Capítulo
VI: "El Ejército de las Sombras"
Pasaron la noche en la
Ciudad de los Dioses y partieron al amanecer.
Irsa les contó su historia: cuando Aurelius y Arcadius lucharon
ella fue la moderadora. Al ser derrotado Arcadius, su hija Elíe
juró que regresaría para vengarle, y entonces fue
cuando Irsa decidió quedarse en Nevateria para proteger a
los infros en el caso de que eso llegara a suceder. Se adentró
en la Ciudad de los Dioses y se sumió en un sueño
profundo tras haber avisado a los Grandes Sacerdotes de que no permitieran
a nadie la entrada en la ciudad, y de que la despertaran cuando
algún peligro amenazara su mundo. Los demás miembros
del Consejo cruzaron la Puerta y la dejaron allí. Sólo
los Grandes Sacerdotes sabían que Irsa permanecía
en letargo en su propio templo y, por ello, a lo largo de los siglos,
como no sucedía nada, la fueron olvidando... hasta que ya
nadie recordó que Irsa aún esperaba que la despertaran.
Ahora se dirigían al norte, a Nebulur.
-Nebulur -les explicó mientras caminaba apoyada en un bastón-,
fue llamada por el Consejo "Nebulae Urbs", la Ciudad de
las Nubes en la lengua antigua. Es la principal ciudad de los infros
del aire. Allí seremos bien recibidos.
-¿Hemos de explicarles que no somos dioses? -preguntó
Anabel.
-Lo haremos, cuando llegue el momento. No ahora.
César caminaba dándoles patadas a las piedras. No
se fiaba de Irsa. En su opinión, no tenían por qué
seguir a una vieja arrugada que les iba a dejar en medio del campo
de batalla para que se las arreglaran solos sin ayudarles en nada...
-Te advierto que puedo leer tu pensamiento, jovencito -dijo Irsa
mirándole divertida.
César enrojeció y Angela le lanzó una dura
mirada de reproche.
-A saber en qué estarías pensando.
-Ten por seguro que no era en ti -gruñó César.
-El agua y el fuego son opuestos -murmuró Irsa-. Saranda
y Wor también lo eran. ¿Y sabéis lo que pasó?
-¿Qué? -preguntó Eva, interesada.
-Lo descubrirás con el tiempo.
-Háblanos del Ejército de las Sombras -pidió
Anabel, deseosa de cambiar el tema de la conversación.
-Humn. El Ejército de las Sombras. Bien, escuchad, hay un
dicho en Nevateria: "Si no te metes con un dragón, él
no se meterá contigo". Muy acertado. Los dragones viven
en su cordillera sin molestar a nadie. Claro que cuando alguien
consigue dominarlos, resultan un terrible oponente.
-¿Dominarlos cómo? -preguntó Angela.
-Bueno, cuando nosotros vimos que Arcadius había conseguido
convencer a todos los dragones de que se lanzaran con él
a la conquista del mundo casi no lo pudimos creer. Yo catalogué
enseguida a los dragones en la parte del Mal, pero Aurelius, que
siempre le veía la parte buena a todo, descubrió que
Arcadius había encontrado un medio para hacer que los dragones
le obedecieran incondicionalmente.
»Veréis, puedes hipnotizar a un dragón, puedes
hipnotizar a dos, e incluso a tres, pero más no porque se
te descontrolan. Por eso no consideramos a los dragones una amenaza.
Arcadius no podía hipnotizarlos a todos porque se volverían
contra él, y él lo sabía.
»Pero había uno, un solo dragón con el que podría
gobernarlos a todos.
»Su nombre era Algor.
-¿Algor? -repitió Eva-. No lo entiendo.
-Algor es el más fiero y terrible de los dragones. Un gigantesco
dragón blanco que forjó un mito entre los de su especie.
Con Algor no se metía nadie porque le podía costar
muy caro.
»Todos temían al Gran Dragón. Era demasiado
fuerte e inteligente como para ser vencido por nadie, y además
tenía de su parte a un escuadrón de incondicionales
que le hubieran seguido hasta la muerte.
