Título: La Puerta

Capítulo III: "Investigando"

El descubrimiento de los hermanos Mateos dio una nueva perspectiva a las investigaciones policiales. De la noche a la mañana el colegio de Eva se convirtió en un hervidero de policías que estudiaban el lugar donde Angela había estado la tarde de su desaparición y que interrogaban a todo el que encontraban interrogable.
Como aquello distraía considerablemente a las alumnas, la directiva llegó a un acuerdo con los policías que consistía en que el sótano permanecería cerrado para todo el mundo en horas de clase y que ellos podrían reanudar sus investigaciones allí cuando éstas finalizaran y todas las chicas se hubieran marchado.
La misma idea que Eva había tenido fue concebida también por la policía y por eso continuaron la búsqueda con mayor urgencia: si la mujer de la limpieza, la también desaparecida Leticia Gómez Caballero, hubiera querido silenciar a Angela, no se habría contentado con secuestrarla. De todas formas, aún tenían la esperanza de encontrarla con vida.
También se confirmó que la presunta raptora había dejado de asistir al trabajo el mismo día en que Angela desapareció. A pesar de que la buscaron, tampoco hallaron rastro de ella. Sus familiares no sabían dónde estaba. Sólo que había dicho que se iba de viaje.
Por ellos se supo que aquella mujer era una solitaria y debido a su carácter cerrado y extraño, no tenía apenas amigos.
En cuanto a Eva, ya no creía que su teoría fuera la correcta porque la policía también había llegado a aquella conclusión, así que se centró en el detalle que ellos habían pasado por alto: los círculos de tiza.
César decía que estaba obsesionada con el tema, y no le faltaba razón: su hermana dibujaba siete círculos que formaban un círculo por todas partes: Había dibujos suyos en sus libros, sus libretas, sus apuntes, sus esquemas, incluso había dibujado uno en la esquina del folio de un examen. A menudo escribía dentro de cada círculo el color con el que estaba dibujado en el sótano, y ya sabía el orden de memoria. Había buscado por todas partes y en todo tipo de enciclopedias un círculo como aquél, pero no había tenido éxito.
César se había desentendido completamente del asunto. A diferencia de su hermana, él sí confiaba plenamente en la policía, y se decía que él ya había hecho bastante y que el resto era cosa de ellos.
Una tarde, Eva volvió a casa enfadada. Había intentado entrar en el sótano para echar un vistazo después de las clases, pero el jefe de policía, un hombre irritante, se lo había impedido.
Entró en la casa dando un portazo y se dirigió a la sala de estar.
Allí se encontraba César estudiando con Aurelio, un amigo suyo estudiante de primer curso de Psicología, un año mayor que él. Aurelio solía explicarle a César las cosas que no entendía, puesto que éste también pensaba hacer Psicología y, por tanto, estudiaba aquel año las mismas asignaturas que había cursado Aurelio el año anterior.
-Hola, chicos -saludó Eva de mal humor.
-Hola, Eva -dijo Aurelio.
Era un chico alto y delgado, con gafas, algo torpe, de muy buen corazón y mucho más inteligente de lo que parecía.
-¿Qué ha pasado hoy? -preguntó César al ver la cara de su hermana.
-Ese policía gordo y seboso no me ha dejado entrar en el sótano.
-Ya debe de estar harto de ti, siempre estás dándole la lata.
-Pero la próxima vez me saldré con la mía.
Eva cogió un libro suyo que había sobre la mesa y dio media vuelta para marcharse a su habitación. De entre las páginas del libro cayó un papel que fue a aterrizar a los pies de Aurelio, que lo recogió. Se ajustó las gafas, le echó un vistazo y dijo:
-Esto lo he visto yo en alguna parte.
-¿El qué? -preguntó César acercándose para mirarlo por encima de su hombro.
Eva se aproximó también.
-¡El círculo! -dijo César.
Aquel papel estaba repleto de fórmulas y reacciones químicas. Pero en una esquina estaba dibujado el círculo de siete círculos pintado a tiza en el suelo del sótano del colegio de Eva.
-¿Dónde dices que lo has visto? -preguntó Eva.
-No lo sé. Me parece que en un libro, pero no recuerdo en cuál.
Eva cogió un boli y escribió en el interior de cada círculo su color correspondiente. Se lo plantó en las narices a Aurelio.
-¿Eran siete círculos de estos colores puestos en este orden?
-Sí, el orden era éste; lo recuerdo.
-¿Y el libro?
-No me acuerdo. No tengo ni idea...
-No te esfuerces, Eva -intervino César-. Si no lo recuerda, es inútil insistir. Aurelio tiene una memoria portentosa para los detalles pequeños, pero si no se ha fijado en el título del libro es incapaz de acordarse.
