Título: La Puerta

Capítulo IV: "Varalda"

Cuando, en la superficie, los primeros rayos de sol iluminaron las doradas arenas del desierto de Orvis, los infros del fuego condujeron a sus cinco prisionero fuera de la ciudad, por los túneles subterráneos, en dirección al Mar Hirviente.
Los seguía una larga comitiva de infros curiosos. El rey, el Gran Sacerdote y el Capitán marchaban a la cabeza.
Conforme se fueron alejando de la ciudad el calor se hizo cada vez mayor.
César estaba distraído, Aurelio algo nervioso y Eva excitada, pero ninguno de los tres parecía asustado. Angela y Anabel no se lo explicaban.
Anabel olvidó por un momento a los chicos e intentó razonar con uno de los guardias, sin resultado. Cuando, furiosa, trató de agredirle, cinco soldados más, a una seña del Capitán, la rodearon y la maniataron. La mujer tuvo que continuar la marcha con doble escolta.
Al cabo de un rato, la comitiva llegó a las orillas del Mar Hirviente.
El calor era insoportable. La gran caverna estaba iluminada por un extraño resplandor que surgía del fondo de una enorme grieta. Cuando César se asomó al borde, descubrió que se debía a un río de lava que discurría por entre las rocas del fondo formando remolinos.
Le corrió un escalofrío por la espalda.
Eso era el Mar Hirviente.
Y los iban a arrojar allí.
El rey de los infros del fuego pronunció un corto discurso y después tomó la palabra el Gran Sacerdote de Wor. Con grandes aspavientos señaló a los cinco humanos acusadoramente y los demás infros prorrumpieron en gritos de indignación.
César supo que había llegado el momento. El Capitán había confiscado su mechero, pero, por fortuna, Eva disponía de otro. Con el encendedor en un bolsillo y los petardos en el otro, dio un paso al frente, casi alegremente.
Angela, que nada sabía de sus planes, se admiró del coraje del chico. Anabel había sido atada y amordazada y yacía en un rincón rodeada de guardias. Como le comentó Eva a Aurelio en voz baja, sólo le faltaba el cartel de "¡Ojo! Muerde".
Sin embargo, el Gran Sacerdote no pensaba como César. Con el ceño fruncido, señaló a Angela y un pelotón de soldados, por orden del Capitán, se apresuraron a llevarla, a pesar de sus forcejeos, al borde del precipicio.
César sintió que se le helaba la sangre. Mientras el Gran Sacerdote pronunciaba una larga oración a su dios, se colocó junto a Aurelio y le tiró de la manga.
-¡Aurelio! -susurró-. ¿No se suponía que me tenían que ejecutar a mí primero!
-Se ve que, para ellos, ella es nuestra jefa, por así decirlo, porque fue quien habló con el rey -musitó Aurelio muy pálido.
-¿Qué hacemos ahora?
Aurelio no respondió. Eva se acercó.
-¡Deprisa, César, ahora! -le urgió-. ¡Tira los petardos y sálvala! Pero César no pudo hacer nada. Angela se balanceaba peligrosamente al borde del abismo y el verla tan cerca de la muerte le impedía pensar.
El Gran Sacerdote concluía su rezo. Angela veía el magma arremolinándose bajo ella, sentía el horrible calor que azotaba su rostro en vaharadas, y estaba demasiado aterrorizada para gritar.
-Haz algo... -murmuró Eva sin saber a quién se dirigía exactamente. El Gran Sacerdote finalizó su plegaria. Angela cerró los ojos.
-¡¡Angela!! -gritó César.
Avanzó unos pasos y, lívido de ira, señaló al rey de los infros del fuego, al Gran Sacerdote de Wor y al Capitán de la Guardia.
-Soltadla -murmuró-. Soltadla o vais a saber quién soy yo...
No pudo concluir. El Capitán hizo una seña y varios soldados se aproximaron a César, rodeándolo. El chico entonces extrajo el mechero de su bolsillo y lo encendió. El Capitán soltó una carcajada despectiva que fue coreada por el resto de infros del fuego. Pero César sacó los petardos y prendió la mecha de uno. Lo sostuvo en alto mientras la chispa se acercaba poco a poco a la parte con pólvora con un siseo. Los infros retrocedieron.