»Lo único que tuvo que hacer Arcadius fue apoderarse
de su mente. La palabra del Gran Dragón era la ley, y si
él decía, aunque fuera por Arcadius, que había
que conquistar el mundo, todos se lanzarían tras él
a conquistar el mundo. Y el que no lo hiciera, probaría las
garras y los dientes de Algor... y el tormento podía ser
horrible.
»Así que en aquella época Arcadius, montado
sobre Algor, pudo mandar a los dragones todo lo que quiso. Formaron
un terrible conjunto que quemó, destruyó asesinó
y sembró el caos allá por donde pasó. A la
zona que cubrieron los dragones en su sanguinaria expedición
se la llamó la Tierras Arrasadas.
Entonces Aurelius les salió al paso, y se enfrentó
a su hermano. El objetivo era la mente de Algor, el Gran Dragón.
Aurelius venció y Algor, liberado y trastornado por lo que
había hecho, cruzó el Límite y no se lo volvió
a ver
-¿Qué hay más allá del Límite?
-preguntó César.
-Yo no te aconsejaría ir de excursión allí,
jovencito. El Límite lo marca un abismo tan enorme que sólo
los dragones y los infros del aire pueden atravesarlo. Y detrás,
el clima es tan frío que nadie puede sobrevivir. Es el país
de los hielos perpetuos.
El caso es que por lo visto Elíe se ha atrevido a atravesarlo
para ir en busca de Algor y someterlo. Y la prueba es que ese dragón
azul os atacó.
-Un momento -dijo César-. A mí no me cuadran las cuentas.
¿Cómo puede ser que ese dragón siga vivo después
de tanto tiempo?
-Los dragones, muchacho, son las criaturas más longevas de
ambas dimensiones. Su media de vida está entre los dos mil
y tres mil años. Sí -añadió mientras
César soltaba por lo bajo un silbido de admiración-.
Es mucho tiempo. Aunque yo dudaba que estuviera vivo, no por los
años, sino por el clima gélido del norte que habrá
tenido que soportar.
-Entonces lo que tenemos que hacer es liberar la mente de Algor
del influjo de Elíe -resumió Angela.
-Exactamente. Sé que será difícil, pero lo
conseguiréis... si tenéis fe.
Un par de días más tarde llegaron al pie de la Cordillera
Arkan. Una comitiva de infros del aire salió a recibirlos.
Entre ellos estaba el alcalde de Nebulur, que les explicó
que estaban atravesando una situación crítica y les
solicitó ayuda.
Irsa frunció el ceño.
-¿A qué esperas, Elíe? -murmuró-. ¿Cuándo
empezarás a atacar de verdad y dejarás estas absurdas
expediciones?
-¿Qué pasa? -quiso saber Anabel.
-Dos dragones rojos están atacando Nebulur -explicó
Angela-. Irsa tenía razón: Elíe ha sometido
a los dragones.
-Si son sólo dos, la cosa tiene fácil arreglo -masculló
la anciana y, arremangándose la túnica, se concentró
un momento y echó a volar tras los infros del aire.
En el último momento recordó que se había dejado
algo abajo, y pidió a los infros que llevaran a sus amigos.
-Podría elevaros yo misma -se disculpó-, pero necesito
concentrar toda mi energía en hipnotizar a esos dragones.
Pronto llegaron a Nebulur.
Anabel y los cuatro chicos se quedaron sin respiración.
Nebulur se ubicaba en el pico más alto de la Cordillera Arkan.
Sus mármoles brillaban a la luz del sol con tonos irisados,
y sus cúpulas y pináculos más altos rozaban
las nubes. La ciudad, inmaculadamente blanca, se destacaba entre
la fría roca gris como un inmenso glaciar. Todos los elementos
arquitectónicos de Nebulur combinaban luz, mármol
y cristal con maravillosa armonía.
-Esto ha cambiado mucho desde la última vez que estuve aquí
-suspiró Irsa-. Los infros han hecho un buen trabajo. Si
Mesio pudiera verlo...
