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Capítulo
I: "Otra dimensión"
Eva abrió lentamente los ojos. No sabía dónde
se encontraba. En cuanto recobró la lucidez se incorporó
ligeramente, miró a su alrededor y descubrió que en
la copa de un árbol.
De pronto recordó. ¡La Puerta! Habían cruzado
la Puerta, ella y César y Aurelio... ¿dónde
estaban ellos? Miró a su alrededor. Las ramas la habían
salvado de darse un tremendo golpe contra el suelo. Se movió
cuidadosamente para comprobar que no tenía nada roto. Entonces
alcanzó su mochila, que se había quedado enganchada
en una rama cercana, y se sentó con precaución sobre
otra más gruesa. Tras comprobar que la altura no era mucha,
comenzó a bajar.
Así que aquello era otra dimensión. Bueno, se dijo
Eva, no parecía muy diferente de lo que ella conocía.
Pero no había que confiarse.
De pronto resbaló y cayó... sobre un matorral. Al
menos ahora estaba al nivel del suelo. Mientras buscaba a tientas
su mochila le pareció oír un ruido a su espalda. Se
volvió rápidamente pero no vio nada. Temerosa, espió
a su alrededor. Le pareció que la maleza se movía.
¡Qué tontería! Se llevó una mano a la
cabeza. ¿Sufriría alucinaciones? Se concentró
de nuevo en la búsqueda de su mochila.
De repente sintió una presencia detrás de ella. Se
incorporó y se giró con rapidez. Lo que vio la dejó
sorprendida.
Allí había dos niños. Bueno, en estatura parecían
niños, pero sus facciones denotaban que se trataba de adultos
de muy baja estatura. Sus cabellos enmarañados tenían
el tono de la vegetación que los rodeaba, vestían
ropas hechas de hojas e iban descalzos. Los ojos de los dos eran
de color verde esmeralda, y parecían asustados. Pero lo que
más sorprendió a Eva fue el hecho de que no los había
oído llegar. No parecían peligrosos, sin embargo.
así que sonrió y les tendió la mano.
-Hola -dijo-. Me llamo Eva.
Los otros la miraron con cara de extrañeza, y Eva se sintió
estúpida. Estaba claro que no comprendían lo que les
decía. Suspiró y se puso en pie.
Los dos hombres-niño, al verla con toda su estatura, retrocedieron,
pero súbitamente uno de ellos comenzó a hablar nerviosamente
en voz baja con el otro. Ya no parecía asustado. Temblaba
pero de excitación, y la señalaba a ella. Eva no pudo
entender una palabra de lo que decían, pero el idioma, no
sabía por qué, le resultaba ligeramente familiar.
Su sorpresa se convirtió en estupor cuando vio que los hombrecillos
se postraban ante ella, diciendo algo que no comprendió.
Sólo pudo captar una palabra porque la repetían con
mucha frecuencia: Tilia. Entonces recordó lo que Anabel había
dicho: "Y los adoraron como a dioses". Y lo comprendió.
Quiso sacarlos de su error.
-¡Levantaos, por favor! -suplicó, y trató de
hacerlos ponerse en pie. Ellos la miraron sin comprender y Eva sonrió
amablemente.
-No soy una diosa -Prosiguió, aunque sabía que no
la entendían-. Por favor, sólo quiero saber dónde
están mis amigos.
Entonces uno de ellos señaló una dirección.
Eva se encogió de hombros y dijo:
-Está bien. Vamos por allí.
Y comenzó a andar siguiendo la dirección que le indicaba
el hombrecillo. Los otros dos se quedaron parados un momento pero
luego la siguieron tan sigilosamente que Eva no podía oírlos
y, de no verlos, hubiera asegurado que no estaban allí.
Al cabo de un rato llegaron a un poblado tan bien camuflado entre
la vegetación que Eva no lo vio hasta que estuvo encima.
Aunque "camuflado" no era la palabra. Más bien
parecía formar parte del bosque mismo.
Más personajes bajitos, hombres, mujeres y niños,
salieron a su encuentro. Los acompañantes de Eva les explicaban
quién era ella... o quién creían que era.
La condujeron a una plaza que parecía ser el centro del pueblo.
