Título: La Puerta

Capítulo V: "El Templo del Saber"

A la mañana siguiente los cinco compañeros recogieron sus cosas y fueron conducidos a la orilla del lago Eirin.
-¿Qué les pasa a esos dos? -preguntó Anabel en voz baja a Eva al ver que César y Angela no se hablaban esa mañana.
-Se pelearon anoche -respondió Eva en el mismo tono-. ¡Ahora se odian!
-Pues me parece raro -intervino Aurelio-. Después de lo que hizo César por ella en Flas...
-Esta mañana Angela iba a hacer las paces -explicó Eva-, pero cuando se acercaba a él, César le soltó que era una traidora y que estaba aliada con Elíe, o algo así. La llamó serpiente venenosa y Angela se olvidó de sus buenas intenciones y le dijo de todo. No se os ocurra comentarles nada porque si no fuera por nosotros se sacarían los ojos el uno al otro ahora mismo.
-Qué cruz -suspiró Anabel-. No me digáis que tendremos que soportar sus peleas durante el resto del viaje.
Eva se encogió de hombros.
Al cabo de un rato llegaron al lago. Allí había varias balsas esperándolos, construidas por los infros de la tierra. Cuando subieron sobre ellas, un grupo de infros del agua ( los "parientes de agua dulce" de los infros del mar de Kur, según Lera) del lago ordenó a los cisnes que tiraban de las balsas que se pusieran en marcha.
Cruzaron el lago sin incidentes. Las balsas eran ligeras y los cisnes no tenían ningún problema para remolcarlas.
A mediodía alcanzaron la otra orilla del lago. Los cisnes, con una elegante inclinación de cabeza, se despidieron de ellos.
Y los humanos volvieron la mirada hacia el este y vieron a lo lejos las ruinas de la Ciudad de los Dioses.
Cuando los dioses se marcharon -les había explicado Angela-, ninguno se atrevió a poblar su ciudad, y ha quedado desierta y en ruinas desde entonces. Emprendieron la marcha, y un par de horas más tarde entraban en lo que había sido la Ciudad de los Dioses.
El aspecto desolado de aquel paisaje los impresionó. Los edificios que antes se alzaran orgullosos ahora no eran más que ruinas polvorientas. El viento gemía entre los restos lamentándose del abandono de la que antaño fue una bella y poderosa urbe.
-Aquí no hay nadie -dijo César.
-Nadie... nadie... nadie... -repitió el eco.
Eva se sentó sobre la base de una columna caída.
-Bueno, chicos, ¿y ahora qué? -preguntó-. Si esa que se hace llamar Elíe estuviera aquí, esto no estaría tan silencioso.
-Me temo que nos hemos equivocado -añadió César-. Cuando los infros dijeron que había dicho que se iba al norte, no creo que se refiriera a este lugar.
Aurelio había desplegado el mapa de Nevateria.
-Al norte está la ciudad de Nebulur, la Cordillera Arkan y, más al norte aún, las Tierras Arrasadas. Y más allá, cualquiera sabe.
Eva se había acercado y estudiaba el mapa junto a él.
-¿Qué dice debajo de "Cordillera Arkan"? -preguntó-. No se entiende muy bien.
-El mapa lo dibujó Angela -gruñó César-. Pregúntale a ella.
Eva lanzó una mirada de reojo a Angela, que estaba sentada en una escalinata resquebrajada, mirando al infinito sin hacer el menor caso de nadie.
-Déjalo. Hoy está de mal humor -murmuró mientras su hermano lanzaba una risa significativa-. Y tú también, rico -añadió enfadada mirando a César-. Intentemos descifrarlo nosotros -le dijo a Aurelio.
-Vamos a ver -dijo Aurelio-. Ahí dice "Morada de..."
-¿Morada de qué?
-"Morada de los drag..." ah, ya. "Morada de los dragones".
-¿De los qué?
-¡De los dragones! -gritó Angela-. ¿Es que estás sorda?
-No me digas que hay dragones aquí -se burló César.
Angela no respondió, pero esbozó una sonrisa que a César le dio muy mala espina.
