Capítulo
IV: "Un testimonio del pasado"
A César
no le costó mucho convencer a sus padres para que les dejaran
a él y a Eva ir a pasar un fin de semana a la casa de la tía
de Aurelio. Les dijo que era una casa de campo y que podrían
estudiar los tres juntos sin ruidos ni estrés. Además,
la madre de César y Eva conocía a la de Aurelio, y,
como eran muy buenas amigas, no le importó.
Cuando llegaron allí el viernes por la tarde ya era casi de
noche, y la casa les pareció tétrica y fantasmal.
-Eso es porque es muy vieja -comentó Aurelio-. Parece una mansión
encantada por la noche, pero tiene un aspecto totalmente diferente
durante el día. Venga, entremos.
Salió a recibirles una mujer pelirroja, de baja estatura y
vestida con ropas chillonas. Llevaba los dedos cuajados de anillos
de bisutería e iba en calcetines.
-Hola, chicos -saludó-. Soy Anabel, la tía de Aurelio.
Vosotros sois César y Eva, ¿no es así?
A pesar de lo extraño de su aspecto, sus ojos azules tenían
un brillo amistoso. A Eva le cayó bien. César no se
fijó demasiado en ella.
-¿Vive usted sola en esta casa tan grande? -preguntó,
observando con curiosidad un enorme reloj de sol que descansaba sobre
una repisa.
-Por favor, no me trates de usted -protestó la mujer-. Tutéame
y llámame Anabel, ¿de acuerdo?
César apartó la vista del reloj y la fijó en
su anfitriona, que sonreía.
-De acuerdo -dijo por fin.
Anabel los condujo a sus habitaciones. Ana vez que dejaron las bolsas,
Au¬relio los llevó a la biblioteca.
-¡Es enorme! -exclamó César.
Podemos estar aquí buscando años -comentó Eva,
cogiendo un volumen de una estantería-. ¿Y dices que
todo son cosas sobre parapsicología y ciencias ocultas?
Aurelio asintió.
-Tenemos dos opciones -dijo-. Una, empezamos ahora. Otra, mejor empezamos
mañana por la mañana. ¿Qué os parece?
-Yo por mí empezaba mañana -dijo Eva-, porque no me
apetece nada pasar la tarde entre libros polvorientos, pero es que
si no empezamos ahora, no nos dará tiempo a encontrarlo.
-Simplificaría enormemente las cosas el hecho de que tú
recordaras al menos la zona donde estaba -gruñó César.
-A lo mejor ese círculo aparece en más sitios. No tiene
por qué ser ese libro en concreto -se defendió Aurelio.
-Pero no estaba en ninguno de los libros que hemos visto hasta ahora,
que no son pocos -observó Eva.
-Ésos eran libros muy nuevos. Echad un vistazo a éstos.
César y Eva dieron una mirada circular. Lo que Aurelio decía
era cierto. Aquellos libros parecían muy antiguos.
-¿Qué hacemos, entonces? -preguntó Eva-. ¿Comenzamos
a buscar ya?
Por toda respuesta, César se acercó a una estantería
y empezó a mirar los títulos que aparecían en
los lomos de los libros. Aurelio y Eva se le unieron.
Un par de horas más tarde los llamaron para cenar y tuvieron
que dejarlo. Como ninguno de los tres se encontró con ánimos
de proseguir con su búsqueda después de la cena, pasaron
el resto de la velada jugando a las cartas.
Al día siguiente, después de desayunar, continuaron
con su trabajo en la biblioteca .
-¿Cómo puede ser que no aparezca ese dichoso libro por
ninguna parte? -bostezó Eva hora y media más tarde,
frotándose un ojo.
-Pregunta más bien cómo nos hemos metido nosotros en
esto -masculló César-. Debería hacerlo la policía.
-Pero sabéis que no lo hará -comentó Aurelio
alegremente-, así que ánimo y a trabajar.
