Capítulo
VI: “En busca del doctor Beltrán”
Me desperté
muy temprano aquella mañana. ¡Había tantas cosas
que hacer! Me arreglé en un momento, desayuné y salí
de casa disparada. Habíamos quedado todos a las nueve en casa
de Toni, aunque nos imáginabamos que a sus padres no les haría
ninguna gracia que estuviéramos allí reunidos un domingo
por la mañana, tan temprano.
Pasé a buscar a Ali y nos fuimos juntas hacia allí.
Cuando llegamos nos encontramos con que Nacho y Juanma habían
sido más rápidos que nosotras. Estaban con Toni en la
sala de estar, y hablaban en voz baja.
-No hagáis mucho ruido -indicó Toni-, que mis padres
están durmiendo, y nuestro visitante del futuro también.
Está agotado y no he querido despertarle.
-No me extraña que esté cansado -comenté-. Yo
también estoy hecha polvo.
-Pues yo he dormido muy bien -dijo Ali-. Y estoy estupendamente esta
mañana.
-Suerte que tienes -replicó Toni, distraído.
-Estás raro -declaró Ali, mirándole de reojo-.
¿Qué te pasa?
-Es que estoy empezando a desconfiar de Lucian -manifestó Toni
bajando la voz-. Ha pasado hasta las dos de la mañana estudiando
esa maldita libreta que se trajo del futuro. Y no me ha dicho qué
era. En cuanto me he acercado por detrás la ha cerrado de golpe
y me lanzado una de esas miradas furibundas suyas.
Nacho y yo nos cruzamos una rápida mirada. También Toni
estaba empezando a darse cuenta. Ali seguro que ya sospechaba algo,
pero Juanma estaba tan fascinado ante aquella historia que seguía
a Lucian como si fuera un perrito faldero; y no lo hacía precisamente
porque desconfiara de él, ni mucho menos.
-No sé si confiar en él -prosiguió Toni-. Se
comporta de una manera muy extraña. Pude ver fugazmente una
página de esa libreta, y está llena de numerajos y símbolos
extraños. No lo comprendo, ¿por qué desconfía
de nosotros?
-No desconfío de vosotros -dijo de pronto Lucian, apareciendo
en la puerta-. Desconfío del RAP. Basta con que sepáis
que esa libreta es importante, y que ellos no deben hacerse con ella.
Si logran obtenerla, estaremos perdidos.
Nos miramos unos a otros.
-Confiad en mí -dijo Lucian-. Por favor.
Miramos a Nacho, esperando que dijera algo.
-De acuerdo, pues -dijo nuestro cabecilla.
Y respiramos aliviados.
Pronto estuvimos en la calle. Toni había dicho seguramente
su madre no le iba a permitir llamar por teléfono a treinta
casas diferentes, así que nos rascamos los bolsillos y, con
un suspiro de resignación, entramos en una cabina. Toni y Lucian
habían hecho una lista de los Beltranes, sus teléfonos
y sus direcciones y, con ella en la mano, Nacho hizo la primera llamada.
-¿El señor Beltrán Abad...? ¿Tienen un
hijio de nueve o diez años llamado Enrique? ¿No? Lo
siento, me he equivocado. Gracias, y perdone.
-Hicimos varias llamadas más, y a la octava apareció
un Enrique de ocho años.
-¿No eran nueve? -susurró Ali.
-Pero no hay que descartarlo -repliqué yo.
Seguimos haciendo llamadas. En una casa nos contestaron que tenían
un niño de diez años que se llamaba Luis Enrique, pero
le llamaban Luis. En tres más no contestaron, y en otra le
colgaron a Nacho en las narices sin responder, seguramente creyendo
que era un bromista.
Cuando acabamos estábamos sin un duro. Y entonces Nacho se
dio una palmada en la frente y exclamó:
-¡Teníamos que haber pregunta por el segundo apellido
del niño! Entonces, seguro que ya sabríamos si nuestro
personaje es el Enrique de ocho años o el Luis Enrique de diez.