En aquel momento un salvaje grito resonó por todos los rincones de la Ciudad de los Dioses. Todos miraron alrededor, desconcertados. César vio que Angela alzaba la vista al cielo y siguió el camino de su mirada. Profirió un grito que hizo que Eva, Aurelio y Anabel miraran al cielo también.
Un gigantesco dragón azul extendía sus alas sobre los restos de la ciudad. Su piel escamosa emitía reflejos metálicos. cuando los rayos del sol se proyectaban sobre ella. Sus ojos relucían como el fuego, su crin espinosa se encrespaba y su larga cola azotaba el aire provocando un silbido aterrador.
-¿Y ahora qué, genio? -se burló Angela-. ¿Hay o no hay dragones aquí?
-Esto no puede ser real -murmuró César cuando el reptil, con otro potente chillido, se posó en el suelo haciendo temblar la tierra y levantando una espesa nube de polvo-. A propósito, ¿es verdad lo que se dice de que estos bichos echan fuego por la boca?
Como si lo hubiera oído, el dragón exhaló una terrible bocanada de fuego que incendió el edificio más cercano. Su cola, como si de un látigo se tratara, golpeó otra casa, derribándola. El dragón inspiró de nuevo.
-¡Corred! -chilló Anabel.
Y todos dieron media vuelta y emprendieron una veloz carrera entre los restos de la Ciudad de los Dioses. Tras ellos, el dragón azul gritó otra vez, y sintieron su ardiente aliento a sus espaldas. La criatura intentó seguirlos a través de las estrechas calles de la ciudad, pero, como era demasiado grande, levantó el vuelo de nuevo y los persiguió desde el aire. La sombra de sus alas lo cubrió todo.
-¡Anda, dios del fuego, a ver qué haces con esto!
César se volvió. Se había ocultado bajo una cornisa, donde el dragón no podía verlo desde el aire.
Cerca de él se hallaba Angela. Había sido ella la que había hablado. No parecía tener miedo.
-Tenía yo razón -murmuró César con un estremecimiento-. Me estabas tomando el pelo. Tú has llamado a ese dragón, no sé cómo...
Angela rió abiertamente.
-Qué idea tan divertida -comentó-. Ya me gustaría a mí poder llamar a los dragones. No, no he sido yo. Pero te daré un consejo: no tengas miedo de ese dragón, no es malvado.
-¿Ah, no?
-Claro que no. Esa pobre criatura tiene más miedo que tú.
-¿Cómo lo sabes?
-Si quisiera matarnos ya lo habría hecho.
César iba a replicar pero en aquel momento una de las garras del dragón golpeó la entrada del edificio donde se refugiaban y la hizo pedazos.
César pudo evitar quedar aplastado por el derrumbamiento, pero, cuando se volvió hacia Angela para decirle un par de cosas, no la vio por ninguna parte. Sólo escombros.
Sintió que algo así como un puñal de hielo se le clavaba por dentro.
-Angela -murmuró-. Angela...
Un resoplido a su espalda lo sobresaltó. Giró en redondo y se encontró con la mirada del dragón.
Se había posado en el suelo, cerca de él. Pero no escupía fuego ni rugía con furia. Por un instante los ojos del dragón y los del muchacho se encontraron... y César no vio odio en la mirada de su oponente.
"Esa pobre criatura tiene más miedo que tú..."
El dragón ladeó la cabeza con cierta tristeza y, gruñendo suavemente, levantó el vuelo. Se mantuvo un momento suspendido sobre la Ciudad de los Dioses y luego, tras lanzar una última llamarada que calcinó algunas construcciones más, se alejó hacia el norte.
César se quedó allí.
Oyó entonces la voz de Anabel:
-¡Eh, chicos! ¡Se ha marchado!
Sus compañeros salieron de entre las ruinas más o menos maltrechos.
-¡De buena nos hemos librado! -comentó Eva alegremente-. Eh, César, ¿dónde está Angela? La vi contigo.
César no contestó. Se quedó mirando frente a sí, y preguntándose cómo diablos había permitido que pasara aquello.