Entonces una llamarada se elevó entre los edificios de la
ciudad y todos distinguieron dos formas que describían círculos
en el aire sobre ella. Según fueron acercándose, vieron
cada vez con más claridad que se trataba de dragones.
Los infros del aire los depositaron con cuidado en una de las plazas
de la ciudad. Irsa se elevó hasta posarse en el tejado de
una de las casas más altas. Entonces alzó los brazos
y gritó:
-¡Dragones rojos! ¡Criaturas del aire y el fuego! ¡Yo
os invoco!
Los dragones en principio no repararon en ella pero, cuando lo hicieron,
la observaron con curiosidad, como un elefante observa a un mosquito
posado en su trompa, preguntándose si merece la pena espantarlo
o no.
-¡La van a aplastar! -gritó Angela cuando uno de los
dragones aterrizó en la plaza y estiró su largo cuello
hasta que su cabeza quedó a la misma altura que la de Irsa.
Sintió entonces que alguien colocaba una mano sobre su hombro.
-Confía en ella.
Era César.
Irsa y el dragón se observaban fijamente. Entonces la hechicera
empezó a balancearse rítmicamente a un lado y a otro
y, para asombro de todos, el dragón siguió el movimiento
con la cabeza. Sus ojos tenían la mirada perdida en el vacío.
Irsa chasqueó los dedos y el dragón cerró los
ojos y se desplomó en el suelo.
El otro dragón, al ver a su compañero fuera de combate,
lanzó un rugido que hizo temblar a Nebulur hasta los cimientos,
y se acercó a Irsa. Sus ojos echaban chispas.
La anciana evitó un latigazo de su cola elevándose
en el aire y desapareció súbitamente. En su lugar
apareció un enorme dragón blanco cuyo terrible aspecto
los hizo estremecerse a todos.
El dragón blanco rugió. El dragón rojo se encogió
acobardado. Y entonces, el dragón blanco comenzó a
mover la cabeza a un lado y a otro. Sus ojos tenían un brillo
hipnótico que su oponente no supo resistir. Poco después
también él se hallaba inconsciente junto a su compañero.
Llegados a este punto, el gran dragón blanco se esfumó
en el aire, y todos vieron de nuevo a una sonriente Irsa.
La maga descendió hasta donde se encontraban sus compañeros.
-Bonita función ¿eh? -jadeó-. No tuve más
remedio que hacerme pasar por el Gran Dragón para que me
mirara a los ojos. Estaba demasiado furioso como para atender a
razones.
Los otros la miraron incrédulos.
-¿Eso lo has hecho tú? -preguntó César-.
Quiero decir... ¿tú eras el dragón blanco?
-Oh, no. No lo has entendido. El dragón blanco no era real,
era una ilusión creada por mi mente. No me convertí
en dragón, no puedo hacer eso.
Irsa calló. Se apoyó temblorosa en su bastón.
-Estoy muy débil -dijo por fin-. Ya soy vieja. Hasta los
magos envejecemos, ¿sabéis? Pero ahora no hay tiempo
para descansar. Hablaré con esos dos dragones. Ellos nos
llevarán junto a Elíe y los demás.
Irsa se desprendió del brazo de Angela y se aproximó
tambaleante hasta los durmientes reptiles. Entonces le dio a uno
un golpe en las narices con su bastón.
-¡Despierta, atontado! No tenemos todo el día.
El dragón sacudió la cabeza, desconcertado. Después
fijó su vista en Irsa con evidente irritación.
-Me llamo Irsa -se presentó la anciana-. Tú eres joven,
pero seguro que has oído hablar de mí.
El dragón había oído hablar de ella, efectivamente;
además podía sentir la fuerza que emanaba de aquel
ser que le había derrotado a él y a su compañero.
-Mis amigos y yo hemos venido para luchar contra Elíe y derrotarla
-declaró Irsa-. Así que me gustaría que nos
guiaras hasta ella.