César esbozó una sonrisa torva.
-Seréis castigados -susurró-. El dios del fuego está muy, pero que muy enfadado...
Arrojó el petardo encendido al aire en el último momento, y éste estalló sobre las cabezas de los infros del fuego con un sonido atronador potenciado por los ecos que producía en la gran caverna.
César encendió dos petardos más y los lanzó contra la multitud. Los infros retrocedieron en masa mientras gritaban aterrados.
César señaló con un gesto de cabeza a Angela. El rey, débilmente, ordenó a los guardias que la soltaran. César, con una sonrisa satisfecha, apagó el encendedor en cuanto Angela estuvo sana y salva en el suelo.
Se acercó a ella y nadie se lo impidió.
Angela trataba de ponerse en pie, pero las rodillas le temblaban y sus piernas no la obedecían. César la recogió antes de que cayera al suelo. Temblaba como un flan. Su rostro estaba cubierto de sudor debido al infernal calor que despedía el río de lava. César la ayudó a ponerse en pie pero ella, aún conmocionada, se desmayó.
Un murmullo se elevó entre los infros del fuego. No sabían lo que era perder el conocimiento porque era algo que a ellos nunca les pasaba y, por lo tanto, pensaban que, como no se movía, la chica estaba muerta.
César vio a Aurelio, que los miraba pasmado.
-No te quedes ahí parado -gruñó-. Trae una cantimplora con agua.
Aurelio obedeció. Los infros del fuego habían traído consigo las mochilas de los cinco humanos para arrojarlas con ellos al Mar Hirviente, y ahora se amontonaban unas encima de otras en un rincón.
César cogió la cantimplora -la última reserva de agua- que le tendía Aurelio y derramó su contenido sobre la cabeza de Angela. Había tenido una idea.
Angela se reanimó y los infros, que creían que estaba muerta, pensaron que había resucitado al contacto con el agua, como la Madre Saranda, diosa del mar, que decía ser.
César hizo una seña a Eva indicándole la mochila de Angela. Por un hueco a un costado sobresalía un paquete alargado. Eva lo cogió y lo desenvolvió. Era el Tridente de Saranda. Se lo tendió a su hermano. César se lo entregó a Angela, susurrándole al oído:
-Recuerda, Saranda: eres una diosa.
Angela asintió y se puso en pie. apoyándose en el Tridente, que los infros del mar habían insistido en que se llevara. César se erguía orgulloso a su lado, y Eva y Aurelio se les unieron.
Los infros del fuego ya habían visto suficientes maravillas aquella mañana. Aclamaron a sus "dioses" y el rey les pidió humildemente perdón. Anabel, que ya había sido desatada, lo hizo levantarse con una sonrisa amistosa.
El problema se había solucionado. Los infros del fuego sabían ser extraordinariamente amables cuando querían, y proveyeron a los cinco humanos de todo lo necesario para su viaje. Además, se comportaron con ellos excepcionalmente bien, y se ofrecieron para guiarles hasta el límite del desierto.
Pasaron un par de días inolvidables en Flas, recobrándose de las emociones sufridas, y continuaron su viaje.
Los infros del fuego disponían de túneles subterráneos que recorrían todo el desierto de Orvis. Sólo ellos sabían orientarse en aquel laberinto de túneles y galerías, como les explicó el guía.
Al atardecer subieron a la superficie. El guía se disculpó por dejarlos tan al oeste pero, según les dijo, no tenían otro túnel que los llevara tan lejos. Tras desearles buena suerte, los infros del fuego se despidieron de ellos y se marcharon.
Los cinco compañeros echaron un vistazo a su alrededor.
Frente a ellos se extendía un bosque.
-Debe de ser el Bosque de Alos -comentó Anabel mirando el mapa-. Pues sí que nos han dejado lejos. Tendremos que bordear el lago Eirin por el sur y...
-Olvídalo -interrumpió Angela-. Tenemos que entrar en el bosque. Los infros del fuego comen muy poco, y no nos han llenado mucho las mochilas. Olvidé advertirles de que nosotros íbamos a necesitar más comida.
