CAPÍTULO
5º: SOLEDAD
Dana se despertó
de madrugada, temblando y con el corazón latiéndole
con fuerza. Había tenido un mal sueño, una pesadilla
que incluso le había hecho gritar. Pero no recordaba de qué
se trataba.
Poco a poco fue serenándose, y miró a su alrededor.
Kai dormía en el otro exremo de la enorme cama. La luz de
la luna se colaba por la ventana iluminando el cuarto que, con el
tiempo, Dana había aprendido a considerar como su hogar.
Se levantó y se dirigió a la ventana, estremeciéndose
cuando sus pies descalzos tocaron el frío suelo de piedra.
Se asomó al exterior y aspiró el fresco aire nocturno.
Era verano, y la brisa no traía demasiado frío. Aun
así, Dana alargó la mano en busca de su vieja manta,
que descansaba a los pies de la cama.
Se sentía extraña aquella noche. Algo había
cambiado en ella, y no acertaba a adivinar qué.
Se sentó en el alféizar de la ventana y recordó
la primera vez que se había asomado a ella, dos años
atrás. En aquel tiempo habían pasado muchas cosas.
Había aprendido a leer, y ya controlaba hechizos básicos
del Libro de la Tierra. El bosque no tenía secretos para
ella, y era capaz de sentir lo que sentían sus habitantes
sólo con percibir el aura de energía que los rodeaba.
Pronto obtendría la túnica verde que la distinguiría
como aprendiza de segundo grado.
Había hecho grandes progresos. Podía estar orgullosa.
Pero...
Suspiró. Al principio había sido emocionte, pero ahora
le parecía que todos los días eran iguales.
Peor aún; ella, acostmbrada a vivir con una familia numerosa,
encontraba la Torre un lugar demasiado vacío y silencioso.
-”Una escuela muy selecta” -murmuró entre dientes,
recordando las palabras de Fenris.
Apenas había hablado con el elfo un par de veces desde aquel
día. Casi nunca se tropezaba con él y, cuando lo hacía,
Fenris se limitaba a sonreírle con aire ausente. Era siempre
amable con ella, pero se trataba de una fría cortesía
que contribuía más a guardar distancias que a salvar
barreras.
El Maestro seguía inspirándole una mezcla de temor,
respeto y admiración. Pero era un hombre silencioso y reservado,
que apenas salía de sus habitaciones en lo alto de la Torre
si no era para supervisar el trabajo de sus aprendices.
¿Y Maritta? Dana sonrió. Se llevaba bien con la enana,
pero ella tenía siempre demasiado trabajo y, aunque la niña
trataba de ayudarla, no siempre era posible.
Sólo le quedaban Kai y Lunaestrella. Por lo que Dana había
comprobado, nadie más habitaba en la Torre.
Su relación con kai seguía siendo buena; todavía
era la persona que más quería en el mundo, su mejor
amigo y su compañero de aventuras.
Pero parecía como si el ambiente frío de la Tore hiciera
que los dos se encerrasen en sí mismos y se volviesen menos
comunicativos.
Dana sacudió la cabeza. Aquello no era algo demasiado evidente,
pero, si la barrera que se estaba formando entre los dos iba a más,
tendría que hacer algo. Era capaz de soportar casi cualquier
cosa; pero nunca permitiría que aquel lugar estropease su
amistad con Kai.
Oprimió con fuerza el colgante que le había regalado
su madre.
“Si algún día no soportas tu nueva vida...”
Dana cerró los ojos y sintió que dos lágrimas
le rodaban por las mejillas. No sabía por qué lloraba,
pero le daba igual. Toda ella se sentía presa de una inexplicable
melancolía.
-¿Estás llorando? -murmuró la voz de Kai a
su lado-. ¿No eres feliz?
Dana tuvo ganas de abrazarle con todas sus fuerzas, y la intensidad
de aquel deseo la asustó, porque sabía que no podía
ser. Se apartó de su amigo con más brusquedad de la
que habría querido.
- Lo siento -dijo él, compungido-. ¿He dicho algo
que te ha molestado?
Dana estalló en sollozos y se apoyó contra el marco
de la ventana, como buscando protección, el contacto con
algo sólido y material, que el abrazo de Kai no podía
darle. Sin embargo agradeció que su amigo la rodease con
sus brazos intangibles.
- Te echo de menos -le dijo.
- ¿A mí? -se sorprendió Kai-. ¿Por qué?
Estoy aquí, contigo, ¿no?
Dana le miró a los ojos y el muchacho entendió de
golpe lo que quería decir. Casi supo, antes que ella, qué
era lo que había pasado aquella noche.
