Título: La Puerta

 

Capítulo VII: "El Círculo del Poder"

-El Círculo del Poder -comenzó Anabel- fue representado por uno de mis antepasados como un heptágono, de tal modo que cada uno de los componentes del Consejo se colocaba en un vértice. Como el número de vértices es impar, uno de los magos tendría que colocarse en la parte superior del heptágono.
»Siempre se había creído que ese puesto estaba reservado para el Presidente del Consejo, y que éste era Aurelius por ser el representante del Bien. Pero a partir del siglo XVI la idea es otra. Si Aurelius era el Presidente, Arcadius debería colocarse en oposición a él.
»Pues no lo está. Los círculos negro y blanco están muy próximos, sólo separados por el amarillo.
»Ese amarillo se considera el perteneciente al Presidente del Consejo: la Justicia o Imparcialidad. Así, en la parte superior del heptágono se colocan la Imparcialidad nivelando al Bien y al Mal, y en la parte inferior los cuatro elementos básicos: Aire, Agua, Tierra y Fuego. Así...
Y Anabel dibujó en un papel un esquema del Círculo del Poder.

Esquema cutre que hice yo a los 16 años en el texto mecanografiado del libro

-Hay una cosa que no comprendo -dijo Eva-. Si Aurelius no describe en su manuscrito el Círculo del Poder, ¿cómo sabemos qué aspecto tiene?
-Hay por ahí otro escrito de Aurelius con una detallada descripción del Círculo del Poder. Como es lo único que describe detalladamente, todos los estudiosos de la Puerta se han centrado en él como punto de referencia.
»Pero seguramente os preguntaréis que por qué os hablo del Círculo del Poder. Muy sencillo: vamos a tener que reconstruirlo en el sótano tal y como estaba cuando Leticia lo utilizó, porque nos marca la situación de la Puerta y si lloviera otra vez podríamos perderla. En caso de que surjan complicaciones tendré que viajar al Otro Lado a buscaros.
-¿Cómo abriremos la Puerta, tía Anabel? -preguntó Aurelio.
-Yo iré con vosotros. La abriremos entre los cuatro y luego vosotros tres la cruzaréis.
Aquello ya estaba claro.
Pasaron el resto del fin de semana ultimando detalles y el domingo por la tarde, César, Eva y Aurelio volvieron a sus casas.
El lunes siguiente Eva tuvo que ir al colegio. Tenía un plan para hacerse con las llaves, pero para eso tenía que quedarse sola en recepción. En las horas de entrada y salida de clases y el recreo siempre había gente allí.
Así que, en cuanto acabó la primera clase y llegó la hora de la clase de deporte, Eva le dijo a la profesora de educación física que había olvidado el equipo en su casa. Mientras las demás hacían el calentamiento, y aprovechando un descuido de la profesora, Eva se fue a recepción.
Allí guardaban una copia de todas las llaves del colegio, incluso una del sótano, ahora que iba tanta gente por allí.
Eva entró en Recepción e intentó hacer creer a Rosa, la recepcionista, que una profesora la estaba buscando. Pero ella la conocía bien, y no picó. Plan número uno, fallido.
Eva lo intentó de otra manera: en un momento en el que hubiera mucha gente en Recepción y sus maniobras pasaran desapercibidas.
Para ello le iba a ser muy útil su condición de secretaria de inglés.
Los miércoles después del recreo la clase de 2º A tenía clase de inglés en el laboratorio de idiomas. La profesora era muy despistada y siempre olvidaba la llave. Por eso Eva era la encargada de ir a buscarla en el recreo.
Aquel miércoles aprovechó para entrar en Recepción cuando más confusión había.
-¡Hola, Rosa! -saludó-. Vengo por la llave del aula de idiomas...
Generalmente Rosa se la daba en mano porque no le gustaba que las chicas anduvieran revolviendo en el armarito donde guardaba las llaves, pero en aquel momento estaba ocupada atendiendo una llamada. Además, tenía allí a un hombre que decía que le había traído las cajas de papel para fotocopiadoras que el colegio había pedido, un grupo de niñas pequeñas que decía que una de ellas se había clavado una astilla en el dedo, dos ya no tan pequeñas querían echar un vistazo en objetos perdidos en busca de un paraguas extraviado. y mientras, la profesora de música se quejaba de que con aquel follón no podía hablar por teléfono.
