-¿Va a salir
esta noche? -preguntó Maritta.
Dana echó un vistazo por la ventana. Una bellísima
luna llena relucía en el cielo, pero a la Señora de
la Torre le pareció fría y siniestra, porque le recordaba
la maldición que había atormentado a Fenris durante
toda su vida.
-No lo creo, Maritta -repuso la joven con un suspiro-. Todavía
no está preparado.
-Pero… ¿lo estará alguna vez, niña?
Dana se irguió, muy seria.
-Por supuesto que lo estará. Aonia dijo que Fenris es un
Señor de los Lobos. Algún día aprenderá
a controlar sus cambios. Mientras tanto…
-¿Qué? No puedes obligarlo a salir las noches de luna
llena para ver si por una vez consigue dominar a la bestia que hay
en él. Deberías haberte dado cuenta ya de que eso
le está haciendo mucho daño.
Dana calló durante un momento. Después dijo:
-No. Para él es mucho peor estar aquí encerrado, créeme.
-Pero el pueblo no está tan lejos, Dana. Podría…
hacer daño a alguien. Lo sabes.
Dana se estremeció. Fenris era muy reservado y no solía
hablar de su pasado, pero ella sabía que su lado salvaje
había asesinado a muchas personas tiempo atrás.
-Eso no pasará. No lo permitiré.
-¿Y si pasa? ¿Podrás cargar con esa responsabilidad?
Dana iba a responder, cuando un escalofriante aullido rasgó
la noche, procedente de algún recóndito lugar del
Valle. La Señora de la Torre se enderezó, pálida.
-No puede ser -susurró.
-¿Qué?
-Ese aullido… no es un lobo corriente. Pero Fenris…
¡me dijo que no iba a salir esta noche!
Antes de que Maritta pudiese decir nada, Dana echó a correr
escaleras arriba. Estaba tan preocupada que no se acordó
del hechizo de teletransportación hasta que llegó
al segundo piso. Se teletransportó entonces a la habitación
de Fenris y llamó a la puerta.
Nadie contestó.
Dana decidió buscarlo en las almenas.
Tiempo atrás, la mirada del mago elfo había vigilado
el Valle de los Lobos desde allí todas las noches. Ahora
ya no era necesario, pero a Fenris le gustaba subir allí
a menudo, para contemplar el valle.
Dana respiró hondo cuando vio su figura, vestida de rojo,
de espaldas a ella.
-Lo has oído -murmuró Fenris sin mirarla.
-Así es.
-Pensabas que era yo, ¿no es eso? -las palabras de su amigo
tenían un cierto tono de reproche.
-Lo siento. Comprende que…
-Sí, lo entiendo. Hoy hay luna llena y todos estamos un poco
más nerviosos de lo habitual. Incluyendo esa criatura que
vaga esta noche por el Valle de los Lobos.
Dana avanzó hasta situarse junto a él.
-Entonces no me lo he imaginado -dijo-. Tenemos un intruso.
Fenris asintió.
-Un licántropo. Tengo que detenerlo antes de que alcance
el pueblo.
-No, Fenris. Yo lo haré. Tú no debes salir de aquí
hoy.
El mago elfo se volvió hacia Dana y clavó en ella
la mirada de sus ojos ambarinos.
-Dana, no -replicó con algo de brusquedad-.. Es un hombre-lobo,
pocas cosas pueden detenerlo bajo su forma de bestia.
-Pero… tú me contaste una vez que el hechizo de petrificación
funciona y…
-No me he explicado bien, Dana. Necesito saber si es un licántropo
involuntario o si, por el contrario, le gusta ser lo que es. Si
mata por placer, si se ha dejado llevar por la bestia, habrá
que acabar con él. Pero, si odia ser como es, tal vez yo
podría ayudarlo. Sin embargo, necesito enfrentarme a él
para saberlo.
-¿Por qué? -preguntó Dana en un susurro.