-¡Señora! -exclamó el dragón. Su voz
retumbó como un trueno-. Nada me com¬placería
más, pero no sabes lo que me pides. El Gran Dragón
está con ella, ¡nos matará a todos si no obedecemos
sus órdenes!
-No matará a nadie -aseguró Irsa-. Yo me encargaré
de ello. ¡Guíanos hasta Elíe, Rhenn, y serás
recompensado!
-¿Cómo sabes mi nombre? -preguntó el dragón
asombrado.
-Lo he leído en tu mente -replicó Irsa como si fuera
lógico-. Creí que eras más listo.
Irsa apareció de pronto montada sobre la cabeza de Rhenn,
el dragón rojo.
-Perfecto -comentó satisfecha-. Ahora, despierta a tu amigo
y pongamos rumbo al norte.
-¡Por favor, señora, bájate! -protestó
Rhenn-. Os respeto enormemente, pero la Señora de las Tinieblas
me cortará el cuello si desobedezco sus órdenes.
-¡Sus órdenes! -exclamó Irsa, que comenzaba
a perder la paciencia-. ¿Y cuáles eran sus órdenes?
¿Destruir Nebulur?
El dragón bajó la cabeza avergonzado.
-No -confesó-. Sólo asustar a los infros un poquito.
-Bueno, pues ya lo has conseguido. Ahora vamos al norte. ¿O
es que quieres que Elíe se haga dueña y señora
del mundo entero? Escúchame bien, podría hacer que
me acompañaras. Sólo con un movimiento de mi dedo
harías todo lo que yo te ordenara. Pero quiero que vengas
conmigo por propia voluntad. No dejes que nadie te controle nunca,
Rhenn. Si no quieres ser una máquina de matar, no permitas
que te conviertan en una.
Rhenn bajó la cabeza y accedió a ayudarla con un suave
gruñido. Cuando Varkin, el otro dragón, despertó
fue prontamente puesto al día de las novedades y, antes de
que se dieran cuenta, los seis humanos estaban volando sobre el
lomo de un dragón rumbo a las Tierras Arrasadas.
Angela y César cabalgaban junto con Irsa sobre Rhenn.
-¡Esto es fantástico, chicos! -les gritó Eva
desde el otro dragón.
-Ten cuidado o te caerás -le advirtió Irsa muy seria.
Poco después divisaron en tierra, entre las montañas,
un enorme cuerpo azul.
-¡Roth! -dijo Varkin,
Él y Rhenn cruzaron una mirada de tristeza y temor.
-Es el dragón azul que nos atacó en la Ciudad de los
Dioses -musitó Angela-. Está... muerto...
El dragón presentaba diversos desgarrones en su piel escamosa.
Tenía el cuello roto.
-Obra del Gran Dragón -explicó Rhenn-. Éste
había recibido una orden que no cumplió...
-La de matarnos a nosotros -murmuró César-. Fue un
rebelde.
-¡Como nosotros! -gimió Varkin.
Irsa no dijo nada. Pero sus ojos reflejaban una tristeza profunda
cuando los desvió del cadáver del que había
sido un magnífico dragón azul.
Poco después, tras cruzar la cordillera, llegaron a las Tierras
Arrasadas. Al cabo de un rato divisaron en mitad del páramo,
entre la neblina, un gran número de dragones que descansaban.
Rhenn volvió la cabeza para mirar a Irsa suplicante.
-¡No te da vergüenza! -exclamó ésta-. ¡Tan
grandote y tan miedica! Baja, no te harán daño. Acabo
de hablar con Elíe telepáticamente... aunque no sé
si fiarme de ella -añadió para sí.
Rhenn y Varkin se posaron suavemente en medio de un círculo
formado por dragones curiosos. A la cabeza de todos ellos había
un enorme dragón blanco que presentaba numerosas cicatrices
en su piel y cuyo aspecto fiero intimidaba e imponía respeto.
Los seis humanos descendieron del lomo de los dragones rojos. Una
mujer alta vestida con una túnica oscura les salió
al encuentro. Todos pudieron percibir el aura de poder y ambición
que la rodeaba. Angela se estremeció.
