Título: En un futuro no lejano

Capítulo V: "Juanma tiene una idea"

Pronto surgió otra incógnita: era ya la hora de comer.
-Tenemos que volver a casa -recordó Ali.
-Pero el asunto del R.A.P. ha estropeado nuestros planes -comentó Nacho-. Ahora Lucian está demasiado débil como para llevarle a casa de Toni.
-Yo estoy bien -protestó el aludido.
-Pero no se va a quedar aquí solo, ¿verdad? -preguntó Ali.
Hagamos una cosa -propuso Nacho-. Que uno de nosotros se quede con él, y luego, cuando volvamos, traemos comida para los dos. Les decimos a nuestros padres que se queda a comer con uno de nosotros.
-Hay un teléfono en uno de los despachos – informó Juanma-. Podemos llamar a nuestros padres desde allí.
Dicho y hecho. Dejamos a Juanma con Lucian un momento, mientras los demás ibamos a llamar por teléfono.
Nacho llamó primero.
-¿Mamá? Sí, bueno, es que estamos en el hospital. Los padres de un amigo han tenido un accidente... no, nosotros estamos bien... es sólo que hemos venido a acompañarle, porque... bueno, escucha, ¿podemos quedarnos Juanma y yo a comer en casa de Toni? ¿No...? -(cara de desconcierto)-. ¡Es verdad! Lo había olvidado. Bueno, pues... de acuerdo, ahora vamos para allá...
-¿Qué pasa? -preguntó Toni cuando colgó.
-Mis abuelos vienen hoy a comer a casa -explicó Nacho-. No me dejan marcharme, tengo que comer con ellos.
No hicimos comentarios. El siguiente en llamar fue Toni.
-¿Papá? No, no nos ha pasado nada... no fueron los padres de un amigo, no nosotros... sí... escucha, ¿puedo comer hoy en casa de Nacho? Me han invitado... Ah, no seas aguafiestas... ¿quién, yo? Vale, no hace falta, ya voy para allá.
Colgó.
-Que no he dado ni golpe en todo el fin de semana, que tengo que estudiar y que de salir esta tarde nada -resumió.
-¡Vaya faena! -resoplamos todos.
Luego le tocó el turno a Ali.
-Sí... sí, mamá, en casa de Isa... ¿Puedo...? ¿Qué? ¿De mala educación? ¡Pero mamá...! Bueno, no te pongas así, ya voy...
Colgó.
-Dice que ahora le toca a Isa venir a comer a mi casa, que la última vez que comimos juntas fue en su casa y que sería mucha caradura...
Ahora iba yo. Se puso al teléfono mi hermano Pablo. Cuando mi madre preguntó qué nos había pasado tuve que dar muchísimas explicaciones... y al final me dio permiso para “quedarme a comer en casa de Ali”. Con lo cual ya sabíamos todos que la que se iba a quedar con Lucian iba a ser yo.
-Te traeremos algo de comer -prometió Ali-. Y volveremos pronto.
No me quedó más remedio que resignarme. Cuando todos los demás se fueron y yo me quedé sola en el gimnasio con Lucian, le pregunté:
-¿Qué tal va la herida?
-Bien, creo.
-¿Te duele el brazo? -quise saber, acercándome.
-No.
Le di un pellizco en el brazo y gimió.
-¿Ves como sí te duele? Lo realmente preocupante habría sido que no lo sintieras.
-Muy aguda -gruñó Lucian-. ¿Qué vais a hacer ahora?
-Por lo pronto, comer. Los demás vendrán dentro de una hora aproximadamente. Entonces deliberaremos. Este es un asunto muy complicado.
-¿No se extrañarán tus padres si no vuelves a casa para comer?
-Les he dicho que estoy en casa de Ali.
Nos quedamos callados un rato. Menuda situación. Sola en el gimnasio de un instituto vacío, sin comer y con un chico del futuro herido de bala.
Jugueteé con la bala que había extraído del brazo de Lucian. Era muy pequeña, puntiaguda y alargada. Parecía un dardo.
-¿Qué hiciste con tu pistola? -pregunté.
-La perdí en el fregado.
-Mentiría si te dijera que lo siento.
-Ya lo sé. Escucha, gracias por haberme ayudado.
¿Que diríais vosotros en una situación semejante?
-Bueno, no iba a dejarte tirado...
Me percaté entonces de que la luz que se filtraba por el hueco de la ventana que no estaba tapado por la tabla había disminuido, y me asomé con cuidado.
-Oh-oh...
-¿Pasa algo malo?
-Parece que va a llover -respondí-. Está todo nublado. Me parece que no vas a poder pasar la noche aquí, Lucian. Esto es un sótano. Terminará por parecer un pantano.
Comenzó a chispear. Aún tardaría mucho en calar el suelo, pero si Lucian dormía allí aquella noche, iba a tener unos sueños muy acuosos.
Cuando me volví hacia él vi que se había incorporado.
-Eh, ¿qué haces? Vuelve a tumbarte.
