Diario
de a bordo.
Desde que
robamos esta nave yo, su nuevo capitán, he hecho todo lo posible
por aprender a controlarla. Nada en ella —controles, comida, camarotes…—
es apropiado para que lo usemos nosotros. Sin embargo es la única
salida que le queda a nuestro planeta.
Nuestro hogar… me pregunto si alguna vez volveremos a verlo.
Una vez fuimos una raza orgullosa; dominamos el mar, la tierra y el
cielo, y empezábamos a explorar el espacio; fundamos ciudades
cuyos edificios rozaban las nubes. Habíamos desarrollado armas
que, si bien no contribuyeron a pacificar el planeta, sí nos
hicieron sentirnos poderosos.
Así estaban las cosas cuando llegaron ellos.
Cuando el primero de los invasores posó su nave en tierra, pensamos
que, a pesar de su extraño y repulsivo aspecto, habían
venido en son de paz. Al principio parlamentamos. Dijeron que habían
venido desde muy lejos y que buscaban un nuevo lugar donde vivir. Los
acogimos entre nosotros…
Pronto descubrimos que su ambición no tenía límites.
Los alienígenas nos superaban en ciencia y tecnología,
y nos consideraban inferiores a ellos, prácticamente salvajes.
Fueron exigiendo cada vez más y más, hasta que, finalmente,
decidieron apropiarse de todo nuestro mundo.
No pudimos hacer nada.
Destruyeron nuestras ciudades y construyeron las suyas sobre las ruinas.
Nuestros dioses fueron sustituidos por los suyos. Nos rebelamos, y ellos
respondieron...
Hoy hemos sido prácticamente aniquilados. Algunos de los nuestros,
que optaron por rendirse, viven entre los invasores como criados, ciudadanos
de segunda clase, marginados en barrios especiales. Los demás
fueron asesinados.
Y del grupo rebelde que lidero yo sólo quedamos apenas diez.
Pero tenemos esta nave.
Robarla fue la mayor audacia que hemos podido llevar a cabo. Al principio
fue duro, porque todo lo que había en ella nos recordaba a nuestros
enemigos, los alienígenas que se han apoderado de nuestro planeta,
pero con el tiempo aprendimos a sentirnos más o menos cómodos
aquí dentro, y a ver este lugar como el último refugio
de nuestra especie.
Ahí fuera se extiende la inmensidad del espacio, un vacío
tachonado por millones de estrellas… ¿Por qué, entre
todos los mundos posibles, tuvieron que atacar el nuestro? Lo contemplo
desde la ventanilla, una bola azul suspendida en el cosmos… A
los alienígenas les pareció un auténtico vergel
comparado con su propio mundo. Por eso decidieron quedarse. Y, como
no poseíamos sus conocimientos, decidieron también que
éramos inferiores a ellos y que nuestra tierra les pertenecía
por derecho.
Ellos eran más fuertes, sí… pero nosotros estamos
llenos de odio, amargura y sed de venganza.
Y tenemos esta nave.
Hemos reunido datos acerca de nuestros enemigos. Los espías que
logramos infiltrar entre los suyos fueron descubiertos y ejecutados,
pero antes nos comunicaron que los invasores extraen la energía
de una gran fuente de poder que han instalado en la superficie del planeta.
Si la destruimos, todo nuestro mundo estallará y se convertirá
en polvo estelar, como si jamás hubiese existido.
Lo he hablado con los miembros de nuestra tripulación. ¿Destruiríamos
nuestro planeta sólo para acabar con ellos?
La respuesta ha sido: sí. Antes morir luchando que vivir como
esclavos. Y ya parece claro que no hay otra manera de derrotarlos.
Tenemos la nave, podemos escapar y comenzar una nueva vida en otro lugar.
Pero hemos visto demasiado dolor como para poder olvidarlo. Los nuestros
han sido exterminados ante nuestros ojos. Le haremos un gran favor al
cosmos librándolo de una raza tan cruel y sanguinaria como la
que nos ha invadido.
Todos estaban de acuerdo.
De todas formas, y por si no saliese bien, he preparado la nave para
usarla en caso de emergencia.
Así pues, ésta es la última anotación que
voy a hacer en este Diario. Porque mañana a esta hora ninguno
de nosotros existirá más que como polvo de estrellas.
