Capítulo
XII: “El R.A.P. no está para bromas”
Poco después
volví a encontrarme con Lucian.
-El mundo es un pañuelo -comenté-. ¿Te sigue
alguien?
-No. Escucha, he estado pensando en lo de antes. Si...
-¡Alerta! -lo corté.
¡Se acercaba uno del R.A.P.! Y llevaba la libreta en la mano.
Luc y yo cruzamos una mirada de incertidumbre. ¿La habría
leído? Pero lo principal ahora era recuperarla.
-Preparada, Isa -me susurró Lucian.
-¿Qué vas a hacer?
-Tú estáte alerta. Empieza a dispararle piedras cuando
yo te diga.
Preparé la munición.
-¡Ahora! -dijo Lucian cuando el “gabardina-gris”
estuvo a tiro.
Comencé a tirarle piedras. El hombre se cubrió la cara
con los brazos, y Lucian aprovechó para lanzarse contra él
con la cabeza por delante. Le impactó en pleno estómago
y el gángster, cogido por sorpresa, dejó caer la libreta.
Corrí hacia ellos. Luc le estaba zurrando bien. Es cierto que
era más pequeño que el terrorista, pero atizaba con
tanta furia que su adversario, aún no repuesto del todo, no
podía detenerlo. De todas formas, cuando reaccionara, Lucian
no tendría nada que hacer. Cogí la libreta y eché
a correr. Debía avisar a los demás.
Pronto me tropecé con Juanma.
-¡Corre la voz! -le dije-. Lucian tiene problemas. Está
peleando a brazo partido contra uno de los del R.A.P., en el pasaje
Méndez. ¡Hay que ir a ayudarle!
Nos fuimos cada uno en una dirección.
Vi entonces a Toni corriendo, perseguido por un furibundo Sandro.
-¡Lucian necesita ayuda! -grité-. ¡Pasaje Méndez!
Toni asintió, pero Sandro se dio cuenta de que era yo quien
tenía la libreta, y le dejó para ir detrás de
mí. ¡Lo que me faltaba!
Corrí más aún... hasta que me tropecé
de narices con Félix Morgan.
-¡Te cogí, mocosa!
¡Como si fuera fácil cogerme a mí! No en vano
era la “Anguila Resbaladiza Número Dos”. Le di
una patada en la espinilla y seguí corriendo. Lo dejé
maldiciendo entre dientes y saltando a la pata coja.
De todas formas, se repuso pronto, y él y Sandro no tardaron
en echar a correr detrás de mí. Yo continuaba con mi
misión de mensajera, y a todo el que veía de nuestro
bando le gritaba sin detenerme:
-¡Lucian tiene problemas! ¡Pasaje Méndez!
Y Sandro y Morgan seguían tras de mí. Entonces, para
despistarlos, salí del área de callejones y me dirigí
a un garaje que sabía tenía vigilante jurado. Corrí
hacia el guardia.
-¡Por favor! -le dije-. ¡Ayúdeme, me persiguen!
-¡Un momento! -exclamó el vigilante-. ¡Deténganse!
Aproveché el momento y apreté a correr más deprisa
aún. El guardia no pudo retenerlos por mucho tiempo, pero me
dio algo de ventaja.
Debía ir a ayudar a Lucian. Me dirigí al pasaje Méndez.
Allí se desarrollaba una cruenta batalla. Todos los chicos
y chicas del grupo la estaban emprendiendo a puñetazos y puntapiés
contra el que había apresado a Lucian. ¿Qué puede
hacer un hombre contra siete adolescentes enrabietados que le atacan
por todos lados?
Me hubiera gustado sumarme a la batalla, pero pronto me di cuenta
de que no había logrado despistar a mis perseguidores, y que
Sandro y Morgan se acercaban al lugar de los hechos.
Nacho lo vio.
-¡Rápido, Lucian, corre! -gritó-. ¡Y tú,
Isa, también! ¡Ahora que estamos todos reunidos, quedaremos
en el lugar que habíamos planeado, ¿de acuerdo? ¡Corred,
nosotros los entretendremos!
