Título: La Puerta

Capítulo I: "¿Dónde está Angela?"

La primera en preguntarse por qué Angela Llantada, que no solía faltar a clase, no había ido al colegio aquella mañana fue Eva Mateos.
La mesa de Angela estaba situada cerca de la suya, junto a la ventana. ¡Vacía! Eva se encogió de hombros. Recordaba perfectamente que el día anterior Angela había tenido que quedarse en clase una hora más. Cuando salió estaba lloviendo y no llevaba paraguas. Seguramente se había resfriado. Eso era todo.
-¿Eva Mateos?
Eva volvió a la realidad. La profesora de inglés la miraba con el ceño fruncido. Tenía en la mano una nota que la alumna de guardia, de pie a su lado, le acababa de entregar.
-La directora quiere verte en su despacho -le comunicó-. Sube a hablar con ella.
Su compañeras le dio un suave codazo, pero Eva le hizo ver con un gesto que no tenía la menor idea de qué era lo que quería la directora.
-¿Qué has hecho esta vez? -le preguntó Elena García en broma, cuando Eva pasó por su lado en su camino hacia la puerta.
Eva sabía que le estaba tomando el pelo, aunque a Elena no le faltaban motivos para comentarlo: Eva Mateos era, como decía la jefe de estudios, "el terror del colegio".
-Oh, nada de importancia -replicó despreocupadamente-. Sólo le prendí fuego a la mesa de la directora. Aunque a lo mejor quiere verme por el asunto aquél de la pirañas del lavabo.
Elena ahogó una risita. La profesora de inglés gruñó:
-¿Qué haces, Eva? ¿Te marchas ya o no?
La aludida se apresuró a salir de la clase. Una vez en el pasillo, subió de dos en dos las escaleras que llevaban al piso de arriba, donde se encontraba el despacho de la directora.
No sabía por qué la llamaba, ésa era la verdad. No creía que fuera por su comportamiento de la clase de latín del día anterior. Eso se lo habría dicho su encargada de curso. Cuando la directora la llamaba, era porque el asunto era serio. Pero Eva no recordaba haber hecho algo "gordo" últimamente.
Llamó suavemente a la puerta.
-Adelante.
Cuando entró se quedó en la puerta, cohibida. No esperaba encontrarse con aquello.
En el despacho había tres personas más aparte de la directora. Uno de ellos era un policía. Los otros dos, un hombre y una mujer maduros, parecían preocupados.
-No te asustes, chica -sonrió el policía-. No venimos a llevarte a la cárcel ni nada por el estilo. Aunque me han llegado rumores de que no te portas demasiado bien en clase...
En realidad el policía no sabía nada del comportamiento usual de Eva; lo había dicho no romper el hielo. Pero su tiro al azar había hecho diana y Eva enrojeció intensamente, avergonzada y le lanzó una mirada acusadora a la directora.
-Eva -dijo ésta, señalando a los otros dos-, te presento a los padres de Angela Llantada.
-¡Angela! -murmuró Eva.
Así que se trataba de Angela. ¿Qué le habría pasado? Miró a la directora sin comprender.
Ésta le indicó con un gesto una silla libre y Eva se sentó.
-Según parece -empezó la directora juntando las manos-.tú fuiste la última persona que habló con Angela ayer, ¿no?
-Cada vez entiendo menos -murmuró Eva más perdida que nunca-. ¿Cómo que la última persona...?
-Verás, Eva. Ayer Angela, cuando acabó su clase de latín, salió del colegio y no se la volvió a ver.
-¿Quiere decir...?
-Quiero decir que Angela ha desaparecido, Eva. No ha vuelto a su casa, y no sabemos dónde está. Y conociendo a Angela, eso es muy raro.
Era cierto. Angela era la típica "niña rara" que prefiere estar a solas con sus pensamientos antes que ir a jugar con las demás. Ahora que tenía quince años seguía igual que de pequeña.
Eva era su mejor amiga y ni siquiera ella sabía cómo era Angela realmente. El hecho de que dos personas tan diferentes pudieran congeniar no dejaba de sorprender a la directora, quien, sin embargo, había confiado en que el carácter abierto de Eva influiría positivamente en la reservada Angela, y en que la serenidad de ésta contagiaría a la revoltosa Eva. Las cosas no iban del todo mal entre las dos, aunque Angela tardaría en confiar en Eva. Y ahora, aquello.
