Título: En un futuro no lejano

Capítulo IV: "El R.A.P."

-¡Espera, Isa!
-Qué rapidez. Di media vuelta y lo miré pasmada.
-Sólo quería pedirte perdón por haberme mostrado tan brusco -me dijo Lucian-, pero es que no quiero involucraros a vosotros en este asunto. Es cosa mía. Lo comprendes, ¿verdad?
Lo comprendía, pero no compartía su punto de vista.
-Necesitas ayuda, Lucian, no me vengas con cuentos.
-No empecemos, ¿eh?
-De acuerdo, pero...
Un fogonazo me deslumbró. Lucian se volvió rápidamente.
-¡Maldita sea, me han visto!
Había allí un grupo de hombres con gabardinas y sombreros grises, como los espías de las películas. Y habían pillado a Lucian distraído.
-¡Miren, es él! -gritó uno-. ¡El hijo de Beltrán!
Lucian me dio un empujón.
-¡Corre, Isa, corre! Han venido más de los que esperaba...
Me quedé parada, sin saber qué hacer. Entonces Lucian se sacó una pistola pequeña y lisa del bolsillo y comenzó a disparar.
-¡Isa, corre!
Y reaccioné, echando a correr. Pude oír la voz de uno de aquellos hombres:
-¡Lo quiero vivo!
Me volví súbitamentey chillé:
-¡Lucian, nos encontraremos en el lugar donde te separaste de nosotros! ¡No lo olvides! ¡Te esperamos allí!
Di media vuelta y seguí corriendo, no del todo segura de si me había oído o no.
Mientras cruzaba el parque como una flecha, sólo tenía una idea fija: Lucian se encontraba en aquel lío por mi culpa, porque si no le hubiera distraído, hubiera podido permanecer oculto.
Llegué al instituto. Allí me esperaban todos los demás.
-¿Lo has encontrado? -me preguntó Ali.
-¡Sí! -jadeé-. ¡Deprisa, hay que ayudarlo! ¡Han venido desde el futuro para acabar con él! Le he dicho que venga aquí...
Y les conté en pocas palabras lo que había pasado.
-Bien, les tenderemos una emboscada -decidió Nacho-. Porque seguro que vendrán tras él hasta aquí. Isa, ¿sabes si Lucian llevaba aún el anorak rojo de Toni cuando te separaste de él?
-Sí, pero...¿por qué lo preguntas?
-Tengo un plan.
Nos llevó a un portal casi en la esquina de la calle del instituto.
-Vendrán por aquí -dijo-, si vienen del parque. Es seguro que huya de esos hombres porque, según Isa, eran demasiados. Entonces, uno de nosotros los entretendrá mientras escondemos a Lucian en el portal.
-¿Entretenerles? -repitió Toni-. ¿Cómo?
Nacho se rascó la cabeza, tal vez con la esperanza de hacer brotar de ella alguna idea.
-Pues la verdad es que no lo sé -confesó.
Y entonces Juanma, con una sonrisa picarona, se sacó algo del bolsillo. ¡Era una bolsa de canicas!
-Con esto -dijo.
-¡Estupendo! -exclamé-. ¡Qué gran idea!
Nacho nos explicó a todos lo que debíamos hacer. Nos lo explicó todo menos la última parte del plan, e intuí que él estaba de por medio y que por eso no nos lo podía contar.
-Oye, Nacho -le dije-. Sea lo que sea lo que te toque hacer a ti... ten cuidado.
-Bien.
-¡Que vienen! -anunció Juanma en un susurro.
Entonces Toni se colocó en la esquina, de forma que quedara oculto por ella para los tipos aquellos del futuro. Vimos que Lucian giraba como un rayo y entraba en la calle. Nacho lo llevó casi a rastras hasta el portal, y le dijo:
-Quédate con Juanma y las chicas. Ya nos ocupamos nosotros. Ah, y dame el anorak...
Le miré fijamente.
-Nacho, ¿qué vas a hacer?
-Confía en mí.
Oímos un choque. Toni había interceptado en la esquina a los perseguidores de Lucian. Las canicas que llevaba en la mano se desparramaron por el suelo.