* * *

Angela abrió los ojos lentamente. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba? Se incorporó con cuidado. Detrás, una pesada columna y varios pedruscos habían taponado la entrada. Pero frente a ella se abría una amplia sala embaldosada que le produjo una sensación atemporal, como si aquello fuera una inmensa pecera cerrada, inmóvil, y lo que sucediera fuera no pudiera perturbar ni alterar el interior.
Se adentró, sin saberlo, en el Templo del Saber.
Había tres estatuas a cada lado de la sala, y una más al fondo. Angela se acercó a mirarlas.
La primera estatua de la pared de la derecha representaba a un hombre enérgico de aspecto violento. Su gesto era a la vez duro y burlón y sus cabellos alborotados le daban una apariencia atrevida y descarada. Una inscripción al pie anunciaba: "WOR, IGNIS DEUS".
La siguiente mostraba a una joven que llevaba una sencilla túnica y una corona de flores en el pelo. A sus pies también crecía flores, y su sonrisa alegre, confiada y juguetona transmitía una sensación de vida y calor. Bajo ella la inscripción decía: "TILIA, TERRAE DEA".
La última estatua de la derecha, la que se encontraba a la izquierda del altar, representaba a un hombre de porte sereno y tranquilo, pero siniestro, y sinuosa sonrisa, que no inspiraba confianza. El epígrafe rezaba: "ARCADIUS, MALI DEUS".
Angela se dirigió a la última estatua de la izquierda pasando de largo ante el altar tras el cual estaba la estatua del fondo de la sala.
La tercera estatua de la pared de la izquierda era un anciano de aspecto cansado y bondadoso. A pesar de que las arrugas surcaban su rostro y tenía que apoyarse en un nudoso bastón sonreía dulcemente. Debajo se explicaba que era "AURELIUS, BONI DEUS".
La siguiente estatua mostraba a un joven que, en opinión de Angela, necesitaba un buen corte de pelo. Tenía las palmas abiertas y transmitía una sensación de espiritualidad con aquella sonrisa despistada que mostraba. A sus pies, la inscripción rezaba: "MESIO, AERIS DEUS".
La última estatua representaba a una mujer de largos cabellos y semblante grave y decidido. Portaba un tridente entre las manos y se encaraba al mundo sin ningún temor. Debajo, el epígrafe señalaba: "SARANDA, AQUAE DEA".
-No me parezco en nada a ella -murmuró Angela con tristeza, admirando la serenidad y majestuosidad que se reflejaban en aquella estatua.
Entonces reparó en el gran altar que ocupaba la pared del fondo, entre las estatuas de Aurelius y Arcadius, y se acercó para verlo.
Tras el altar había una gran estatua que representaba a una mujer de rostro impenetrable que extendía los brazos a ambos lados. Debajo se había señalado: "IRSA, IMPARTIALITATIS DEA".
-De modo que ésa es la diosa de la Imparcialidad -musitó Angela-. La Presidenta del Consejo. La ocupante del círculo amarillo...
Se aproximó más. Para verla mejor se apoyó en el altar y se sorprendió al encontrar su superficie totalmente lisa, sin una sola rugosidad. Al mirarla dio un grito de sorpresa: la superficie del altar era de cristal y, bajo ese cristal yacía una mujer incalculablemente vieja.
Angela la observó con detenimiento. Le resultaba extrañamente familiar. Llevaba una túnica blanca con tonos amarillentos. Angela se preguntó cuánto tiempo llevaría aquella anciana en su tumba de piedra y cristal. No mucho, si se conservaba así...
De pronto sintió que se le helaba la sangre: porque el pecho de la mujer subía y bajaba rítmicamente.
-¡Respira! -dijo Angela casi sin aliento.
Se apresuró a retirar el cristal para que no se asfixiara. Sacudió a la anciana con suavidad.
-Despierte -murmuró-. Despierte, por favor.
La mujer se estremeció y abrió lentamente los ojos. Cuando vio a Angela inclinada sobre ella se incorporó de súbito.
-Espere, no tan deprisa -le dijo ella-. A su edad no es bueno.
Le había hablado en su propio idioma pero al ver que la anciana no lo comprendía lo repitió en la lengua de los infros.