Eva hizo un gesto de desconsuelo.
-Mira que eres burro -protestó-. ¿Cómo puedes acordarte tanto del orden de los colores y no del título del libro?
Aurelio se había quedado pasmado. Se volvió hacia César, esperando una explicación.
-Hay un círculo así pintado a tiza en el sótano del colegio de Eva -explicó éste-. El sitio donde encontramos la cartera de Angela, la chica desaparecida. Aurelio palideció.
-Entonces Angela puede estar mezclada en un asunto muy serio -murmuró.
-¡Claro que está mezclada en un asunto muy serio! -exclamó Eva-. La han secuestrado.
-No me refiero a ese tipo de peligro. Quien dibujó esos círculos sabía de magia.
-¡Magia! -se burló César-. ¿Quién cree en ella?
-La magia no es lo que vosotros creéis. No se trata de un poder sobrenatural. Se trata del poder de la mente.
-Amigo mío, estás rematadamente loco.
-Yo no sé mucho de estas cosas -se defendió Aurelio-, pero sé que ese círculo es importante. Se dibujaba primero con colores y después con polvo dorado o algo parecido...
César y Eva se miraron, y ésta no pudo evitar que un estremecimiento le recorriera el cuerpo. Aurelio había dado en el clavo.
-¿Magia, habías dicho? -preguntó César.
Aurelio supo que ahora estaban dispuestos a escucharle, y dijo:
-Hace mucho tiempo, la gente rendía culto a las fuerzas de la naturaleza y a seres superiores porque no comprendía la realidad que los rodeaba. Algunos decidieron estudiarse a sí mismos para encontrar las respuestas en lugar de estudiar lo exterior. Así descubrieron el poder de la mente, aprendieron a dominarlo y la gente los llamó magos, brujos o hechiceros, considerando que su poder les era dado por el demonio. Pero lo llamado "magia" no era ni más ni menos que un increíble desarrollo de la mente humana que se perdió con el tiempo.
-¿Qué clase de poder es ése? -quiso saber Eva.
-No lo sé exactamente. Además, esto no es más que una teoría, aunque está demostrado que el hombre sólo utiliza el 10% de su capacidad mental. La pregunta es: ¿qué habría pasado si alguna vez algunas personas hubieran llegado a mucho más, algo así como un 50%? Aquellas personas buscaron hacia dentro, bucearon en su mente y descubrieron el verdadero alcance del conocimiento humano.
César preguntó de pronto:
-¿Y de quién es esa teoría de que la magia es el poder de la mente? Aurelio enrojeció hasta la raíz de los cabellos.
-De mi tía Anabel -confesó.
-¡Vaya! -exclamó Eva desilusionada mientras César estallaba en carcajadas-. ¿Y qué es tu tía? ¿Psicóloga o científica?
-Bueno, ni una cosa ni la otra. Es una mujer algo rarilla que vive en una casa muy grande a las afueras de la ciudad. Está interesada en parapsicología y ciencias ocultas.
-¿Y tú crees esa teoría?
-Creo que la mente humana podría hacer cosas increíbles si la potenciáramos más. Creo que no tenemos idea de lo que es el cerebro humano. Pero no estoy seguro de nada más.
César ya había dejado de reír. Se secó las lágrimas y trató de ponerse serio.
-Bueno, escucha -pudo decir-. ¿Qué tiene que ver ese círculo con lo que nos has contado?
-No lo sé. Sólo sé que lo leí en un libro sobre el tema, de eso estoy seguro.
-¿Podrías buscarlo?
-Puedo intentarlo. A lo mejor lo tengo en mi casa.
Pero unos días más tarde César recibió una llamada de Aurelio y éste le dijo que no había encontrado aquel libro por ninguna parte.
-¿No sabes dónde puedes haberlo visto? -insistió César.
-Tal vez en la biblioteca...
-¡Estupendo! Si vas allí, búscalo, ¿vale?
-¿Si voy adónde?
-¿A dónde va a ser? ¡A la biblioteca!
-¿Pero a cuál de ellas?
Le explicó a César que hacía poco había tenido que hacer un trabajo de clase y para ello había visitado prácticamente todas las bibliotecas de la ciudad. Y, de paso, había estado mirando en varias las estanterías de libros de parapsicología. Podía estar en cualquiera de ellas.
-Está bien -respondió César tratando de no perder la paciencia-. Haz una lista de las bibliotecas que visitaste, y apunta en un papel la mitad para mí. Yo iré a esas y tú a las restantes, ¿vale? Así acabaremos antes.
César colgó el teléfono ligeramente irritado. Eva, detrás de él, ironizó:
-¿No era tan inteligente tu amigo?