- No sufras, por favor -murmuró-. Es un mal momento, pero
todo pasará. Hemos de tener paciencia, los dos.
Dana sacudió la cabeza.
- Quiero irme de aquí, Kai.
El muchacho respiró hondo. Dana estaba demasiado alterada
como para que él la asustase con sus elucubraciones; pero
sospechaba que, si el Maesro se había tomado tantas molestias
por ella, probablemente no la dejaría marchar tan fácilmente.
- Trata de dormir esta noche, ¿de acuerdo? -le dijo a su
amiga-. Mañana te sentirás mejor.
Pero al día siguiente no se sintió mejor, sino todo
lo contrario, cuando descubrió qué había cambiado
en ella. Azorada, echó un rápido vistazo a Kai, que
seguía durmiendo. Se puso la túnica y echó
a correr escaleras abajo.
Maritta la sorprendió lavando frenéticamente su ropa
interior en el fregadero del patio. Dana se sobresaltó, enrojeció,
balbuceó algo, pero la enana se limitó a llenar un
cubo de agua y a marcharse sin decir nada.
La muchacha sacudió la cabeza y huyó hacia el bosque.
Por una vez quería estar sola, y se sorprendió pensando
que, en realidad, estaba escapando de su amigo Kai.
Se dejó caer a los pies de la encina y se echó a llorar.
El árbol no podía moverse, pero Dana percibió,
a través de la dura corteza, que trataba de consolarla en
su dolor.
La chica alzó el rostro bañado en lágrimas
y miró a la encina. El arbolillo había crecido mucho
en los últimos meses, después de que Dana descubriera
que una colonia de termitas había anidado en sus raíces.
La muchacha la había librado de los molestos insectos, pese
a las recomendaciones de su Maestro (“No alteres el curso
de la vida si no te beneficia directamente”), y desde entonces
se había establecido un estrecho vínculo entre ella
y el árbol.
- Tú no entiendes de estas cosas, amiga -le dijo, y suspiró,
echando de menos a su madre y hermanas mayores. Alguna de ellas
habría podido explicarle...
Sintió entonces algo cálido contra su pierna. Al mirar
vio que se trataba de una pequeña liebre.
Dana la conocía. Con el tiempo había aprendido a distinguir
cada criatura de las demás, sólo percibiendo el tipo
de energía que emanaba de ella. Y los animales también
habían aprendido a confiar en ella.
Dana cogió a la liebre en brazos y notó enseguida
un cambio en ella desde que la vio por última vez, dos semanas
atrás.
- ¡Vaya! ¡Otra vez estás preñada!
La alzó frente a ella y la miró fijamente.
- Tú sí que podrías explicarme muchas cosas
-murmuró.
La dejó en el suelo y se despidió de ella, deseándole
suerte con su nueva camada.
Algo más tranquila, reflexionó. Había cumplido
doce años dos semanas atrás, pero no se lo había
dicho a nadie en la Torre. Sí, tenía la edad en que
su madre l ehabía advertido que pasaría. “Pero
ya hablaremos entonces”, recordó que le había
dicho, riendo.
Pues bien, ya era el momento, y ella no estaba allí.
Dana se recostó contra el rugoso tronco de la encina, tratando
de pensar. De acuerdo, había pasado. Ella era ya una mujer
y no tenía ni la más remota idea de lo que debía
hacer. Se sentía cansada, melancólica, dolorida y
de muy mal humor. ¿Cuánto duraría aquello?
Pensó en preguntarle a Maritta, pero no tenía mucha
confianza con ella.
Y Kai...
Dana enrojeció. Sería la primera vez que le ocultaría
algo a Kai. Siempre había confiado en él.
Pero aquella vez era... era diferente.
“Kai es un chico”, se recordó a sí misma,
y enrojeció más todavía. Había ciertas
cosas que no se podían hablar con los chicos.
De pronto se le ocurrió que aquello podía constituir
una barrera entre los dos, y se prometió a sí misma
que no permitiría que sucediera.
Pero....
Por primera vez se planteó si era buena idea que estuviesen
los dos en la misma habitación. “¡Qué
tontería!”, se dijo, pero en su interior sabía
que no era ninguna tontería.
Se sentía terriblemente sola. Suspiró, angustiada,
mientras, en medio de su confusión, se preguntaba por qué
había pensado que era mejor que Kai durmiese en otra parte.
“Si me siento sola, ¿por qué quiero echarlo
de mi cuarto?”.
Si su madre hubiera estado con ella, le habría explicado
que no era lo mismo la soledad que la intimidad. Pero no se hallaba
allí, y Dana se sentía increíblemente confusa...
y espantosamente sola.
