Capítulo
II: "La leyenda de los Antiguos Dioses"
-¿Angela? -repitieron
César y Aurelio.
-¡Eva! -exclamó Angela sorprendida-. ¿Qué
haces tú aquí?
-Es una larga historia -dijo Eva.
-¿Os conocíais? -preguntó Lera con interés.
-Es amiga mía -explicó Angela-. Y ellos...
-Ah. Te presento a mi hermano César y a mi amigo Aurelio
-dijo Eva.
-Bueno, me alegro de veros. Sólo espero que me expliquéis
un poco lo que pasa aquí, si es que sabéis más
que yo.
Angela los invitó a sentarse sobre un montón de mantas
extendidas en el suelo, y repitió su petición. César
tomó la palabra y contó todo lo que había pasado
desde que ella desapareció.
Lera no lo comprendía todo porque no sabía tanto del
lenguaje humano como ellos, y Arin apenas sabía. De todas
formas, se enteró de bastantes cosas, y algunas de ellas
la dejaron anonadada.
La Madre Saranda había respetado sus creencias. Pero no le
había explicado que sus dioses no eran dioses, y que no habían
creado Nevateria. Ni tampoco que sus dioses nunca volverían
como prometieron porque no eran inmortales.
Se apartó de la roca y nadó un poco en el agua, pesarosa.
Angela reparó en ella.
-Lera, escucha -le dijo-. Debe de ser duro para ti, pero...
-¿Por qué no me lo dijiste antes? ¡Creía
que éramos amigas!
-¡No lo sabía, Lera! Si lo hubiera sabido, te lo habría
dicho. De todas formas, tú ya sabías que yo no era
una diosa. ¡Me salvaste de morir ahogada en el mar de Kur!
¿Tú crees que una diosa se vería en tal apuro?
Todas las miradas estaban fijas en Lera. La infro del mar sonrió
débilmente y dijo:
-No tiene importancia. Me haré a la idea.
-Su padre es el Gran Sacerdote de Saranda, la diosa del mar -explicó
Angela a sus amigos en voz baja-. Ella siempre ha creído
con toda su alma en el regreso de los dioses, y, sobre todo, en
la diosa del mar. Y ahora descubre que, aunque poderosos, sus dioses
eran tan mortales como ellos y no crearon su mundo.
Los otros asintieron. Lo comprendían. Hubo un silencio algo
embarazoso y luego César comentó:
-Bueno, pues nuestra misión ya está cumplida. Te hemos
encontrado, Angela. Todo el mundo te está buscando al otro
Lado. Hace casi tres meses o por ahí que desapareciste. Y
dudo mucho que crean a Anabel cuando les diga que estás en
otra dimensión.
-Lo sé -asintió Ángela apesadumbrada-. Habría
regresado hace tiempo si hubiera sabido cómo hacerlo.
Y entonces les contó su historia.
La primera parte ya la conocían. Aurelio había reconstruido
la escena con toda exactitud. Pero ninguno sabía qué
pasó cuando Ángela cruzó la Puerta, así
que prestaron más atención a la segunda parte de la
historia.
-Me encontré cayendo, y cayendo -explicó Angela-,
hasta que me di un tremendo golpe y de repente estaba en el agua.
Tenía miedo, no sabía qué hacía yo allí.
Y a esa mujer de la limpieza no se la veía por ninguna parte.
Todo era agua y agua... y creí que me ahogaría, hasta
que llegó Lera y me salvó.
»Ella me trajo a esta isla. Al principio pensaba que yo era
la diosa del mar y me llamaba "Madre Saranda". Pero luego
logré sacarla de su error. Nos las arreglamos para comprendernos
mutuamente, no sé exactamente cómo. Primero por gestos,
y luego, día tras día, fuimos aprendiendo palabras.
Tanto ella como yo sabemos algo de latín... aunque ella más,
ya que, como hija del Gran Sacerdote, ha recibido una educación
muy esmerada. Así yo le fui enseñando poco a poco
mi idioma y ella fue enseñándome poco a poco el suyo.
»Así supe que me encontraba en un mundo llamado Nevateria.
-¿Nevateria? -interrumpió Aurelio-. ¿No se
llamaba Nova Terra?
-Por la misma razón que los inferiores se llaman ahora infros
-dijo César-, Nova Terra es ahora Nevateria.
-Lera me habló de las cuatro razas de infros -continuó
Angela-, de los Siete Dioses, y de muchas otras cosas más.
Y también me dijo que en Nevateria no había ningún
humano como yo. Entonces le hablé de la mujer de la limpieza,
y le pedí que la buscara, porque ella era la única
que podía devolverme a mi mundo.
»Sólo llevaba tres semanas aquí cuando pasó
algo.
»Lera y Arin me traían todo lo que necesitaba. Nadie
más sabía que yo estaba aquí. Todos coincidíamos
en que lo mejor era mantenerlo en secreto. No me podía quejar
de la vida que llevaba, la verdad.
