Capítulo
VII: “Un mensaje para el futuro”
En cuanto
acabé de comer me dirigí a la puerta.
-Isa, ¿a dónde vas? -me detuvo mi madre-. Llevas todo
el fin de semana fuera, ¿tú crees que eso es plan?
-Mamá, no podemos dejar solo a Lucian -respondí-. Sus
padres...
-Sí, ya sé -interrumpió mi madre-. Sus padres
están en el hospital. Pero, de todas maneras...
-Hasta luego, mamá -corté-. Me voy.
Y salí de mi casa, sin hacer caso de las protestas de mi madre.
Eran cerca de las tres y media de la tarde, y teníamos cosas
que hacer. Esperaba que Lucian ya tuviera acabada su nuez mecánica,
aunque, teniendo el brazo izquierdo como lo tenía, seguro que
tardaría más de la cuenta.
Llamé a casa de Ali.
-¿Está Ali?
-¿Eres Isa? -me contestó la voz de su madre-. Está
comiendo. ¿Quieres subir?
-No, no importa. Dígale que la esperaré con los demás.
Llegué a casa de Nacho. Toni y Lucian habían ido a comer
a casa del primero, y decía Nacho que habían vuelto
en un tiempo récord para terminar la nuez mecánica.
-¿Y Ali? -fue lo primero que me preguntó Toni.
-Está comiendo -respondí lacónicamente-. ¿Y
Lucian?
-Sigue en el taller -contestó Nacho.
-¿Va a tardar mucho?
-Ni idea.
En aquel momento llegó el propio Lucian, y le arrojó
a Nacho algo que éste cogió al vuelo. Era una cajita
pequeña, del tamaño de una nuez. Nacho la abrió
sin dificultad.
Se abría con una pequeña bisagra que sujetaba la caja
con la tapa.
-¿No decías que no se podía abrir? -pregunté.
-Es que falta lo principal -contestó Lucian, y nos mostró
una pieza pequeña, de metal, llena de minúsculos cables.
-¿Y eso? -quiso saber Nacho.
-Es el chip-cerrojo. Esto es lo que vamos a programar para que la
caja se abra el día del atentado. Bueno, vayamos a ver cómo
es ese ordenador tuyo.
Subimos a la casa de Nacho (el taller estaba en la planta baja), y
entramos en su habitación. Lucian se sentó frente al
ordenador y comenzó a manipularlo con mano experta.
-Es bastante antiguo -comentó-. Pero creo que me las apañaré.
Después de acabar un programa interminable, le pidió
a Nacho un diskette.
-¿Para qué lo quieres? -le preguntó Nacho, dándoselo-.
¿Se borrarán todos los demás programas?
Lucian no contestó. Colocó el chip-cerrojo sobre el
diskette.
-¡Se han quedado pegados! -exclamó Juanma con la boca
abierta.
Era cierto. El chip-cerrojo se había adherido al diskette,
como si fuera un imán. Lucian los introdujo en el ordenador
y pulsó unas teclas.
-¡Vas a grabar el programa! -dijo Nacho al reconocer aquellas
manipulaciones.
-El diskette pasará el programa directamente al chip -respondió
Lucian-. Este ordenador sólo tiene abertura para introducir
diskettes. Los de de mi tiempo tienen dos aberturas: una para diskettes
y otra para chips. Entonces ahora lo que hago para solucionar este
problema es acoplar el chip al diskette, para que éste pase
el programa directamente al chip.
En la pantalla apareció la palabra “OK”. Lucian
sacó el diskette, y lo separó del chip.
-Dame la nuez -le dijo a Juanma.
Éste se la tendió; Lucian escribió algo en un
papel y luego, doblándolo, lo introdujo dentro. Dando una mirada
circular, cerró la nuez y colocó el chip en la parte
por donde se abría. Una pequeña lucecita se encendió
en él, y con un pequeño ruido, se apagó de nuevo.