-¿Qué quieres decir con eso?
-Que bordear el lago nos llevaría dos días como mínimo, y no tenemos comida para tanto.
-¿Y qué es lo que quieres? -preguntó César-. ¿Pedirles ayuda a los infros de la tierra? ¡La última vez, casi nos matan!
-¡Los infros de la tierra nunca nos harían daño! -saltó Eva-. Respetan la vida ajena tanto como la suya propia, y preferirían cortarse una mano antes que hacerle daño a alguien.
-A mí la sugerencia de Angela me parece la más acertada -intervino Anabel-.Además, si Elíe no está en la Ciudad de los Dioses, tendremos que volver, y pasar por ahí de todas maneras.
Todos estuvieron de acuerdo finalmente. Recogieron las cosas y se adentraron en el bosque.
-Me estoy poniendo nervioso -dijo Aurelio al cabo de un rato-. Tengo la enojosa sensación de que nos vigilan, pero no veo a nadie.
-Es que nos están vigilando -replicó Eva distraída-. Por supuesto que nos están vigilando. ¿O es que creíais que podíamos adentrarnos en los dominios de los infros de la tierra sin que éstos se enterasen?
-No, evidentemente -murmujéó Anabel-. Eva, ¿crees que podrás hacerte pasar por Tilia sin que sospechen nada?
-No hace falta. Ellos sacan sus propias conclusiones. Hace rato que nos observan. Eh, tengo una idea. Sentémonos a descansar.
Dejaron sus mochilas en el suelo y se sentaron bajo la sombra de los árboles. Eva se acercó a un macizo de flores y, mientras canturreaba una canción que había aprendido de los infros de Alzar, empezó a hacerse una corona.
Angela, cómodamente sentada sobre la hierba, descubrió entre la maleza tres pares de ojos verdes que contemplaban a Eva admirados cuando ésta se puso la corona de flores en la cabeza.
Unos minutos más tarde un grupo de infros de la tierra se presentaron ante ellos, temerosos. Angela les explicó que se dirigían a la Ciudad de los Dioses a detener a Elíe y, sin que añadiera nada más, todos los tomaron por divinidades.
-Coged las cosas, que nos vamos -dijo Angela dirigiéndose a sus compañeros.
-¿A dónde? -quiso saber César, desconfiado.
-A Varalda.
Mientras los infros de la tierra los guiaban a través del bosque, Eva les explicó que Varalda era la capital de los infros de la tierra, la ciudad más importante... aunque no pasaba de ser un poblado en el bosque.
Como le pasó a Eva la primera vez, los otros no distinguieron la ciudad hasta que estuvieron en ella.
Varalda parecía haber crecido directamente del suelo, como los árboles. Era. grande, quizá como una ciudad de las pequeñas del mundo de los humanos, pero no se parecía a una ciudad en el sentido de que no estaba en oposición a la palabra "campo". Ni siquiera estaba situada en un claro. Varalda estaba en el bosque, y el bosque estaba en Varalda.
Fueron presentados al jefe de los infros de la tierra. Angela dijo que, en ausencia del presidente del Consejo, la Imparcialidad, ella era, provisionalmente, la Presidenta. Le explicó que Eva había estado con los infros de Almar, y le pidió que los acompañaran al día siguiente al lago Eirin.
Con los infros de la tierra no hubo problemas. De hecho, se ofrecieron a abastecerles de provisiones, alegando que sería un honor para ellos si sus dioses aceptaban probar su comida. Y la hija del jefe sugirió alegremente que podrían celebrar una fiesta en Varalda en su honor.
Los cinco humanos aceptaron encantados. Descansaron durante unas horas hasta que la luna estuvo alta en el cielo y todo estuvo listo para la fiesta que se iba a celebrar en su honor. Cuando salieron de sus cabañas quedaron gratamente sorprendidos.
Un fuego ardía, con todas las precauciones, en el centro de la plaza principal, un grupo de infros tocaba instrumentos muy rudimentarios pero que hacían una música maravillosa. En varias mesas había dispuestas enormes hojas de árbol con comida encima, y había infros bailando aquí y allí una extraña pero divertida danza.