La directora no había dudado en hacer llamar a Eva Mateos cuando los padres de Angela y aquel policía se presentaron en su despacho con la noticia. Y era preocupante que no se supiera dónde estaba Angela, porque ésta no era la clase de chica que se fugaría de su casa o que no avisaría a sus padres en el caso de que fuera a ausentarse por un período prolongado de tiempo; era demasiado sensata. De hecho, su desaparición era inexplicable.
Eva Mateos lo sabía muy bien. Angela no tenía ningún motivo para fugarse de casa, y, además, le había pedido la tarde anterior que llamara por teléfono a sus padres para avisar que se retrasaría una hora. Y Eva lo había hecho.
Había comenzado a acercarse a "la chica rara" cuando, no sabía exactamente cómo, se le había ocurrido la idea de que Angela no era Rara. Sólo diferente.
Seguramente por eso de que los polos opuestos se atraen, la bulliciosa Eva había tratado de hacer amistad con la silenciosa Angela. Todas las chicas de la clase asistieron con asombro al comienzo de una extraña amistad.
Angela no era un cardo. No era de aquellas personas que gruñen a todo aquel que se les acerca. No obstante, resultaba difícil sostener una conversación con ella. Respondía a todas las preguntas que le hacían pero no formulaba ninguna a su vez. Eva estaba, paulatinamente, salvando ese obstáculo.
Cuando en un grupo hay alguien con unas ideas y gustos radicalmente diferentes a los de los demás, o es un líder, o un marginado. Ésta era la opinión de la directora, que pensaba que a Angela le había tocado estar fuera. ¿Quizá porque ella quería? Tal vez.
-Tú hablaste con mi hija ayer, ¿no? -preguntó entonces la madre de Angela dirigiéndose a Eva-. ¿Tenía intención de volver a casa?
-Estoy completamente segura de que sí -contestó Eva-. Si no, no me habría pedido que les llamara.
-Entonces, es posible que la hayan atracado por la calle -intervino el policía-. O secuestrado, o...
Con razón estaban los padres de Angela tan preocupados, se dijo Eva.
-¿Han hablado ya con Amparo Sanchís, la profesora de latín? –preguntó-. Ella fue la última que la vio, no yo.
-Sí, pero dice que Angela se limitó a hacer su trabajo. Lo entregó y salió de la clase sin una palabra -explicó la directora.
Eva inclinó la cabeza.
-Estaría enfadada porque el castigo no fue justo -aventuró.
El policía la mira interesado.
-¿Dices que no fue justo?
Eva negó con la cabeza.
-Ayer por la tarde todas estábamos bastante alborotadas -explicó-. Era la última hora del día, estábamos cansadas y no parábamos de hablar, ya sabe... El caso es que a la profesora le dio por castigar a alguien para que nos calláramos y esa tuvo que ser Angela... precisamente la que mejor se había portado.
-¿Pudo ser ese castigo inmerecido una razón para que la niña huyera? -preguntó el policía.
-No lo creo -replicó Eva-. Angela no es así.
Luego pensó, inquieta, que ella en el fondo no sabía si Angela era así o asá. Pero fue la señora Llantada la que la sacó del apuro.
-No, yo tampoco lo creo -dijo-. Reconozco que mi hija tiene un carácter extraño, pero si tiene un problema le gusta resolverlo ella sola, sin recibir ayuda de nadie... Pero sin huir de él. Ella piensa que huir es de cobardes.
-Digamos que es... humn ...orgullosa -resumió su padre.
-Un extraño orgullo -comentó la directora.
Eva asistía a aquella escena con la desagradable sensación de que no debería estar allí, que aquello era cosa de mayores y que había dejado de serles útil.
La directora reparó en ella.
-Gracias por tu ayuda, Eva -dijo con una amplia sonrisa-. Puedes volver a clase. ¡Ah! No es necesario que te diga que esto no debe comentarse. Es posible que se trate de una falsa alarma. De todas formas, si dentro de cierto tiempo aún no tenemos noticias se hará pública la desaparición de Angela.
-Es porque tal vez no sea nada grave -explicó el policía-. No queremos hacer una montaña de un granito de arena, y todos sabemos qué deprisa corren los rumores deformados en un colegio... Pero si se te ocurre algo, no dudes en decirlo.
Eva volvió a clase.
