesitarán saber dónde estamos, y dónde está Morgan y todo eso.
-¿Insinúas que debemos ir allí a esperarlos?
-Más o menos.
Lucian no dijo nada. Nacho tampoco insistió sobre el tema.
-Ali, ¿no teníamos mañana un examen de historia? -bostecé.
-Bah -respondió Ali-. Esto es más importante.
-Qué ironía -comentó Raquel-. Un examen de historia.
-Le diré a la profesora que en 1996 se acabarán las Olimpiadas, y que en el 2008 se creará el R.A.P. -dije-. Me pondrá un cero redondo, pero yo tendré razón. Ufff, estoy hecha polvo.
Me recosté en la silla, apoyando la cabeza en el hombro de Nacho.
-¿No te importa servirme de almohada? -le pregunté.
-Vale, pero aparta ese pelo; me hace cosquillas.
Sonreí. Nacho y yo teníamos esas confianzas porque nos conocíamos casi desde la cuna.
Cerré los ojos un momento. Cuando los abrí me encontré con los de Lucian, que estaban fijos en mí, y me incorporé.
-Qué siesta más corta -dijo Pablo.
-Es que es un hombro muy duro -me quejé-. Prefiero mi almohada.
-Eh, chicos. Son casi las nueve. Habrá que irse a casa.
-Hay que esperar a la policía del 2025 -dijo Juanma-. Si nos vamos a casa empezarán a merodear por la ciudad buscándonos a nosotros y a los del R.A.P., y entonces sí que se armará un buen lío.
-Bien, pues si hay que ir a recibirles -razonó Nacho-, ¿qué hacemos aquí?
Pero nadie se movió. Ni para irse a casa ni para ir al parque.
Al cabo de un rato dejé de prestar atención a la conversación. Me quedé mirando la libreta negra que estaba sobre la mesa. Conque eso era lo que querían. La clave de acceso a la computadora del Alfa-5. Y no sólo eso. También todo el funcionamiento de la máquina del tiempo, Pero la clave era lo principal, aunque Morgan prefiriera conseguir la libreta entera antes que obtener la clave sólo.
-¿Qué tipo de clave es? -pregunté-. ¿Números?
-Una palabra -me contestó Lucian-. Una palabra, pero que puede ser cualquiera.
Me prometí a mí misma que algún día sabría cuál era esa clave.
Lucian captó mi mirada.
-Sí, Isa -dijo-. Algún día te diré cuál es esa clave. Pero no ahora
¡Increíble! Sólo nos conocíamos desde el día anterior y ya prácticamente leía mi mente.
-¿Eres telépata o algo por el estilo? -inquirí.
-No, pero te conozco, porque somos casi iguales; yo en tu lugar pensaría lo mismo, por eso sé lo que piensas.
-¡Tiene razón! -saltó Toni-. Son igual de cabezotas y de mandones.
-Oye, me aburro -se oyó entonces la voz de Juanma-. No quiero estar aquí sin hacer nada.
Siete pares de ojos se clavaron en él, con aire de reproche.
-¡Mira, don Aventurero! -exclamé-. A ti no te han secuestrado ni interrogado, ni has tenido que sacarle una bala a nadie.
-No, pero tuve que sujetar la linterna -replicó Juanma-. Y lo vi todo, además de cómo te temblaba la mano. ¡Fue “demasié”!
-Bueno, no sé lo que haréis vosotros -murmuré, ocultando la cara entre los brazos y, apoyada en la mesa, cerrando los ojos-, pero yo voy a dormir.
Y me parece que me dormí de verdad, aunque fue por poco tiempo. Cinco minutos después me despertó un urgente codazo de Ali.
-¡Vámonos, Isa! -susurró-. ¡Uno de los matones del R.A.P. está en la puerta!
Me despejé enseguida. Vi que los demás se habían levantado, tras dejar el dinero de la consumición sobre la mesa, y se dirigían con cautela hacia la puerta trasera. En la puerta principal uno de los gángters de Morgan, a quien identifiqué como Sandro, miraba a todos lados. Reparó en nosotros cuando me reunía con los demás, y comenzó a avanzar hacia nosotros empujando a la gente y abriéndose paso de mala manera.
No perdimos tiempo y salimos del bar. Nos encontramos en un callejón oscuro; vimos que otro de los terroristas del R.A.P. nos cerraba el paso por una de las bocas de la callejuela, de manera que echamos a correr hacia la otra.
Entonces no sé qué ocurrió exactamente, pero nos dividimos y cada uno se fue por su lado. El objeto de aquello era despistar a Morgan y los suyos. Durante unos diez minutos dimos vueltas y más vueltas a la zona. Éramos ocho contra seis o siete, y les costaba seguirnos a través de un laberinto de callejuelas que nosotros conocíamos mejor que ellos. Además, nos íbamos pasando la libreta unos a otros, es decir, que si el que llevaba la libreta se encontraba con otro en su huida le cedía en relevo sobre la marcha, sin detenerse, y cuando los otros se daban cuenta del cambio el nuevo portador de los secretos del Alfa-5 estaba ya muy lejos.
No nos atrevíamos a salir de la zona de callejones para dirigirnos al parque, primero porque allí era mucho más fácil despistar al R.A.P., y segundo porque, estando todo el grupo disperso, podíamos fácilmente dejarnos a alguno atrás si cada uno iba al parque por su cuenta.
Por eso continuamos dando vueltas a los callejones, esperando una oportunidad para reagruparnos y poder buscar refugio en el parque.
Una vez me encontré con que Ali estaba siendo rodeada por dos de los de Morgan; era ella quien tenía la libreta en aquellos momentos. Cuando me vio la arrojó por el aire:
-¡Toda tuya, Isa! -me gritó.