-Porque yo he vivido las dos situaciones, y sabré reconocer
cuál es su caso.
Fenris no levantó la voz, pero había en ella un tono
amargo. Dana no preguntó más.
-Muy bien. Pero iré contigo. No me lo puedes negar.
-No es una buena idea. Si no puedo controlarme…
-Si no puedes controlarte, yo te controlaré.
Fenris calló durante un momento. Luego dijo:
-Bien. Dame un poco de tiempo, ¿quieres? He de hacer un círculo
de purificación.
-Como quieras -asintió Dana-. Iré a preparar mis cosas.
Te espero en el establo.
Y, dando media vuelta, lo dejó solo.
Fenris esperó a que ella se hubiera marchado. Después
murmuró unas palabras mágicas.
El hechizo de teletransportación lo llevó lejos de
allí, al bosque.
Dana tardó un rato en darse cuenta de que Fenris le había
mentido, pero cuando lo hizo se sintió herida y conmovida.
Herida porque él no había confiado en ella; conmovida
porque, en el fondo, sabía que lo había hecho para
protegerla.
Como no sabía dónde estaba Fenris exactamente, no
pudo emplear el hechizo de teletransportación, de modo que
ensilló a Lunaestrella, su yegua, y partió al galope.
Maritta la vio marchar y movió la cabeza, preocupada.
Lejos de allí, al pie de las montañas, dos lobos descomunales
se miraban fijamente, gruñendo amenazadoramente. Uno de ellos,
de pelaje gris oscuro, era joven pero estaba lleno de odio. El otro,
de pelo castaño rojizo, era sólo un poco mayor que
el primero, pero defendía su territorio y se alzaba ante
él, sereno y seguro.
El lobo gris no estaba dispuesto a parlamentar. Su contrincante
leyó en sus ojos que quería matar, que ya había
probado la sangre humana y que había llegado al Valle buscando
más.
Pero eso no le importaba a la bestia que era ahora Fenris. Lo único
que tenía en cuenta era que aquel lobo recién llegado
pretendía hacerse con su territorio, que había venido
a disputarle el liderato.
Finalmente, los dos lobos se lanzaron el uno contra el otro en una
pelea a muerte.
Dana empezaba a tener una idea aproximada de dónde se encontraba
Fenris. Tenía puestos todos sus sentidos de maga en intentar
localizarlo, y espoleaba a Lunaestrella para que la llevase directamente
al lugar donde, sospechaba, su amigo y el hombre-lobo recién
llegado estaban manteniendo una lucha sin tregua. "Que no sea
demasiado tarde, por favor, que no sea demasiado tarde…"
Por fin llegó al lugar, al pie de las montañas, donde
estaban las dos criaturas.
Lunaestrella resopló suavemente, aterrorizada. Dana trató
de calmarla, pero lo cierto era que no se sentía mucho más
tranquila que ella. La escena que estaban contemplando era sobrecogedora.
En un charco de sangre yacía un humano muy joven, poco más
que un adolescente, muerto a causa de las tremendas mordeduras que
marcaban su cuerpo desnudo. Dana se estremeció al ver cerca
de él, tendido sobre la nieve, a un enorme lobo de color
castaño.
-Fenris, ¿qué has hecho? -susurró.
Una mirada más atenta al cuerpo del humano le bastó
para descubrir que se trataba del hombre-lobo que estaban buscando.
Por lo que Fenris le había contado, los licántropos
recuperaban su verdadera forma cuando morían.
Lo cual significaba que su amigo no estaba muerto.
Dana se acercó a él, con precaución. El lobo
abrió los ojos, la miró y gruñó. Dana
retrocedió unos pasos. En aquella mirada salvaje no había
ni rastro del elfo que ella conocía.
El lobo trató de levantarse para saltar sobre ella, pero
no lo logró. Dana se obligó a sí misma a olvidarse
de su espanto cuando se dio cuenta de que estaba gravemente herido.