Se subió a una escalera para alcanzar un montón de libros
que había en un estante superior. Cuando bajaba con la pila
de volúmenes entre los brazos las gafas le resbalaron hasta
la punta de la nariz. Al tratar de ponérselas bien sin que
se le cayeran los libros perdió el equilibrio y fue a dar,
con libros, escalera y todo, con sus huesos en el suelo.
-¡Aurelio! -dijo Eva, acercándose rápidamente-.
¿Te has hecho daño?
Aurelio se ajustó las gafas y miró a su alrededor, desconsolado.
Luego, sonriendo, le dijo a Eva:
-Estoy bien.
Eva recobró la compostura:
-¡Pero mira que eres bobo! -le reprochó-. ¡Fíjate
qué desastre!
Aurelio intentó levantarse. Sus largas piernas se le habían
enredado con la escalera y el pobre muchacho hizo cómicos esfuerzos
por ponerse en pie. Eva había estado mirándole con gesto
de enfado y César contemplaba la escena con interés,
pero ninguno de los dos hizo nada por ayudarle. Finalmente, Eva se
echó a reír y le tendió la mano, que Aurelio
aceptó agradecido.
César hubiera asegurado que la mano de su hermana permanecía
en la de Aurelio un instante más de lo necesario, pero se dijo
que sólo eran imaginaciones suyas.
-Ahora habrá que recoger todo esto antes de que lo vea tu tía
-dijo Eva mirando a su alrededor.
-Ya lo haré yo -se ofreció Aurelio-. Tú sigue
buscando.
-No lo pongas todo en la estantería otra vez. Déjalo
sobre la mesa, y, ya que lo has sacado, lo revisaremos.
-Eh, chicos -dijo de pronto César-. Mirad esto.
Los otros se volvieron hacia él. Estaba agachado junto a un
pergamino que había en el suelo.
-¿Qué es? -preguntó Eva acercándose.
-Es un manuscrito. Y parece muy antiguo.
-Está en latín -murmuró Eva-. No sé por
qué, pero me come la curiosidad.
Todos sabían algo de latín. Eva estaba dando su primer
año, y César el tercero. Aurelio había dado tres
años completos.
-Tal vez pueda traducirlo -dijo éste.
-¿Sin diccionario? -quiso asegurarse César.
-Digamos que siempre se me ha dado bien el latín.
Y entonces recordaron que Aurelio era más inteligente de lo
que parecía.
-De todas formas -añadió tímidamente-, necesitaría
papel y boli.
Eva se los dio, mientras César decía:
-No sé si merece la pena. Tal vez no diga nada importante.
Los dos continuaron con su trabajo. Veinte minutos más tarde
Aurelio dijo:
-¡Ya lo tengo! Venid a ver esto.
Los dos se acercaron. César leyó el papel de la traducción
de Aurelio en voz alta con creciente asombro:
-"Yo,
Aurelius, miembro del Consejo de los Siete Magos, escribo esto como
legado para futuras generaciones.
»Acordamos entre todos no dar testimonio de nuestra experiencia
a nadie, por el peligro que supondría para nuestro mundo si
alguien la utilizara para fines maléficos. Pero he de hacerlo,
porque se cierne sobre nosotros un inminente peligro que hay que vencer.
»Éramos siete los que formábamos el Consejo, y
un aciago día decidimos explotar al máximo nuestras
posibilidades y crear otro mundo aparte del que ya teníamos.
»Formamos el Círculo del Poder y con nuestra magia creamos
un mundo maravilloso, y accedimos a él. Sus habitantes creían
que existían desde siempre, pero nos adoraron como a los dioses
que éramos para ellos.
»Pero entre nosotros se hallaba, además del representante
de la Justicia, el Bien, el Aire, el Fuego, la Tierra y el Agua, la
encarnación del Mal, que creó un contingente aterrador
al que llamamos el Ejército de las sombras. Con él se
proponía atravesar la Puerta para someter bajo su reinado de
maldad y terror el mundo del que procedíamos.
» Me enfrenté a él y lo derroté; y fue
doloroso porque se trataba de mi propio hermano, Arcadius.