Ni aún así. La mujer miró a su alrededor y luego se miró a sí misma. Al ver sus manos tan arrugadas dio un grito de sorpresa. Se observó con detenimiento en el cristal.
Y fue en ese momento cuando Angela reconoció en aquella anciana a la mujer de la estatua que había tras el altar. Sintió que se mareaba. Irsa debía llevar... por lo menos catorce siglos muerta.
Retrocedió un paso pero la mujer alargó la mano, la cogió del brazo y la obligó a acercarse. Entonces colocó sus manos marchitas en las sienes de la muchacha y cerró los ojos.
Inmediatamente Angela sintió que indagaban en su mente y que estudiaban todo lo que contenía. El pensamiento de la anciana buceó entre los suyos como si consultara la pantalla de un ordenador en busca de datos.
Angela no supo cuánto duró aquel proceso de información, pero cuando la anciana la soltó y apartó su mente de la de ella, se sintió mucho mejor.
-Vaya -dijo entonces la mujer en la lengua de Angela-. Ha pasado tanto, tanto tiempo, que apenas puedo creerlo...
-Hace un momento no comprendías mi idioma -observó Angela sorprendida.
-Hace un momento no sabía todo lo que tú sabes -replicó la anciana-. Me llamo Irsa, y soy la diosa de la Imparcialidad.
-Si has aprendido mi lengua en mi mente también habrás leído que no eres ninguna diosa.
-Hum. -Irsa le lanzó una mirada crítica-. Pero podría serlo.
Abandonó su ataúd de piedra y cristal y bajó al suelo con sumo cuidado.
-No tenía la intención de dormir tanto tiempo -explicó-. Pero creo que se olvidaron de mí allá fuera.
Angela no fue capaz de responderle. Podía sentir la tremenda energía que manaba del cuerpo (¿de la mente?) de aquella mujer. Supo entonces que no eran imaginaciones suyas. Que aquella misma energía había mantenido su cuerpo con vida, en una especie de letargo, durante tanto tiempo.
-De modo que has visto en mi mente todo lo que ha pasado -pudo decir por fin.
-Sí, eso me temo. Y algunas cosas no han sido demasiado agradables. No me gusta eso que decís ahora de que no somos dioses. Podría enseñarte cosas que ni el más poderoso entre los mortales sabría hacer.
Entonces se dio cuenta de que Angela la observaba fijamente. Carraspeó.
-Bueno, he de reconocer que tu teoría tiene más sentido que la mía -masculló-. A mí nunca se me habría ocurrido eso de viajar de mundo en mundo. En serio que siempre creí que Nova Terra fue creada por el Consejo.
-Tú podrías ayudarnos a derrotar a Elíe -dijo de pronto Angela-. Así ambas dimensiones se salvarían.
-No, niña, yo no puedo. Yo represento la imparcialidad. No puedo meterme en asuntos de ese tipo. Soy juez, nada más. Aurelius veía el Bien en toda criatura viviente. Arcadius. el Mal en todo lo creado. Yo me mantengo en medio. Hay cosas buenas, y cosas malas, y a mí me corresponde decir en qué parte está cada una.
-Pero si eso no es así -protestó Angela-. Nada es completamente bueno ni completamente malo. Todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Las cosas pueden ser buenas o malas dependiendo de para qué se usen.
-Qué sabrás tú de la vida, niña -rezongó Irsa-. Qué sabrás tú de la magia.
-Nada -reconoció Angela-. Por eso necesitamos que nos ayudes.
-De sabios es rectificar -masculló Irsa-, así que, atendiendo a tu teoría, voy a contarte la verdadera verdad de todo este asunto de la magia: no es hereditaria. Esos dos amigos tuyos tendrán más facilidad para despertar la magia que hay dentro de sí por ser descendientes de Aurelius, pero eso no quiere decir que sean más poderosos que el resto de la gente... o que tú, incluso -añadió señalándola con su largo dedo huesudo-. La energía de la mente, la magia, sabes... -continuó en voz baja-, se concentra en un sólo punto. Si te olvidas de todo menos de ese punto y consigues que ocupe todos los rincones de tu mente puedes hacer lo que te dé la gana con él.
