PRIMERA
PARTE: LA DESAPARICIÓN DE ANGELA
INTRODUCCIÓN
Había
sido un día agotador. Las alumnas de 2ºA llevaban desde
las ocho de la mañana en el colegio, habían soportado
dos exámenes, uno de matemáticas y otro de inglés,
una aburrida explicación de la profesora de geografía,
una rompedora clase de deporte con ejercicios de resistencia incluidos,
un sermón de la subdirectora sobre su comportamiento en clase,
y una complicada lección de química que ninguna había
comprendido. Y ahora, latín.
Amparo Sanchís, la profesora de latín, trataba de hacerse
oír en medio del murmullo de la clase. Comprendía que
había sido un día muy duro, que aquélla era la
última clase de la tarde y que faltaban quince minutos para
la salida. Pero aquello era demasiado.
También ella estaba cansada. La revoltosa Eva Mateos no había
parado un momento. Estaba hasta la coronilla de ella.
Se le ocurrió mandarla fuera de clase. La idea le parecía
tentadora. Pero Amparo Sanchís tenía experiencia en
la educación y conocía a Eva demasiado bien. Sabía
que, si la echaba de la clase, ella protestaría tan vivamente
que, aunque al final obedeciera y le plantara un cero, la clase se
le iría de las manos. Y no podía mandar fuera a las
cuarenta.
Tampoco le pareció buena idea castigar a Eva Mateos una hora
después de clase. No se sentía con ánimos de
soportarla un tiempo extra.
Pero tenía que hacer algo.
De pronto atrajo su atención el hecho de que Angela Llantada
estaba hablando con su compañera de delante.
Angela Llantada era la más reservada de la clase. No era tímida
-Amparo Sanchís estaba segura de ello-, pero no solía
hablar, o no veía la necesidad de ello. Era demasiado cerrada
como para tener amigos... por lo menos así la veían
las demás.
El caso es que Angela pasaba por la rara de la clase, nunca hablaba
durante una explicación, y, lo mejor de todo: nunca protestaba
ante un castigo.
A los ojos de la profesora de latín todas merecían un
castigo, incluida Angela. Claro que lo que Amparo no sabía
era que aquella había sido la primera vez que Angela hablaba
en toda la clase, y era sólo para pedir un bolígrafo.
-Angela Llantada -dijo la profesora de latín.
Su voz resonó por toda el aula.
-Te quedarás castigada una hora después de clase.
Todas se quedaron mudas de asombro. Angela no dijo nada, pero su mirada
se cruzó con la de Amparo y ésta supo que acababa de
cometer un error. Pero era demasiado tarde para volverse atrás.
-¿Por qué ella? -se oyó de pronto la insolente
voz de Eva Mateos. Amparo Sanchís había olvidado un
detalle muy importante: que Eva y Angela eran amigas. O, al menos,
Eva era la persona en quien Angela más confiaba.
-¿Alguien más quiere quedarse? -preguntó amenazadoramente.
Todas enmudecieron. Aún se oyó por lo bajini la voz
de Eva Mateos:
-No es justo...
Pero como Angela no había protestado, el resto no vio la necesidad
de protestar tampoco.
Y Amparo Sanchís, satisfecha, pudo acabar su clase con normalidad.
Angela Llantada tampoco veía justo el castigo, pero sabía
que empeoraría las cosas si decía algo, porque intuía
que aquella profesora tenía ya dolor de cabeza... y con una
profesora con dolor de cabeza no se juega. Así que decidió
no hacerle caso, ignorarla por completo y pasar el resto de la clase
mirando por la ventana.
Fuera el cielo estaba cubierto de nubes negras que presagiaban tormenta,
y a Angela no le hacía gracia recordar que había olvidado
el paraguas en casa.
Sonó el timbre de salida. Eva se acercó a Angela mientras
todas recogían sus cosas.
-Supongo que te debo una disculpa -le dijo.
Angela alzó la mirada.
-¿A mí? -preguntó-. ¿Por qué?
-Bueno, es principalmente por mi culpa por lo que Amparo ha perdido
los estribos. ¿Y si me quedara contigo?
-Va a llover, tú odias el latín y a mí no me
va a servir de nada que te quedes aquí. Anda, márchate
ya antes de que te pille la tormenta.
-¿Estás segura?
-¡Que sí! Anda, lárgate. Aunque si tanto interés
tienes, hay una cosa que puedes hacer por mí: llama a mis padres
por teléfono y diles que me retrasaré, ¿vale?
Arrancó la esquina de una de las hojas de su libreta y escribió
su teléfono en ella. Se lo entregó a Eva.
-Bueno -respondió ésta, no muy convencida-. Si es eso
lo que quieres....
-Sí, es eso lo que quiero. Gracias.
Y no dijo más. Eva se marchó.
Cuando Angela hubo pasado la hora reglamentaria traduciendo el texto
en latín, entregó el trabajo con una mirada fulgurante
a la profesora, cogió sus cosas y salió del aula.
Recorrió los pasillos del colegio lentamente. No tenía
prisa. Fuera llovía, como era de esperar.
Apenas quedaba nadie en el colegio. Sólo las señoras
de la limpieza y alguna que otra profesora trabajando en su despacho.
Angela estaba furiosa. Amparo Sanchís, por lo que a ella respectaba,
ya estaba apuntada en la lista negra de sus enemigos número
uno. El latín había dejado de gustarle.
Sumida en sus pensamientos no se dio cuenta de que otra persona doblaba
la esquina, y chocó contra ella. Farfulló una excusa
y se apartó, pero unos ojos grises relampagueantes la dejaron
clavada en el sitio.
-¡Apártate de mi camino! -siseó la mujer.
Angela la vio alejarse, ligeramente irritada. Era una señora
de la limpieza.
Angela estaba acostumbrada a tratar con amables mujeres de uniformes
azules que le sonreían cuando las ayudaba a recoger papeles
o a trasladar los pupitres de una clase a otra. Y aquella con la que
acababa de tropezar no se ajustaba al patrón.
Iba a marcharse cuando vio algo que le llamó la atención.
Y, como Alicia siguió al conejo blanco, así siguió
Angela Llantada a la mujer de la limpieza, siendo este hecho el comienzo
de la mayor aventura que la muchacha vivió jamás.