Capítulo
VIII: "Persecución alocada"
Poco a
poco fuimos dejándolos atrás. Al doblar una esquina,
Lucian se detuvo y dijo:
-Será mejor que nos separemos. Juanma y las chicas, id al gimnasio
del instituto. Allí estaréis seguros. Nosotros trataremos
de despistarles, y nos reuniremos con vosotros en cuanto podamos.
Abrí la boca para protestar, pero no tuve tiempo, porque Nacho
me empujó y tuve que seguir a Ali, Raquel y Juanma.
Echamos a correr por las calles. Entonces eché una mirada hacia
atrás y vi que nos perseguían dos terroristas del R.A.P.
Me detuve y les dije a los demás:
-Corred vosotros; yo voy a cubrir la retaguardia, que tenemos a dos
detrás.
-¡Isa! Ten cuidado -me ordenó Ali.
Esperé a aquellos dos detrás de una esquina. Cuando
ya estaban a punto de doblar dicha esquina, eché a correr pasando
frente a ellos, en dirección contraria a la que habían
tomado mis compañeros. Mis dos perseguidores dudaron un momento
pero, puesto que ya habían perdido de vista a los demás,
finalmente se decidieron por tratar de capturarme a mí.
Di muchísimas vueltas al barrio. Sabía que yo corría
más que ellos (soy pequeña, pero muy ágil), y
también que conocía la zona mejor que ellos. Corrí
mucho, los mareé todo lo que pude y los dejé jadeantes.
Pero... ¡caramba! Sí que eran cabezotas. Como el burro
al que le atan una zanahoria al hocico, pero fuera de su alcance,
y, por más que lo intenta, por más que avanza, no la
coge.
Pero aquellos no eran burros. Y podían alcanzar a la zanahoria,
puesto que yo estaba cada vez más cansada.
Por fin me metí en un callejón poco transitado; con
aquella maniobra los había despistado un poco, pero no tardarían
en aparecer. ¡Y entonces vi que el propio Félix Morgan
y dos de sus secuaces me cerraban el paso en la otra boca del callejón!
No me habían visto; me oculté en un portal. No podía
volver atrás, pues pronto aparecerían por allí
mis perseguidores. Por otra parte, sabía que Morgan y los suyos
no tardarían en descubrirme.
-¡Rápido, buscad por todas partes! -oí que decía
Morgan, tras hablar con mis dos perseguidores, que acababan de reunirse
con él en el centro del callejón-. ¡Tienen que
estar por aquí!
¡Buscaban a los chicos, no había duda!
En aquel momento se abrió la puerta del portal, y una mano
me arrastró al interior sin darme tiempo de gritar.
Me volví rápidamente. Era Nacho quien me había
cogido. Con él estaban Toni y Lucian.
-¿Qué haces aquí? -susurró exasperado-.
¡Deberías estar en el instituto!
-Nos pisaban los talones -respondí en el mismo tono-. Tuve
que distraerlos para que los demás pudieran escapar.
-De todas maneras, nos cogerán en seguida. Hay que distraerlos
para que Lucian y tú podáis huir.
-¿Qué estás diciendo?
Nacho miró a Toni, que asintió.
-¡Ahora! -dijo Nacho, y ambos salieron corriendo de nuestro
escondite.
-¿¡Qué hacen!? -protesté.
Luc me indicó con un gesto que me callara. Al cabo de unos
momentos murmuró:
-Su plan no ha dado resultado. Sólo dos han ido tras ellos.
Pero Morgan sigue ahí. ¡Vámonos, Isa! ¡A
la azotea!
Abandonamos nuestra posición y subimos por las escaleras, en
el momento en que Morgan abría la puerta de una patada.
Subimos las escaleras hasta llegar a la azotea del edificio. Detrás
de nosotros apareció un furibundo Morgan, seguido de tres o
cuatro de sus secuaces. Nosotros nos habíamos ocultado tras
una esquina, pero estábamos atrapados; dos de ellos se quedaron
en la puerta que comunicaba la escalera con la azotea, y los demás
recorrían la terraza buscándonos. Lucian descubrió
una vía de escape: la escalera de incendios. Pero para llegar
a ella tendríamos que atravesar una zona al descubierto; seríamos
presa fácil para Morgan y los suyos.
-Voy a atraer su atención -me susurró Lucian-. Me seguirán
a mí. Estate atenta entonces para huir por la escalera de incendios.
-¡Pero:..!
-¡Hazlo! Ve al instituto y reúnete allí con los
demás.