-Ya está -dijo Lucian-, éste es nuestro mensaje para
el futuro. Sólo queda que a mi padre no se le ocurra tirarlo
a la basura.
-No lo hará -dije yo-. Tengo un plan.
En aquel momento llegó Ali, y nos marchamos todos juntos hacia
el barrio donde vivía Enrique Beltrán.
Lucian no se había dejado sus precauciones en casa de Nacho.
Me di cuenta de que miraba constantemente a todos lados, y que estaba
en estado de alerta, por si había que salir corriendo. Viéndole
a él, no me hubiera extrañado ver aparecer a Morgan
y los suyos tras una esquina, y más de una vez me pareció
distinguir una gabardina gris entre la gente... pero era sólo
mi imaginación.
Cuando llegamos a la casa de Enrique Beltrán surgió
la incógnita.
-¿Cómo vamos a hacer para darle la nuez? -preguntó
Ali.
-Tenemos que conseguir que baje aquí -dije yo-. No podemos
subir a su casa a dársela, porque tiene que parecer una casualidad.
-Tengo una idea -saltó Juanma, y se dirigió a una cabina
telefónica. Lo seguimos. Antes de echar el dinero le preguntó
a Lucian:
-¿Conoces el nombre de algún amigo que tuviera tu padre
a los nueve años?
-Bueno, una vez mencionó a un tal Fernando -recordó
Lucian-. Dijo que era un amigo de la infancia. Lo que no sé
es si lo conocía ya en 1992.
-Habrá que arriesgarse -murmuró Juanma, y marcó
el número de Enrique Beltrán.
-¿Está Enrique...? -preguntó cuando le contestaron-.
¿Puede ponerse? ¡Hola, Quique! ¿Sabes quién
soy...? ¡Soy Juanma! ¿Cómo que no me conoces?
Soy el primo de Fernando. ¿No te acuerdas de mi? Te llamo desde
su casa. Sí, estoy pasando aquí las Navidades... verás,
es que ahora mismo estamos solos en casa. Mis tíos, o sea los
padres de Fernando se han ido de compras... Y nos aburrimos mucho.
No podemos salir de casa, pero nos preguntábamos si tú
querrías venir un rato... es que estamos algo aburridillos,
¿sabes? Qué, ¿vienes un rato aquí? A pasar
el rato. Fernando tiene un juego nuevo... sí, eso, de ordenador.
¡Ah! Bueno, ahora se pone.
Juanma tapó el auricular con una mano y nos guiñó
un ojo.
-¡Esto marcha! -susurró.
Volvió a ponerse al teléfono.
-¿Quique...? Es que no se puede poner. Está en el cuarto
de baño, haciendo ya te imaginas qué... Me ha dicho
que te diga que a ver si te decides. ¿Sí? ¿Te
dejan? ¡Estupendo! Pues te esperamos, ¿de acuerdo? Sí,
cuanto antes mejor. ¡Hasta ahora!
Y colgó.
-Mi plan tiene sólo un fallo -comenté-. Y es que, como
el tal Fernando viva en su portal, no tendrá necesidad de bajar
a la calle para ir a su casa. Pobre Quique, cuando llegue a casa de
Fernando se va a quedar de piedra.
Realmente, el crío era notable.
-Dejadme a mí -dije-. Marchaos, para que no sospeche.
Lucian me dio la nuez mecánica.
-Suerte -dijo.
Y fueron a sentarse en un bar que había al otro lado de la
calle.
Me quedé en el portal del futuro padre de Lucian, e hice como
que me enfrascaba en el estudio de aquel artilugio futurista.
Cinco minutos después se abrió la puerta y salió
un niño de unos nueve o diez años, moreno y de ojos
oscuros, inquietos. Me dije a mí misma que seguramente Lucian
había sido así a los diez años... ¡eran
muy parecidos!
-Oye, chico -le dije-. ¿Puedes intentar abrir esto? Es que
yo no puedo.