Lucian y yo echamos a correr. Sabíamos que no podrían
detenerles por mucho tiempo, así que había prisa. Pero
yo ya estaba cansada, y poco después aminoré la marcha.
-¿Qué haces? ¡Hay que correr! -me urgió
Lucian.
-Ay, Luc, es que no puedo más...
Me miró a los ojos.
-Corre -dijo-, o estaremos perdidos.
-Vamos al parque, ¿verdad?
Lucian asintió.
-¡Corre! -me apremió-. ¡Debemos despistarles!
Haciendo de tripas corazón (no quedaba más remedio),
le seguí.
El R.A.P. nos pisaba los talones.
-¡No están para bromas! -jadeó Lucian al echar
una rápida mirada hacia atrás-. ¡Sigue corriendo!
-¡Lucian!
-¡Qué!
-Es que... el parque... estará cerrado ahora...
-¡Saltaremos la valla! ¡Pero antes debemos despistarlos!
No deben saber hacia dónde vamos.
-¡Escucha, Luc! ¿Por qué no disparan?
-¡La regla básica de los viajes en el tiempo, Isa! ¡Luego
te lo explico, no hables más!
Cuando volví momentáneamente la vista atrás vi
que ahora nos perseguían todos los terroristas que habían
llegado del futuro: Morgan y cinco más.
En aquel momento toda nuestra pandilla (Nacho, Ali, Toni, Pablo, Raquel
y Juanma) salió corriendo de un callejón perpendicular
y los interceptó. Se 1anzaron sobre Morgan y los suyos sabiendo
que la sorpresa era su mejor arma. No podrían entretenerlos
durante mucho tiempo, sólo el suficiente para que nosotros
pudiéramos escapar
-¡Aprovechemos! -gritó Lucian, y nos alejamos de ellos
tan rápido como pudimos.
Llegamos al parque y, cuando nadie nos veía, saltamos el muro.
Lucian me guió hasta el sitio donde apareció por vez
primera.
Le tendí la libreta.
-Toma -le dije-. Al César, lo que es del César.
Lucian sonrió.
-La has guardado bien -fue lo único que dijo al cogerla-. Gracias.
-Explícame lo de la regla básica.
-Mira, si viajas a otra época puedes pensar que podrías
cambiar la historia; puede ser, pero no la alterarás demasiado.
Una vez leí en un libro una comparación que me viene
al pelo para explicarlo: un río que fluye; tú arrojas
una piedra y ves que produce ondulaciones en la superficie. Pero nunca,
nunca podrás cambiar el curso del río con una piedra.
La historia no cambia. Sólo hay una cosa que puede hacerla
cambiar: que alguien de otra época acabe con la vida de otra
persona. Imagina que viajas a 1769. Matas a un niño en Córcega,
un niño recién nacido. ¿Y sabes una cosa? ¡Puede
que fuera Napoleón Bonaparte!
-Entonces es por eso -murmuré-. No pueden matarnos porque lo
tienen prohibidísimo. Y ya entiendo por qué les tomamos
tanto el pelo. Están acostumbrados a arreglarlo todo de un
disparo y, ahora que no pueden utilizar sus armas, se sienten desconcertados,
despistados, no saben qué hacer. Me parece que el único
que piensa es Morgan. Y me parece también que, de no ser por
esa regla básica, no estaríamos aquí para contarlo.
-Estoy de acuerdo contigo.
-Pero a ti te dispararon.
-Yo procedo del 2025. Nada les impide disparar contra mí. Soy
de la misma época que ellos.
-Entonces, todo este tiempo has sido tú el único que
ha estado en peligro.
Nos quedamos callados un momento. Luego dije:
-¿Qué tenías que decirme antes? Cuando vimos
al gorila ese con la libreta...
-Ah. Quería saber cómo es que te habías ofrecido
a ayudarme, así como así, sin conocerme.