Ejecutó sobre él un hechizo de sueño. Sabía
que sólo funcionaría porque el lobo estaba muy débil;
por lo general, los licántropos eran asombrosamente resistentes,
tanto a ataques físicos como mágicos.
Cuando Fenris cerró los ojos y se sumió en un profundo
sueño, Dana se acercó a él y le acarició
su sedoso pelaje, ahora cubierto de sangre.
-Lo siento, amigo mío -susurró-. Siento que tengas
que pasar por esto. Pero juro que encontraré una manera de
salvarte de la bestia.
Colocó las dos manos sobre el lomo del lobo y murmuró
las palabras del hechizo de teletransportación.
Cuando Fenris abrió los ojos, se encontró en su habitación,
en la Torre, convertido de nuevo en elfo. Dana y Maritta estaban
junto a él. La enana estaba untando paños con un ungüento
cicatrizante -Fenris lo reconoció por el olor- y Dana aplicaba
sobre él los hechizos de curación.
-¿Qué ha pasado? -murmuró el elfo.
Cerró los ojos para dejarse llevar por la agradable sensación
de la magia curativa de Dana, que recorría su cuerpo herido
y maltratado.
-Estuviste a punto de no contarlo, elfo -gruñó Maritta.
Fenris le dedicó una sonrisa de agradecimiento. Su habitación
estaba en el décimo piso, y la enana detestaba subir escaleras.
Sin embargo, allí estaba, ayudando a Dana en todo lo que
podía para salvarle la vida.
La Señora de la Torre finalizó su último hechizo
y observó, satisfecha, cómo la grave herida del pecho
de Fenris dejaba de sangrar.
-Saldrás de ésta -le aseguró-. Pero no debiste
marcharte sin mí.
Fenris no respondió.
-¿Tan peligroso era? -preguntó ella.
-Sí. Algunos licántropos odian tener que matar, pero
a otros les gusta.
-Pero ese muchacho… era muy joven.
-Son los peores, los más influenciables. La transformación
es dolorosa, pero cuando dejas paso a la bestia te invade una sensación
de poder difícil de resistir. Es como una droga. El deseo
de matar es tan fuerte que te parece algo completamente natural.
La primera vez te horrorizas, la segunda no te parece tan grave
y la tercera ya encuentras una justificación. Entonces…
estás perdido.
Hablaba con amargura, pero con la certeza de quien ha experimentado
aquello de lo que está hablando. Dana no quiso preguntarle
más.
Maritta carraspeó, incómoda.
-Si no me necesitáis más, creo que me voy a dormir.
Todavía podré descansar algunas horas antes del amanecer.
Dana sonrió.
-Buenas noches, Maritta.
-Gracias -añadió Fenris.
Los dos se quedaron solos. Ninguno habló mientras Dana aplicaba
sobre el torso desnudo del elfo las cataplasmas que había
preparado Maritta. Sus dedos se detuvieron sobre una espantosa cicatriz
que presentaba Fenris en el vientre.
-¿Y esto? -murmuró, sobrecogida.
-Una vieja herida de batalla.
-¿Por qué no te la has curado?
-La magia no puede curarla. Me la hicieron hace mucho tiempo, bajo
mi forma de lobo, con lo único que podía hacerme daño.
Vaciló, y Dana percibió en su expresión, habitualmente
tan hermética, todo el dolor que se escondía tras
aquella historia. No hizo más preguntas; sabía que
él no las contestaría.
-Con esto y con mi magia estarás completamente curado enseguida
-le dijo alegremente.
-Eso si atinas a colocar los paños donde toca -replicó
el elfo, sonriendo.
Dana enrojeció. Fenris tenía razón: las manos
le temblaban tanto que le costaba mantenerlas sobre las heridas
de su amigo.
-Lo siento -dijo-. No estoy acostumbrada… -hizo una pausa
y continuó-. No estoy acostumbrada a tocar a nadie.
