Capítulo
IX: "¡Atrapada como una rata!"
Cuando
volví a abrir los ojos me encontraba en una habitación
polvorienta, tendida en el suelo. Inteté levantarme, pero fue
inútil. Estaba ataba de pies y manos, y una mordaza me impedía
gritar.
Traté de tranquilizarme. Lo principal era ordenar mis ideas.
Pensé en mi situación. Estuviera donde estuviera, estaba
claro que me hallaba prisionera de Félix Morgan y sus gorilas.
Y pronto vendrían a interrogarme. A no ser que hubieran seguido
a Lucian hasta el gimnasio y Ali les hubiera dicho dónde había
escondido la libreta. Sin embargo, recordé la sonrisa pícara
de Lucian cuando le había dicho a Morgan que volverían
a encontrarse. Parecía muy seguro de sí mismo. Tal vez
tuviera un plan.
La cabeza me daba vueltas. Todo era tan terriblemente complicado...
Por el momento, el padre de Lucian tenía el mensaje, la libreta
estaba en el instituto, y yo estaba allí, atrapada como una
rata. Por cierto... ¿dónde era “allí”?
Realmente, la situación no era para dar saltos de alegría.
Para remate, Raquel se había visto involucrada en todo aquel
asunto, el R.A.P. había descubierto nuestro escondite y no
sabía si Lucian seguía vivo. Y además, mis padres
no sabían nada del asunto. ¿Qué ocurriría
cuando anocheciera y yo no apareciera por casa? ¿Qué
les diría Ali? ¿Que me habían capturado unos
terroristas procedentes del futuro?
No, decididamente, no podía quedarme sin hacer nada. ¿Y
si me habían llevado al año 2025?
Veamos, ¿cómo se las arreglarían mis detectives
favoritos para salir de una situación como aquella? Porque
no pensaba esperar a que me rescataran, ni mucho menos.
Me arrastré hasta la pared más cercana y, apoyándome
en ella, me incorporé como pude. Comencé a frotar mis
ataduras contra uno de los cantos de un mueble que había cerca.
Tardé mucho en soltarme, y me pareció eterno el rato
que estuve allí dale que te pego, pero mi paciencia se vio
recompensada, y la cuerda se desgastó tanto que con un pequeño
tirón pude romperla. Me desaté entonces las ataduras
de los pies, y me quité el pañuelo de la boca.
Bien,ya estaba libre. Sólo había que encontrar una vía
de escape. Intenté abrir la puerta, pero estaba cerrada, como
era de esperar. Me acerqué a la ventana, y me asomé.
Vi que me habían llevado a una vieja casa de campo, que lo
más probable era que estuviera abandonada. Con las luces del
atardecer pude ver que mi ciudad estaba por allí cerca, y deduje
que me encontraba en las afueras de la misma.
Bueno, había que salir de allí. Estaba en una buhardilla,
y consideré la posibilidad de bajar por aquella ventana. Podría
intentarlo, pero estaba demasiado alto. Y yo trepando no era muy buena,
que digamos; quizá si me ayudaban podría bajar por allí.
Pero sola, no.
Me aproximé de nuevo a la puerta, y me incliné para
mirar por el ojo de la cerradura. No se veía nada. ¡Tal
vez la llave aún estuviera puesta! Y tal vez... ¿podría
pasar por debajo de la puerta?
Una vez había leído en un libro policíaco una
ingeniosa manera de salir de una habitación cerrada con llave
cuando la llave está puesta por la parte de fuera.
Un periódico y un lápiz. Sólo eso necesitaba.
Pude encontrar una vieja página de periódico en un rincón.
Pero un lápiz no era tan sencillo de encontrar allí.
De todas formas, localicé un trozo de alambre retorcido, y
me dije a mí misma que tal vez eso sirviera.
Me puse manos a la obra. Deslicé el periódico por debajo
de la puerta, dejando una esquina dentro de la habitación,
para poder recuperarlo después. Hurgué entonces en la
cerradura con el alambre, hasta que empujé la llave y la hice
caer al suelo. Entonces fui tirando lenta y cuidadosamente de la esquina
del periódico hasta hacerlo entrar de nuevo por debajo de la
puerta... ¡con la llave encima!
A veces merece la pena leer libros policíacos, podéis
creerme. Yo estaba convencida de ello mientras metía la llave
en la cerradura y le daba vueltas hasta que se abrió la puerta.
Salí cautelosamente de mi encierro y bajé con cuidado
las escaleras. Pasé sin que me vieran por delante de una habitación
llena de matones del R.A.P. Me dirigía ya hacia la puerta de
salida cuando una mano de hierro me agarró por el cuello de
la cazadora. Intenté escapar, pero de nada me sirvió,
puesto que cuando Félix Morgan atrapaba algo ya no lo soltaba.
Me llevó de nuevo a rastras hasta la buhardilla.
-Vaya con la mocosa -comentó-. Eres más lista de los
que yo creía.
-¿¡Qué ha hecho con Lucian!? -grité.
