Capítulo
II: "El sótano del colegio"
-¡Bravo!
-exclamó César-. Háblame de ese sótano.
-Bueno, no hay mucho que contar. Nadie baja nunca al sótano,
porque está cerrado con llave y sólo la tienen las señoras
de la limpieza. Y ni siquiera ellas van por allí. Se dice que
está lleno de polvo y trastos viejos, y hay quien afirma que
hay ratas. Yo he bajado varias veces allí pero nunca he podido
abrir la puerta. Siempre está cerrada.
César sonrió. Sabía que cualquier otra chica
no habría mencionado el sótano, pero Eva era excepcionalmente
curiosa y seguro que esa puerta cerrada la había intrigado
más a ella que a las demás desde que descubrió
su existencia.
-¿Crees que Angela pudo conseguir esa llave?
-Lo dudo. Ni siquiera sé dónde la guardan las señoras
de la limpieza. Es posible que cada una tenga la suya o que haya sólo
una, no lo sé. Pero, ¿sabes? Puede que tengas razón.
Quizás Ángela se ha escondido en el sótano, al
fin y al cabo.
Le brillaban los ojos de excitación. En el fondo no esperaba
encontrar o una pista o a Angela, pero la idea de explorar el sótano
no le parecía mala.
-¡Volvamos a ver! -dijo, y dando media vuelta echó a
andar de nuevo hacia el colegio.
-¡Eh, espera! -gritó César.
Ambos hermanos estaban ya en la parada del autobús. Cesar contempló
a su hermana indeciso, y después al 79 que ya llegaba. Finalmente,
con un suspiro de resignación, echó a correr detrás
de Eva.
Ya se habían marchado casi todas las alumnas cuando ellos entraron
en el colegio de nuevo.
La recepcionista alzó una ceja al verlos otra vez.
-He olvidado una cosa en clase -explicó Eva, y la otra no dijo
nada.
Recorrieron con cautela los pasillos hasta llegar a la escalera que
llevaba al sótano. César descendió unos escalones.
Eva se quedó donde estaba.
-¿A qué esperas? -inquirió César.
Eva no dijo nada. La verdad era que estaba demasiado oscuro allá
abajo ahora que era casi de noche. Estaba empezando a pensar que tal
vez su idea no fuera tan buena al fin y al cabo.
-Me arrepiento de haber vuelto -dijo-. Es una pérdida de tiempo,
estará cerrado con llave.
-¿Tienes miedo? -preguntó César con retintín,
pese a que sabía que aquello que decía no estaba carente
de sentido.
Eva le lanzó una mirada fulminante y bajó las escaleras
con gesto decidido.
Según descendían la luz era cada vez menor. A pesar
de ello, Eva aún pudo ver algo que relucía sobre uno
de los últimos escalones. Se agachó para cogerlo.
-Mira, César -dijo en voz muy baja.
César se acercó. Eva estaba muy pálida.
Tenía en la mano un pasador de pelo en forma de lazo negro
con el centro dorado.
-Es de Angela -susurró Eva-. Has dado en el clavo.
Bajaron hasta el final de la escalera, decididos. Se detuvieron ante
la puerta del sótano.
-Estará cerrada -pronosticó Eva en un susurro.
-No cuesta nada probar -replicó César.
Apoyó la mano en el pomo de la puerta y empujó.
Y la puerta se abrió.
Eva recordó cuántas veces, de pequeña, había
bajado aquellas escaleras y permanecido frente a aquella puerta, fascinada.
Había entrado en todas y cada una de las clases y estancias
del colegio excepto en aquélla. Se sintió como la heroína
del cuento de Barba Azul, que tenía acceso a las cien habitaciones
del castillo menos a una en la que le estaba prohibido entrar... y
justamente era ésa la única que le interesaba visitar.
Muchas veces había tratado de abrir aquella puerta sin resultado,
con la esperanza de que las señoras de la limpieza la hubieran
dejado sin cerrar por una vez, pero nunca había tenido suerte.