Fenris la miró, comprendiendo. La expresión de Dana
era infinitamente triste.
-¿Te resulta extraño? -preguntó con suavidad.
-Yo… sí -confesó ella-. Tú eres de verdad,
te puedo tocar. Es… tan raro.
Calló y trató de continuar con lo que estaba haciendo,
pero las manos le temblaban todavía más.
-Le echas de menos -dijo Fenris.
-Sí… oh, sí -suspiró Dana-. Todos los
días, a todas horas. Y sin embargo… nunca tuvimos…
ni un beso, ni una caricia.
Se le quebró la voz y se echó a llorar. Olvidándose
de sus heridas, que de todas formas ya estaban casi completamente
cicatrizadas, Fenris abrazó a Dana para consolarla.
Ella al principio se puso rígida, pero luego se relajó
en los brazos de su amigo y siguió llorando allí,
suavemente.
-Me siento muy sola -dijo por fin-. Tú me comprendes: sabes
lo que es estar solo.
-Sí, lo sé -respondió Fenris..
"Pero yo al menos viví un amor de verdad", pensó;
pero no se lo dijo. Le acarició el pelo, pensando en que
ellos dos, a pesar de sus diferencias, eran muy semejantes. Todos
aquellos años habían estado solos, como dos islas
muy cercanas una a la otra, pero separadas un brazo de mar.
-¿Tú también… echas de menos a alguien?
-Sí -respondió Fenris tras un momento de silencio.
-¿Y… dónde está? -se atrevió a
preguntar Dana.
-No lo sé. Ha pasado mucho tiempo… demasiado. Quizá
esté muerta ya.
-Lo siento.
-No pasa nada. No podía salir bien.
Los dos callaron de nuevo. Entonces, Fenris habló otra vez.
-Quizá deberíamos planteárnoslo -opinó.
No había especificado, pero Dana sabía a qué
se refería. Habían hablado de ello muchas veces.
-No estamos preparados para admitir nuevos alumnos en la escuela.
-Puedo renunciar a tratar de controlar mis cambios -dijo Fenris-.
Me quedo en la Torre las noches de luna llena. Como ahora. ¿Lo
ves? Sin riesgos.
-No es sólo eso. Para admitir aprendices en la escuela tendría
que ser reconocida y avalada por el Consejo de Archimagos. Aún
no me han concedido el rango de Archimaga.
-El Maestro nunca hizo caso del Consejo.
-Pero yo no soy como él. Yo quiero hacer las cosas bien.
El unicornio me entregó su poder, poder para gobernar la
Torre, y sabes lo que eso significa: soy su legítima Señora.
Tarde o temprano, el Consejo tendrá que admitirlo. Pero hasta
que eso no pase, no deberíamos reabrir la Escuela.
Fenris no quiso decirle lo que en realidad pensaba: que si el Consejo
no la aceptaba no era debido a la muerte del Maestro -las traiciones,
venganzas y maldiciones eran habituales entre los magos-, sino porque
él estaba allí, con ella. Los hechiceros elfos tenían
mucho peso en el Consejo de Archimagos, y todos ellos, sin excepción,
odiaban y despreciaban a Fenris por lo que era, un elfo-lobo, un
licántropo. Sí, terminarían por reconocer a
Dana como Archimaga y Señora de la Torre, pero lo harían
a regañadientes, y tal vez tardarían mucho, mucho
tiempo.
-Perdóname -murmuró, sintiéndose culpable.
Dana no respondió. Probablemente no lo había oído.
Seguía acurrucada entre sus brazos, perdida en sus recuerdos,
y Fenris no quiso molestarla. La joven estaba descubriendo lo agradable
que puede llegar a ser un abrazo. Fenris también había
sido solitario en su infancia, pero después había
conocido el amor, sabía lo que eran los abrazos, los besos,
las caricias, todo aquello que Kai no había sido capaz darle
a Dana. Se preguntó de pronto, inquieto, si él estaría
allí para ofrecerle a ella todo lo que Kai no había
podido.