-Bueno, puede que cuando me digas lo que quiero saber te deje ir con
él... si vuelves al lugar donde apareció desde el futuro
puede que lo encuentres, si es que no se lo han llevado ya.
-¿Llevado...? -repetí.
-La policía, por supuesto. No creo que dejen el cadáver
de un muchacho con una bala en la cabeza ahí, de exposición,
¿no te parece?
-¡Es usted un canalla! -chillé, y comencé a darle
patadas a diestro y siniestro.
-Bah, se puso demasiado pesado -replicó el otro con indiferencia-.
Además, no me quiso decir dónde había puesto
esa libreta.
-¡Pero si él no lo sabía!
-Pero tú sí, y me lo vas a decir.
-¡No, ni hablar!
El gángster me hizo sentarme (de una forma no muy delicada)
en una silla, y me ató a ella. Salió de la habitación
para regresar momentos después con un extraño artefacto
entre las manos y tres o cuatro de sus secuaces detrás. Colocó
el trasto aquel sobre una mesa y me puso en la cabeza una especie
de aro que estaba conectado a él por un cable. Oprimió
un botón del artilugio aquel y sentí un pinchazo en
la cabeza.
-¿Conoces a Lucian Beltrán? -me preguntó Morgan.
No pensaba decir nada pero, a pesar de todo, mi mente no me obedecía,
y contesté como una autómata:
-Sí.
-¿Qué sabes de él? -siguió preguntando
Morgan.
-Es un chico del futuro -respondí-. Es hijo de Enrique Beltrán,
que en el año 2025 inventará una máquina para
viajar en el tiempo llamada Alfa-5. Lucian ha venido a 1992 huyendo
de los terroristas que querían asesinar a su padre y apoderarse
de la máquina del tiempo.
Me hubiera gustado morderme la lengua y cortármela, pero no
podía. El aparato de Morgan dominaba mi mente. Podía
contestar la verdad, pero sólo la verdad y nada más
que la verdad.
Morgan continuaba con su interrogatorio:
-¿Qué sabes de la libreta que llevaba?
-Nada. Sólo sé que es importante, que tiene que ver
con la máquina Alfa-5 y que debemos impedir a toda costa que
caiga en manos de los terroristas.
-Pero te la llevaste tú, ¿no?
-Sí. Durante la persecución de esta tarde Lucian me
la entregó a mí.
-¿Leíste algo? ¿Cuál es la clave de la
computadora?
-No, no leí nada. No sé nada de una clave.
-¿Qué hiciste con la libreta?
-La escondí.
-¿Dónde?
Luché conmigo misma para no responder, pero aquel artilugio
del futuro era más fuerte que yo.
-En el instituto de los chicos. Debajo de una losa suelta del suelo,
cerca de una fuente de piedra.
-Ese instituto...¿es el lugar donde os ocultábais esta
tarde?
-Sí.
-¡Estupendo, jefe! -dijo entonces uno de los matones-. ¿Vamos
por ella?
-No, espera. Quiero saber un par de cosas más. Chica, ¿cómo
te llamas? -me preguntó.
-Isa.
-¿Cuántos sois en el grupo?
-Contándome a mí y sin contar a Lucian, seis.
-¿Quiénes son tus amigos? ¿Cómo son físicamente?
-Nacho es moreno, alto, tiene dieciséis años y los ojos
azules.
-¿Es el chico que nos engañó poniéndose
la ropa de Lucian?
-Sí.
-¿Y los demás?
-Ali tiene el pelo rubio oscuro, y los ojos verdes. Toni tiene el
pelo ondulado, castaño y los ojos oscuros.
-¿Es el que chocó con nosotros ayer?
-Sí.
-Faltan dos, ¿no?
-Sí. Juanma es el hermano pequeño de Nacho. Tiene los
ojos verdes, y el flequillo casi siempre se los tapa. Tiene el pelo
castaño y doce años. Y la otra chica se llama Raquel.
Ella no sabía quién era Lucian. Creía que era
un amigo nuestro.
-Bien... ¿sabes dónde está Lucian?
-En el parque. Con un balazo en la cabeza -respondí, sintiendo
que se me hacía un nudo en la garganta.
-Me parece que ya es suficiente -dijo Morgan dirigiéndose a
uno de sus matones-. Desactiva ese trasto y quítaselo de la
cabeza.
Cuando me quitaron aquel aro me sentí mucho mejor, aunque sentía
un intenso dolor de cabeza. Me desataron de la silla y volvieron a
atarme, pero esta vez sin silla. Sacaron todos los muebles de la buhardilla
para que no pudiera volver a soltarme y se marcharon, dejándome
sola, tendida en el suelo, y cerrando la puerta. Pude oír cómo
le daban la vuelta a la llave y luego la sacaban de la cerradura.
Ya no había ninguna oportunidad.
Estaba hecha polvo. Me dolía tanto la cabeza que me parecía
tenerla metida debajo de la campana de la torre de una iglesia que
estuviera repicando sin cesar.
