Título: La Puerta

Capítulo III: "Comienza el viaje"

Cuando hubieron descansado, se reunieron con Anabel en la Península de Ivis.
Lo hablaron y lo discutieron, y llegaron a una conclusión: si querían volver a casa tendrían que arriesgarse y salir al encuentro de Elíe. Anabel no había previsto que la Puerta estuviera situada en el aire, ni que los infros los tomaran por dioses, ni que la Puerta se cerrara.
Así que comenzaron a hacer los preparativos para su viaje a la Ciudad de los Dioses.
Angela dibujó un mapa de Nevateria siguiendo las indicaciones de Lera. Sobre él los cinco compañeros trazaron el itinerario a seguir. El camino más corto consistía en atravesar el desierto de Orvis haciendo escala en Flas la capital de los infros del fuego... pero podía ser el más peligroso también, puesto que nadie conocía bien a los infros del fuego ni se atrevía a adentrarse en el desierto.
-Pero no creo que tengamos ningún problema -dijo César-. Supongo que también ellos habrán recibido la visita de Elíe. Me haré pasar por el dios del fuego y asunto solucionado.
-¿Y si no te creen ? -preguntó Angela, dubitativa.
Entonces César, con una sonrisa en los labios, se sacó un mechero del bolsillo y lo encendió delante de sus narices.
-Tengo dominio sobre el fuego, ¿recuerdas? -murmuró.
Finalmente, cuando lo tuvieron todo preparado, se pusieron en camino. Lera no pudo acompañarles por no poder arreglárselas en tierra (¡y menos en un desierto!), y a Arin no le permitieron ir por ser muy joven. Pero ningún otro infro se atrevió a escoltarlos. Sólo los infros del aire los guiaron a través de los Picos Celestiales por el Paso hasta que, al otro lado de las montañas, divisaron una tierra yerma, sin vida, abrasada por el sol.
-El desierto de Orvis -anunció gravemente el anciano alado de los infros del aire.
Aunque lo dijo en su propio idioma, todos lo comprendieron.
Llegados a este punto los infros del aire, convencidos del poder de sus "dioses", les desearon buena suerte, dieron media vuelta y se marcharon por donde habían venido.
Los cinco humanos se quedaron un momento contemplando el desierto que se extendía ante ellos. Anabel consultó el mapa.
-Hay un oasis a medio camino de aquí a Flas -anunció-. Si vamos a paso ligero llegaremos allí al anochecer. Vamos, no pongáis esas caras. No podemos rendirnos al principio del viaje. Tenemos la brújula; nos dirigiremos hacia el noroeste.
Se pusieron en marcha.
Fue una jornada agotadora. Caminaron bajo un sol abrasador durante varias horas seguidas, parando sólo para comer. La que peor lo pasó fue Angela. Los otros llevaban chándals con camiseta de manga corta debajo; no tuvieron más que quitarse la parte de arriba, quedarse en camiseta y arrollarse la chaqueta en la cabeza a modo de turbante. Pero Angela, que no disponía más que de su uniforme y la pesada túnica blanca que los infros del agua le habían dado, las pasó moradas.
Anabel era una mujer fuerte, y Eva demasiado tozuda como para dejarse vencer por el cansancio, pero llegó un momento en que Angela no pudo más y cayó sobre la arena ardiente. César se apresuró a ayudarla a levantarse y la chica continuó apoyada en él.
Anabel quería alcanzar el oasis al atardecer. Sin embargo, al ver a los chicos tan agotados, tuvo que reconocer que el descanso a mediodía no había sido bastante, así que se detuvieron un rato. Montaron una improvisada tienda con las mantas para resguardarse del sol. Angela se derrumbó en una esquina, exhausta, y Eva hizo otro tanto. Aurelio se puso las gafas que se había quitado hacía rato porque se le empañaban. César se acercó a Angela.
-¿Qué tal estás?
Angela ensayó una sonrisa.
-Como todos -respondió.
-Cuando te caíste pensé que habías cogido una insolación.
Angela enrojeció. No le gustaba que le recordaran lo que para ella había sido un momento de debilidad.
-Estoy bien -protestó-. Ya sé que no soy muy resistente, pero no hace falta que me cuidéis como si fuera un bebé.
-No quise decir eso -respondió César sorprendido-, pero estaba preocupado.
Angela clavó en él una mirada inexpresiva y se volvió hacia otro lado. César empezó a pensar que realmente había cogido una insolación.
