Cinco goblins aguardaban
al borde del camino.
Tenían las armas listas; se habían ocultado entre
los cardos y los matojos porque sabían de buena tinta que
por allí tenía que pasar una comitiva con carro de
oro incluido. Y, por supuesto, esperaban para asaltarla.
-¿Cuándo llega? -preguntó uno al jefecillo.
-¡Y yo qué sé! Pregúntaselo a alguien.
El goblin estaba harto de esperar, así que decidió
seguir el consejo del jefe.
Oyó ruido de cascos acercándose, y saltó al
centro del camino, dispuesto a preguntarle al caminante si tardaría
mucho en llegar la comitiva con el tesoro.
Era un jinete que llevaba una prisa endiablada, y su caballo corría
como el viento. El goblin preguntón alzó una mano.
-¡Disculpa, viajero! -dijo-. Quisiera saber…
¡Chaf!
Cuatro goblins aguardaban
al borde del camino.
El jefecillo se estaba mosqueando ya. La comitiva se retrasaba.
Para no aburrirse, pasó revista a su tropa. Uno se hurgaba
las narices y se entretenía haciendo bolitas con el material
que extraía de ellas; otro se había quitado un zapato
mugriento y se rascaba un apestoso pie; y el tercero se había
tumbado a dormir sobre la hierba. Sus ronquidos habrían alertado
a todos los sordos en diez kilómetros a la redonda.
-¡A ver, tropa! -gritó el jefecillo-. ¡Firmes!
El que se rascaba los pies se levantó de improviso, y empujó
sin querer al de las narices sin sustancia, que gritó, muy
mosqueado:
-¡Oye, tú!
Y empujó al de los pies, que cayó, sin ceremonias,
sobre una enorme boñiga de vaca.
-¿Pero qué tripa se te ha roto?
Los dos comenzaron a pelearse, mientras el jefecillo trataba de
poner paz y el cuarto goblin seguía durmiendo.
-¡A ver, vosotros, ya está bien!
Uno de los dos se detuvo al oír la voz de su jefe. El otro,
con muy mala sombra, aprovechó esta distracción para
abrirle la cocorota con su pequeña pero contundente maza.
Tres goblins aguardaban al borde del camino.
El jefecillo estaba desesperado. La comitiva no llegaba, y sus tripas
empezaban a rugir de mala manera. Señaló a uno de
los suyos (porque el otro seguía durmiendo):
-¡A ver, tú!
-¿Ein?
-Sí, tú. Trae algo de comer.
El goblin miró al jefecillo con desconfianza. Si se iba y
llegaba la comitiva en aquel momento, se quedaría sin el
botín. Hizo un ensayo de rebelión:
-¿Y si no quiero?
El jefecillo le dio una patada en el trasero y lo mandó a
freír espárragos. El goblin, frotándose las
posaderas magulladas, se internó en el bosque, refunfuñando.
Todavía olía a boñiga de vaca, y llegó
a la interesante conclusión de que, donde había boñiga
de vaca, también tenía que haber vacas. Así
que se puso a buscarlas. Llegó a un prado y vio a lo lejos
algo que se movía. Era grande y gordo, y tenía rabo
y cuernos. Definitivamente, se parecía a una vaca.
Como el goblin no sabía cuánta hambre tenía
su jefe, decidió llevarle la vaca entera, con cuernos y todo.
Así que escogió una rama bastante gruesa, se acercó
por detrás y ¡pum!, le pegó en el trasero sin
compasión, para hacerla andar.
La vaca volvió la cabeza hacia él, muy lentamente,
y lo miró con odio.
El goblin se dio cuenta entonces de que no era una vaca corriente:
no tenía ubres.
-Oh-oh… -dijo el goblin.
Dos goblins aguardaban al borde del camino.
El jefecillo, además de estar muy aburrido, ya no podía
acallar el terrible rugido de sus tripas. Decidió volver
a pasar revista a la tropa para matar el aburrimiento (que no el
hambre) y descubrió que todo su grupo se había visto
drásticamente reducido a un individuo que roncaba al pie
de un alcornoque.
Lo despertó de un puntapié.
-¡Eh, tú!
-¿Ein?
-¿Y los demás?
El goblin se levantó lentamente e intentó ponerse
en situación. Miró a su alrededor buscando a los demás
goblins, y vio a uno que asomaba semioculto en un matorral, con
la cabeza abierta de un golpe. También vio los restos de
otro en medio del camino. Y al tercero no lo vio.
-Esto… -empezó, pero las tripas del jefe rugieron de
tal modo que le impidieron seguir hablando.
-¡Vete a buscar algo de comer! -aulló el jefe-. Y,
de paso, si encuentras al otro, lo mandas para acá.
El goblin se rascó la cabeza, confuso: era una orden compleja,
es decir, parecían dos órdenes, una detrás
de otra. Y las dos tenían muchas palabras.
El jefe se dio cuenta de que había topado con el más
estúpido de la tropa; tenía que elegir entre la una
y la otra, porque, si no, era probable que el goblin no cumpliese
ninguna. ¿Qué hacer? ¿Comida o el goblin que
le faltaba?
Meditó. Estaba allí para hacer un trabajo. La comitiva
estaba a punto de llegar, y tenía que asaltarla y conseguir
el botín, así que debía actuar como lo haría
un buen jefe, es decir, de modo responsable.
-Trae comida -le ordenó finalmente al otro goblin.
Y es que con el estómago vacío uno no puede pensar
en el plan.
El goblin estúpido obedeció sin poner pegas y se adentró
en el bosque en busca de comida. Como fue en una dirección
distinta a la que había tomado su compañero, tuvo
la suerte de no toparse con el toro de la pradera, pero vio algo
mucho peor: un arbusto cargado de bayas dulces hasta reventar. El
goblin pensó que no había nada de malo en comer un
poco antes de volver con el jefe, y atacó el arbusto sin
contemplaciones. Comió y comió, y al final una indigestión
lo dejó tieso allí mismo.
Un goblin aguardaba al borde del camino.
Estaba bastante cabreado porque se había quedado solo, pero
su enfado desapareció como por arte de magia cuando oyó
que la comitiva ya se acercaba por el camino.
-¡Todo el botín será mío! -se dijo, frotándose
las manos.
En cuanto se acercaron los primeros guardias, el goblin saltó
en medio del camino apuntándoles con la ballesta.
-¡La bolsa o la vida! -gritó.
Los guardias lo miraron y se encogieron de hombros. Enseguida, el
jefecillo goblin se encontró con un montón de flechas
apuntándole.
Se preguntó qué había salido mal: ¡su
plan era perfecto!
Demasiado tarde se dio cuenta de que el fallo radicaba en que él
estaba solo, y su plan era perfecto… para cinco goblins.