-¿Llamamos otra vez? -preguntó Juanma.
-No, pensarían que somos unos pesados. Además, casi
no merece la pena. Tenemos que ir igual a la zona en donde están
esas casas. Hemos de descubrir si por casualidad el padre de Lucian
vive en una de las casas en donde no han contestado. Y dos de esas
casas vacías están relativamente cerca de las casas
donde viven esos dos niños.
-¿Cómo vamos a saber si vive el padre de Lucian en una
casa donde no hay nadie? -quiso saber Toni.
-Es fácil -respondí-. Se pregunta a los vecinos, a la
portera... deben de saber si en su finca vive un niño de diez
años que se llame Enrique. Se trata de un típico trabajo
de investigación.
-¿Qué hacemos entonces?
-Organizar un plan -dijo Nacho.
Nos sentamos en una mesa en el bar, alrededor de un mapa de la ciudad
que habíamos extendido sobre la mesa. Nacho fue marcando con
una cruz las casas donde vivían los Beltranes sospechosos.
-Somos seis -apuntó Juanma-. Que cada uno vaya a una casa.
-Sí, y a ti te dejamos solo -completó Nacho-. No, ni
hablar. Iremos por parejas. Y tocamos a dos casas por pareja.
-De acuerdo. Ali y yo vamos juntas, pues -dije.
-¡Yo voy con Lucian! -sentó Juanma.
Nacho y yo cruzamos una mirada. No queríamos dejar al más
pequeño de la pandilla a solas con Lucian. Pero le habíamos
dicho a éste que confiábamos en él. Fue el propio
Lucian quien nos sacó del apuro.
-No; iré solo -decidió-. Si ven a Juanma conmigo le
ficharán enseguida. Aún no le conocen, y es mejor que
por el momento no sepan que tienen alguna relación conmigo.
-Pero no podemos dejarte solo... -empezó Nacho.
-¿Es que tienes miedo de que me escape?
-No seas bobo, Lucian -dije, aunque me temblaba la voz-. Deja que
Nacho vaya contigo. A él ya le conocen. Además, tú
no conoces la ciudad.
Lucian puso cara de circunstancias. Era verdad que no conocía
la ciudad; cambiaría mucho en treinta años y, además,
según él, en el 2013 cambiarían los nombres de
la mayoría de las calles.
Al final quedaron constituidas las parejas así: Ali y yo, Toni
y Juanma, y Nacho y Lucian.
Nosotras cogimos el autobús para ir al centro de la ciudad,
donde se localizaban dos de las casas “Beltrán”.
Una era la de Luis Enrique, de diez años, y otra en donde no
habían cogido el teléfono.
Bajamos en la calle donde estaba la casa vacía. Después
de una complicada búsqueda la encontramos. Al mirar los botones
del interfono vimos que no llevaban nombre, sino simplemente el número
de la puerta.
-En la guía sólo ponía el número del portal
-hizo notar Ali-. ¿Cómo sabremos en cuál viven
los Beltrán?
Llamé a un número cualquiera. Una voz ronca me contestó:
-¿Quién?
-¿El señor Beltrán Ovejero?
-Lo siento, se ha equivocado.
-¿Sabe usted dónde vive?
-Puerta dieciocho -respondió el hombre, y colgó.
-¿Ves qué fácil? -le dije a Ali.
Llamamos a la puerta dieciocho. No contestaron.
-Éstos se han ido de vacaciones antes de tiempo -comentó
Ali-. Si pudiéramos entrar en el portal y echarles un vistazo
a los buzones, sabríamos si este Beltrán tiene una esposa
que se apellide Colomer. Pero... ¿cómo entramos?
-Me parece que esta casa no tiene portero -dije-. Será cuestión
de esperar a que entre o salga alguien.
Nos sentamos en el escalón y diez minutos después entró
en el portal una chica que llevaba un par de barras de pan bajo el
brazo. Entramos tras ella.