Ahora, el sótano estaba frente a ella una vez más, pero
esta vez tenía vía libre para entrar.
-Vamos -dijo César, y entró.
Eva le siguió.
Aquello estaba más oscuro que la boca de un lobo. César
buscó a tientas un interruptor en la pared. Cuando por fin
lo halló, comentó:
-Sólo espero que la bombilla no esté fundida...
Por suerte, no lo estaba. Una única bombilla de escasa potencia
bañó el sótano con una luz débil, irreal.
César y Eva miraron a su alrededor.
Era cierto que el sótano acumulaba polvo y trastos, pero Eva
dudó que hubiera ratas.
-¡¡Aaaangelaaa!!
Eva dio un salto y miró furiosa al bromista de su hermano mayor.
-No le veo la gracia. ¿Es que quieres que nos oigan?
César avanzó un poco entre los trastos.
-Mira esto -dijo, acuclillándose en el suelo.
Eva se acercó. En el suelo había dibujados siete círculos
de tiza de diferentes colores dispuestos en forma de círculo.
Estaban medio borrados, pero Eva pudo distinguir bien los contornos.
-Fíjate -comentó César-. ¿Cuánto
tiempo crees que lleva esto aquí? Eva se encogió de
hombros. Observaba los círculos con interés.
-No mucho -explicó César-. De lo contrario, se habría
borrado por completo.
Eva se incorporó y comenzó a deambular por el sótano
hasta que tropezó con algo.
-¡Mira! -exclamó, excitada por su descubrimiento-. ¡La
cartera de Angela!
César se puso en pie de un salto y se acercó a ella
rápidamente. Eva había abierto la cartera y extraía
libros de su interior.
-¿Estás segura de que es la suya? -quiso asegurarse
César.
-Completamente. Los libros llevan su nombre.
-Están algo estropeados.
-Sí, como si se hubiesen mojado.
César tuvo una idea.
-Oye, ¿no llovía la tarde en que Angela desapareció?
-Sí. ¿A dónde quieres llegar?
-Y no ha llovido desde entonces, ¿no? Pues escucha lo que se
me ha ocurrido: esto es un sótano, luego debe de inundarse
cuando llueve, lo cual explicaría que los libros se hubieran
mojado... pero no por qué esos círculos de tiza siguen
ahí.
-¿Qué quieres decir?
-Que si llevasen más tiempo en el sótano y hubiesen
soportado más inundaciones, se habrían borrado por completo.
Pero siguen ahí, lo cual quiere decir que fueron pintados la
tarde en que Ángela desapareció.
Eva los miró con interés.
-¿Crees que fue Ángela quien los dibujó?
-No tengo ni idea.
Eva se aproximó a los círculos de tiza. Sacó
entonces un bolígrafo y una libreta de su cartera y empezó
a dibujar un boceto de su posición. César se acercó
y miró por encima del hombro de su hermana lo que ésta
estaba haciendo.
-Si te fijas -dijo Eva-, cada uno de los círculos de tiza tiene
un color diferente. Eso debe de tener algún significado especial,
¿no te parece? Estaba escribiendo dentro de cada uno de los
círculos que había dibujado en su libreta el color del
original, en el orden en el que estaban dispuestos.
-Blanco-Amarillo-Negro-Morado-Azul-Verde-Rojo -leyó César-.
¿Qué significado crees que puede tener eso?
-No lo sé -declaró Eva, cerrando la libreta y poniéndose
en pie-. Pero creo que hemos descubierto algo importante. Anda, ven;
tenemos que decírselo a la directora...
-Espera.
César pasó un dedo por los restos del círculo
rojo. Cuando se miró la yema del dedo dijo:
-Fíjate, no sólo hay tiza aquí. También
una especie de polvos dorados... Me parece que este círculo,
y tal vez todos los demás, han sido pintados dos veces: una
con tiza y otra con polvos dorados.