Poco después continuaron la marcha.
Cuando ya creían que no llegarían vieron a lo lejos el oasis, bañado en la luz del atardecer.
Eva oprimió el brazo de Aurelio.
-¡Eh, chicos! -gritó-. ¿Veis lo mismo que yo? ¡Tonto el último!
Y echó a correr. Los otros, con un alegre grito, la siguieron. Pero el oasis estaba más lejos de lo que parecía, y no tardaron en detenerse y reanudar la marcha caminando.
Ya era prácticamente de noche cuando lo alcanzaron. Bebieron jubilosos de las frescas aguas de la fuente y descansaron bajo los árboles.
Pronto tuvieron más fresco del que hubieran deseado. Según avanzaba la noche la temperatura fue bajando cada vez más, y tuvieron que encender un fuego.
A la mañana siguiente dejaron el oasis tras haber renovado sus reservas de agua. Comenzaron la marcha temprano y a media mañana comenzó a verse a lo lejos un pico montañoso.
-¡El Monte de Fuego! -anunció Anabel-. Al pie, si el mapa no nos miente, está Flas, la Ciudad del Fuego.
Todos exhalaron un suspiro de alivio. Todos menos Angela.
La chica no se había quejado en todo el día, ni aceptado ayuda de nadie cuando sus pies tropezaban. César tampoco se molestó en ayudarla. Estaba irritado con ella.
A media tarde llegaron al pie del Monte del Fuego.
-¿Y dónde diablos está Flas? -preguntó Aurelio desconcertado-. No se ve ni rastro de ella.
Anabel no dijo nada, pero ella también estaba preocupada. Los chicos estaban agotados y necesitaban descansar. Miró a Angela interrogante.
-Yo no sé nada -se apresuró a defenderse ésta-. Lera me dijo que Flas estaba al pie del Monte de Fuego y ahí la situé.
-¿Qué tal si rodeamos la montaña? -sugirió César-. Tal vez esté al otro lado.
Eso hicieron, pero no obtuvieron ningún resultado positivo.
Los cinco se derrumbaron sobre la arena. No podían más, y ya dudaban que la legendaria Ciudad del Fuego existiera realmente. Dejaron que el sueño tomara posesión de sus mentes, mientras el sol se hundía lentamente en el horizonte.
César se despertó poco después al oír voces excitadas a su alrededor. Creyó distinguir seres delgados, cuyos cuerpos presentaban dibujos grabados. Creyó distinguir ojos brillantes como carbones encendidos. Pero se sumió en el sueño de nuevo.
Cuando Anabel despertó se encontraba en una gran caverna de roca. A su lado yacían los cuatro muchachos, aún dormidos, y Anabel no tuvo valor para despertarlos. Sin embargo, se arrastró como pudo -se encontraba muy débil- hasta la entrada de la cueva.
Lo que vio fuera la dejó atónita.
Se encontraba bajo tierra. Su cueva daba a una enorme caverna subterránea en la que se ubicaba una ciudad totalmente de roca. Aquí y allá ardían hogueras que mantenían iluminada la urbe, y aquí y allá pululaban hombrecillos delgados de cabello color rojo brillante cuyos cuerpos estaban tatuados con extrañas marcas. La nota característica de la ciudad era, sin embargo, su constante actividad. A Anabel le fue imposible descubrir a alguien parado o ganduleando.
-Flas, la Ciudad del Fuego -dijo una voz a su lado con tono reverencial.
Anabel se sobresaltó, pero luego vio que se trataba de Eva que se había colocado silenciosamente junto a ella.
-El mapa estaba bien -murmuró-, pero no especificaba que Flas se encontraba bajo tierra y no en la superficie.
-De modo que ésos son los infros del fuego -comentó Eva-. ¿Crees que Angela podrá razonar con ellos?
Anabel iba a responder cuando una figura apareció súbitamente en la entrada de la cueva. Las dos retrocedieron con un grito. Unos ojos rojos que brillaban en la oscuridad las miraron fijamente.
La criatura dijo algo que no comprendieron. Y una voz tranquila y serena le respondió.
Angela avanzó desde las sombras. El visitante retrocedió unos pasos y, a la luz exterior, Eva y Anabel vieron que se trataba de un infro del fuego. Angela repitió su mensaje. Cuando el infro replicó, la chica movió la cabeza con preocupación.