-Busca -le dije a Ali cuando ambas nos encontramos frente a tres largas
hileras de buzones-. Beltrán Ovejero, puerta dieciocho.
-¡Aquí! -anunció Ali triunfalmente-. Pero éste
no es. Aquí pone que vive con una tal Sara Castillo Marín.
-Es verdad -admití. La abuela de Lucian se llama Colomer de
apellido, y no Castillo.
Salimos de allí y fuimos en busca de la otra casa.
-Calle Isaac Peral -dijo Ali, mirando la dirección-. ¿Dónde
está eso?
-Ni idea. Por aquí cerca, según Nacho, pero no sé
dónde. Habrá que preguntar.
-Perdone -le dijo Ali a una ancianita que pasaba-. ¿Sabe usted
dónde está la calle Isaac Peral?
-Seguid recto, y la tercera bocacalle a la derecha, allí es.
-Gracias -contestamos, y echamos a andar calle arriba.
Pero una vez llegamos allí nos encontramos con que la calle
que nos había indicado aquella señora no era la calle
Isaac Peral. Dimos vueltas y más vueltas infructuosamente,
hasta que nos encontramos totalmente perdidas.
-A mí me parece que esa señora no tenía ni idea
-gruñó Ali.
-Por favor -le dije a un hombre que pasaba por allí-. ¿La
calle Isaac Peral?
-Está bastante lejos de aquí, por la Avenida Jerusalén
hacia abajo. Al lado del Burger King.
Ali y yo nos miramos.
-¡Pero si allí es donde le preguntamos a la señora...!
Y volvimos al punto de partida, con la enojosa sensación de
que nos habían tomado el pelo.
Por fin encontramos la casa, pero al llamar resultó que no
había nadie.
-Han salido -nos informó la portera-. Me parece que al parque.
-¿Sabe usted cuál es el apellido de la madre de Luis
Enrique?- pregunté.
-No estoy segura.
-¿Y si miramos en el buzón?
-Unos gamberros arrancaron la placa hace tiempo, y los Beltrán
no la han vuelto a poner.
Le preguntamos dónde quedaba el parque, y nos fuimos para allá.
Había un enjambre de niños corriendo de aquí
para allá.
-Ay, madre -murmuró Ali-. ¿Y cuál de ellos será
Luis Enrique Beltrán?
Fuimos preguntando a los niños que había por allí
si conocían al tal Luis Enrique, pero ninguno pudo aportarnos
nada positivo. Continuamos con la indagación hasta que una
niña muy avispada dijo:
-¿Luis Enrique...? ¿Te refieres a Luis Beltrán?
-¡Justo! -exclamé-. Un niño de unos diez años...
La niña nos señaló a un chaval rubio y de ojos
azules que jugaba en el tobogán, riendo sin parar.
-No se parece mucho a Lucian -comentó Ali-. Si por un casual
llega a ser su padre, me parece a mí que nuestro amigo ha salido
más bien a su madre.
-Oye, niño -le dije al supuesto Luis Enrique Beltrán-.
¿Tú inventarás en el futuro una máquina
del tiempo?
-No le tomes el pelo, Isa -protestó Ali-. No le hagas caso
-añadió dirigiéndose al niño-. ¿Tú
te llamas Luis Enrique Beltrán?
-Sí, ¿por qué?
-¿Cuál es tu segundo apellido?
El niño se lo meditó bien y luego dijo:
-¿Para qué queréis saberlo?
¡Estos niños son realmente repelentes!
-Oh, por curiosidad...
-¡Mi madre me ha dicho que no hable con extraños! -declaró
el chaval y, dando media vuelta, salió corriendo.
-Ali, ¿por qué los niños sólo son obedientes
cuando no se quieren que sean obedientes? -me desesperé.
-¿Queréis saber su segundo apellido?
Al volvernos vimos que la que había hablado era la niña
de antes.