Allí había una estatua de piedra que representaba
a una joven del tamaño de Eva. Llevaba una túnica
y una corona de flores en el pelo. En su mano derecha se posaba
un pájaro. Eva leyó la inscripción que había
al pie de la estatua:
"TILIA,
TERRAE DEA,
INFERIORUM MATER”.
-¡Latín!-murmuró Eva-. ¡Claro, eso es!
Los Siete Magos hablaban latín, y seguramente esa fue la
lengua que permaneció aquí después de su partida.
Tras tantos siglos de evolución ha cambiado mucho, pero procede
del latín igual que el castellano.
Se sorprendió a sí misma por aquella deducción
tan acertada. Antes nunca se le habría ocurrido, y pensó
que debía de ser una consecuencia del esfuerzo mental que
había realizado para abrir la Puerta. ¿Se habría
vuelto más inteligen¬te? Decidió no pensar más
en ello y se concentró en la traducción de la inscripción
latina: "Tilia, diosa de la tierra, madre de los inferiores".
-¿Los inferiores? -repitió Eva.
Y entonces se dio cuenta de que estaba rodeada de aquellos hombrecitos
que parecían surgidos de las entrañas de la tierra.
Los inferiores. Por supuesto, se dijo Eva, para alguien que se cree
un dios los demás deben de parecerle inferiores a él.
Y esos "inferiores" la creían a ella Una diosa.
Se estremeció. ¿Cómo iba a explicarles que
no lo era?
* * *
Aurelio sólo recordaba que caía y caía hasta
haber sido cazado al vuelo por un ángel. Luego, se había
desmayado.
Ahora se daba cuenta de su error. No eran ángeles. Podía
verlos con claridad desde la cueva donde lo habían dejado.
Al principio, al asomarse a la entrada de la caverna, le entró
vértigo: a sus pies se abría un precipicio tan alto
que no se veía el fondo. Aurelio recordaba haberse preguntado
cómo diablos había llegado él allí.
E inmediatamente después había visto a un hombre arrojarse
al vacío desde otra cueva cercana.
Aurelio había lanzado una exclamación ahogada que
se transformó en asombro cuando vio que el hombre desplegaba
unas alas blancas y se elevaba a las alturas. Entonces fue cuando
descubrió que aquí y allá, hombres, mujeres
y niños alados volaban de un lugar a otro. A pesar de que
los cabellos de todos ellos eran blancos como la nieve (no; como
las nubes, rectificó Aurelio), no parecían ángeles.
O, al menos, no el tipo de ángeles que Aurelio había
maginado de niño.
Un rato más tarde un anciano alado había ido a verle
a su cueva y le había hablado en un idioma extraño
que a Aurelio le recordaba vagamente al latín. Le había
entregado un rollo de pergaminos en latín y con una reverencia
se había marchado otra vez.
Ahora Aurelio, tras estudiar los pergaminos, se había asomado
a la entrada del agujero y veía evolucionar en el aire a
un grupo de niños alados, reflexionando.
Los pergaminos eran de un tal Mesio, que se autodenominaba dios
del aire. Le costó mucho trabajo descifrar su contenido,
pero, aunque no pudo traducirlo todo porque su conocimiento del
latín era limitado, le sirvió al menos para hacerse
una idea de lo que estaba pasando.
Los pergaminos hablaban de las experiencias de Mesio en Nova Terra,
como llamaban los Siete Magos a la dimensión que supuestamente
habían creado. Hablaba de los inferiores, los habitantes
de aquel mundo, y revelaba la existencia de cuatro razas diferentes:
los inferiores del agua (capacitados para vivir en el mar como peces),
los inferiores de la tierra (seres de baja estatura, ágiles
y silenciosos, que parecían formar parte de la espesura),
los inferiores del fuego (solitarios y violentos) y su pueblo, los
inferiores del aire, que poseían alas que les capacitaban
para volar como las aves.
Hablaba también de una ciudad en el norte, fundada por él,
llamada Nebulae Urbs o "La Ciudad de las Nubes". Y contaba
cómo él y sus compañeros del Consejo habían
enseñado su idioma a los inferiores.
Aurelio, tras la lectura de estos pergaminos, llegó a las
mismas conclusiones que Eva. Y cuando el anciano alado, que parecía
ser el líder de su pueblo, volvió de nuevo, trató
de explicarle que quería saber dónde estaban sus amigos.
Pero el infro del aire no lo entendió, y Aurelio no supo
qué hacer cuando más hombres alados llegaron y se
postraron ante él.