-¡Oh, lo siento! -oímos la voz de Toni-. No los vi llegar...
Y los hombres resbalaban una y otra vez con las canicas al intentar levantarse. Nosotros nos acurrucábamos en el portal. Nacho se puso el anorak que llevaba Lucian y salió corriendo.
-¡Ahí está!
Entonces fue cuando me di cuenta de que él mismo se había puesto de cebo, y que aquellos hombres lo habían confundido con Lucian. Por eso no quería decirnos nada, porque sabía que nunca se lo hubiéramos permitido.
Los hombres de Morgan pasaron como flechas por delante del portal. Nosotros ni siquiera respirábamos.
Al echar un vistazo a Lucian vi que estaba herido. Era una herida pequeña, circular, de bala, sin duda. La tenía en el brazo, casi a la altura del hombro.
-¿Te duele mucho? -le pregunté.
Hizo un gesto de negación.
Y entonces la puerta del ascensor de aquella casa se abrió, y por ella apareció un señor maduro, muy alto, con un espeso bigote blanco, y un caniche atado de una correa. Miró a Lucian y dijo:
-Hijo, ¿te encuentras bien? Te veo muy pálido.
Ali tapó apresuradamente la herida de Lucian con su cazadora, antes de que el hombre la viera.
-Qué va, no pasa nada, es que me he mareado...
-¡Sí! -corroboró Juanma atropelladamente-. ¡Ahora lo llevamos a casa! ¿A que sí, chicas?
En aquel momento llegaba Toni.
-Vámonos, antes de que se den cuenta de que ése que corre no es Lucian.
Y nos marchamos de allí, dejando al hombre pasmado y a su caniche ladrando frenéticamente.
Ali le había puesto a Lucian su cazadora por los hombros, mientras caminábamos rápidamente por la calle, temerosos de que nos siguieran aquellos hombres que habían venido del futuro para eliminar a nuestro amigo.
Por fin llegamos al instituto, y nos colamos dentro.
-No podemos quedarnos aquí –protesté-. Es posible que vengan por esta zona cuando descubran que Nacho no es Lucian.
Toni no respondió. Nos guió hasta el edificio y nos mostró una pequeña ventana a la altura del suelo. que estaba abierta. Nos metimos por ella dentro del edificio como pudimos.
Nos encontramos en una habitación grande, húmeda. La ventana por donde habíamos entrado quedaba casi pegada al techo de aquel cuarto, que estaba lleno de trastos de gimnasia viejos o rotos. En una pared había una espaldera, y de otra colgaban unas cuerdas deshilachadas. Todo esto, además de un potro desvencijado, un montón de colchonetas apolilladas y una bicicleta vieja en un rincón me indicaron que aquello era un antiguo gimnasio.
-Este es el antiguo gimnasio del instituto -dijo Toni, poniendo una tabla en la ventana para que no se nos viera desde el exterior-. La ventana está estropeada desde los tiempos de Mari Castaña, y no se puede cerrar.
-Es...es... -no me salía la palabra.
-Alucinante- me ayudó Juanma.
-Más o menos.
Ayudamos a Lucian a echarse en el montón de colchonetas.
-¿No hay luz? - pregunté.
Sólo teníamos la que se filtraba por los agujeros de la tabla que habíamos colocado en la ventana.
-Se ha fundido -me informó Toni, y apartó un poco la tabla, para que entrara algo más de luz.
-¿Y ahora qué? -preguntó Ali.
Toni se encogió de hombros.
-Ahora, a esperar -dijo-. Nacho vendrá pronto.
-¿Qué le harán cuando descubran que no es Lucian?
-Nada -respondió el propio Lucian-. No se molestarán en él. Tienen cosas más importantes en qué pensar.
-Ojalá tengas razón -murmuré.
-Pero no podemos dejarle así -dijo entonces Ali-. Tenemos que curar a Lucian.
-¿Cómo? -pregunté-. Yo no sé curar heridas de bala. Habrá que llamar a un médico...