-Se llama Luis Enrique Beltrán Narváez.
-Gracias -respondí, aliviada-. Era todo lo que queríamos
saber.
Y con aquello volvimos a nuestro barrio, dando por finalizadas nuestra
investigación.
-Espero que los chicos hayan tenido más suerte que nosotras
-dijo Ali en el autobús.
-Alguno de ellos se habrá encontrado con Enrique Beltrán
Colomer -murmuré yo-. Habíamos quedado con ellos en
el parque. Toni y Juanma ya estaban allí. El primero resumió
con una sola palabra el resultado de su investigación:
-Nada.
Les contamos nuestras peripecias. Ellos a su vez nos relataron sus
pesquisas, y nos reímos mucho cuando Juanma nos contó
que en un portal el portero no quería dejarlos entrar, y tuvieron
que hacerse pasar por recaderos.
-Dijimos que teníamos un encargo para la puerta treinta y ocho
-recordó Toni.
-¡Y resultó que aquella casa tenía siete pisos
y sólo veintiocho puertas!
-¿Y cómo entrásteis? -quiso saber Ali.
-Disimulamos como pudimos. Dijimos que seguramente habíamos
apuntado mal la dirección, y le preguntamos si allí
vivían los señores Beltrán-Colomer. Nos dijo
que vivían los señores Beltrán-González
y que nos largáramos con viento fresco.
-No podía ser de otra manera -comenté, pensativa-. Al
final será Lucian quien se encuentre con su propio padre. Tenía
que ser así.
Aún tuvimos que esperar veinte minutos más antes de
que llegaran Nacho y Lucian.
-¡Lo hemos encontrado!-dijo el primero-. Resultó ser
el Beltrán de ocho años... que no tenía ocho,
tenía nueve.
-¿Y eso? -pregunté extrañada.
-Se equivocaron al darnos la edad por teléfono, eso es todo.
-Nosotros sí que nos equivocamos -dijo Lucian, de buen humor-.
Habíamos copiado mal el número del portal, y casi nos
volvimos locos buscándolo.
-Bueno, y ahora que lo hemos encontrado y sabemos dónde vive
y todo eso -dijo Juanma-, ¿qué hacemos?
-Yo tengo una idea -se oyó la voz de Lucian-. ¿Recordáis
que os dije de dejarle un mensaje? Pues bien, podemos hacerlo. Se
trata de construir una nuez mecánica.
-¿Una nuez mecánica? -repetimos todos a la vez.
-Veréis, es una especie de caja del tamaño de una nuez
-explicó Lucian-. Puede cerrarse con un chip-cerrojo que, conectándolo
a un ordenador y programándolo adecuadamente, no dejará
que esa caja se abra hasta la hora del día del año que
nosotros queramos.
-¿Tú puedes hacer eso? -preguntó Juanma, incrédulo.
-Me enseñaron a hacerlo en clase de electrónica.
-¿Y de dónde vas a sacar ese chip-cerrojo o como se
llame? -pregunté.
-Da la casualidad que me traje uno de mi tiempo -respondió
Lucian-. Si no supiera que lo tenía, no hubiera sugerido la
idea de hacer una nuez mecánica. Se ve que me metí un
chip de esos por casualidad en el bolsillo de los pantalones en la
última clase de electrónica que tuve antes de venir
por aquí.
-¿Cuánto vas a tardar en hacerla? -preguntó Nacho.
-Depende. Necesito un sitio donde pueda construir una cajita...
-¡El talle de tu padre, Nacho! -exclamó Toni-. ¿No
tiene tu padre un taller de mecánica en la planta baja de tu
casa? Allí habrá herramientas.
-Necesito también un ordenador donde poder programar el chip-cerrojo.
-Yo tengo uno en mi casa -dijo Nacho.
-Solucionado, entonces -resolvió Ali-. La casa de Nacho es
ideal para que Lucian pueda construir allí su nuez mecánica.