-¿Qué pasa? -preguntó Anabel en voz baja.
-Es que no comprendo lo que dice -respondió ella en el mismo tono-. Habla tan deprisa que apenas puedo entenderlo. Le he pedido que hable más lentamente pero no sabe. De todas formas, él a mí sí me comprende.
Anabel extrajo el mapa de su mochila y se lo tendió a Angela.
-Explícale entonces de dónde venimos y a dónde vamos -dijo-. Si las cosas se ponen feas, echaremos mano del encendedor de César.
Angela lo hizo. El infro escuchaba atentamente, aunque retorciéndose las manos con nerviosismo. Estaba claro que aquellas criaturas no soportaban estar mucho tiempo inactivos. Así, pronto comenzó a moverse y a parlotear agitadamente con gran excitación.
-Creo que ya lo ha comprendido -murmuró Eva.
César y Aurelio se despertaban en aquel momento y fueron víctimas de las despiadadas burlas de Eva.
-¡Seréis marmotas! ¡Estamos en Flas, la Ciudad del Fuego, y vosotros durmiendo tan felices!
César se despejó inmediatamente y salió de la cueva, donde Angela razonaba con un grupo más de infros que se habían acercado con curiosidad.
Su brusca intervención y los reflejos del fuego de las antorchas sobre su pelo cobrizo hicieron que los infros se fijaran en seguida en él y se quedaran inmóviles un momento, cosa increíble: los infros del fuego habían creído reconocer en César a Wor, el dios del fuego.
Anabel se disponía a salir de la caverna para reunirse con ellos cuando sintió la mano de Aurelio sobre su hombro.
-Espera -le dijo el chico-. Tú eres más pelirroja que César, y, ahora que las cosas van tan bien, no nos conviene que los infros se confundan.
Anabel se puso un pañuelo alrededor de la cabeza a modo de turbante y salió de la cueva. Angela fue a su encuentro.
-Quieren llevarnos ante su rey -informó-. Y dice César que si utiliza el mechero ya.
-Bueno -murmuró Anabel-, creo que será mejor reservarlo como un as en la manga. Y respecto a lo primero, es justamente lo que queremos. Dime, ¿te aclaras bien con ellos?
-Medianamente bien. Al menos nos entendemos.
-Practica con éstos por el camino, porque tendrás que ser tú la que razone con ese rey.
Angela asintió y comunicó a los infros del fuego, después de que todos hubieran cogido sus cosas, que estaban dispuestos a presentarse ante el rey.
Los infros los condujeron a través de las calles de la ciudad, y los cinco humanos comprobaron, asombrados, que las marcas de la piel se las hacían ellos mismos con hierros candentes que, al parecer, no les causaban el menor dolor. También descubrieron en la bóveda de la caverna algunos agujeros hechos en la roca a modo de respiraderos por donde entraba aire del exterior.
Al cabo de un rato llegaron al centro de la ciudad. Allí se alzaba un edificio más alto que los demás y profusamente adornado con esculturas que representaban diversas escenas de la historia y mitología de Flas.
Entraron en la casa y fueron guiados hasta el salón del trono.
Esperaban ver a un enérgico y activo infro del fuego como gobernante de todos los demás, y se llevaron una sorpresa: el rey de los infros del fuego era muy, muy anciano, y se movía lenta y pausadamente. A su derecha se sentaba un infro de túnica roja que, según les explicó Angela, era el Gran Sacerdote de Wor. A la izquierda del rey, otro infro cuyo rostro estaba surcado de cicatrices resultó ser el Capitán de la Guardia.
Angela razonó largo rato con el rey. Los otros no entendían nada, pero intuían que algo no marchaba del todo bien. El rey fruncía el ceño y miraba a su interlocutora con desconfianza.
Cuando Angela terminó de hablar, el rey lo consultó en voz baja con el Gran Sacerdote. Ambos asintieron mientras observaban atentamente a Angela. Entonces el rey se levantó y, señalando a los cinco humanos, dijo algo con tono acusador.
El rostro de Angela se volvió blanco como la cera. Replicó algo, pero el rey no quiso escucharla. El Capitán de la Guardia hizo una seña y los visitantes se vieron de pronto rodeados por un pelotón de infros armados.
Algo andaba muy mal.
Entonces César sacó de su bolsillo el mechero y lo encendió, después de ponerlo a su máxima potencia. Dio un paso al frente y señaló al rey de los infros del fuego. Los restantes infros retrocedieron asustados. Un murmullo recorrió toda la sala.