Porque... ¿qué significaba todo aquello? ¿Qué
era lo de la clave de la computadora? ¿Por qué Lucian
no nos lo había contado?
Por otra parte, ya le había dicho a aquel hombre todo lo que
sabía. Incluso lo de la libreta de Lucian. Me sentía
una traidora, aunque sabía que no era culpa mía. Aquello
sí que era como para llorar. Porque si Morgan conseguía
la libreta los esfuerzos de Lucian no habrían servido de nada.
Pero lo más frustrante de todo era que yo no podía hacer
nada por remediar la situación, que estaba atada de pies y
manos en una casa abandonada a las afueras de la ciudad, que no podía
avisar a los demás...
Odiaba aquella situación. Y, por si fuera poco, aquel maldito
dolor de cabeza... No, las cosas estaban tan mal que, de hecho, ya
no podían ir peor.
Una hora más tarde, sobre las siete menos cuarto, volvieron
Morgan y sus matones a la casa, con aspecto de irritados. Morgan irrumpió
en la buhardilla, me arrancó la mordaza de la boca y gritó:
-¡Nos has engañado, chica! Allí no había
nada.
-No he mentido -respondí-. Yo la dejé ahí. No
habrán buscado bien.
-No me tomes el pelo, niña. ¿Sabía alguien que
la libreta estaba allí? Cerré bien la boca.
-¡Contesta! No ganas nada callándote, porque volveré
a interrogarte y lo sabré todo.
-Ganaré tiempo -respondí.
Me retorció la mano, y grité.
-Dímelo, anda. Ya sé que alguien sabía dónde
estaba. ¿Era Lucian?
-No, Lucian no sabía nada -insistí, desconsolada-. Era
mi amiga Ali, ella me vio esconderla. Es posible que se la haya llevado
consigo.
-¿Por qué no lo dijiste antes?
-¡No lo preguntó!
Aquel hombre estaba realmente furioso. Me volvió a poner la
mordaza y me arrojó brutalmente al suelo.
-Escúchame, no vas a salir de aquí hasta que las ranas
críen pelo -me amenazó-. Y puedo asegurarte que en el
2025 no lo hacen.
Traté de protestar, pero no hubo manera. Me había tapado
la boca muy fuertemente.
-Revolveré toda la ciudad si es necesario -decía Morgan-,
pero conseguiré esa libreta. Y ni tú ni ese mequetrefe
impertinente podréis impedirlo.
Se marchó dando un portazo.
Se les oyó caminar por la casa durante un rato. Luego oí
que la puerta de la calle se cerraba y la casa se quedaba vacía
y silenciosa.
Sentí que el miedo me atenazaba. ¿Es que iban a dejarme
allí sola?
Agucé el oído, por si percibía alguna señal
de vida. Pero nada. Ni siquiera un ratón que correteara por
las tablas. Si Nacho y Lucian estuvieran allí... Pero no podían.
Nacho no sabía dónde estaba, y Lucian...
Pero no, era mejor no pensar en ello. Cerré los ojos y traté
de convencerme a mí misma de que aquello no era más
que una pesadilla.
Los abrí de pronto. No, las cosas no estaban tan mal. Le habíamos
dejado un mensaje al doctor Beltrán, y el R.A.P. no tenía
la libreta. No iba a permitir que aquella situación me desmoralizara,
ni hablar.
Además, Lucian tenía un plan cuando nos separamos. Tal
vez le había dado tiempo de ponerlo en práctica. Quizá
el doctor Beltrán había recibido el mensaje, allá
en el 2025. Era posible que el atentado contra él no tuviera
éxito, y pudiera ayudarnos. Tal vez ya había vuelto
al laboratorio y detenido a Fausto. Y quizá utilizara la máquina
Alfa-5 para venir a 1992 para echarnos una mano.
Por otra parte, mis padres avisarían a la policía. Pronto
me encontrarían.
En aquel momento oí cómo se abría la puerta de
la calle, y supe que Morgan y los suyos habían vuelto. Y aunque
yo estaba convencida de que “más vale sola que mal acompañada”,
aquella vez no pude menos que respirar aliviada.
No, las cosas no estaban tan mal. Ni estaba herida ni muerta, estaba
físicamente bien. Mientras hay vida, hay esperanza.
Estaba atrapada en aquella casa. Pero, mientras los demás estuvieran
bien, aquello no importaba demasiado. Deseé fervientemente
que Morgan no llegara a capturarlos. Me dije a mí misma que,
si salía de aquélla, nunca más volvería
a pelearme con Pablo ni con Nacho.
Los minutos pasaban. Me encontraba atada de pies y manos en una casa
de campo
abandonada, secuestrada por el más peligroso terrorista del
siglo XXI y sus secuaces, y, además, no sabía qué
había sido de mis amigos, ni si Ali tendría la libreta
que Lucian guardaba tan celosamente.
Pero en el fondo de mi corazón se había encendido una
pequeña pero viva llamita de fe.