-Eso es fácil de explicar. No todos los días viene un
chico del futuro al tiempo presente, ¿sabes? Cuando supe de
dónde procedías, me dije a mí misma: “¡Aventura
a la vista! ¡Al abordaje!”. Y no dejé escapar la
ocasión.
-¿Y has tenido suficientes aventuras?
-¡De sobra!
-Entonces, ¿por qué sigues en el ajo?
-Y tú, ¿por qué le das tantas vueltas al asunto?
-Porque no lo comprendo.
-¿Tú dejarías a un amigo en la estacada? Yo no
lo hago, por lo general, y menos cuando se trata de un asunto tan
serio como éste.
-Me gustaría que todos pensaran así en el año
2025. Entonces, la vida sería más fácil para
todos.
-Habrá quien piense así. Pero te aseguro que en 1992
no todos piensan como yo. De todas formas, yo pienso que cada época
tiene sus pros y sus contras, y que, por más que avance la
ciencia, siempre habrá equilibrio entre el bien y el mal. Ha
sido así desde el principio de los tiempo, el mal nunca desaparecerá
del todo, pero nunca se hará con el poder absoluto.
-Menudo discursito -se burló Lucian.
-Escucha, Luc, ¿crees que saldremos de ésta?
-Eso espero.
-Te echaré de menos cuando vuelvas al futuro.
-Yo a ti también... pero tú tendrás a Nacho para
consolarte.
Sabía que me estaba tomando el pelo. Me quedé pensativa
adrede y dije, para molestarlo:
-Tienes razón; me parece que no te voy a echar tanto de menos
como yo pensaba. Me queda Nacho.
Y puso tal cara de desconcierto que tuve verdaderos problemas para
contener la risa.
De pronto me indicó silencio y se puso a escuchar atentamente.
Oí pasos sobre la hierba. El corazón me latía
a cien por hora. ¡Ojalá no fueran...!
-¡Isa, Lucian! -susurró una voz.
Respiré aliviada. ¡Eran los chicos de nuestra pandilla!
Y la voz era la de Nacho.
-¿Os han seguido? -preguntó Lucian.
Nacho negó con la cabeza, y se tumbó sobre la hierba.
-Estoy molido -dijo-. Espero que esos “polis” futuristas
no tarden mucho.
Nos quedamos un rato en silencio, descansando de las emociones sufridas.
Hasta que Nacho se levantó, y me hizo una seña para
que le siguiera. Nos alejamos un poco de los demás para que
no pudieran oírnos.
-Sabes que Lucian se marchará, ¿no? -me dijo.
-Claro.
-¿Y cómo lo llevas?
-¿A qué viene eso?
-Es que estoy preocupado. Sé que te... digamos, que te cae
muy bien Lucian, y no quiero que... eh, esto, que te entre una “depre”,
o algo por el estilo...
-Eh, para, estás divagando. A mí no me va a entrar ninguna
“depre” porque Luc se vaya.
Me miró fijamente al oír el diminutivo por el que había
llamado a Lucian.
-¿Tú crees? -insistió.
-Lamento interrumpir -dijo entonces Ali, acercándose-. Te la
quito un momento -añadió volviéndose hacia Nacho.
Y, cogiéndome del brazo, me llevó algo más lejos.
-Tendrás que decidirte ya -me espetó.
-Oye, Ali, ¿qué os pasa a todos hoy? ¿Qué
quieres decir con eso de que tengo que decidirme?
-Me refiero a que tendrás que decidirte entre Nacho y Lucian.
Y ya, porque los dos están celosos el uno del otro.
-Qué tontería. Ali, ¿tú crees que pueden
ser tan infantiles?
Ali se encogió de hombros.
-Los chicos son así -dijo.
-Mira, no quiero decidirme por ninguno. Porque no quiero ese tipo
de cosas. Quiero que sigamos siendo todos amigos, y nada más.
-Vamos, Isa, que todos sabemos que desde siempre las cosas han sido...
digamos, “especiales” entre Nacho y tú.