»Un día Lera vino excitada y dijo que Elíe,
la Señora de las Tinieblas, había regresado, y que
se había presentado en varias ciudades de esta parte de Nevateria
diciendo que iba a emprender un viaje más largo y que los
infros se fueran preparando, porque cuando volviera los esclavizaría
a todos.
»Los infros estaban aterrados, me contó Lera. Yo sabía
que aquella mujer no era una diosa y que podía llevarme de
vuelta a casa, así que le pedí a mi amiga que me llevara
ante ella. Lera llamó a los delfines y por primera vez salí
de mi isla para llegar a la costa de la Península de Ivis,
donde la que se hacía llamar Elíe pronunciaba un discurso
ante un montón de infros del aire, el mar y la tierra.
Cuando me vieron a mí descender del lomo de un delfín
y hablarle a Elíe en su propio idioma, todos pensaron que
yo era la Madre Saranda, la diosa del mar. Traté de explicarles
que no era una diosa con lo poco de su lenguaje que sabía,
pero lo tomaron por modestia y no me creyeron.
»-No sé quién es usted -le dije a Elíe-,
pero yo lo único que quiero es volver a casa. Por favor;
lléveme a mi mundo y no la molestaré más.
»Elíe sonreía escépticamente. Y entonces
me di cuenta de que todos los infros se habían colocado detrás
de mí, esperando que los protegiera. ¿Qué podía
hacer?
»Elíe levantó los brazos y una gran roca se
elevó por los aires. Siguiendo la dirección que indicaba
su mano, la roca avanzó hacia mí. Me quedé
pasmada. Los infros gritaban aterrados.
-¿Hizo eso? -interrumpió Aurelio-. ¡Entonces,
es mucho más poderosa de lo que pensábamos!
-Entonces Arin, que estaba tras una roca del acantilado -prosiguió
Angela-, me arrojó un tridente que yo cogí al vuelo.
Me indicó por señas que lo lanzara hacia la roca que
se movía hacia mí, y lo hice. ¡Y la roca se
partió en mil pedazos!
»Los infros me aclamaban a gritos. Yo nunca había visto
tantas cosas raras en un solo día y aún no estaba
muy segura de controlar la situación. Entonces Elíe
me dijo en el idioma de los infros:
»-Ya nos veremos las caras, Saranda. Cuando vuelva, no tendrás
tanta suerte. Cuando vuelva, Saranda, te aplastaré.
»-¡Qué dice! -protesté en mi propio idioma-.
Sabe de sobra que yo no me llamo así. ¡Sólo
quiero volver a mi casa!
»Pero ella dio media vuelta y se marchó.
»Ya estaba. Todos los infros creían ya firmemente que
yo era la Madre Saranda, la diosa del mar. Los Grandes Sacerdotes
se reunieron y anunciaron que la llegada de los dioses estaba cerca.
Y, por más que les decía que yo no era una diosa,
no me creían. Luego dejé de insistir y dejé
que lo creyeran, porque, si no lo hacía, Lera se vería
en un buen apuro: había cogido sin permiso el Tridente de
Saranda del Templo de Zefis y su padre la castigaría severamente
si se enteraba. y no digamos si llegaba a saber que le había
ocultado mi presencia aquí.
-El Tridente de Saranda -repitió César-. ¿Y
qué es eso?
-Es el tridente que me dio Arin para romper la piedra. Está
hecho de un material más duro que la roca que sólo
se encuentra en el fondo del mar, y para los infros del agua es
sagrado, no se puede ni tocar.
»Así que aquí me tenéis. El Gran Sacerdote
viene todos los días para invitarme a visitar su Templo en
Zefis, la Ciudad Submarina, y todos los días le digo que
no con cualquier excusa. Pero algún día tendré
que aceptar, y no sé cómo se tomará el hecho
de que la diosa del mar no pueda respirar bajo el agua.
»En realidad estoy en un buen lío. Pero afortunadamente
habéis venido vosotros a sacarme de él.
Siguió un largo silencio. Finalmente, Eva dijo:
-El caso es que podríamos volver a casa si supiéramos
cómo volver. No entraba en nuestros planes que la Puerta
se cerrara, ni que estuviera en el aire, a tantos metros de la tierra.
Ahora no sabemos cómo encontrarla. Me temo... que estamos
todos atrapados aquí.
-Esto no estaba previsto -añadió Aurelio en voz baja-1
así que ya nos puedes tachar de chapuceros, porque tendrás
razón: vaya rescate.
-Nuestra única esperanza es encontrar a esa Elíe y
obligarla a llevarnos de vuelta a casa -decidió César.
-No sé cómo -dijo Eva, de mal humor.
-¿Y por qué no esperamos a que mi tía venga
a buscarnos? -preguntó Aurelio.
