SEGUNDA
PARTE: AL OTRO LADO

Mapa
realizado con 16 años e incluido en la versión
mecanografiada del libro. ¡Pincha para verlo en grande!
-INTRODUCCIÓN:
Un breve
temblor sacudió toda Nevateria. Los infros alzaron la cabeza
para mirar al cielo. Era la segunda vez en poco tiempo.
Lera también lo sintió. La infro del mar estaba acomodada
sobre una roca, al pie del acantilado de la costa de Ivis. Se estremeció.
¡Había venido alguien más! Estuvo tentada de ir
a consultarlo con la Madre Saranda, pero decidió no hacerlo.
Esperaba a alguien y, aunque su amigo se retrasaba, no estaba bien
marcharse sin más.
Aguardó casi media hora más y, cuando empezaba a lamentar
no haberse ido, oyó que gritaban su nombre, y se volvió.
Arin corría por la playa.
Arin se había criado con los infros de la tierra. Aunque nadie
sabía quiénes eran o habían sido sus padres,
todos supieron la primera vez que lo vieron que uno de ellos pertenecía
a la raza de los infros del mar.
Arin no tenía cola de pez como los infros del mar, pero sus
profundos ojos rasgados de color violeta lo delataban. Sin embargo,
los infros del mar no pudieron llevárselo con ellos a Zefis,
la Ciudad Submarina, porque no podía respirar bajo el agua.
Lera supo que Arin tenía algo importante que contarle. Tan
importante que venía corriendo. ¡Corriendo! Arin no solía
correr. Le gustaba deslizarse sigilosamente por detrás de Lera
y sobresaltarla. Los infros de la tierra sabían moverse tan
silenciosamente como el pensamiento, y Arin, como hijo de uno de ellos,
también poseía esa cualidad. Sin embargo, era más
alto que la mayoría de infros de la tierra, y más delgado
también, como los infros del mar. Finalmente Arin llegó
a su altura y se detuvo, jadeante.
-¿Y bien? -le preguntó Lera. Arin calló un momento
y luego dijo solemnemente:
-Los han encontrado, Lera.
Lera temía aquellas noticias. Temía por la Madre Saranda.
Pero trató de mantener la calma. Al fin y al cabo, ella era
la hija del Gran Sacerdote de Zefis. Algún día, sería
la líder de su pueblo.
-¿Cuántos son?
Arin negó con la cabeza.
-No lo sé -dijo-. En Almar hay uno, y a otro lo han recogido
los infros del aire. Pero no sé si habrá más.
Se quedaron callados un momento, pesarosos.
-Ése es el motivo de mi tardanza -añadió tímidamente-.
Siento haberte hecho esperar.
Lera lo miró con simpatía.
-No tiene importancia -aseguró-. Lo que realmente importa ahora
es que la Madre Saranda está en peligro.
-Tienes razón -asintió Arin-. Hemos guardado el secreto
durante demasiado tiempo. Quizá debimos dejarlo claro desde
el principio.
-Es demasiado tarde para lamentarlo, Arin.
-Tal vez tú puedas hacer algo. Es tu padre. A ti te escucharía.
-Es inútil. Él escucha más a los dioses que a
su propia hija.
Se quedaron en silencio unos minutos.
Las olas del mar de Kur batían suavemente la roca sobre la
que se sentaba Lera. Arin contemplaba el agua con muda fascinación.
Lera sabía que el niño, que nunca había negado
sus orígenes, deseaba vivamente ser como los infros del mar
y poder hundirse con ellos en las profundidades del océano.
El mar lo llamaba, lo reclamaba para sí como un padre llama
a su hijo. Lera temía que Arin acudiera algún día
a su encuentro. Arin no podía respirar bajo el agua, y nunca
podría. Muchos infros por cuyas venas corrían sangres
cruzadas de diferentes especies habían muerto de manera similar.
Lera ladeó la cabeza, apenada. Las cuatro razas de infros nunca
debían mezclarse entre sí. De una relación así
surgía un ser que no pertenecía a ningún lado
aunque en todos lo aceptaran. Y una relación así sólo
producía dolor. Arin era aún muy joven, pero pronto
lo descubriría.
Lera apartó de su mente aquellos desagradables pensamientos.
-Arin -dijo.
Arin volvió a la realidad.
-Tenemos que hacer algo -le urgió Lera.
-¿El qué?
Lera alzó el mentón, orgullosa y decidida.
Iremos a proteger a la Madre Saranda. Si alguien quiere hacerle daño
tendrá que pasar por encima de nosotros.
Arin miró dubitativo la extensión de agua que mediaba
desde donde ellos estaban hasta Sar, la isla donde vivía la
Madre Saranda.
-Te llevaré -se apresuró a decir Lera al comprender
lo que pensaba su amigo-. Avisaré a los delfines...
-Lera -murmuró Arin-. La Madre Saranda puede morir, ¿verdad?
Lera bajó la cabeza.
-Sí -susurró-. Mi padre... no sé lo que haría...
-Si descubriera que los infros han vivido engañados todo este
tiempo, ¿verdad? Si supiera que la Madre Saranda no es una
diosa.
-No es culpa nuestra -dijo Lera. Ni de la Madre Saranda. Ellos quisieron
creerlo.
-Necesitaron creerlo -puntualizó Arin-. Necesitaban creerlo.