El Capitán de la Guardia se levantó de su sitio y se acercó sin miedo a César. Dio un manotazo a su brazo y el encendedor cayó al suelo. Rodó por unos instantes y se apagó. El Capitán lo recogió tras un instante de vacilación y luego, con un grito de triunfo, lo levantó en alto y lo mostro a sus congéneres. Los soldados avanzaron ya sin temor y rodearon de nuevo a los humanos. Fueron conducidos fuera de la sala a pesar de las protestas de Anabel y las súplicas de Angela.
-¿Qué demonios ha pasado? -preguntó Eva mientras los guardias los llevaban a través de las calles de Flas-. ¿Qué te dijo el rey?
-Dijo que somos impostores -explicó Angela con voz desmayada-. Que no somos dioses porque nos encontraron medio muertos en el desierto, y que los dioses no necesitarían ayuda. Le conté que queríamos ir al norte para derrotar a Elíe y me dijo que esa mujer es muy poderosa y que nosotros, que no podemos ni salvarnos a nosotros mismos, no le llegamos ni a la rodilla. Y que seremos ejecutados por impostores mañana al amanecer.
-¡No pueden hacer eso! -exclamó César-. ¿O sí que pueden? -añadió mirando dubitativamente a Anabel.
Ésta no respondió. Su cerebro trabajaba a toda velocidad, pero no se le ocurría nada que pudiera sacarlos de aquella crítica situación.
Fueron encerrados en una mazmorra a las afueras de la ciudad. Les anunciaron que para su ejecución serían arrojados a las aguas del Mar Hirviente.
-Conque "los infros del fuego nos ayudarán", ¿eh? -gruñó César buscando una postura cómoda sobre el suelo de piedra-. En menudo lío nos hemos metido.
Ninguno respondió. César se dio cuenta de que Aurelio miraba frente a sí frunciendo el ceño y mordiéndose el labio inferior... señal de que tenía una gran idea y estaba reflexionando sobre sus posibilidades.
César se contuvo para no preguntarle. Sabía que a su amigo había que dejarle tranquilo para pensar.
Pero mientras esperaba, y a pesar de que estaba terriblemente preocupado por lo que les esperaba a la mañana siguiente, no pudo evitar quedarse dormido. Lo despertó el propio Aurelio.
-Escucha, César -le dijo en un susurro-. Las chicas están durmiendo y no quiero despertarlas. Se me ha ocurrido una cosa.
César se incorporó.
-Soy todo oídos. Anda, cuenta.
-Vamos a recuperar nuestra divinidad perdida.
-¿Cómo? Ya hemos comprobado que con éstos no cuelan ni los mecheros ni las linternas. No le temen al fuego.
-¿Qué te parece esto?
Y Aurelio depositó un pequeño paquete en la mano de su amigo. César lo miró.
-¡Vaya! -murmuró sorprendido-. ¿De dónde lo has sacado?
Aurelio sonrió.
-De la mochila de Eva.
César sonrió también.
-Mi hermana es una gamberrilla en primer grado -comentó-. Pero por esta vez me alegro. Tengo una hermana que no me la merezco.
-Procura recordarlo más a menudo -dijo una voz-. ¿Qué estáis haciendo, vosotros dos?
Eva se acercó a gatas desde un rincón. Los chicos no tuvieron más remedio que contarle su plan.
-Esto va a ser divertido -dijo Eva, contenta-. Pero propongo que no se lo digáis a Anabel. Querría cargar ella sola con la responsabilidad y no estoy muy segura de que sepa usar uno de éstos. En cuanto a Angela...
-No, déjala -cortó César-. No la despiertes. Está cansada. Lo haremos nosotros tres y ya está.
-Seguramente querrán ejecutarte a ti primero, César -dijo Aurelio-. Cuando vayan a hacerlo, ya sabes.
-Nunca olvidaré la cara que puso la profesora de matemáticas cuando le puse uno de estos encendido en el cajón -rió Eva
-Esperemos que los infros del fuego pongan esa misma cara -dilo César-. Mañana les enseñaremos los avances de la civilización del Otro Lado... especialmente para bromas y fiestas al por mayor...
Eva y Aurelio acogieron la ocurrencia con una alegre carcajada. César se metió en el bolsillo el paquete de petardos de Eva con una sonrisa en los labios.