Por primera vez en su vida le había ocurrido algo que no
quería compartir con Kai.
“Me escaparé”, decidió. “Volveré
a casa”.
Pero, ¿qué hacer con Kai?
Volvió a la Torre pensativa, arrastrando los pies y con la
cabeza gacha. Cuando entró en su habitación se dio
cuenta de que Kai ya no estaba allí.
Se sintió aliviada y se sentó junto a la ventana para
pensar en lo que haría a continuación.
Descubrió entonces algo sobre la mesa. Era una pequeña
caja de madera.
Se acercó con curiosidad, suponiendo que el Maestro la había
dejado allí como parte de algún ejercicio. Colocó
los dedos sobre la tapa, pero no percibió ninguna emanación
mágica: la caja no contenía ningún ser vivo
ni objeto encantado.
La abrió, pues; al principio no entendió qué
era lo que había allí dentro, pero tras un momento
comprendió que eran paños.
La caja no era del Maestro, sino de Maritta.
Dana sonrió, agradecida, y sintió que se le humedecían
los ojos. Sabía lo mucho que le costaba a la enana subir
aquellas condenadas escaleras.
Pero era mujer, al fin y al cabo. Dana cogió la caja y corrió
escaleras abajo.
Tenía muchas preguntas que hacerle.
Aquel día no hizo
sus ejercicios. Sabía que el Maestro la reprendería,
pero necesitaba serenarse y pensar.
Estaba contemplando el anochecer desde su ventana cuando volvió
Kai.
- No te he visto en todo el día -dijo Dana, procurando que
su voz sonase neutra.
Kai se encogió de hombros.
- Pensé que querrías estar sola.
Dana lo miró, sorprendida. Kai enrojeció y se removió,
incómodo.
- Lo siento, yo... te conozco demasiado bien como para no darme
cuenta de que... no sé, de que... te pasaba algo que...
Ella hizo un gesto con la mano, dándole a entender que comprendía
lo que estaba intentando decirle. Con todo, se sentía incómoda.
- Si quieres, me voy -dijo el chico, muy serio.
Dana se volvió hacia él, como los ojos muy abiertos.
- ¿Qué? ¿A dónde te quieres ir? ¿Quieres
marcharte de la Torre?
- De la Torre, no -puntualizó Kai, sonriente-. De tu cuarto.
Dana se relajó enseguida ante la expresión risueña
de Kai. Los dos se miraron y se echaron a reír.
- ¿Y a dónde irías? -preguntó ella.
- Hay habitaciones de sobra en la Torre. No sé para qué
quieren tantas; aquí nunca viene nadie.
Dana reflexionó un momento. Sabía que lo que le estaba
diciendo Kai era perfectamente razonable. “Demasiado razonable”,
pensó, y se preguntó cómo era posible que él
la comprendiese tan bien y fuese capaz de adaptarse de aquella forma
a todo lo que ella necesitaba o deseaba, mucho antes de que la propia
Dana supuese qué era lo que quería realmente.
- Bueno, pero no te vayas muy lejos ?le pidió.
- A la habitación de al lado -respondió el chico,
y sonrió-. ¿O es que pensabas que te ibas a librar
de mí tan fácilmente?
Dana se echó a reír oytra vez. Se sentía infinitamente
mejor.
No sabía que Kai llevaba tiempo imaginando que aquello iba
a pasar tarde o temprano, y preparándose para que aquel momento
no cambiase gran cosa entre los dos. Era previsible que llegaría
el día en que Dana dejase de ser una niña y empezase
a necesitar una mayor intimidad.
- Una última cosa -dijo Kai, asomando su rubia cabeza por
la puerta, antes de marcharse-. Por favor, nunca más vuelvas
a sentirte triste o desgraciada. Sabes que yo siempre estaré
contigo.
Dana sonrió y le lanzó un beso desde la ventana.
Pero, cuando Kai se fue, se preguntó de nuevo cómo
podía su amigo conocerla tan bien. No recordaba haberle dicho
en ningún momento que se sentía sola.
De todas formas, estaba de mejor humor ahora. Kai era un encanto,
se dijo. No como aquel elfo con el que le costaba tanto hablar.
Los días fueron
pasando, uno tras otro, como si nada hubiera sucedido. Dana y Kai
seguían juntos y, en términos generales, su relación
no había cambiado gran cosa.
Pero, a pesar de que contaba con los consejos de Maritta y con la
amistad incondicional de Kai, Dana no fue capaz de afrontar como
si nada los cambios que empezó a experimentar su cuerpo.