Los compañeros se dejaron llevar por la alegría general, olvidando sus problemas y la presión a la que habían estado sometidos. El jefe se reservaba para él el honor de bailar con Anabel, Eva intentaba enseñar a Aurelio, César aprendía a tocar con la banda y Angela conversaba con la hija del jefe. Como ésta fue prontamente sacada a bailar, Angela se quedó sola. César lo vio y, acercándose, la invitó a bailar. Aunque ella en un principio se negó, César se salió con la suya y pronto estuvieron los dos bailando la danza de los infros de la tierra.
-¡Uf! -resopló Angela cuando se sentaron a descansar-. Eres un desastre, César, me has pisado por lo menos cinco veces.
-Tampoco tantas -se defendió el aludido.
Se quedaron un momento en silencio.
-Sabes -dijo Angela-, no estoy muy segura de querer vencer a Elíe.
-¿Y eso? -preguntó César sorprendido-. ¿Qué quieres decir?
-No tengo muchas ganas de volver a casa -confesó Angela-. Vuelta a la normalidad, a la rutina, al colegio, a lo de siempre.
-¡Pero es tu casa!
-¡Esta es mi casa, César! ¿Es que no lo entiendes? Yo nunca he encajado en ningún sitio excepto aquí. No porque me crean una diosa, sino porque... no sé, aquí soy alguien.
-Para mí también eres alguien -dijo entonces César bajando la voz-. Y lo serás aunque crucemos de nuevo la Puerta y no corramos más aventuras maravillosas. Me gustas mucho, Angela.
Pero Angela lo miró con una sonrisa burlona.
-A ver cuando te metes esto en la cabeza -dijo lentamente-. Yo no voy a cruzar la Puerta.
-¡No seas cría! Te llevaré conmigo aunque sea a rastras.
-Inténtalo.
César estaba furioso. Ya no pensaba hacerle ninguna concesión.
-Creo que me he equivocado contigo, Angela -gruñó-. Olvida lo que dije antes.
-Olvidado. ¿Incluye eso lo de llevarme a rastras?
César no supo qué contestar y Angela, con una carcajada despectiva, se levantó y se fue a su cabaña.
Eva lo vio y se acercó a su hermano, que estaba hirviente de ira.
-¿Qué ha pasado? -quiso saber-. ¿Os habéis peleado?
-No me fío de ella, Eva. Dice que no quiere volver a casa, y no estoy muy seguro de que quiera que nuestra misión tenga éxito. Por si acaso, ten cuidado con ella.
-¡Qué tonterías dices!
-Ten en cuenta que Angela lleva aquí más tiempo que nosotros. Ha hablado con Elíe. ¿Cómo sabemos que no está de acuerdo con ella?
-Bueno, Lera estaba delante cuando nos contó lo que había pasado y no dijo que fuera mentira.
-¡Pero Lera no estaba en Ivis cuando Angela y Elíe se encontraron! Y los demás infros no comprenden su lenguaje, y no saben qué dijeron.
Eva se quedó en silencio un momento, y luego dijo en voz baja:
-Si Angela quisiera hacer fracasar nuestra misión ya lo habría hecho. No dejes que ese estúpido orgullo tuyo te haga ver las cosas diferentes de como en realidad son. A propósito -añadió pensativa-, ¿a ti no te gustaba Angela?
César enrojeció.
-Tú lo has dicho: me gustaba. Pero ya no -gruñó.
-Ah, comprendo. Te ha dado calabazas.
-¡Vete a la porra! ¿Por qué no sigues enseñando a Aurelio y me dejas en paz?
-Es un caso perdido. Pero mira, para despejarte la azotea, ¿qué tal si bailas tú conmigo? ¡Pero no te permito más de tres pisotones!
César accedió no de muy buena gana.
No estuvieron mucho más rato allí. Al cabo de un cuarto de hora dijeron que querían descansar y se retiraron a sus cabañas.
La fiesta siguió sin ellos. Los infros de la tierra bailaron hasta el amanecer, cuando las primeras luces de la aurora tocaron suavemente las copas arbóreas del bosque de Aros.
Varalda no durmió aquella noche.