-¿Para qué se tomaría alguien la molestia de
hacer algo así?
-No lo sé. ¿Qué te parece a ti?
-Me suena a brujería o algo así. Pero no me hagas mucho
caso.
César no dijo nada. Ahora había dos misterios para resolver:
la desaparición de Angela y el asunto del círculo de
colores.
-Todos los círculos se tocan entre sí, no están
separados -observó Eva-, y son círculos prácticamente
perfectos dentro de lo que cabe.
César asintió. A pesar de que no se veían muy
claros, podía adivinarse a grandes rasgos cómo eran
y cómo estaban dispuestos antes de que la lluvia tomara posesión
del suelo aquella tarde.
-Esto es muy raro -comentó César.
-Mejor será que nos vayamos -dijo Eva-, o llegaremos de noche
a casa de los abuelos.
Recogieron sus cosas y salieron del sótano. Dejaron la luz
encendida, ya que pensaban dar cuenta de su descubrimiento a la primera
profesora que vieran.
Al torcer una esquina se tropezaron con una de las mujeres de la limpieza.
-Hola, Teresa -dijo Eva-. Te presento a mi hermano César.
La otra se repuso de la sorpresa y preguntó:
-¿Qué hacéis por aquí a estas horas?
-Olvidé una cosa en clase.
César le dio un suave codazo y Eva recordó que tenía
que preguntar algo.
-¡Teresa! ¿Sabes quién tiene la llave del sótano?
-¿La llave del sótano? ¿Es que sabes quién
se la ha llevado?
¡Llevado! César tomó la palabra, consciente de
que aquello podía ser importante.
-No, no lo sabemos. ¿Cuánto tiempo hace que desapareció?
-Hace cosa de un mes que nos dimos cuenta de que no estaba -explicó
Teresa-, pero como no la usamos a menudo, no sabemos cómo,
cuándo ni quién se la llevó.
-¿Y no tienen idea de quién pudo haberla cogido?
-Hace algo más de un mes vino una empleada nueva, muy rara.
Tenía muy mala uva y nunca hablaba con nadie. Siempre parecía
enfadada, y nos causó mala espina desde la primera vez que
la vimos.
-¿Le han preguntado a ella por la llave?
-Sólo vino una semana a trabajar. Después dejó
de venir y no hemos vuelto a saber nada más de ella.
Un dato interesante. César, tras escuchar esto, se convenció
de que aquella mujer de la que Teresa hablaba estaba implicada hasta
el cuello en el asunto Ángela.
-¿Qué día vino por última vez? -inquirió.
-No lo sé exactamente. ¿Por qué haces tantas
preguntas?
-Porque no se trata tan sólo de una llave perdida... hemos
bajado al sótano, la puerta estaba abierta y hemos encontrado
dentro la cartera de Angela Llantada, la chica que desapareció
hace un mes.
Teresa dejó caer la bayeta, sorprendida.
-¡Jesús! -exclamó-. ¿Y la niña?
-No está abajo, si es eso lo que quieres decir -dijo Eva-.
Pero pensamos que es una pista importante.
-¿Habéis dado aviso ya?
-Pensábamos hacerlo ahora mismo.
-Por favor, trate de hacer memoria -dijo César-. Pensamos que,
si esa mujer de la que nos hablaba antes hubiera venido por última
vez al colegio la tarde en que Ángela desapareció, podría
estar relacionada con ella.
-No creo que lo recuerde. Pero tal vez alguna de mis compañeras
lo sepa. Vosotros id al despacho de la directora y explicádselo
todo. Ella llamará a la policía o lo que tenga que hacer.
Yo iré a hablar con el resto del personal de limpieza.
Y la buena mujer salió corriendo escaleras abajo.
-Pronto encontraremos a Angela si seguimos así -dijo Eva de
buen humor. Pero César estaba muy serio.