-Pero nunca se ha sacado a relucir el tema. Y no quiero que aparezca
ahora. Es demasiado pronto.
-Pero es necesario. Antes no lo era. Ahora, Lucian está de
por medio.
-Ali, Luc se marchará en cuanto solucionemos todo esto. Y todo
volverá a ser como antes.
-No del todo, Isa, porque no creo que lo olvides fácilmente.
-No le des tantas vueltas al asunto, Ali. Luc ni siquiera ha nacido
aún. Pero dejemos el tema, por favor. No quiero volver a hablar
de ello. Dejemos que las cosas se arreglen por sí solas.
-Es que...
No terminó la frase. En aquel momento, los hombres del R.A.P.
saltaron el muro y entraron en el parque.
Nosotros retrocedimos. Lucian lanzó una mirada interrogante
a Nacho.
-¡De verdad, no nos siguieron! -se apresuró a defenderse
éste.
-No somos tontos, chicos -se oyó en la oscuridad la voz acerada
de Morgan-. Imaginamos que vendríais por aquí. Y os
informo que no estoy para bromas. Quiero la libreta ya, y no me importará
violar la norma y acabar con algunos de vosotros.
Lucian se adelantó. Miró a Nacho, que asintió
gravemente, y dijo:
-Nunca le daremos la libreta, jamás.
-Mira, chico, ya me estoy cansando de este estúpido jueguecito
vuestro. Si creéis que vais a poder con nosotros, estáis
muy equivocados. No somos bebés, ni novatos. Y ya nos tenéis
hartos. Habéis agotado mi paciencia. Y os advierto que eso
es altamente peligroso.
Hizo una seria a Sandro, y éste se adelantó y, agarrándome
del brazo (me debatí furiosa, pero fue inútil), me llevó
junto a Morgan.
-Estamos otra vez en la misma situación -rió éste-.
Un cambio, Lucian: la libreta por la chica.
-¡¡Ya está bien!! -protesté-. ¿Usted
se cree que yo soy un objeto? ¡No puede “cambiarme”
así como así!
-Un genio vivo, ¿eh, Lucian? -comentó Morgan-. Un genio
vivo como el tuyo.
-No se atreverá a matarla -masculló Lucian, apretando
los puños..
-No, pero un par de balas podrían adornar sus manos o sus pies,
¿no te parece?
Sus carcajadas crueles se nos clavaban a todos como cuchillos. Di
una mirada circular.
Lucian estaba delante, crispando los puños, furioso pero indeciso.
Nacho estaba junto a él, sereno pero alerta.
Ali temblaba como una hoja, muy cerca de Toni, que miraba a Nacho
y a Lucian esperando que hicieran algo.
Pablo se había adelantado,y me miraba angustiado.
Raquel se comía las uñas de nerviosismo, y Juanma se
escondía detrás de su hermano mayor.
-Te han contagiado su sentimentalismo estos del siglo XX -se burló
Morgan-. Y sé que, a pesar de todo, por ninguno de ellos darás
esa libreta, excepto por ella.
Le di un puntapié en la espinilla. Intenté escapar,
pero me retuvo, furioso y dolorido. Puso mi mano en el cañón
de su pistola y dijo:
-Contaré hasta diez, Lucian.
Lucian seguía firme.
-Diez... nueve.:.
Nacho miró a Lucian, que estrechaba la libreta contra su pecho
como si fuera su más preciado tesoro.
-Ocho... siete... seis...
-¡Lucian, haz algo! -se oyó la voz de Ali.
-Cinco... cuatro...
-Lucian... -dijo Pablo-. O se la das o te la quito.
-Tres...
Nacho trató de arrebatarle la libreta a Lucian, pero él
no se dejó. Mientras ambos se enzarzaban en una pelea, yo pensaba
si me dolería mucho, y si podría volver a utilizar la
mano.
-Dos... -Morgan seguía contando, impasible.
-¡Basta! -chilló Raquel.
-Lucian... -jadeó Nacho-. No dejes que lo pague ella...
-Uno...
Cerré los ojos.