* * *
César oía voces por todas partes. Voces excitadas.
El sol le quemaba la espalda, y le dolía la cabeza. Un ruido
atronador se oía de fondo.
Poco a poco recobró totalmente la consciencia. Abrió
los ojos y trató de incorporarse. Todo le daba vueltas. Miró
frente a sí. Allí había tres niños exactamente
iguales. No, eso no podía ser. Enfocó mejor. Pues
no, sólo era uno. Tenía el cabello de un extraño
color azulado, y unos ojos violetas sesgados, y parecía muy
ágil.
César gimió y se sentó en el suelo. Entonces
vio que estaba en una playa, y que sus ropas estaban moladas. Entonces
recordó que al cruzar la Puerta (¡la Puerta!) sintió
que caía hasta que se dio un tremendo golpe al caer al agua.
Miró al niño, se miró a sí mismo y señaló
al mar.
-¿Me has sacado tú? -preguntó.
El niño negó con la cabeza
-Yo nado bien -dijo con mucha dificultad-, pero no tanto.
-¿Entonces?
-No sé mucho de tu idioma -dijo el niño muy despacio-.Ven
conmigo.
César se puso en pie tambaleándose. .El niño
esperó con paciencia a que se situara y luego echó
a andar por la playa.
-Eh, espera, ¿a dónde me llevas? -protestó
César.
El otro no contestó. César cayó en la cuenta
de que se hallaba en un mundo diferente al suyo, en otra dimensión,
y que más le valía seguir al niño que sabía
dónde estaba mejor que él. Suspiró con resignación
y lo siguió.
El niño lo condujo a una escollera. Allí los esperaba
una chica de cabello muy largo, lacio y azulado también.
César se detuvo asombrado al ver que la muchacha tenía
cola de pez.
-¡Una sirena! -murmuró- ¡Debo de estar soñando!
La sirena no dijo nada. Jugueteó con una caracola que tenía
entre las manos y replicó finalmente:
-Infro del mar. No soy una sirena, sino una infro del mar.
-¿Comprendes mi idioma? Me gustaría...
-Déjate de exigencias, humano. Te encuentras en una situación
muy delicada, así que yo de ti escucharía antes de
hablar.
-¿Por qué? ¿Qué pasa?
-Si te ven los otros infros te tomarán por un dios.
César consideró la situación.
-No me parece tan malo -comentó.
-¿Ah, no? ¿Y qué pasará cuando descubran
que no lo eres?
-Pues les diré desde el principio que no lo soy.
-Salvo en un detalle: sólo yo y Arin -y señaló
a su amigo- conocemos tu idioma. Y no pensamos negar tu... eh...
"divinidad".
-¿Y eso por qué?
-Porque una amiga nuestra podría verse en grandes problemas
si lo hacemos.
-Pero yo...
La infro del mar sonrió al ver la cara de estupor de César.
-Te estaba tomando el pelo -dijo-. Lo solucionaremos. Me llamo Lera,
y soy la hija del Gran Sacerdote de Saranda, del Templo de Zefis.
César cada vez comprendía menos.
-Yo soy César -acertó a decir.
-Me explicaré: los humanos crearon hace mucho tiempo Nevateria
y se fueron, prometiendo que volverían. Tú eres un
humano, aunque no un dios como aquellos que crearon nuestro mundo.
Si los otros infros descubren que no tienes poder dirán que
eres un suplantador y te ofrecerán en sacrificio a los verdaderos
dioses... ¿lo comprendes ahora?
César tragó saliva.
-Demasiado bien -masculló-. ¿Y tú también
eres una fanática religiosa como ellos?
-Fana... ¿qué?
-Olvídalo. Yo no quiero líos. He venido sólo
a buscar a una chica, una humana, que llegó aquí por
error. Y, de paso... ¿sabes algo de más humanos? Dos
más. Llegaron a la vez que yo, pero parece que caímos
en sitios diferentes.
-La Madre Saranda ha convocado una reunión. Los verás
a todos pronto. Una chica, según me han dicho, ha caído
en la isla de Almar. No sé si será la que buscas,
pero allí la han tomado por la reencarnación de Tilia,
la diosa de la tierra. Y en los Picos Celestiales los infros del
aire han encontrado a un humano, bastante alto, que según
dicen es Mesio, dios del aire.