-Lo es -afirmó César-, para las cosas más difíciles. Pero es un desastre para la vida cotidiana.
César y Eva recorrieron toda la ciudad pasando por las bibliotecas de su lista. Les llevó mucho tiempo y mucho trabajo, y encima no encontraron nada positivo. En ninguno de los libros de parapsicología que consultaron aparecía en alguna parte un círculo como el que había en el sótano.
-Según Aurelio -comentó César-, el círculo no tenía ningún poder mágico. Era sólo representativo, simbolizaba algo, pero no sabe exactamente qué.
-¿Tú crees que lo encontraremos?
-No lo sé. Estoy cansado de patear bibliotecas sin tener ninguna referencia.
-Algo me dice que Aurelio nos ha tomado el pelo.
Eva suspiró y apoyó la cabeza entre los brazos. Estaba sentada ante una de la séptima biblioteca a la que iban.
-Estoy perdiendo un montón de horas de estudio -se quejó-. Y dentro de poco son los exámenes...
-Eva, por favor, ¡cállate ya! No haces más que protestar y...
De pronto César se dio cuenta de que había alzado demasiado la voz y de que el encargado de la biblioteca lo miraba con el ceño fruncido. Cerró la boca y Eva rió entre dientes.
"Los dos estamos agotados", pensó César. "Llevamos demasiado tiempo entre libros de parapsicología". Y añadió en voz alta:
-Voy a estrangular a Aurelio en cuanto lo vea.
Aquella noche lo llamó por teléfono. Tenía la intención de enfadarse con él (y de hecho estaba ya bastante enfadado), pero en cuanto oyó su voz cambió de idea. El muchacho estaba tan desanimado y agotado como ellos, quizá más. Y, al fin y al cabo, aquello del círculo había sido cosa de César, y no de Aurelio.
-Ya queda menos -pudo decirle César a su amigo-. Unas tres bibliotecas. ¿Y tú?
-Más o menos lo mismo.
-Pero nosotros somos dos. ¿Significa eso que has ido más deprisa, que tenías menos bibliotecas en tu lista o que has trabajado más?
César oyó una risa cansina al otro lado del hilo.
-Adivínalo -fue la respuesta.
-Bueno, tranquilo -dijo César tragando saliva-. Quédate mañana en casa y descansa, ¿vale? A lo mejor se te aclaran las ideas y puedes recordar dónde viste ese libro.
Colgó y volvió a su habitación. Poco después apareció por allí Eva.
-¿Qué te ha dicho Aurelio?
-Aún nada. Debe de ser un libro muy raro, porque no está en ningún sitio. -¿Crees que estamos perdiendo el tiempo?
-Espero que no.
-¿Sabes qué? Tengo la impresión de que Aurelio no vio ese libro en ninguna biblioteca, porque todas tienen a grandes rasgos los mismos libros y no está en ninguna. Debió de verlo en otra parte. En una librería, por ejemplo.
-No me digas que tendremos que registrar todas las librerías de la ciudad...
-Si tuviésemos que hacerlo, rico, yo os mandaría a paseo a los dos. Pero por el momento, esperaré a que acabemos con las bibliotecas. Tal vez encontremos algo.
Una esperanza muy peregrina, en opinión de César. No esperaba que en dos bibliotecas encontraran lo que no habían encontrado en siete.
Pero no hizo falta que fueran.
Al día siguiente, César recibió una llamada de un jubiloso Aurelio.
-¡Escucha! Traigo buenas noticias.
-¿Has encontrado el libro? -preguntó César, animándose al instante.
-No, pero ya sé dónde lo vi. ¿Recuerdas que te hablé de mi tía Anabel?
-¿La loca de la casa grande?
-¡Yo no dije que estuviera loca! Sólo que era algo rarilla. Pero nada más.
-Bueno, pues sí me hablaste de ella. ¿Y...?
-Pues bien, ella tiene una gran biblioteca en su casa, toda de libros de esos temas. Allí es donde lo vi.
César se contuvo para no gritarle: "¿Y por qué no lo pensaste antes, cabeza de chorlito?", y le dijo:
-Vale, pues ve a casa de tu tía y lo buscas, ¿vale? Por favor -añadió al pensar que, después de todo, Aurelio estaba haciendo todo lo posible por ayudarles.
-Está todo arreglado. He hablado con mi tía, le he dicho que tenéis interés en consultar su biblioteca. Nos ha invitado a todos a ir a su casa el próximo fin de semana.
A César no le gustó mucho la idea, pero hubo de reconocer que no era justo que Aurelio cargara con todo el trabajo de investigación. Por lo visto, la biblioteca de su tía era inmensa, y todo eran libros sobre parapsicología y temas parecidos.
Así que finalmente se despidieron y colgaron.