-¿Qué harás tú?
-Ya veremos. Vete, no tenemos mucho tiempo... ¡ah! Y llévate
esto. Y me puso entre las manos la famosa libreta que andaban buscando
los del R.A.P.
Le miré sorprendida. Luc se encogió de hombros.
-Cuento contigo -dijo.
Y entonces echó a correr.
-¡Mírenlo, está allí!
Todos salieron tras él, y yo aproveché para escapar
hacia la escalera de incendios.
-¡Un momento...! -aulló Morgan-. ¡La chica!
Entonces fue cuando se dieron cuenta de que Lucian era el cebo, y
que quien realmente tenía la preciada libreta era yo. Indecisos,
miraron a su jefe, que comenzó a impartir órdenes acerca
de a quién tenía que seguir cada uno. Mientras tanto,
bajé por la escalera de incendios sin detenerme. Les llevaba
ventaja, pero no sabía cuánto tardarían en ir
tras de mí.
Mi precaución sirvió de algo. Cuando llegué al
instituto aún no se les veía venir, y me alegré
de poder entrar en nuestro escondite sin testigos.
Entré en el gimnasio. Allí estaban ya Ali, Raquel y
Juanma. Me puse tensa.
-¿No han venido aún Nacho y Toni? -pregunté.
Ali negó con la cabeza.
-¿Te siguen? -preguntó Juanma.
-Sí. Me parece que lo mejor será que haga algo por alejarlos
de aquí. Es posible que me dé tiempo...
-Voy contigo -decidió Ali.
Ambas salimos por la puerta del gimnasio, y subimos las escaleras.
Salimos por una ventana abriéndola desde dentro; era muy difícil
volver a salir por la ventana del gimnasio porque estaba muy alta
y, además, era preferible no hacerlo por allí por si
alguien nos veía: teníamos que ocultar nuestra entrada
secreta de los extraños.
Cuando estuvimos en el patio del instituto le dije a Ali:
-¡Espera! No podemos andar por ahí con la libreta. Nos
arriesgaríamos demasiado.
Levanté entonces un ladrillo suelto del suelo y oculté
la libreta debajo. Sería fácil volverla a encontrar,
ya que dicho ladrillo sobresalía ahora del suelo más
que los demás.
Estuve tentada de echarle una ojeada a la libreta antes de esconderla,
pero cambié de idea.
Ibamos a salir del instituto cuando vimos que acababan de entrar todos
los matones del R.A.P., Morgan incluído, rompiendo de un disparo
el candado que cerraba la puerta principal.
-Demasiado tarde -mascullé-. Ali, tú a la derecha y
yo a la izquierda. ¡Ahora!
Y echamos a correr cada una en una dirección, rodeando el edificio.
Cuando volvimos a encontrarnos nos dirigimos juntas a la parte del
muro por donde salíamos y entrábamos del instituto...
¡Y nos encontramos con Toni y Nacho, que entraban en ese momento!
-Id al gimnasio -jadeé-, y atrincheraros allí para preparar
la defensa. Es muy posible que entren en el edificio. Yo les entretendré.
-¡Espera, Isa! -protestó Nacho.
No le hice caso. Raquel y Juanma estaban solos, y el R.A.P. estaba
a punto de pillarnos. Sólo podía hacer una cosa. ¡Me
lancé contra la muralla de terroristas con tanto ímpetu
que se rompió y, cogidos por la sorpresa, no pudieron hacer
nada para evitar que pasara! La confusión que creé con
esa maniobra fue aprovechada por Nacho, Ali y Toni para entrar en
el gimnasio por la ventanilla sin que los dieran.
Doblé la esquina del edificio. Si lograba despistarlos podría
salir del instituto por la puerta principal, que ellos mismos habían
abierto, y llamara a la policía, porque aquello ya se estaba
poniendo demasiado peligroso.
Sin embargo, en mi camino hacia la libertad algo se interpuso entre
la puerta y yo. ¡Félix Morgan, cabeza de los terroristas
venidos del futuro! Me agarró fuertemente del brazo con una
sonrisa de triunfo aflorándole a los labios y me arrastró
hasta el centro del patio, mascullando:
-Parece ser que atrapé a un miembro de la pandilla de las “Anguilas
Escurridizas”,¿eh? Y además a la Anguila Número
2. ¿Dónde está la Número Uno, me lo vas
a decir?
Me debatí furiosa, pero no hubo manera de que aquel tipo me
soltara.