-Y se descubriría todo -cortó Toni-. Querría saber quiénes son sus padres, y por qué no vienen con él. Isa, que no todos los días se incrusta una bala en el brazo a un chico de dieciséis años. Pensará que es un gamberro, o algo por el estilo... llamará a la policía...
-Vale, me has convencido -refunfuñé-. ¿Pero qué hacemos entonces?
-Yo tengo la solución -dijo Juanma, apareciendo en ese momento por la puerta del gimnasio.
-¿Dónde has estado? -quiso saber Toni.
-He hecho una rápida exploración del edificio -informó el chaval-. He recorrido aulas, despachos..¿Y adivináis lo que he encontrado en la conserjería? ¡Un botiquín completo!
-¿Hay unas pinzas ahí? -preguntó Toni, quitándoselo de las manos.
-Me parece que sí.
-Bueno, creo que en un caso así lo primero es sacar la bala de la herida. Las chicas han hecho unos cursillos de primeros auxilios...
-Oye, que “primeros auxilios” no es sacar balas -le recordó Ali-. Nosotras hemos aprendido a hacer torniquetes, vendajes de emergencia, la respiración artificial, y cosas así.
-Pero lo que Lucian necesita ahora no es la respiración artificial, Ali.
Ali y yo nos miramos, esperando que fuera otra la que se ofreciera. Como a Ali le ponían muy nerviosa ese tipo de cosas, sabía que me tocaría a mí al final. Y no me equivoqué. Cuando di una mirada circular vi que todos los ojos convergían hacia mí, y me puse a temblar como una hoja.
-¡Animo, Isa! -murmuró Toni.
-Está bien -decidí, todavía como un flan-. Juanma, ¿están desinfectadas esas pinzas?
-No lo sé -contestó Juanma-. Yo las he bañado con agua oxigenada, por si acaso.
Fui al cuarto de baño a lavarme las manos. Mientras lo hacía, de pronto mis pensamientos se apartaron por un momento de Lucian y su herida para volver a Nacho. ¿Qué hacía? ¿Por qué tardaba tanto?
Intenté no pensar más en ello. Volví al gimnasio. Como no se veía bien del todo, Juanma había cogido “prestada” una linterna de la mesa del conserje, y la sujetaba cerca de Lucian.
Me acerqué a él y tartamudeé.
-No-no estoy muy segura de lo que hago, ¿sabes?
-Confío en ti -replicó Lucian, y se quitó el jersey.
Me encontré con la mirada comprensiva de mi amiga del alma.
-Ay, Ali...
Ella se encogió de hombros. Decidí comenzar de una vez con aquel asunto. Desinfecté la herida con algodón y agua oxigenada. Hasta ahí todo era muy fácil. Pero ahora llegaba la peor parte. Cogí las pinzas. Me temblaba la mano.
-Adelante -dijo Lucian.
Respiré hondo y obligué a mi mano a mantenerse firme. Lucian apretando los dientes, Juanma sujetando la linterna, Ali y Toni conteniendo el aliento... y yo con las pinzas, rebuscando en aquel pequeño agujero. Sabía que le hacía daño. Pero nunca se le ocurriría quejarse, era demasiado orgulloso.
En aquel momento alguien quitó la tabla de la ventana. Toni y Ali se acercaron rápidamente, dejándonos a Juanma y a mí con Lucian. No me atreví a volver la cabeza. Fuera quien fuera, amigo o enemigo, no podían distraerme. A Juanma le temblaba la linterna en las manos. Entonces las pinzas aferraron algo duro. Saqué fuerzas de flaqueza y, procurando no soltarlo, con todo el cuidado que pude, tiré hacia fuera.
-¡Nacho! -la voz aliviada de Toni-. ¿Por qué has tardado tanto?
Un último tirón. Algo pequeño y plateado salió con las pinzas de la herida de Lucian. Lo último que vi fue la mirada cansada que me dirigió el herido. Me levanté y corrí hacia Nacho.
-¡Se puede saber por qué no has venido antes! -sollocé, medio histérica.
Nacho estaba pasmado. Ni siquiera sabía lo de la herida de bala, que Ali estaba terminando de curarle a Lucian por mí.