No dijo nada a nadie, pero le dio mentalmente muchas vueltas al asunto. Días más tarde, Angela seguía sin aparecer y la policía inició una investigación más seria.
Pronto se difundió la noticia por todo el colegio. Era necesario, se dijo, que si alguien tenía idea del paradero de Angela o pudiera aportar alguna pista, lo comunicara inmediatamente.
Una tarde César, el hermano mayor de Eva, le preguntó a ésta:
-¿Es verdad que ha desaparecido una chica de tu colegio?
-Vives en las nubes -le reprochó Eva sacudiendo sus rizos rubios sin molestarse en levantar la cabeza del libro de literatura-. Pues claro. Y nada menos que Angela Llantada.
-Angela Llantada -repitió César-. Pues ahora no caigo. ¿De qué me suena ese nombre?
Pero Eva no contestó. Le gustaba dejar a su hermano con la intriga para que se calentase la cabeza pensando, cosa que, según ella, no hacía muy a menudo.
-Es esa amiga de Eva tan callada, ¿no recuerdas que nos habló de ella? -lo ayudó su madre.
Se hizo la luz en la mente de César.
-¡Claro! Esa chica tan rara...
-No es rara -protestó Eva.
-Tú misma lo decías.
-He cambiado de idea. Sólo es diferente.
-Diferente. Ya. ¿Y qué le ha pasado?
-¡Yo qué sé! Salió una tarde del colegio y no se la volvió a ver.
A Eva no le gustaba hablar del asunto, pero le contó a César lo poco que sabía. El chico no dijo nada, pero él también, como Eva, sentía curiosidad.
Pasó el tiempo y seguía sin saberse nada. Parecía como si a Angela se la hubiera tragado la tierra. No llamó nadie a casa de los Llantada pidiendo un rescate ni se halló ninguna pista fiable. Tras pegar por todas partes carteles con la foto de Angela y su descripción, comenzaron a aparecer multitud de testimonios que afirmaban haber visto a la chica desaparecida en alguna parte. Pero era más buena voluntad que otra cosa. Muchas alumnas del colegio de Eva y Angela fueron confundidas con ésta al llevar el mismo uniforme que la chica tenía puesto la tarde en que desapareció.
El ambiente que se vivía en el colegio, y especialmente en la clase de 2ºA, era extraño. Las chicas ya no alborotaban tanto como antes porque cada vez que veían el pupitre vacío de Angela recordaban a su compañera ausente.
Eva seguía siendo la misma aparentemente. Continuaba con sus bromas, pero esta vez no era para divertirse, sino para animar un poco a sus compañeras. Ella misma no tenía ganas de bromas tampoco, pero se le hacía insoportable verlas a todas tan serias.
Eso no quitaba que todas las tardes a la salida pasara por la capilla del colegio, como todas. En general 2ºA no solía frecuentarla, pero no podían evitar hacerlo ahora para rezar porque Angela estuviera bien. A pesar de que era la que menos integrada estaba en el grupo de la clase, las chicas no dejaban de comentar anécdotas que había protagonizado en clase. No eran muchas debido a su carácter reservado, y por ello algunas chicas se sentían culpables de no haber intentado acercarse más a ella, de no haberla incluido en sus actividades. Atrás quedaban los días en que nadie quería saber nada de ella porque "era muy sosa". Ahora que no estaba entre ellas comprendían de pronto lo sola que había estado.
Pero la que más remordimientos tenía era Amparo Sanchís, la profesora de latín. Claro que no era culpa suya; pero no dejaba de pensar que si no la hubiera castigado aquella tarde, no habría pasado nada.
Eva veía estas cosas diariamente, y la sorprendía el hecho de que, ahora que había desaparecido. Angela Llantada estaba más presente en el colegio que nunca. Nadie había tenido nunca nada en contra de ella y todas deseaban que la encontraran pronto.
Pero la policía seguía sin tener pistas.
Y probablemente no habrían encontrado nada en mucho tiempo de no ser porque un día, cansado de que su hermana no pensara en otra cosa, César Mateos decidió investigar por su propia cuenta y riesgo.
No conocía de nada a Angela. Sólo lo que Eva había comentado alguna vez en la comida. Su hermana era una persona que cuando tenía una idea no era capaz de callársela para sí, y por eso, cuando decidió hacerse amiga de "la chica más rara del colegio", toda la familia se enteró.