-¿Se te ha ocurrido -preguntó suavemente- que si Angela
se entretuvo en el sótano debió de tardar más
en salir y en consecuencia la recepcionista, que ya estaría
en su puesto, la habría visto?
-¿Sigues empeñado en que está en el colegio?
En el sótano no está, ya lo has visto, y no se me ocurre
ningún otro sitio donde pueda haberse escondido.
-Debió de hacerse invisible -murmuró César.
Pero Eva no le oyó. Ya subía las escaleras que llevaban
al despacho de la directora. César la siguió.
Eva llamó a la puerta del despacho deseando que la directora
no se hubiera marchado ya a su casa.
-Adelante -se oyó una voz en el interior.
Eva respiró aliviada. Ella y César entraron en el despacho.
La directora dejó el bolígrafo sobre la mesa, sorprendida.
Eva se lo explicó todo en pocas palabras y unos minutos después
bajaban los tres al sótano de nuevo.
En cuanto la directora hubo constatado que lo que decían los
hermanos Mateos era cierto, llamó a la policía y seguidamente
a los padres de Angela.
César y Eva, en vistas de que allí ya no tenían
nada que hacer, salieron del colegio.
-¿Sabes? -decía Eva mientras caminaban por la calle-.
Tuvimos suerte de encontrarnos con Teresa. Es la más veterana
del servicio de limpieza, me conoce desde hace mucho tiempo y, además,
le encanta hablar. Una vez...
-¿Qué crees que le puede haber pasado a Angela, Eva?
-preguntó César de pronto.
Eva, molesta por la interrupción, gruñó:
-¡Y yo qué sé! Esa mujer es capaz de haberla raptado.
-¿Pero por qué? ¿Qué razones tuvo Angela
para bajar al sótano? ¿Qué tiene que ver con
ella esa mujer de la limpieza que hace un mes que no aparece? ¿Qué
pudo asustar tanto a Angela como para que dejara la cartera en el
sótano y saliera huyendo sin recogerla? ¡Todo son preguntas!
Y no tenemos ninguna respuesta. Tal vez deberíamos olvidarnos
y dejar que la policía...
-¡La policía no sabe nada! -cortó Eva-. No me
fío de ellos. Más vale que saquemos nosotros nuestras
propias conclusiones. ¿Se te ha ocurrido que tal vez Angela
pilló a esa mujer haciendo algo que no debía en el sótano
y que por eso ella la secuestró?
-No me parece mal razonamiento. Pero, ¿qué debía
de estar haciendo? ¿Pintar círculos de tiza en el suelo?
-No seas bobo, César. No pudo pintar ella esos círculos
porque estaba lloviendo y el suelo estaba encharcado.
César no respondió. Había sido él quien
había llevado todo el peso del razonamiento hasta aquel momento
y ahora era su hermana la que sacaba una conclusión final y
lo dejaba a él como un estúpido.
Eva siguió divagando hasta que muchas cosas encajaron, y entonces
le explicó su teoría a César: la mujer de la
limpieza había secuestrado a Angela porque ésta había
descubierto que hacía algo ilegal en el sótano. La había
sacado del colegio, tal vez inconsciente, cuando todo el mundo se
había marchado ya, incluida la recepcionista. Y probablemente
la tendría escondida en algún sitio para que no dijera
nada.
César seguía en silencio mientras Eva hablaba. Aquello
tenía sentido. Pero no quiso decirle a Eva que si eso era lo
que había pasado aquella tarde de primeros de noviembre, la
secuestradora no tenía por qué mantener con vida a Angela...
Por lo visto Eva había pasado por alto el detalle de que si
lo que quería la raptora era silenciar a la chica, había
una manera más rápida y eficaz que el secuestro.
No quiso decirle esto a su hermana. Por el contrario preguntó:
-¿Y qué me dices de los círculos dé colores?
Eva se encogió de hombros, pero por la expresión de
su rostro César supo que ya no creía en su propia idea.
Porque aquellos círculos de tiza eran importantes, de alguna
manera.