-No estoy tan mal...
-Los chicos del siglo XXI sois duros, ¿eh?
Aparté un poco la tabla, para que entrara algo más de luz, y me senté sobre el potro.
-Este lugar parece como sacado de un cuento -comenté-. No me sorprendería que saliera un duende de entre los trastos y nos dijera hola.
Lucian se subió a un banco para mirar por la ventana.
-Es un sitio muy aislado -dijo.
-Pasado mañana no lo será -repliqué-. Habrá cerca de trescientos chicos y chicas pateando el instituto.
Los minutos pasaban lentamente. Sólo se oía el ruido de la lluvia golpeando el suelo, arriba. Deseé que los demás no tardaran mucho en volver.
Y no lo hicieron, la verdad. Pero a mí me pareció una eternidad la hora y media que pasó hasta que la cabeza de Ali asomó por la ventanilla. Apartamos la tabla y entró en el gimnasio.
-Veo que soy la primera en llegar -comentó-. Me he dado toda la prisa que he podido, pero es que llueve a cántaros y mi madre no quería dejarme salir. Ah, mirad lo que os he traído.
-¡Eres un ángel! -exclamé al ver que Ali sacaba un par de hamburguesas de la bolsa que había traído.
Lucian y yo engullimos las hamburguesas rápidamente. Estábamos en plena operación de recargamiento de energías cuando llegaron Nacho y Juanma.
-Toni ha confirmado que no viene-informó el primero-. Tiene que estudiar.
-Nacho, Lucian no va a poder quedarse aquí esta noche -hice notar-. Hay goteras.
-Eso está solucionado. He hablado con Toni por teléfono. Le contó a su madre lo de Lucian, y ella ha sugerido que se quede allí “hasta que las cosas se arreglen”, dijo. Eso nos dará tiempo para encontrarle otro alejamiento. Iremos a casa de Toni sobre las siete, más o menos.
-¿Y podrá Lucian salir de aquí de incógnito? -preguntó Ali.
-Hoy llueve -respondió Nacho-. La gente va muy tapada con paraguas, impermeables... -y sacó un impermeable con capucha de la bolsa que traía.
-¡Nacho, piensas en todo! -lo alabé.
Pasamos toda la tarde allí, tratando de trazar un plan de acción. Yo notaba que Lucian había cambiado. Antes nos dejaba hablar sin intervenir, como si aquello no fuera con él. Ahora estaba más entusiasmado y, de hecho, era él quien llevaba la voz cantante.
Por el contrario, Juanma estaba silencioso. Sólo habló una vez, y fue para preguntar:
-Lucian, ¿cuántos años tiene tu padre?
-Cuarenta y dos -fue la respuesta.
-Ah -se limitó a decir Juanma, y continuó con su extraño mutismo.
Nosotros no nos percatamos de ello. A medida que pasaban las horas nos sentíamos cada vez más nerviosos, porque no se nos ocurría nada para ayudar a Lucian. Hasta que Ali levantó el pie y dijo:
-El suelo está encharcado.
Miramos la hora. Eran cerca de las siete de la tarde, y hacía rato que había anochecido. ¡Habíamos pasado tres horas rompiéndonos el coco para nada!
Le pusimos a Lucian el impermeable que había traído Nacho, lo tapamos bien con la capucha y salimos del instituto. Mientras caminábamos hacia la casa de Toni, noté que Juanma me tiraba de la manga.
-Isa...
-Qué.
-Isa, es que he estado pensando... que de 1992 a 2005 sólo hay treinta y tres años, y el padre de Lucian tiene cuarenta y dos. ¿No podríamos buscarle y decirle que...?
Me volví bruscamente hacia él.
-¡Pues claro! -aullé-. ¡Ésa es la solución!
Todos me miraron, sorprendidos y extrañados.
-¡Lucian! -jadeé-. ¡Podemos avisar a tu padre! Él ya ha nacido, tendrá cerca de nueve años.
-¡Es verdad! -dijo Nacho-. ¿Ha sido idea de Juanma?
Asentí.
-¡Hermanito, eres un genio! Lucian, ¿sabes si tu padre vivía en esta ciudad a los nueve años?
-Me parece que sí -respondió Lucian, pensativo-. Pero, de todas maneras, ¿cómo vamos a encontrarle?
-Para algo está la guía telefónica -repliqué.
-¡Vamos a contárselo a Toni! -sugirió Ali, jubilosa-. ¡Tenemos un plan!
Corrimos a casa de Toni. Lo pillamos con un libro de matemáticas delante.
-¡Toni! -dijo Ali-. ¡Vamos a buscar al padre de Lucian!
-¿Al padre de Lucian? -repitió Toni.
Se lo contamos todo atropelladamente.
-Pero no nos va a creer si le decimos que en el año 2025 le pondrán una bomba en el portafolios -objetó Toni-. Y mucho menos que él inventará una máquina del tiempo. Y como Lucian le diga que es su hijo, el pobre chaval se va a quedar viendo visiones.