Un búho ululó en la distancia, y Dana pareció
volver a la realidad. Se separó un poco de Fenris, cohibida.
-Lo siento.
-No lo sientas -murmuró el elfo-. A veces viene bien desahogarse.
Ella le dirigió una triste sonrisa.
-No lo estoy haciendo bien, ¿verdad?
-¿El qué?
-Lo que Kai me pidió. Vivir. Ser feliz. Encontrar el amor
junto a otra persona.
"Vive por mí la vida que yo no pude vivir", le
había dicho Kai. Muerto a la temprana edad de dieciséis
años, el joven fantasma apenas había tenido tiempo
de saborear la vida… o el amor.
-¿Eso te dijo? No sufras, Dana. Es normal que te sientas
así. No hace tanto tiempo que se marchó.
-¿Tú crees? Mírame bien, Fenris.
El elfo lo hizo, intrigado. Y descubrió, para su sorpresa,
que nuevamente su percepción del tiempo le había engañado
con respecto al paso de las estaciones, y que los años que
no habían pasado por él sí habían alcanzado
a Dana, que ella ya no era una adolescente, sino una joven mujer
de mirada triste, vieja y cansada.
-¿Pero…? ¿Cuántos años han pasado?
-preguntó, desconcertado.
-Cinco, Fenris. Y no he podido olvidar a Kai, ni un sólo
momento. ¿Cómo voy a hacer lo que me pide? ¿Cómo
voy a vivir, cuando lo más importante de mi vida ha estado
siempre muerto?
Eran palabras muy amargas, y Fenris la abrazó de nuevo, queriendo
protegerla… ¿de qué? ¿De sí misma?
¿De los recuerdos que la atormentaban, de aquel amor imposible
que se resistía a abandonar su corazón?
Dana suspiró y se apretó contra Fenris. Aquella sensación
era nueva para ella, se sentía consolada y protegida, y era
muy agradable. Además, el cuerpo de Fenris era cálido,
reconfortante, y Kai, que no tenía cuerpo, nunca había
podido hacerla sentir así. Su esencia también era
cálida, sí, igual que lo era un rayo de sol. Pero
cuando tienes frío no puedes envolverte en un rayo de sol
igual que lo harías con una manta, con algo tangible que
poder abrazar.
-Dana… -dijo Fenris con voz ronca, y Dana lo miró y
vio que también él se sentía solo y estaba
disfrutando con aquel contacto. Que ella supiera, Fenris tenía
cerca de doscientos años y se había pasado más
de medio siglo encerrado en aquella lúgubre Torre. ¿Cuánto
tiempo habría transcurrido desde la última vez que
alguien lo había abrazado? ¿Se sentía tan perdido,
frío y abandonado como ella?
El elfo se dio cuenta de que los sentimientos de ambos se estaban
descontrolando; sacudió la cabeza y trató de separarse
de ella, con cierta brusquedad.
-No -suplicó Dana, sintiendo que aquella calidez la abandonaba;
no quería que volviesen el frío y la soledad, nunca
más-. Por favor, no te vayas. Abrázame.
Fenris se volvió hacia ella de nuevo. Los dos se miraron
a los ojos y bucearon en la mirada del otro, y se encontraron mutuamente,
como un náufrago que llega a una playa donde poder descansar
por fin.
Dana suspiró. La luz del fuego creaba matices misteriosos
en los ojos color ámbar del elfo, tan fascinantes y llenos
de secretos como la primera vez que se había mirado en ellos,
diez años atrás.