-¿Crees que podrás vencerla? -le preguntó en
voz baja a Irsa.
-No -fue la tajante respuesta-. Yo ya he cumplido con mi parte del
trato, os he traído frente a Elíe. El resto es cosa
vuestra.
-¡Sabía yo! -soltó César.
-¡Qué! -exclamó Anabel-. ¡Escucha, no
puedes dejarnos así! ¡Estamos en medio de un montón
de dragones que al menor gesto de esa mujer nos harían pedazos!
-Tampoco hay que exagerar -protestó Rhenn, molesto-. Como
no nos libréis de Elíe, van a rodar cabezas... ¡concretamente
las nuestras!
-Estamos condenados -se lamentó Varkin.
-Está bien, yo me enfrentaré a ella -suspiró
Anabel-. No puedo permitir que los chicos corran riesgos. ¿Qué
hay que hacer?
-Eso depende de ti -respondió Irsa.
Anabel dio unos pasos, indecisa. Rhenn la empujó suavemente
con la cabeza hasta que estuvo frente a Elíe.
-Recuerda las reglas, Señora de las Tinieblas -dijo Irsa-.
Si aceptas su desafío, tus dragones no podrán ayudarte.
-No los necesitaré. Lo acepto, Irsa.
Se acercó más a Anabel y la observó con detenimiento.
-Pasemos a la acción -murmuró alzando los brazos-.
¿Preparada, descendiente de Aurelius?
Cerró los ojos y se concentró. Anabel no supo qué
hacer. Las manos de Elíe comenzaron a brillar. Anabel retrocedió
unos pasos.
Elíe abrió los ojos y extendió una mano hacia
Anabel. La energía allí acumulada se desprendió
en forma de rayo de luz. Anabel colocó los brazos de escudo
pero la fuerza del impacto la derribó hacia atrás.
-¡Concéntrate, Anabel! -gritó Angela-. ¡Usa
el poder de la mente!
Pero Anabel veía las sombras de los dragones que contemplaban
la batalla silenciosos a su alrededor. Sentía la mirada de
fuego del Gran Dragón y era incapaz de concentrarse.
Un nuevo ataque de Elíe la hizo caer otra vez. Trató
de levantarse, pero no pudo en esta ocasión. Elíe
se acercó más con una sonrisa en los labios. Entonces
Irsa se colocó entre ella y Anabel.
-¡Diablos! -exclamó Elíe, disgustada-. Y tú,
¿no eras imparcial? ¿Ahora te pones de su parte?
-Se acabó la imparcialidad, jovencita -masculló Irsa.
Elíe se llevó las manos a la cabeza y retrocedió
con un chillido desgarrador.
-Eso es telepatía -explicó Rhenn a los atónitos
humanos-. Le ha lanzado un impulso telepático que hubiera
hecho trizas la mente de cualquier no iniciado. Elíe se repuso
y miró con odio a la vieja maga.
-Ahora empieza la batalla de verdad, Irsa -dijo.
Y entonces empezó la batalla de verdad.
Los dragones y los humanos asistieron a una terrible lucha entre
las dos. Un aura de luz las rodeaba, y sus mentes concentraban toda
su energía, que no era poca, en su oponente.
La batalla se prolongó durante mucho rato. Sin embargo, Irsa
ya era muy anciana y no pudo aguantar mucho más. Cuando intentó
detener un ataque de Elíe, su resistencia cedió y
el embate la lanzó hacia atrás.
-¡Irsa! -gritó Angela.
Corrió hacia ella y se arrodilló a su lado.
-Yo ya soy vieja, pequeña -murmuró la hechicera-.
Si quieres salvar ambas dimensiones tendrás que ocupar mi
lugar.
-Pero yo...
-Recuerda lo que te he enseñado, y cree en ti misma.
Una sombra le tapó la luz. Cuando Angela alzó la cabeza
vio ante sí la alta figura de Elíe.
-¿Quieres ser tú la siguiente, niña?