El futuro doctor Beltrán se acercó, interesado. Le mostré
la nuez mecánica.
-Es una especie de rompecabezas -le expliqué-. Me lo ha dado
un amigo, y me ha retado a encontrar la manera de abrirlo sin romperlo.
Dice que tiene algo realmente interesante dentro, y que será
mío si lo abro. Pero no puedo, y me temo que se va a reír
mucho de mí si no lo consigo.
-Déjame a mí -pidió Enrique Beltrán, y
le di la minúscula caja fuerte.
Empezó a darle vueltas y más vueltas, y luego dijo,
señalando el chip-cerrojo:
-Me parece que no se va a abrir hasta que no quites esa cosa de ahí.
Y trató de arrancar la “cosa”, sin resultado.
El chaval era inteligente, sin duda, puesto que se había dado
cuenta enseguida de dónde estaba el problema.
-Es que no se puede quitar -dije-. Debe de tener algún mecanismo,
que no se pone en marcha por la fuerza. Hay que usar la inteligencia,
¿sabes?
El niño no contestó. Continuó enfrascado en la
nuez. Y yo no dije nada más. Le dejé hacer. Estuvimos
así un rato más. Enrique Beltrán había
perdido la noción del tiempo; estudiaba con interés
la caja del mensaje, y yo observaba sus tejemanejes sin decir nada.
Él ya no recordaba que tenía una cita. Tampoco se daba
cuenta de que el escalón donde estábamos sentados estaba
frío, (yo sí lo notaba, ya tenía el trasero congelado)
ni que entorpecía el paso de la gente que entraba y salía
del portal. Sólo repetía monótamente:
-Interesante... sí, interesante...
Al cabo de diez minutos le di un suave codazo:
-¿Sabes cómo se llama? -susurré-. Es un conocido
rompecabezas japonés, y se llama “la nuez del tesoro”.
Si la abres, el tesoro será tuyo.
-¿Un rompecabezas japonés? -repitió Enrique,
fascinado.
-Es como un desafío. La nuez te reta a descubrir su secreto.
Sólo los más inteligentes obtendrán su tesoro.
-¿Sólo los más inteligentes? -quiso asegurarse
el chaval.
-Dame -dije, y se la arrebaté de las manos.
-¿Me la regalas? -preguntó Enrique, suplicante.
La carga ya estaba puesta. Ahora sólo había que hacer
estallar el explosivo.
-No, ni hablar -repliqué-. Quiero ser yo la que descubra lo
que hay dentro.
Me lanzó una mirada desesperada. Hice como que me lo pensaba
mucho.
-Prométeme que no te desharás de ella hasta que la hayas
abierto.
-¡Prometido!
-¿Aunque tenga que pasar mucho tiempo?
-Aunque tenga que pasar mucho tiempo.
-¿Y la llevarás siempre contigo?
-¡Siempre!
-Los niños suelen romper sus promesas...
-Yo no, de verdad.
-Mira, este artilugio es muy valioso. Los japoneses sólo fabrican
unos cincuenta, creo, que están repartidos por todo el mundo.
Muchos de ellos están ya abiertos, pero sólo hay algunos
que siguen cerrados y con secreto dentro.
-¡Yo lo abriré!
-Puede que con el tiempo pienses que es inútil. Pero tú
no te rindas nunca y, sobre todo, no se lo des a nadie. Este será
para ti, y tienes que ser tú quien lo abra. No otro. Porque
se puede abrir, aunque no lo parezca.
Y se la entregué. Prácticamente me la quitó de
las manos.
-Sé que lo conseguirás algún día -le dije-.
No lo lograrás a la primera, ni tampoco a la segunda, ni siquiera
a la tercera. Hay que tener paciencia. Y, sobre todo, no te desanimes.
No permitas que ese trasto te tome el pelo. Quien la sigue, la consigue.
Me levanté y, mientras me alejaba, le deseé:
-¡Buena suerte!