-No sabes lo que ha pasado, ha sido...- murmuré, temblando de pies a cabeza. Nacha me acarició el pelo, consolador.
-Ya ha pasado todo... a propósito, Toni, ¿qué es lo que ha pasado? -preguntó.
Toni se lo explicó en pocas palabras, mientras yo volvía con Lucian. Ali, que le estaba vendando el brazo, me miró dubitativa.
-¿Crees que sería necesario ponerle puntos? -preguntó.
-Supongo que sí -respondí-, pero ni tenemos material para eso ni sabemos hacerlo. Me imagino que le quedará cicatriz, pero no creo que le importe demasiado.
-No, desde luego -murmuró Ali-. Es un tipo duro.
-¿Has desinfectado la herida?
-Sí. Ahora todo irá mejor.
Me dejé caer en una colchoneta.
-No puedo más -me quejé-. ¡Llevamos una mañanita...!
Entonces me acordé de Nacho, y me volví para preguntarle qué le había pasado a él, cuando me lo encontré justo junto a mí.
-Toni me lo ha contado -dijo-. ¿Sabes que has sido muy valiente?
-Oh, ya vale. No me lo recordéis más, ¿de acuerdo? Ha sido una experiencia traumática.
Nacho, a petición nuestra, comenzó a contarnos su aventura.
Los hombres lo habían seguido hasta muy lejos. Él corría en dirección contraria a la que llevábamos nosotros, alejándolos del instituto. Hasta que, por el agotamiento, aflojó el ritmo.
-Entonces me cogieron -explicó-, y comencé a protestar que quiénes eran, que qué querían, y que me dejaran en paz o llamaría a la policía. Y uno que tiene una cara de malo que asusta chilló que se habían equivocado de chico, que les habían tomado el pelo y no sé qué historias. Y salieron todos corriendo. He tardado tanto porque he pasado por mi casa para cambiarme de ropa, para que no me reconocieran. He venido aquí con mil precauciones, aunque ellos no saben dónde les dimos el cambiazo.
-Pero recordarán lo de las canicas -objetó Ali-, y si no son tontos lo relacionarán con el asunto.
-No, yo recogí todas las canicas -informó Toni.
-Y yo cogí otra bolsa de canicas de mi casa y las desparramé en otra esquina, muy lejos de aquí -rió Nacho-. Como estas calles son muy parecidas unas de otras, y no creo que se hayan entretenido en mirar el paisaje, tardarán bastante en aparecer por aquí.
-Yo no estoy tan segura -dije-. Aunque encontraran las canicas, si tiene algo de coco se preguntarán cómo el chaval que chocó contra ellos no las recogió.
-Bueno, pero eso es aparte. Es posible que tarden bastante en pensarlo. Y, de todas formas, no recordarán dónde fue el choque exactamente.
-Yo pienso que este ya no es un lugar seguro -insistí-. Tarde o temprano vendrán por aquí. Bueno, y, por cierto, ¿quiénes eran estos tipos?
Todos miramos a Lucian que, desde su montón de colchonetas, respondió:
-Son matones del R.A.P. No pensé que vendrían tantos, pero por lo visto Morgan está muy interesado en la máquina Alfa-5. Y yo tenía razón, ha venido el propio Morgan desde el futuro.
-¿Pero qué quieren? -pregunté hecha un lío-. Tú ya no puedes hacer nada contra ellos. ¿O sí?
-Quieren algo que yo tengo, y que les es imprescindible para controlar el Alfa-5.
-¿Qué es?
-Lo sabrás en su día, Isa. Basta con que sepas ahora que me encuentro metido en este embrollo hasta las orejas, y que esos te conocen, a ti y a Nacho, y creo que a Toni también. Saben que estáis conmigo. No vais a estar seguros, de momento.
Nacho y yo nos miramos. Tenía razón. Pero en nuestra mirada había también un brillo de sospecha, y supe que ambos pensábamos lo mismo: ¿qué era lo que buscaban los del R.A.P? Probablemente... la libreta negra que con tanto celo custodiaba Lucian.