-Es verdad -dijo Livia-. Hay que tener en cuenta que sólo tiene nueve años. En el 2025 no se acordará de que treinta y tres años atrás un grupo de chicos le dijo que no abriera un portafolios en una conferencia en Viena.
-Jo, qué pronto le chafáis a uno las ideas... -protestó Juanma.
-Pero esa idea no está perdida del todo -dijo Lucian-. Podemos dejarle un mensaje.
-¿Cómo? ¿Un mensaje que dure treinta y tres años? -quiso asegurarse Nacho -. ¿Y cómo lo vas a hacer?
-Aún no estoy seguro; pero por el momento será mejor que encontremos a mi padre.
Toni salió de la habitación y volvió al cabo de unos momentos con una guía telefónica entre las manos.
-¿Cómo se llama tu padre de segundo apellido? -le preguntó a Lucian.
-Colomer.
-Beltrán Colomer... hay sólo dos, ¡qué suerte!
-Pero no es ninguno de los dos -dijo Nacho.
-¿Qué...?
-¿Cuándo has visto tú que un niño de nueve años figure en la guía? Estarán los nombres de sus padres...
-Bueno, ¿cómo se llamaba tu abuelo paterno de segundo apellido, Lucian?
-No lo sé; mis abuelos murieron antes de nacer yo.
Nos miramos unos a otros, con un gesto de desconsuelo. ¡Había entre veinticinco y treinta “Beltrán” en la lista y el abuelo de Lucian podía ser cualquiera de ellos!
-Va a ser un trabajo de chinos -pronosticó Nacho-. Habrá que llamarlos uno por uno y preguntarles si tienen un hijo de edad aproximada entre nueve y diez años, que se llame... ¿cómo se llama? -preguntó, volviéndose hacia Lucian.
-Enrique.
-Bueno, pues que se llame Enrique. Y luego ir a visitar a ese niño y decirle que...
-Vale ya, Nacho -corté.
-Va a ser un trabajo de chinos -repitió Nacho, machacón.
Y entonces Ali dijo la primera cosa con sentido que oía aquel día:
-Bueno, pues empecemos ya.
La madre de Toni asomó en aquel momento la cabeza por la puerta, para anunciar:
-Isa, ha llamado tu madre. Dice que vayas a casa, que está lloviendo y ya es muy tarde.
Nos miramos los unos a los otros cuando la madre de Toni se marchó.
-Me parece que es mejor que nos marchemos ya todos -dijo Nacho-. Cada mochuelo a su olivo. Ya hemos tenido bastantes emociones por hoy. Ahora, a descansar, y mañana atacaremos la guía telefónica y encontraremos al doctor Beltrán.
Dijimos que de acuerdo.
-Seguro que ya no te duele tanto el brazo -le dije a Lucian-. ¿A que no, Luc?
Él se volvió.
-¿Luc? -repitió con un acento divertido en su voz.
-¿Nadie te había llamado así hasta ahora?
-Aquí tenéis la costumbre de acortar los nombres. Porque Isa viene de Isabel, ¿no?
Hice una mueva; no me gustaba ese nombre, prefería mil veces Isa.
-Me llamo Ana Isabel -dije-. Y Ali viene de Alicia, Nacho de Ignacio, Toni de Antonio y Juanma de Juan Manuel. ¿No te gusta que te llamen Luc?
Se inclinó y me dijo al oído:
-Viniendo de ti no me importa, pero no lo repitas mucho o todos terminarán por llamarme así, y eso sí que no me haría ninguna gracia. ¿De acuerdo?
Sonreí.
-¡De acuerdo!
Salimos de la casa de Toni. Lucian se quedó allí con él.
-Lucian está diferente desde lo de la herida -comentó Ali mientras ambas volvíamos a nuestras casas-. Ahora es más amable, más simpático.
-Es encantador -sonreí.
Ali me miró divertida, pero no dijo nada.
Cuando subí a mi casa estaba sencillamente agotada. Ni siquiera hice caso a Clarita cuando se acercó a mí con un cochecito entre las manos haciendo “Brum-rum, brumm”. No tenía ganas de jugar. No podía creerme que todo lo que había pasado aquel día fuera cierto.
Después cogí la guía y volví a mirar la lista de Beltranes que nos esperaba. Y recordé lo que Nacho había dicho. Que iba a ser un trabajo de chinos. Y lo que Ali había contestado. Que comenzáramos ya.
Caí rendida en cuanto me tumbé en la cama.
Y soñé con balas, gimnasios viejos y hombres con gabardinas; soñé con pinzas, teléfonos y lapas que atendían al nombre de Raquel; soñé con parques e institutos vacíos; soñé con máquinas del tiempo y laboratorios científicos.
Y soñé con Lucian.
Y cuando desperté recordé lo que debíamos hacer: encontrar a un niño llamado Enrique Colomer, que en el futuro sería el famoso doctor Beltrán y el padre de Lucian.