-¡Eva y Aurelio! -exclamó César.
-¿Aurelio? -repitió Lera-. Nuestro dios del bien tiene
un nombre muy parecido.
-¿Aurelius? -repitió César-. No me sorprende.
Justamente por eso hemos venido aquí. ¿Me quemarás
en la hoguera por hereje si te digo que esos dioses vuestros no
son dioses?
Lera lo miró sin comprender.
-No tiene importancia -suspiró César-. ¿Qué
decías de una reunión?
-La Madre Saranda ha dicho que quiere entrevistarse a solas con
esos humanos, así que te llevaremos con ellos para que podáis
hablar. Como dudo que los otros sepan lo que está pasando,
tendrás que explicarles lo que yo te he contado.
-Y esa Madre Saranda, ¿quién es?
-Ya lo verás. Mira, allí es donde vive.
Lera señaló una isla a lo lejos.
-Pero yo no podré nadar tan rápido ni tan lejos como
tú -observó César.
-Ya lo sé.
Lera saltó ágilmente al agua y se sumergió.
César miró a Arin interrogante y éste afirmó:
-Volverá.
Pocos minutos más tarde Lera reapareció con un grupo
de delfines. Uno de ellos, el más grande, se acercó
a César, y Lera le indicó al chico por señas
que se subiera a su lomo. César no las tenía todas
consigo pero obedeció. Arin montó sobre otro delfín.
Lera les dijo algo en voz baja y los animales se pusieron en movimiento
hacia la isla.
No tardaron mucho en llegar. Los delfines los dejaron en la orilla
y, tras recibir unas palmadas de agradecimiento por parte de Lera,
se marcharon.
Cerca de la orilla había una cueva, excavada en el acantilado
de roca. El agua marina se adentraba en ella, pero se podía
entrar dentro caminando por los lados. Era como un río con
orillas a los costados. Arin y César fueron por tierra mientras
Lera nadaba por el agua. César admiró la gracia de
la infro del mar, la agilidad de que hacía gala su cuerpo.
Llegaron a una especie de plataforma de roca completamente lisa
que emergía del agua. Detrás, el fondo presentaba
varias bocas de túneles que tenían su comienzo allí.
Lera se acodó en la roca donde el agua terminaba y gritó:
-¡Madre Saranda! Estamos aquí.
Una cabeza rubia asomó por una de las cavernas.
-¡César! -exclamó Eva-. ¡Qué alegría
verte!
Eva corrió hacia su hermano mayor mientras Aurelio salía
del túnel tras ella.
-Parece que estamos todos -comentó César alegremente-.
¿Vosotros también sois dioses?
-Yo soy Tilia, diosa de la tierra -dijo Eva con una mueca-. Y Aurelio
es Mesio, dios del aire. ¿Y tú?
César sonrió. Por el camino a la isla sobre los delfines
Lera le había explicado que, al tener el pelo rojo (en realidad
lo tenía castaño cobrizo, y sí, algo pelirrojo),
y ser tan irascible lo confundirían fácilmente con
Wor, dios del fuego.
Todavía no he tenido el placer de encontrarme con más
infros que estos dos -dijo, señalando a Lera y a Arin-, y
son bastante razonables. Pero según ellos, sus congéneres
me tomarían por Wor, dios del fuego.
-¿Infros? -repitió Eva-. Creí que eran inferiores.
-Debe de ser la palabra evolucionada. El Consejo llamó inferiores
a los habitantes de este mundo y luego la lengua fue transformándose
hasta llegar al término "infros". E1 lenguaje que
hablan aquí procede del latín.
-Así que la lengua que hablan aquí procede del latín
pero no es como el castellano -dijo César pensativo-. Entonces,
¿cómo conoces tú mi idioma? -preguntó
volviéndose ceñudo hacia Lera.
La infro del mar iba a responder pero una voz se le adelantó:
-Yo se lo enseñé.
Por otro de los túneles acababa de aparecer una muchacha
humana. Su cabello era largo y oscuro, y se había recogido
parte de él en pequeñas trenzas. El resto le caía
suelto sobre los hombros. Llevaba una túnica blanca y collares
de conchas y caracolas.
A César y Aurelio les resultaba familiar.
Eva lanzó una exclamación de sorpresa:
-¡Angela!
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