Por su parte, Fenris tampoco quería que Dana se marchara
y lo dejara solo, y eso no era habitual en él, tan acostumbrado
al aislamiento que no se sentía cómodo en presencia
de otras personas. ¿Por qué, entonces, quería
quedarse aquella noche junto a Dana? Tal vez porque se sentía
débil tras la lucha contra el hombre-lobo, tal vez porque
era luna llena y sus sentidos estaban alterados, tal vez porque
Dana era la única persona que le importaba en el mundo, tal
vez porque la miraba por primera vez como a una mujer, tal vez porque,
al fin y al cabo, también hacía mucho tiempo que él
no había disfrutado de un abrazo.
-No me voy -dijo él con suavidad-. ¿Te irás
tú?
Dana vaciló.
-No -dijo por fin.
Entonces Fenris sonrió y se inclinó para besarla,
y Dana fue consciente por primera vez de lo que estaba pasando de
verdad. Quiso retroceder, quiso decir que todo era un terrible error,
que ella amaba a Kai y siempre le amaría. Pero se quedó
paralizada y, cuando Fenris la besó, sólo pudo cerrar
los ojos y dejarse llevar.
Su primer beso… y no había sido con Kai.
Esa idea le resultaba insoportable, pero el cariño del elfo
la envolvía y la consolaba profundamente, y Dana se dejó
llevar por él y no pensó nada más.
Se despertó horas
más tarde, de madrugada. Tardó un poco en darse cuenta
de dónde estaba: en la habitación de Fenris. En su
cama, que aún conservaba su olor y su calidez.
Pero él no estaba allí.
Dana respiró hondo. Recordaba vagamente lo que había
pasado. Sabía que había sido doloroso por un lado,
pero muy tierno también, y se dio cuenta de que, a pesar
de todo, se sentía mucho mejor.
Se alegraba de que Fenris no estuviera, por otra parte. Necesitaba
pensar.
Suspiró, y se tapó un poco más, reflexionando.
Lo que había pasado entre Fenris y ella… ¿había
sido un accidente? ¿O fruto de un sentimiento real, que había
nacido entre ellos dos sin saber cómo?
Dana estaba confusa. Siempre había pensado que enamorarse
de otra persona sería como ser infiel a Kai, pero él
le había pedido que viviese muchos años, que fuese
feliz. Y si Dana tenía que escoger a otra persona, otro que
no fuese Kai, para pasar su vida junto a él… ¿quién
mejor que Fenris, su mejor amigo?
Pero, ¿qué opinaría él? ¿Qué
sentía al respecto? ¿Se había enamorado de
ella?
Dana sonrió. Descubrió que, mientras no se estropease
su amistad, no le importaba.
Porque, pasara lo que pasase, ahora sabía que no estaba sola.
Lo único que le quedaba por descubrir era lo que sentía
por Fenris. Y lo que él sentía por ella.
Se incorporó con precaución. Vio su túnica
un poco más allá y se vistió con ella. Miró
a su alrededor entonces.
Hacía rato que el fuego se había apagado. Ahora la
habitación estaba en penumbra, iluminada por el resplandor
de la luna llena que entraba por la ventana.
La luna llena… Dana sintió entonces una rara inquietud,
y se preguntó dónde podría estar Fenris.
Subió a las almenas, pero no lo encontró allí.
Se asomó entonces para contemplar el Valle de los Lobos y
recordó aquellos días en los que Kai estaba a su lado,
y ambos recorrían juntos sus dominios, y Dana estaba convencida
de que nunca se separarían.
Se preguntó por qué, a pesar de lo que había
pasado entre ella y Fenris, se veía incapaz de sentir remordimientos.
"Era lo que Kai quería", pensó. Y por primera
vez se le ocurrió: "Por eso se fue. No, no se fue por
eso, se fue porque le obligaron. Pero no ha vuelto a visitarme.
O ya me ha olvidado… o quiere que me olvide de él".
Conociendo a Kai, sabía que ésta última era
la opción más probable.
Con un suspiro, la Señora de la Torre paseó la mirada
por el horizonte bañado por la luz de la luna llena.
Y entonces lo vio.