-¡Escuchad! -gritó Morgan en el silencio del instituto
vacío-. ¡Tengo a la chica! ¡Sólo quiero
al hijo de Enrique Beltrán y una libreta que se trajo consigo!
¡Sólo eso, y la dejaré libre! Si no cumplís
mis condiciones, me temo que vuestra amiguita lo va a pasar muy mal.
Me apuntaba la cabeza con una pistola. Pero, ¿cómo iban
a “cumplir sus condiciones” si Lucian no estaba con ellos
y, además, no sabían dónde estaba la libreta?
¡Pero sí lo sabían! Ali me había visto
esconderla. Deseé de todo corazón que fuera prudente
y no saliera del gimnasio. Y, sobre todo, que no dijera nada.
-Más le vale que la deje en paz, Morgan -se oyó en aquel
momento una voz detrás de nosotros-. Ya estoy aquí,
y me parece que es a mí a quien busca.
Trata de aprovechar el instante de desconcierto de Morgan cuando dio
media vuelta para ver al que acababa de hablar para escapar, pero
el terrorista no aflojó la presión que ejercía
sobre mi brazo.
Eché un vistazo al que había hecho volverse a Morgan.
¡Era Lucian! Acababa de entrar por la puerta del instituto y
se dirigía hacia nosotros con paso firme y seguro.
-¿Estás loco, Lucian? -chillé-. ¡Vete!
Dos matones del R.A.P. se apresuraron a sujetarle y él no hizo
nada por soltarse.
-Lamento no poder decirle dónde está la libreta -le
dijo a Morgan con un tono burlón-, pero me deshice de ella
hace rato, y ahora mismo no sé dónde está.
-Da lo mismo -réplicó Morgan-. Tú conoces la
clave. Eso es lo que quiero.
-Puede que la sepa y puede que no -dijo Luc prudentemente.
No, claro que no. Sólo yo podría arreglar aquello.
-¡É1 no sabe dónde está la libreta! -chillé-.
¡Yo la escondí!
-¿¡Qué dices!? -gritó Lucian.
-Eso ya lo sabía -rió Morgan-. La vi huir con la libreta
en la mano. Mira qué bien, ya tengo a la Anguila Número
Uno y a la Anguila Número Dos. La pandilla de las Anguilas
Escurridizas está a punto de caer, ¿no?
No, faltaba la Anguila Número Tres. Miré disimuladamente
la ventanilla del gimnasio, esperando que a Nacho se le ocurriera
algo para sacarnos del lío.
Morgan hizo una seña y los gorilas que sujetaban a Lucian se
apartaron, dejándolo libre. Luc miró a Morgan desconcertado.
Se esperaba cualquier cosa de él menos aquélla. Se repuso
pronto y avanzó un paso hacia nosotros, pero Morgan lo detuvo
con un ademán.
-No te muevas -le advirtió-, o lo pagará ella.
Y Luc se quedó quieto. Morgan soltó una carcajada.
-Pero Lucian, pequeño, ¿qué te ha pasado? -rió-.
Te han reblandecido el cerebro estos del siglo XX. Yo te recordaba
más agresivo. Antes no te habría importado su vida.
Te habrías lanzado sobre mí como un lobo salvaje si
llevaras un arma.
-Pues me conoce muy mal -replicó Lucian-. Además, da
la casualidad de que estoy desarmado, y tengo el brazo izquierdo en
malas condiciones. ¿Usted cree yo sería tan estúpido
de “lanzarme sobre usted como un lobo salvaje”?
Aun en una situación como aquella, Lucian Beltrán era
capaz de fanfarronear mejor que un papagayo. Me dejó pasmada.
¿Cómo era capaz de hablarle así a un hombre que
llevaba una pistola en la mano?
-Os doy una oportunidad a ti y a tus amigos para que salgáis
corriendo -advirtió Morgan-. ¡Ya!
Pero Lucian se quedó donde estaba. O no exactamente. Avanzó
unos pasos, sí, pero no hacia la puerta, sino hacia el líder
del R.A.P.
-Suéltela -ordenó-. Es a mí a quien busca.
-Eres un estúpido, Lucian -le espetó Morgan-. Te estoy
dando una oportunidad para que salves tu vida. Y eso no lo hago todos
los días, créeme.
-¡Mi vida! -repitió Lucian con desdén-. ¡Yo
no acepto regalos suyos! Usted atentó contra la vida de mi
padre. ¡Y jamás permitiré que se quede con su
trabajo de quince años!