* * *
El capitán
Martel subió presuroso al puesto de mandos en cuanto oyó
la llamada de su superior, el coronel Tanizaki. Lo halló asomado
al ventanal, de brazos cruzados, rodeado por un nutrido grupo de personas
entre los que se hallaban científicos, políticos y militares.
Martel aguardó silencioso a que Tanizaki reparase en su presencia
y se volviese hacia él.
—¿Y bien? —preguntó el coronel.
—Han caído en la trampa, señor —respondió
Martel.
—Luego esta nave era la que estábamos buscando.
—La de los rebeldes, sí. Se precipitó contra la
base en un acto pretendidamente suicida. Imagino que creyeron a pies
juntillas el falso rumor del centro de energía.
—Son realmente tan estúpidos como parecen —comentó
Tanizaki.
Martel sonrió con cierta indulgencia. Todos sabían que
Tanizaki había sacado la idea de la fuente de energía
de una antiquísima película bidimensional, bastante ingenua,
sobre guerras estelares. El coronel era muy aficionado al cine antiguo
bidimensional.
—Han sido apresados todos —informó Martel—.
Podemos decir, pues, que hemos aplastado el último foco de rebelión.
Algunos de los políticos exhalaron suspiros de alivio.
Bajaron todos al hangar donde reposaba la nave rebelde. En aquellos
mismos momentos, sus diez tripulantes eran sacados de ella por una tropa
armada. Tanizaki y los demás observaron con cierta repugnancia
sus cuerpos achatados y redondeados, cubiertos de escamas, sus grandes
ojos fijos, a ambos lados de una cabeza plana, de color azulado; sus
extremidades inferiores, acabadas en algo parecido a tentáculos.
Uno de los rebeldes se les quedó mirando cuando llegó
junto a ellos, con odio y amargura. Tanizaki le devolvió una
mirada fría y altiva, antes de que los soldados se llevasen a
los rebeldes de allí, a empujones.
—¿Qué trato se les dispensará? —preguntó
uno de los políticos, preocupado.
Enseguida lo acribillaron a miradas desconfiadas. Aquel hombre se llamaba
Ignatius Womba y lideraba un partido que abogaba por los derechos de
los uulei, la raza anfibia que poblaba aquel planeta antes de que llegasen
los seres humanos.
—Señor Womba —intervino rápidamente un sacerdote—,
me permito recordarle que la Iglesia ha declarado que los uulei no tienen
alma…
—¡Pero son seres inteligentes! —exclamó Womba
con calor; inmediatamente calló, cohibido por las duras miradas
que le dirigieron los demás. El partido de Ignatius Womba apenas
sí tenía representación en el Consejo de las Nuevas
Naciones Unidas. Los seres humanos necesitaban un nuevo lugar donde
vivir, después de haber ocasionado, tras largos siglos de explotación
incontrolada, la muerte del planeta Tierra. Nueva Tierra era lo que
andaban buscando, y poco les importaba si ya estaba habitada por los
uulei, y si ellos le habían puesto otro nombre miles de años
atrás. Era la ley del más fuerte.
Y no era la primera vez que la raza humana actuaba de aquella forma,
se dijo Womba con amargura.
—Serán ejecutados —dijo Tanizaki con voz inexpresiva—.
Se les impondrá un castigo ejemplar, para que su especie aprenda
de una vez por todas cuál es su lugar…
—Lo poco que queda de su especie —corrigió Womba
en voz baja.
Tanizaki reprimió un suspiro exasperado y se volvió hacia
Martel.
—Capitán, quiero que…
—¡Un momento! —exclamó de pronto alguien—.
¿Qué están haciendo?
Todos se volvieron rápidamente hacia el lugar que señalaba,
y vieron algo asombroso.
Los diez uulei se habían reunido en círculo y cantaban.
No era un canto humano, evidentemente, sino una especie de vibración
que hacía temblar el aire. Los soldados se habían detenido
en torno a ellos, perplejos.
—¡Ciérrenles la boca! —gruñó
Tanizaki—. O lo que quiera que tengan…
Pero los soldados no se movieron.
También los del grupo que acompañaba a Tanizaki se había
quedado quietos, inseguros. Tan sólo Ignatius Womba, que había
dedicado gran parte de su vida a estudiar a los uulei, esbozaba una
sonrisa de comprensión, una sonrisa triste y resignada.
—Hasta siempre, guerreros —fue lo último que dijo
antes de que la nave rebelde vibrara una sola vez al son del cántico
de los rebeldes y estallara, con increíble violencia, en millones
de pedazos…