Una figura alta, esbelta, vestida con una túnica roja que
la brisa hacía revolotear en torno a sus tobillos. Una silueta
silenciosa y elegante que se dirigía hacia la verja que cerraba
la salida del pequeño jardín de la Torre.
-Fenris, no -murmuró Dana, aterrada.
Si Fenris cruzaba aquella puerta enrejada, abandonaría el
benéfico influjo que la magia de la Torre ejercía
sobre él y pasaría a pertenecer a la caprichosa luna,
desvelando su lado más salvaje. Tenía que detenerlo.
Se teletransportó hasta el pie de la Torre y corrió
hacia la verja, gritando el nombre de Fenris, pero llegó
demasiado tarde: el elfo ya había atravesado la puerta.
Dana se detuvo junto a la verja, temblando. Fenris estaba a sólo
unos metros de ella, pero no se atrevía a acercarse. Y no
porque fuera a transformarse en lobo, sino porque era la primera
vez que se veían después de lo sucedido aquella noche,
y Dana no sabía qué decir ni cómo actuar.
Fenris se volvió hacia ella, sonriente. La luna llena bañaba
su semblante, que por el momento no parecía haber empezado
a transformarse. Dana lo vio alzar la cabeza hacia la luna llena
y abrir los brazos a su luz plateada. Pensó de pronto que
el elfo era una criatura muy bella, y sintió que lo quería.
Pero todavía no había descubierto si lo quería
como a un amigo o era algo más profundo, más especial.
Entonces, Fenris rió, y fue una risa pura y cristalina, que
sorprendió a Dana, porque nunca lo había oído
reír así. Ni siquiera estaba segura de haberlo oído
reír alguna vez.
-¿Has visto, Dana? -dijo él-. No me transformo. He
podido controlar a la bestia.
Dana sonrió, pensando que aquello parecía un sueño.
-No tientes a tu suerte -le advirtió sin embargo.
Fenris bajó los brazos y se volvió hacia ella con
los ojos brillantes.
-Y todo gracias a ti -dijo.
-¿A mí? ¿Por qué?
El elfo sonrió ampliamente, y Dana sintió que se le
aceleraba el corazón. Sabía exactamente a qué
se refería. Fenris percibió su sobresalto, y le dijo:
-Ven, acércate. Tenemos que hablar.
Los dos se sentaron sobre la hierba. Todo aquello era nuevo para
Dana, porque la luna llena seguía bañando las suaves
facciones del elfo, y seguía siendo él, y no una bestia.
Fenris esperó, pero Dana no quería ser la primera
en hablar. Finalmente, la joven se rindió. Jamás podría
vencer al elfo en un concurso de paciencia. Él tenía
por delante mucho más tiempo que ella.
-Todo ha sido muy confuso -explicó, vacilante-. Era la primera
vez que yo… en fin… Y… necesito saber… si
tú… estás... enamorado de mí.
-¿Y eso es todo, Dana? Ya sabes que no.
Probablemente sí lo sabía, pero no había esperado
que él se lo dijera de aquella manera, tan dura y directa.
Lo miró, atónita. Aquella noche había significado
mucho para ella, y resultaba difícil creer que para él
no había sido especial.
-Pero… -empezó, pero Fenris la interrumpió:
-Juré hace tiempo que nunca más… -calló
de pronto, mordiéndose el labio inferior.
Dana supo entonces que no terminaría la frase. Había
muchas cosas en el alma y el pasado de Fenris que seguirían
siendo un misterio, para ella y para todo el mundo. El elfo habría
podido confiarle su vida con los ojos cerrados, pero sencillamente
había en su interior una barrera que nadie podía traspasar.
Y Dana sabía que probablemente nunca sabría qué
era lo que Fenris ocultaba tras ella.
-No pongas esa cara -dijo él, cambiando de tema-. Sabes que
tú tampoco estás enamorada de mí.