César no tenía especial interés en hacerle la competencia a la policía. No se le había ocurrido. Ni siquiera Pensaba que pudiera hacer algún descubrimiento importante. De hecho fue la casualidad la que hizo que se interesara en el asunto.
Hubo una tarde en que los dos hermanos debían de pasar por casa de sus abuelos; entonces César, que no tenía clase aquella tarde, fue a esperar a Eva a la salida del colegio para marcharse juntos.
Mientras aguardaba a Eva y veía salir a las chicas, su mirada se posó en la recepcionista y se le ocurrió una idea. Sin saber aún del todo lo que se proponía, se acercó a ella y le dijo:
-Disculpe, pero estoy esperando a mi hermana y veo que tarda. Se me había ocurrido que tal vez haya otra puerta y ella haya salido por allí. ¿Es eso posible?
-No -fue la respuesta-. La única puerta por la que pueden salir es ésta. La puerta trasera suele estar cerrada.
Entonces César pasó al ataque:
-¿Estaba cerrada la noche en que desapareció Angela Llantada?
La recepcionista lo miró suspicazmente.
-¿A qué viene eso?
-Angela era una gran amiga mía -mintió el chico descaradamente-, y comprenderá que esté preocupado...
-Pues sí, estaba cerrada.
-Luego Angela salió por aquí.
-Claro.
-¿La vio usted salir?
-Yo me ausenté durante diez minutos, justo cuando salía Angela.
-¿La vio salir? -repitió César impacientemente.
-¡No! Pero no tengo por qué contestar a tus preguntas, jovencito. Tengo mucho trabajo y ya he tenido bastante con la policía para que encima vengas a darme la lata. Además, no creo que seas amigo de Angela. ¡Ella era una niña muy reservada!
La mujer se estaba enfadando por momentos.
Entonces llegó providencialmente Eva.
-¡Hola! -saludó-. ¿Qué pasa?
-De hecho -continuó la recepcionista-, esta niña rubia era su única amiga.
-"Esta niña rubia" es mi hermana Eva, señora -repuso César calmosamente.
La recepcionista se quedó de una pieza.
-Entonces -insistió César-, ¿vio alguien a Angela saliendo del colegio?
-No es asunto tuyo, jovencito, pero contestaré. La policía ha comprobado la hora en que salió del aula con la hora en que yo estuve en recepción. Aún entreteniéndose unos minutos, la chica debió de salir cuando yo no estaba.
-"Debió de salir" -repitió César-. Gracias, señora. Era todo lo que quería saber.
Y echó a andar hacia la salida. Eva le siguió.
Cuando estuvieron en la calle, la chica le preguntó:
-¿Qué le decías a Rosa, la recepcionista? ¡Sé que tenía que ver con Angela!
-Es una idea. Se me ocurrió que si Angela salió por la puerta principal, la recepcionista fue la última en verla y no la profesora de latín, como dicen.
-Pues sí. ¿No lo has oído? Rosa no estaba en recepción cuando Angela salió.
-¡Justamente! ¿Y entonces cómo sabe que salió?
-Es de sentido común, César. Angela lleva más de un mes desaparecida y nosotras estamos pateando el colegio desde entonces. Si Angela siguiera allí la habríamos encontrado ¿no te parece?
Las teorías de César se desmoronaron ante la lógica de su hermana. Pese a ello no se dio por vencido.
-Todos dan por sentado que Angela salió del colegio, pero nadie puede demostrarlo. ¿Hay algún sitio en el colegio donde nadie entre a menudo?
-Rotundamente no.
-¿Seguro?
Sí, Eva estaba segura. Pero no comprendía por qué su hermano se interesaba tanto por aquello, y se lo dijo.
-Es que, si te fijas, la gente suele mirar hacia fuera y no hacia dentro. La policía ha registrado los alrededores minuciosamente, pero no se les ha ocurrido buscar en el sitio donde se vio a Angela por última vez.
-Pero han registrado el colegio...
-¿De arriba a abajo?
-Hombre, no. Hicieron preguntas a las profesoras sobre si había algún sitio donde Angela pudiera haberse escondido.
-¿Y qué respondieron?
-¿Qué van a responder? Que no. Además, nadie puede esconderse durante un mes sin comer, y las cocineras no han notado que falte nada en la cocina... -Eva se calló súbitamente.
-¿Qué pasa? -inquirió su hermano.
Ella lo miró fijamente.
-Me parece que se han olvidado del sótano -dijo.