-Ya sabes dónde está -resopló Rosa, tapando un momento el auricular-. Cógela tú misma.
Eva abrió el armario y nadie se dio cuenta de que, además de la llave del aula de idiomas, cogía la de la puerta del colegio, la del edificio principal y la del sótano.
Aquella misma tarde las llevó al cerrajero para que le hiciera una copia de cada una.
La llave de la puerta del colegio y de la puerta del edificio principal que se guardaban en recepción no eran más que una de tantas copias. La recepcionista tenía otra copia en su llavero particular, y, como era ella la encargada de abrir y cerrar el colegio todos los días, tardaría bastante en descubrir la sustracción hecha por Eva.
De todas formas. ésta las devolvió a su lugar un día en que vio que Rosa no estaba en su cuartel general.
El problema del acceso al colegio estaba solucionado.
Por su parte, Anabel había conseguido pinturas para reconstruir el Círculo del Poder, y César y Aurelio estaban ocupados reuniendo todo lo que iban a necesitar para su viaje.
El viernes por la tarde, sobre las ocho, César y Eva se reunieron en la habitación de esta última para pasar revista de sus mochilas.
Los dos temblaban de excitación.
-Es como si huyéramos de casa... -musitó Eva. No es que tenga miedo, pero lo siento por nuestros padres. Se van a preocupar tanto... ¿no deberíamos dejar una nota?
-¿Qué tipo de nota? ¿"Papá, mamá, nos vamos a salvar el mundo"? -César rió, aunque en su risa no había alegría.
-No seas bobo.
Eva cogió un papel y escribió la nota. Luego se la tendió a César, y éste la leyó:
"Papá y mamá,
tenemos una pista respecto a dónde puede estar Angela. Vamos a ir a buscarla. No podemos ir a la policía porque es sólo una idea, no tenemos pruebas y no nos harían caso. ¡Ya sabes que el jefe de policía me considera una plaga! Hemos tenido que marcharnos a escondidas porque sabemos que no nos dejaríais ir. Pero no os preocupéis, seremos prudentes. No sabemos cuándo vamos a volver, pero tranquilos, llevamos lo necesario.
Os quieren,
César y Eva ".
-Me gusta -aprobó César-. De hecho no mentimos. Es verdad, aunque no toda la verdad.
-En la vida hay muchas maneras de solucionar un problema, querido hermano.
Colocaron la nota en lugar visible, cogieron las mochilas y se marcharon. Eva, tras revisar concienzudamente la de César, había añadido un diccionario de latín.
-Pero si tenemos a Aurelio, que es lo más parecido que he visto a un diccionario con piernas... -había protestado César.
Pero Eva, alegando que "nunca se sabe" y que ella también llevaba uno, se había salido con la suya.
Ninguno de los dos pronunció palabra mientras se dirigían al colegio de Eva. Secretamente, los dos deseaban que el manuscrito de Aurelius no fuera más que el delirio de un viejo loco, que no existiera la Puerta ni otra dimensión y que en el sótano se demostrara que Anabel estaba equivocada.
Eran las ocho y media de la tarde. Ya no quedaba nadie en el colegio: Aurelio y Anabel los esperaban en la puerta. Eva sacó la copia de la llave de la entrada y la abrió.
Silenciosamente, como ladrones, llegaron hasta el sótano.
Encendieron la luz y comenzaron a buscar afanosamente los restos de tiza. Había llovido en un par de ocasiones más desde que los dos hermanos estuvieran allí por vez primera, y los círculos estaban casi completamente borrados. Pero por fin Aurelio los localizó y entre los cuatro, con pintura y pinceles, comenzaron a reconstruirlos.
El trabajo los distrajo un poco y les devolvió el buen humor.
Cuando finalizaron, Anabel dijo:
-El caso es que somos cuatro, y no podemos ocupar todos los espacios del Círculo, pero como están muy juntos, bastará con que alarguemos más los brazos.
Se acercó al Círculo pero permaneció indecisa al borde, sin saber en qué circunferencia colocarse. Eva, con un suave empujón, la colocó en el círculo blanco y se situó ella misma en el verde. Aurelio y César ocuparon, respectivamente, el círculo azul y el círculo rojo.
Y se cogieron de las manos.
Anabel tragó saliva.
-Creo que había unas palabras o algo así -dijo-, pero eran sólo rituales. Tan sólo cerrad los ojos y concentraos en la Puerta.
Los chicos lo hicieron. Anabel siguió hablando, y su voz resonaba en los oídos de todos.