-Pero aunque no se pueda abrir la caja siempre se podrá romper
-objeté-. Y puede que tu padre la pierda, Lucian.
-Por eso el plan entraña sus riesgos -replicó Lucian-.
Será difícil que se rompa, y ni en el año 2025
se conoce una manera de abrir una nuez mecánica antes de tiempo.
Pero no es difícil que se pierda. Pero ya buscaremos solución
a ese problema más tarde. O, mejor aún, id pensándolo
Ali, Juanma y tú. Toni, Nacho y yo iremos a hacer la nuez.
No me hizo gracia que nos excluyeran, pero tuve que reconocer que
yo de electrónica e informática no tenía ni idea.
Juanma se las arregló para pegarse al grupo de los chicos y
se fue con ellos, mientras Ali y yo nos quedábamos paradas
sin saber qué hacer.
-Bueno, pongámonos en marcha -dijo entonces Ali-. Hay que pensar
una manera de que el padre de Lucian conserve este trasto durante
treinta y tres años.
-Pues vaya faenita que nos ha tocado -suspiré.
Por no quedarnos en la calle nos fuimos a casa de Ali, a deliberar.
-Hay que conseguir que el “doctor B” considere esa cosa
un tesoro tan preciado que no se desprenda nunca de ella -resumí-.
Pero...¿cómo?
Y pasamos el resto de la mañana estrujándonos el cerebro
sin sacar nada en limpio.
Volví a mi casa cuando llegó la hora de comer. Al entrar
vi que Pablo, con cara de loco peligroso, estaba jugando a la videoconsola,
a un juego de ninjas y samurais. Ya había estado jugando cuando
yo salía de casa aquella mañana, lo cual indicaba que
seguramente se había pasado toda la mañana jugando.
-¿Aún sigues ahí? -le pregunté-. ¿Por
qué no lo dejas ya?
-¡No puedo! Es un desafío, ¿sabes? No puedo dejarme
ganar, esto es un reto a mi habilidad.
Era cierto. Pablo era un genio de las consolas, y no había
juego que se le resistiera. Por eso, cuando había alguno que
osaba plantarle cara, él no paraba hasta que no lo dominaba.
Me senté ante un humeante plato de arroz al horno, desanimada.
¿Y si hubiera un juego sin final?, me planteé a mí
misma. Pablo estaría siempre jugando si no supiera que no tiene
final. Es como un desafío.
Removí con indiferencia el arroz con el tenedor. Mi cerebro
trabaja a toda velocidad.
Es un reto.
¿Y si hubiera un juego sin final?
Pablo estaría toda la vida jugando.
Y el profesor Beltrán también.
Porque es un reto.
Y la nuez mecánica no se puede abrir hasta 2025.
Pero él no lo sabe.
Y Lucian dijo que estaba interesado en los rompecabezas.
-Ya lo tengo! -chillé, y me levanté de la mesa a todo
correr.
Marqué en el teléfono el número de Nacho.
-¿Nacho...? ¿Aún estáis ahí?
-Sí, esto es increíble. Lucian está haciendo
unas cosas en el taller que no puedo comprender...
-Escucha -le corté-, tengo una idea-. ¡La nuez mecánica
funcionará, ya lo verás!
-¿Cómo puedes estar tan segura?
Porque es un reto. No tiene final, pero el “doctor B”
no lo sabe, y estará toda la vida jugando hasta que lo saque.
-Cóóómo? ¿Te has vuelto loca?
-Bueno, ya te contaré. Pero de momento cuenta con que mi materia
gris ha urdido un plan. ¡Atacaremos al “doctor B”
por el lado psicológico!
-Mira, más vale que cuelge ya, o me voy a volver majareta del
todo. Ya me lo contarás más tarde. Hasta luego.
-Hasta luego.
Y colgué.
Y entonces, por toda la clase se oyó el aullido triundal de
Pablo:
-¡¡Lo he conseguido!!