-Te daré tres razones -respondió César-. A:
si viene, tendrá el mismo problema que nosotros. B: yo no
estoy dispuesto a quedarme aquí a esperar que los infros
descubran que no somos dioses. Y C: si Elíe vuelve antes
de que venga Anabel, estamos listos.
-A propósito -dijo Eva-, ¿a dónde se fue Elíe?
-Dicen que al norte -respondió Angela-. A la Ciudad de los
Dioses. Es una ciudad que fue fundada por el Consejo cuando vivían
aquí. Era su lugar de residencia, creo.
-Apuesto a que se fue a buscar ese Ejército de las Sombras,
sea lo que sea eso.
-No sé qué podemos hacer -dijo Aurelio-. Por lo que
Angela nos ha contado, esa Elíe está más loca
de lo que pensábamos... y es mucho más poderosa. Doble
peligro.
-A propósito, ¿qué lugar ocupa Elíe
en el Círculo del Poder? -preguntó Eva desconcertada.
-Es la diosa del mal -explicó Angela-. La hija de Arcadius.
Cuando éste murió a manos de su hermano, ella juró
que volvería para vengarse.
-Me parece que esta reunión está durando ya demasiado
-intervino Lera-. ¿Qué he de decirle a mi padre?
-Que viajaremos a la Ciudad de los Dioses para detener a Elíe
-dijo César con aplomo.
Entonces dio una mirada circular para ver si los otros estaban de
acuerdo con él. Vio en sus rostros aprobación, aunque
condicionada por las circunstancias.
-No tenemos otra salida -murmuró Angela.
-Diles eso -reiteró César-. Si no nos queda más
remedio que ser dioses, seremos dioses.
-¿Y si Anabel cruza la Puerta? -preguntó de pronto
Eva-. Podríamos decirles a los infros que pronto vendrá
también Aurelius, el dios del bien, pero reencarnado en una
mujer.
-¡Pero no puedes decir eso! -exclamó Angela-. Si Anabel
cruza la Puerta no le va a hacer gracia descubrir que habéis
profetizado su venida.
De pronto Aurelio se estremeció.
-Un momento -dijo con voz débil-. ¿No recordáis
los círculos? Yo me coloqué en el azul y he sido tomado
por el dios del aire. Eva estaba en el verde y ahora es para ellos
la diosa de la tierra. César estaba en el rojo del dios del
fuego. Y Anabel en el blanco del dios del bien.
-Tienes razón -murmuró Eva-. Es como...
No supo seguir.
Entonces fue cuando Angela se dio cuenta de que Lera se había
marchado. Al cabo de unos momentos volvió acompañada
de otro infro del mar de mayor edad.
-Es su padre -susurró Angela-, el Gran Sacerdote. Dejadme
hablar a mí.
Los tres asistieron a una breve conversación entre Angela,
Lera y el Gran Sacerdote del Templo de Zefis. Cuando finalizaron
Angela tenía aspecto preocupado. Lera y su padre hicieron
una reverencia y se marcharon.
-Lera le anunció a su padre la llegada de Aurelius reencarnado
en una mujer -explicó-. Y justamente venía a decirnos
que han hallado a otra diosa en la costa del continente. ¿Teníais
previsto que llegara alguien más? Eva, César y Aurelio
se miraron unos a otros.
-Pues no -manifestó Eva-. Anabel dijo que cruzaría
la Puerta si las cosas se ponían muy mal.
-Esa tal Anabel... -murmuró Angela-, ¿no será
una mujer pelirroja, no muy alta y de ojos azules?
-¡Justamente! -exclamó Aurelio-. ¿Cómo...?
-Es la descripción que me ha dado el Gran Sacerdote de la
supuesta diosa. No sé por qué, pero tu tía
está aquí.
Todos, muy a pesar suyo, dieron un suspiro de alivio.
-Ella sabrá qué hacer -dijo Eva.
Se quedaron en silencio un momento, hasta que César dijo:
-¿Y ahora qué?
-Supongo que querréis comer algo y descansar -respondió
Angela.
-A mí me gustaría volver a Almar con los infros de
la tierra -dijo Eva, aunque no comprenda lo que me dicen.
-Te entiendo -dijo Aurelio-. También yo me había acostumbrado
a las Cuevas de Even de los infros del aire.
-¿Y yo qué? -preguntó César-. Aún
no conozco a los infros del fuego.
-Y no sé si los conocerás -añadió Angela-,
porque se trata de un pueblo que apenas se relaciona con los demás.
Viven en los desiertos, y tienen fama de ser seres bruscos, imprevisibles
y extraños. Se dice todo tipo de cosas acerca de ellos. De
hecho el Gran Sacerdote de Wor fue el único que no se presentó
a la reunión de Grandes Sacerdotes que hubo la semana pasada.
Al cabo de un rato volvió Lera, informando de que su padre
quería que los humanos se reunieran con su congénere
en la ciudad de Zefis. Angela logró convencerle de que era
mejor que la reunión fuera en la Península de Ivis,
en tierra firme, y así quedó decidido.