-¿Cómo puedes estar tan seguro? -preguntó Dana,
herida-. ¿Crees que lo de anoche no fue nada?
-Claro que fue importante. Nos sentíamos solos los dos, nos
consolamos mutuamente. ¿Qué hay de malo en eso?
Dana siguió callada, molesta y enfurruñada. Fenris
sonrió.
-Claro que fue especial -dijo suavemente-. Me has devuelto la calma
que necesitaba para controlar a la bestia, Dana. Contigo aprendí
anoche que no estoy solo, que puedo contar contigo; que, no importa
lo que pase, alguien me aprecia por ser como soy, a pesar de todo.
¿Eso no es importante?
"Pero, ¿qué hay de mis sentimientos?", quiso
gritar Dana. Pero no lo hizo, porque habría parecido tremendamente
egoísta.
Sin embargo, Fenris adivinó lo que pensaba.
-Tú no me quieres a mí, Dana -repitió-. ¿Quieres
que te diga por qué estoy tan seguro?
Dana asintió. Fenris se inclinó hacia ella para hablarle
al oído.
-¿No lo recuerdas…? -susurró-. Anoche, mientras
nosotros… estábamos juntos… no pronunciaste mi
nombre ni una sola vez. ¿Sabes cómo me llamaste, todo
el tiempo?
Dana sintió que le faltaba aliento. Fenris sonrió
otra vez y le susurró al oído el nombre que ella no
había logrado apartar de sus pensamientos ni siquiera en
aquellos momentos íntimos que había pasado con él:
-Kai.
Dana respiró hondo, mareada y anonadada, mientras enrojecía
intensamente:
-¿Yo… hice eso? Lo siento, Fenris, lo siento muchísimo.
-Yo no lo siento. Me alegro, de hecho.
-¿Por qué… ? -empezó Dana, pero otra
pregunta cobró forma en tu mente-. ¿Por qué
no paraste entonces? ¿Por qué seguiste?
-Porque eras muy feliz, Dana. Imaginabas que estabas con Kai y no
quise robarte esa felicidad. Sabes que me siento en deuda contigo
desde hace mucho tiempo. Me ha alegrado mucho saber que he podido
hacer algo por ti.
Dana gimió, confusa y mareada. Apoyó la cabeza sobre
el hombro de Fenris.
-No entiendo nada.
-Sí lo entiendes. En el fondo de tu corazón, lo entiendes.
Los dos callaron un momento. Entonces, Dana preguntó:
-¿Volveré a verle algún día, Fenris?
-Sabes que sí. Pero entretanto, creo que deberías
hacer lo que él te aconsejó. Vivir la vida. Hacer
muchas cosas. Ser feliz. Los dos deberíamos hacerlo, en realidad
-añadió para sí mismo.
Dana lo pensó durante un momento y después sonrió.
Se levantó de un salto y tendió la mano a Fenris para
ayudarle a levantarse, pero el elfo ya se había puesto en
pie con la agilidad que le caracterizaba.
-¿Sabes una cosa? -dijo ella-. Tienes razón. Iré
al consejo y les diré que estoy dispuesta a reabrir la Escuela.
No tendrán más remedio que escucharme. Llenaremos
esta vieja Torre de jóvenes aprendices que destierren para
siempre con sus risas el silencio de los pasillos.
-Me parece bien -asintió Fenris, de buen humor.
Dana lo miró a los ojos.
-Gracias, Fenris -dijo con seriedad-. Gracias por rescatarme de
la soledad. Gracias por hacerme sentir que mi sueño se hacía
realidad.
El elfo sonrió,
pero no dijo nada. Rodeó con el brazo los hombros de la Señora
de la Torre.
Y así, los dos juntos volvieron a cruzar la verja, llevándose
con ellos un secreto que no revelarían a nadie, porque era
algo personal, íntimo, que sólo les atañía
a ellos dos.
En el cielo, la luna llena, cómplice, les sonreía.