-Incluso... ¿vencer a Elíe?
-¡Por supuesto, niña! Todos pueden vencer a Elíe. Es difícil, y necesitarás ayuda, pero es posible. La mente no tiene fronteras.
-Entonces -aventuró Angela-, si todos poseen el poder de la mente, significa que los del Consejo no erais más que el resto de la gente...
-Ahora te voy a enseñar una cosa, Angela -susurró Irsa acercándose a ella. La tomó de la mano y le dijo:
-Cierra los ojos.
Angela obedeció.
Entonces Irsa concentró su energía en la mente de Angela. Ella oyó la voz de la anciana en todos los rincones de su cabeza: "Estás volando, Angela. Olvídate de esa estúpida ley de la gravitación. Puedes vencerla. Olvídate de tu cuerpo. Tu mente es más poderosa".
Ayudada por Irsa, Angela se vio a sí misma elevándose lentamente del suelo. Se concentró en esa imagen y no vio ni oyó ni sintió nada más.
-Abre los ojos ahora.
La voz de Irsa le llegó como muy lejana. Angela volvió a la realidad y abrió los ojos.
Levitaba a un par de metros del suelo. Irsa, suspendida en el aire cerca de ella, sonreía.
-¿Comprendes ahora por qué éramos dioses? -le preguntó suavemente.
Angela, privada del apoyo mental de Irsa, se desconcentró y cayó al suelo pesadamente. La anciana aterrizó sin ruido a su lado.
-Nuestra fuerza no se basaba en ser más poderosos que los demás -le dijo-, sino en saber utilizar lo que teníamos.
Angela se levantó con un gemido y se frotó las costillas.
-Tienes mucho que aprender, niña -sonrió Irsa, pero lo aprenderás.
-Es un aprendizaje muy doloroso -se quejó la chica.
-¿Qué aprendizaje no lo es?
Irsa caminaba distraída entre los despojos de su templo. Se detuvo frente a la estatua de Arcadius y frunció el ceño.
-Hagamos un trato -dijo-. Yo os conduciré a Elíe, os daré un par de consejos y el resto lo hacéis vosotros, ¿de acuerdo?
-Está bien -suspiró Angela.
-Pero para ello tendremos que marcharnos ya.
-Estoy de acuerdo. ¿Pero cómo vamos a salir de aquí? Estamos atrapadas.
-Mujer de poca fe... no hay piedra que la magia no pueda mover. Esto va a ser un juego de niños.

* * *

La noche había caído sobre las ruinas de la Ciudad de los Dioses. Refugiados bajo un arco medio derruido, Aurelio, Eva, César y Anabel habían encendido una hoguera. No tenían ganas de hablar.
Pero Anabel rompió el silencio.
-Es culpa mía. Tenía que haber sido más prudente, ¿cómo pude meteros en esto?
-La culpa no es tuya -la consoló Aurelio-, sino de ese maldito dragón...
-Ese dragón no quería hacernos daño -dijo César inesperadamente-. Tenía miedo.
-¿Miedo de qué? -se burló Eva-. ¿De nosotros?
-No lo sé -reconoció César-. Pero Angela dijo que ese dragón no era malvado. Y yo estoy de acuerdo con ella.
-Me alegro de que por una vez estemos de acuerdo en algo, querido amigo -dijo una voz.
De entre las sombras surgió Angela. En su brazo se apoyaba Irsa. Todos lanzaron una exclamación de sorpresa.
-Os presento a Irsa, Presidenta del Consejo de los Siete Magos.
César se repuso enseguida. Disimuló su alegría con un comentario sarcástico:
-No intentarás hacernos creer que sigue viva después de tanto tiempo, ¿eh?
-Puedes creer lo que te parezca. El Ejército de las Sombras se pondrá en marcha pronto. Ella nos guiará hasta Elíe, tenemos que detenerla.
-A propósito -dijo Aurelio-. aún no sabemos qué es ese Ejército de las Sombras.
-Me cuesta creer que no lo hayáis adivinado todavía -suspiró Irsa. Los otros miraron a Angela, interrogantes. Ella sólo pronunció una palabra:
-Dragones.