-Eres demasiado orgulloso para admitir que estás en mis manos,
¿eh? No, pequeño, no creo que puedas librarte de ésta
tan fácilmente. Si no fuera porque quiero esa libreta no estarías
vivo, y si no fuera por la regla básica de los viajes en el
tiempo, tu amiguita tampoco lo estaría. De todas formas, me
la llevaré conmigo... tengo un par de preguntas que hacerle.
-Ella no sabe nada -insistió Luc-. Y no le estoy mintiendo.
Cójame a mí y déjela a ella. Yo sé la
clave, y ella no.
-No seré tan estúpido de hacer ese cambio, Lucian. Te
cambiaría a ti por ella si vinieras con libreta incluida. Pero
por desgracia no sabes dónde está la libreta. Ella sí.
Y, dado que no me parece factible cogeros a los dos, prefiero llevármela
a ella.
Miré a Lucian, como preguntándole qué se suponía
que debía hacer yo. Si arriesgarme o quedarme quieta. Podía
sentir el frío metal del cañón de la pistola
de Morgan apretado contra mi sien. Lucian captó mi muda pregunta
y negó casi imperceptiblemente con la cabeza. Respiré
hondo. Estaba claro que no tenía nada que hacer en aquel asunto.
Eché una rápida mirada a la ventana del gimnasio, y
vi un par de ojos que, ocultos tras la tabla que tapaba la ventana,
observaban la escena con preocupación. Y supe que era Nacho,
y que también estaba deseando actuar.
Morgan dio un paso atrás, arrastrándome consigo.
-Ni un movimiento -le advirtió a Lucian-. Me voy, y me la llevo
conmigo. Me dirá todo lo que quiero saber.
-¿Lo va a dejar libre? -preguntó uno de los gorilas,
señalando a Lucian.
-No veo por qué no. Ya no lo necesito. No quiero llevarme a
los dos, éste es demasiado espabilado, nos traería problemas.
Además, es la chica quien sabe dónde está la
libreta.
-Pero...
-Ni una palabra más, Sandro.
Yo no tenía muy claro lo que debía hacer. Le eché
a Luc una mirada suplicante, pero él no se dio cuenta; tenía
los ojos clavados en Morgan.
-Eres como tu padre -decía éste-. Enérgico, inteligente,
cabezota y decidido. Una lástima que estés condenado
a quedarte en el siglo XX, sí.
-Si yo me quedara en el siglo XX, Morgan usted no podría viajar
a otros años -dijo Lucian-. ¿No lo sabía? Mientras
haya gente en una época que no le corresponda, la máquina
del tiempo no se podrá reprogramar, ni aun usando la clave.
-Entonces ya te eliminaré cuando tenga lo que quiero.
Yo asistía al diálogo entre Lucian y Morgan como espectadora
de excepción, pero no podía hacer nada. Mi mirada se
fue sola, sin querer, hacia la losa, semioculta tras una fuente de
piedra, bajo la cual había escondido la libreta de Lucian.
Me hice a mí misma el propósito de no decir nada, me
hicieran lo que me hicieran.
Morgan comenzó a retroceder, siempre apuntándome con
la pistola, y siempre con esa odiosa sonrisa de autosuficiencia en
los labios.
-Ni un solo paso -le dijo a Luc.
Seguimos retrocediendo. Morgan no dejaba de vigilar a Lucian, que
no se había movido del sitio. Cuando ya llegábamos a
la puerta del instituto, Luc sonrió confiadamente.
-Volveremos a vernos muy pronto, Morgan -dijo-. Aún tengo una
cuenta pendiente con usted, no se me ha olvidado.
Y pude ver que se llevaba la mano derecha al brazo herido.
Al salir a la calle, la gente se quedó aterrada al ver a un
hombre apuntando con un arma a una adolescente y seis o siete gorilas
escoltándonos. Hubo alguien que corrió a una cabina
a llamar a la policía. Me dije a mí misma que no sería
la policía quien lograra resolver aquel asunto.
-Sandro -le dijo Morgan a su “mano derecha”-, vuelva atrás
y siga al hijo de Beltrán y a sus amigos sin que se den cuenta.
Cuando le guíen hasta donde han ocultado la libreta, elimine
al chico y tráigamela. Pero elimine sólo al chico, a
Lucian, ¿eh?
Me volví desesperada.
-¡¡Luc!! -grité-. ¡Quieren...!
Sentí un furioso dolor en la cabeza. Todo se puso negro, y
lo último que oí fue:
-Mocosa entrometida...