La Puerta. Pensad sólo en la Puerta. Podemos hacerlo. Podemos abrir la Puerta.
Poco a poco fueron olvidándose de lo que los rodeaba. Poco a poco la visión de la Puerta, tal y como cada uno la imaginaba, fue ocupando sus mentes. Se concentraron. Se concentraron. Se concentraron hasta que les dolió la cabeza. Aurelio y Anabel sintieron que algo muy tenue despertaba en ellos. César y Eva notaron que una fuerza muy leve fluía a través de ellos.
El poder mental de los más fuertes, la energía, se transmitía a los más débiles para equilibrarse.
Insistieron.
César se vio a sí mismo vagamente gritando "¡Ábrete, Sésamo!'. Pero descartó aquel pensamiento porque interrumpía su concentración.
Ábrete, Sésamo.
Ábrete, Puerta.
Sentían que lo estaban consiguiendo. Ahora ya no tenían que esforzarse. Les dolía la cabeza a reventar, pero no eran capaces de detenerse. La Puerta absorbía su energía sin que ellos pudieran hacer nada para evitarlo. Sólo tenían que dejarse llevar.
El dolor de cabeza aumentó.
Pero algo así como una brecha se abrió en el aire. Una brecha que se fue ensanchando lentamente. Muy lentamente.
Todos podían verlo a pesar de tener los ojos cerrados. No los abrieron ni permitieron que aquello los desconcentrara. Era demasiado importante. La Puerta se abría.
Tenían la sensación de que si paraban ahora la Puerta volvería a cerrarse. Debían continuar hasta que la brecha alcanzara su máxima anchura.
La Puerta se abría.
Eva soltó un gemido. Aquello era más doloroso de lo que se había imaginado. Oyó un jadeo ahogado de Aurelio que la desconcentró ligeramente.
Pero entonces Anabel le apretó con fuerza la mano. ¡No desfallezcas! Eva se obligó a sí misma a pensar sólo en la Puerta. La Puerta. La Puerta se abría.
Aurelio tuvo la sensación de que lo estaban consiguiendo. Que la Puerta estaba llegando a su apertura total. Pero no podía bajar la guardia. No ahora. La Puerta se abría.
César podía ver la Puerta a través de sus párpados cerrados. Cada vez se ensanchaba unos centímetros más.... ábrete, Puerta. Vamos, un poco más. Más. La Puerta se abría.
Anabel sentía la fuerza de Aurelius brotando de su mente y fluyendo hacia los demás. Todos lo notaban. La mente de Anabel era la más madura de las cuatro y, por tanto, la que más esfuerzo hacía. Pero no debía pensar en el dolor. Sólo en la Puerta.
La Puerta, que se abría.
Entonces la Puerta alcanzó sus máximas dimensiones. Parpadeó un poco y se mantuvo donde estaba.
Los cuatro abrieron los ojos y se derrumbaron en el suelo. Descansaron allí, con la Puerta suspendida en el aire sobre ellos.
Poco a poco el dolor de cabeza remitió.
Lo hemos conseguido -murmuró César.
Todos se miraron unos a otros y sonrieron débilmente.
En cuanto se hubieron recuperado, los tres jóvenes se levantaron perezosamente y recogieron sus cosas.
-Hemos de marcharnos ya, tía -musitó Aurelio.
Anabel se levantó con un gesto de cansancio.
-Pues hacedlo ya.
César pensó que ni Eva ni Aurelio querrían ser los primeros en cruzar la Puerta, así que dio un paso al frente y pasó al Otro Lado. Eva alargó la mano para atraparlo en un gesto involuntario, pero no llegó a tiempo. Alzó la cabeza con gesto decidido y le siguió. Aurelio se quedó ahí plantado, indeciso, frente al umbral de la Puerta.
-¡Vamos! -lo apremió Anabel y, de un empujón, lo mandó al Otro Lado.
Anabel se quedó completamente sola en el sótano. La asaltaba un profundo sentimiento de culpa. Tenía miedo por los chicos. El miedo se convirtió en pánico cuando vio que la Puerta comenzaba a cerrarse lentamente.
-¿Qué he hecho? -murmuró-. Oh, Dios, ¿qué he hecho?
Entonces fue cuando descubrió la mochila de Aurelio abandonada en un rincón. Su sobrino era un completo desastre para las cosas más sencillas. La cogió y gritó nerviosamente:
-¡Eh, Aurelio! ¡Te has dejado la mochila!
Y antes de que se diera cuenta había dado un paso que, mochila en mano, la hizo cruzar la Puerta poco antes de que la brecha fuera demasiado estrecha como para poder pasar por ella.
La Puerta se cerró.
Y en el aire quedó la angustiada pregunta de Anabel: "Oh, Dios, ¿qué he hecho?".
El sótano quedó en silencio.