»Abandonamos el mundo que habíamos creado y cerramos
la Puerta que lo unía con el nuestro. Pero el Círculo
estaba incompleto y no pudimos cerrarla del todo. Sólo esperamos
y deseamos que nuestra creación caiga en el olvido y que nadie
trate de apoderarse de ella.
»Para ello, vigilaremos y protegeremos la Puerta hasta que su
secreto muera con el último de nosotros.
Aurelius,
miembro del Consejo de los Siete Magos,
Representante del Bien".
César y Eva se quedaron perplejos.
-Este tipo estaba completamente loco -sentenció César-.
¡Crear otro mundo!
-Me ha parecido interesante -apuntó Aurelio-, porque habla
de un círculo y de siete magos. Siete como los círculos
de tiza que nos interesan.
-Pero resulta estúpido creer lo que dice un loco que se creía
un dios. ¡Es ridículo!
-¿Estás seguro de que has traducido bien, Aurelius?
-preguntó Eva.
-¿Aurelius? -repitieron César y Aurelio a la vez.
-¡Vaya, perdón! Ya no sé ni lo que digo.
-Aurelius, ¿estás seguro de que has traducido bien?
-se burló César.
-No he puesto mi nombre en el papel, si es a eso a lo que te refieres
-replicó Aurelio muy digno-. Ahí pone Aurelius y puedes
mirarlo si quieres.
-Nos lo creemos -zanjó Eva-. ¿Pero estás seguro
de que no te has equivocado con la traducción?
-Completamente. Las palabras más difíciles están
traducidas ya, ¿lo veis?
Era cierto. En el manuscrito alguien había apuntado por los
márgenes en un trazo muy fino el significado de las palabras
más complicadas. El resto había sido cosa de Aurelio.
-Bueno, había algo de lógica en esa teoría tuya
de que la magia es el poder de la mente, pero no me trago eso de que
pueda crear un mundo, ni aún con todo su poder. Nos estás
tomando el pelo.
-Tal vez proyectar imágenes -añadió César
pensativo-, pero no crear una realidad.
-¿He dicho yo que lo haga? -replicó Aurelio, picado-.
Me he limitado a traducir el manuscrito, no he expresado mi opinión
sobre la veracidad de lo que dice.
-Es demasiado complicado para nosotros -decidió Eva-. Además,
¿qué tiene que ver esto con Angela?
-Pues la verdad es que con todo esto se nos había olvidado
el verdadero propósito de nuestra búsqueda -murmuró
César-. Propongo que sigamos con los libros.
-¿Y el manuscrito? -preguntó Aurelio.
-Olvídate de él -sugirió Eva-. Si nos entretenemos
con eso, nos van a dar las uvas aquí y no habremos encontrado
nada.
Al cabo de un rato estaban todos concentrados en su trabajo otra vez,
y el pergamino quedaba olvidado sobre la mesa.
Un cuarto de hora más tarde apareció por allí
Anabel.
-¿Aún no habéis encontrado lo que buscábais,
chicos? -preguntó.
Los tres dejaron lo que estaban haciendo y la miraron.
-Tal vez pueda ayudaros -añadió ella.
Se acercó a la mesa y comenzó a mirar los títulos
de los libros que los chicos habían dejado sobre ella. Entonces
vio el manuscrito y la traducción hecha por Aurelio. Inmediatamente
se le congeló la sonrisa.
Ninguno lo notó, excepto Eva.
-¿Pasa algo, Anabel? -preguntó Eva con tono inocente-.
No habremos estropeado el manuscrito, ¿verdad?
-¿Eh? -Anabel volvió a la realidad.
-El manuscrito -indicó Eva-. Un texto interesante. Debe de
ser muy antiguo, ¿no?
-Vamos a ver, chavales, ¿qué estáis buscando?
-preguntó Anabel irritada, y esta vez sí lo notaron
todos.
-Aún no lo sabemos exactamente -respondió César
dejando un volumen sobre la mesa-. Vimos en alguna parte un círculo
formado por siete círculos de colores y, como Aurelio nos dijo
que había visto algo parecido en uno de tus libros, sentimos
curiosidad y aquí estamos.