Me reuní con los demás en el bar. Al volver la vista
atrás vi que Enrique no se había movido del sitio. Seguía
sentado en el portal, con la nuez mecánica entre las manos.
Y entonces comprendí por qué en el futuro llegaría
a ser un científico tan importante. Le atraían los misterios,
y era inteligente, pero sobre todo, era perseverante.
-¿Y si se cansa de la nuez cuando vea que no la puede abrir?
-preguntó Nacho.
-Él cree que se puede abrir -respondí-. Y si es tan
cabezota como Lucian, no parará hasta conseguirlo.
-Además, hay otro factor a nuestro favor -dijo Lucian-. Es
cierto que no se puede abrir, pero puede saberse cuándo se
abrirá mediante un adecuado estudio. Más adelante, cuando
aparezcan las nueces mecánicas, mi padre sabrá cuándo
se abrirá. Y entonces, si aún le pica la curiosidad,
estará preparado ese día. Además, cuando llegue
el momento el chip se desprenderá solo de la caja, y ésta
se podrá abrir. Mi padre tendrá interés en estudiar
ese chip; querrá saber de qué tipo es, y cómo
es que existían ya chips de ésos en 1992.
-Bueno, pues ya hemos puesto sobre aviso a tu padre -dijo Nacho-.
Y ahora, ¿qué?
Eran cerca de las cuatro y media de la tarde del domingo, y al día
siguiente teníamos clase, así que resolví:
-Propongo que nos vayamos a casa a estudiar. Mañana hay colegio,
y yo no he dado ni golpe en todo el fin de semana. Total, dentro de
tres días habrá vacaciones, y podremos hacer el vago
todo lo que queramos.
Pusieron cara de asco, pero no dijeron nada porque, evidentemente,
yo tenía razón. Había que “currar”.
Así que nos levantamos (remoloneando un poco), pagamos y nos
pusimos en marcha hacia nuestro barrio. Según nos acercábamos
pude apreciar que Lucian volvía a su típico estado de
alerta, mirando con ojos de lince a todos lados sin dejar por ello
de participar en la animada conversación que estábamos
sosteniendo.
Me pregunté a mí misma si el R.A.P. seguía por
allí. Por lo visto, Lucian estaba convencido de que sí,
pues se le notaba cada vez más nervioso. “Instinto de
supervivencia”, recordé que me había dicho una
vez.
De pronto dio un respingo y seguí la dirección de su
mirada, temiendo ver un grupo de aquellos matones. Pero no. Lo que
le había puesto en guardia era nada más y nada menos
que... ¡Raquel!
-¡Hola, chicos! -nos saludó acercándose-. ¿No
estábais en el hospital? ¿Qué tal tus padres,
Lucian?
Lucian puso cara de preocupación.
-Parece que están algo mejor -dijo-, pero no demasiado.
-Bueno, algo es algo, ¿no?
Y comenzó a contar no se qué rollo sobre una tía
suya que se había puesto enferma y la habían llevado
al hospital. Lucian la escuchaba amablemente. Súbitamente se
puso tenso, y se quedó parado, mirando en una dirección
determinada.
-Lucian, ¿qué te pasa? -preguntó Raquel, preocupada.
Lucian no respondió. Nosotros también nos habíamos
detenido, y tratábamos en vano de descubrir qué le había
hecho pararse a él, qué había provocado que se
quedara en aquel estado de alerta, como un animal al acecho. Seguimos
la trayectoria de su mirada, pero nada vimos.
De repente Lucian dio media vuelta y, agarrando a Raquel del brazo,
gritó:
-¡Corred, deprisa! ¡El R.A.P. está aquí!
Salimos corriendo. Raquel no comprendía nada, pero Luc no la
dejó detenerse.
En medio de la carretera volví la cabeza, y pude ver seis o
siete gángsters del R.A.P. que salían de detrás
de una esquina, donde momentos antes habría jurado que no se
ocultaba nadie.