La cogí al vuelo y salí corriendo. Pronto pude comprobar que me seguía uno de los gorilas; sólo uno, por lo que deduje que el otro seguía con Ali. Tenía que ayudarla.
Me tropecé de narices con Pablo, y le pasé la libreta, diciéndole:
-Ali tiene problemas. Quítame a ése que tengo detrás, que voy a ayudarla.
Seguí corriendo. Pude oír la voz de Pablo gritando:
-¡Eh, grandullón! ¡Que tengo yo lo que buscas!
Sabía que mi hermano estaba en forma y lograría despistarlo, de forma que no me preocupé cuando vi que ya no me seguían.
Volví al punto de partida. Pude ver que el otro gángster tenía a Ali, que se debatía con furia, sujeta por la muñeca, y la arrastraba tras de sí.
Oculta tras una esquina, me preguntaba cómo podía ayudarla, cuando de pronto alguien me tocó en el brazo y casi di un grito. Era Toni.
-Tengo un plan -me susurró.
Me puso un montón de piedras de tamaño medio en las manos, y me guiñó un ojo. Lo capté al instante.
Cruzó el callejón y se situó al otro lado, esperando que el gorila y su presa pasaran por allí.
Cuando Ali y su apresor se colocaron en el punto justo, Toni gritó:
-¡Ahora!
Y salimos de nuestros respectivos escondites para bombardearlos, teniendo cuidado de no darle a nuestra amiga. El hombre se tambaleó un momento cuando una pedrada le dio de lleno en la cabeza, y Ali aprovechó para escapar. Nosotros salimos corriendo también.
Como era un buen sistema aquel de las piedras, en cuanto tuvimos un momento libre fuimos por más, y según íbamos encontrando a miembros del grupo, les íbamos cargando con un montón, para que pudieran defenderse.
Entonces la persecución dio un giro para transformarse en algo totalmente distinto. Nosotros nos ocultábamos tras los coches, o en los portales, esperando que pasara alguno del R.A.P., y cuando estaba a tiro, lo atacábamos a pedrada limpia. Era una diversión un poco bestia, pero... ¿había otra manera de tratar con terroristas armados del siglo XXI?
Y mientras, el relevo seguía. Y los hombres de Morgan estaban cada vez más ofuscados.
Esta situación duró cerca de un cuarto de hora. Nosotros jugábamos a policías y a ladrones (aunque no se sabía muy bien quién era quién) con aquellos furibundos señores del siglo XXI. En el fondo, a pesar del peligro, les tomábamos el pelo, y eso nos divertía.
Una vez me oculté en un portal, donde poco después fue a buscar refugio Lucian.
-¿Te sigue alguien? -susurré.
-Mi sombra -respondió él-. ¿Quién tiene la libreta?
-Creo que Nacho, si no la ha pasado ya.
-¿Vas a quedarte aquí?
-No, es posible que alguien necesite ayuda. Saldré de aquí en cuanto haya recobrado el aliento.
-Yo pensaba hacer lo mismo.
Nos miramos, y sonreímos.
-Os he metido a todos en un lío -dijo él-. Lo siento, es...
-Olvídalo -corté-. Yo me empeñé en ayudarte. No me obligaste tú.
Me quedé mirándolo un momento.
-¿Sabes que has cambiado mucho desde que llegaste? -comenté.
-¿Cambiado? Yo creo que sigo siendo igual de alto, que sigo teniendo los ojos oscuros y el pelo negro -bromeó-. Así que, como no te refieras al cambio de indumentaria...
-Tú sabes a qué me refiero -protesté-. Antes eras un bruto. Ahora eres...
-¿Cómo soy?
-Eres... no sé, más amable y amistoso.
-Bah. Será que no me conocías bien. ¿Y eso te preocupa tanto?
-¿Preocuparme...? ¡No, al contrario! Me quita un gran peso de encima. Cuando llegaste estabas histérico, preocupado, irritable, inquieto y furioso, y, en suma, insoportable, inaguantable, e insufrible. Ahora ya es diferente.
Sonrió.
-Bueno, chica, habrá que volver al terreno de juego -dijo-. Vayamos cada uno por un lado diferente. Así los despistaremos.
-Oh, no me apetece salir de aquí -gruñí-. Me parece que es el único sitio seguro de todo el barrio.
-¿Seguro...? Lo siento, pero no comparto tu opinión.
-¿Sabes por qué es seguro? Porque tú estás aquí. Tengo miedo de salir ahí fuera, lo confieso; tengo miedo de Morgan y de los suyos. Y tengo miedo de estar sola cuando se acerquen.
Lucian me miró, y preguntó casi en un susurro:
-¿Cuántos años tienes, Isa?
-Quince -respondí.
Hizo un rápido cálculo mental y dijo:
-Cuando vuelva al 2025 tú tendrás cuarenta y ocho. Qué pena, ¿verdad? Seré demasiado joven para ti.
-Qué...
Me cogió la mano, y me la apretó con fuerza. Luego dijo:
-Vámonos ya. Puede que alguno de los nuestros tenga problemas, y tengamos que apedrear a alguno de los “gabardinas-grises”.
Sonreí, y él sonrió también. Nos quedamos en silencio un momento, hasta que se levantó y, con un guiño gracioso, salió corriendo del portal.
Me quedé allí sola, sin comprender muy bien lo que pasaba. Temblaba como una hoja, y me sentía confundida, pero debía ser fuerte y olvidar momentáneamente todo aquello.
Respirando profundamente, me levanté y, después de atisbar por una rendija y comprobar que no había moros en la costa, abandoné mi escondite y me lancé de nuevo a la aventura, sintiendo aún la calidez de la mano de Lucian en la mía.