-Aún no hemos encontrado nada -añadió Eva; y
pudo comprobar que la mirada de Anabel se dirigía involuntariamente
a la mesa donde estaba el pergamino.
-¿Y dónde lo visteis? -preguntó, tratando de
quitarle importancia al asunto-. ¿En un libro?
-No, estaba pintado en el suelo -respondió César.
Anabel dio un respingo y Eva le oyó decir para sí misma
en voz muy baja:
-¡El Círculo del Poder!
Y dio media vuelta y salió precipitadamente de la biblioteca.
-¡Tía Anabel! -gritó Aurelio-. ¿Qué
diablos le pasa? -preguntó dirigiéndose, a los otros.
César se encogió de hombros, pero Eva murmuró:
-Oye, Aurelio, ¿cómo se llamaba el círculo al
que hace referencia el manuscrito del mago loco?
-El Círculo del Poder, si mal no recuerdo. ¿Por qué?
-Entonces ese pergamino tiene más relación con Angela
de la que pensábamos. Creo que estamos sobre la pista.
-¡Pero eso es ridículo! -protestó César-.
¡El Círculo del Poder! ¡Qué tontería!
-No es ninguna tontería, jovencito -dijo una voz-. No te lo
tomes a broma porque éste es un asunto muy serio.
Los tres se volvieron. En la puerta estaba Anabel otra vez, pálida
pero serena y tranquila.
El hombre que escribió ese manuscrito no estaba loco -explicó-.
Se equivocó en muchas cosas, pero a grandes rasgos dice la
verdad. Es un texto muy antiguo, de la época en que aún
se escribía con pergamino, es decir, entre los siglos cuatro
y quince.
-Eso son once siglos de diferencia -observó Eva.
-No he podido datar ese manuscrito, la verdad. El pergamino tiene
la propiedad de conservarse extraordinariamente bien, así que
puede ser muy antiguo. Pero por lo que contiene yo creo que pertenece
a los años oscuros que siguieron, a la caída del imperio
romano.
-En tal caso sería muy antiguo -dijo César-. Del siglo
cinco o seis...
-¿Realmente creían que habían creado otro mundo?
-preguntó Eva. -Es una historia muy larga. Si realmente habéis
encontrado el Círculo del Poder, puede que los temores de Aurelius
se hagan realidad.
Sacó un viejo libro polvoriento de una estantería y
lo puso sobre la mesa. Todos se colocaron alrededor de ella para verlo
cuando lo abrió.
Buscó entre sus páginas hasta que encontró en
una de ellas un dibujo de un círculo como el que habían
encontrado César y Eva en el famoso sótano.
-Me parece extraño que no lo hayáis encontrado antes
-dijo Anabel-. Esta biblioteca está llena de libros que hablan
del Círculo del Poder. Y de hecho, dudo que los encontrarais
en algún otro sitio.
-Habremos tenido mala suerte -murmuró Aurelio.
-Es idéntico al que vimos en el sótano, César
-dijo Eva con un hilo de voz-. Los colores coinciden, los círculos
se tocan entre sí...
-El sótano -repitió Anabel-. Y vosotros, ¿me
vais a contar vuestra historia o no?
La pregunta iba dirigida a César y Eva. Fue César quien
respondió. Le contó lo de Angela y su descubrimiento
en el sótano del colegio. Le contó el asunto de la mujer
de la limpieza desaparecida y el hecho de la inundación del
sótano. Anabel escuchaba en silencio. Luego dijo:
-Si lo que dices es cierto, eso significa que alguien ha utilizado
el Círculo del Poder. Pero me parece muy extraño, porque
nadie excepto yo conoce la experiencia de los Siete Magos. Mi padre,
que fue quien me lo contó, ya murió hace tiempo.
-Bueno -dijo César-, y tú, ¿me vas a contar tu
historia o no?
Anabel sonrió.
-La historia se basa en la interpretación de ese manuscrito
a lo largo de los siglos. Muchos lo han estudiado y se ha llegado
a una conclusión: Aurelius y los demás pensaban que
habían creado otro mundo, pero la verdad es que no: lo que
hicieron fue viajar a otro mundo.