Se volvió aún más reservada y silenciosa. Maritta
era una buena amiga, pero la muchacha seguía echando de menos
a su madre, a sus hermanas, a alguna otra chica de su edad con la
que cambiar impresiones acerca de las modificaciones que estaba
empezando a sufrir su visión del mundo.
Asustada, insegura y soin tener muy claro cuál era su lugar
en la vida, Dana se aferró a lo único que le permitía
distraerse sin pensar demasiado en sí misma y en lo que la
rodeaba: sus estudios de hechicería.
Pronto obtuvo la túnica verde; al cumplir los catorce años,
ya controlaba todos los hechizos básicos del elemento aire,
y el Maestro, tras examinarla, le otorgó la túnica
azul.
Aquel día decidió cuál sería su destino.
La magia era algo impredecible e inestable, pero Dana encontraba
fascinante el poder controlarla y moldearla a su voluntad. Cada
nuevo hechizo era un reto mayot, otra aventura. Pese al carácter
incierto de la magia, Dana no había encontrado nada que le
aportase mayor seguridad... ni siquiera su amistad con Kai.
Dana nunca se había parado a pensar en ello, pero era muy
consciente de que lo que sentía por Kai en ocasiones sobrepasaba
los límites de lo razonable.
Seguían siendo amigos, sí, muy buenos amigos. Pero
aquella amistad fraternal iba evolucionando hacia algo más
tierno, más dulce, más especial. Dana se había
sorprendido más de una vez pensando en lo guapo que era Kai,
y aquello la asustaba.
Había buscado en la biblioteca alguna pista sobre su amigo,
pues no sabía a qué atenerse. ¿Quién
era Kai? ¿Qué era? ¿Por qué nadie podía
verlo, por qué ella no podía tocarlo?
Una parte de sí misma aún le susurraba que estaba
loca y que Kai era una invención suya. Esa parte era la que
le impedía ir a preguntarle al Maestro acerca de su peculiar
amigo.
Había pasado muchas noches en vela preguntándose por
la naturaleza de Kai, pero el muchacho seguía con sus evasivas,
y Dana decidió, con gran dolor por su parte, que ya no podía
confiar en él.
Inconscientemente, aquella resolución venía motivada
por su miedo a sentirse atraída por alguien a quien no podía
tocar.
Por miedo a verse arrastrada a un amor imposible.
De modo que se encerró en sus estudios, y aquel día,
contemplando la túnica azul que había dejado sobre
su cama, tomó una decisión: lucharía, como
fuera, para ser Archimaga. Una Archimaga famosa y poderosa. Más
poderosa que su Maestro, que no había alcanzado aún
el grado de Archimago.
Respiró hondo. Sabía que los Archimagos, y los que
estudiaban para serlo, eran seres solitarios: debían dedicarse
por completo a la magia y no tenían tiempo para nada más.
Como el Maestro, se dijo Dana. Como el elfo.
Cerró los ojos, pero aún así el color celeste
de su nueva túnica persistía en su mente.
Pensó un momento en Kai. Una vez había jurado que
nada los separaría.
Pero entonces era una niña, y no había previsto las
consecuencias de...
Sacudió la cabeza. “¿Qué consecuencias?
¡A mí no me gusta Kai!”, se gritó a sí
misma. “No puede gustarme, porque no existe”.
¿O sí? Dana había investigado sobre las criaturas
inmateriales. Ángeles, espíritus, fantasmas, espectros,
apariciones de otros planos, incluso demonios que tomaban forma
humana y que sólo eran vistos por quienes ellos querían.
Nada de aquello parecía encajar con Kai y, sin embargo, el
muchacho podía ser cualquiera de esas cosas... o una invención
suya, repetía la vocecita interna que se parecía sospechosamente
a la de su hermana mayor.
Ninguna de aquellas perspectivas era demasiado halagüeña.
Una futura maga debía ser fuerte y dura, y no permitir que
nada se interpusiera en su camino.
Nada.
Dana apartó la mirada de la túnica y echó un
vistazo al cielo nocturno que se veía por la ventana.
- Mi destino es la magia -dijo a media voz.
Había llegado a la Torre cuaro años atrás,
prácticamente en contra de su voluntad. Lejos de casa, había
tratado de no ahogarse en la tempestad de la adolescencia. Kai y
Maritta habían sido sus tablones salvadores, pero ahora ya
no bastaba simplemente con sobrevivir. Ahora quería nadar.
Quería dominar a la tormenta.
“¡Una granjera!”, sonó en su mente la voz
de Maritta.
Entornó los ojos. Recordaba muy bien sus años en la
granja, pero aquello había quedado atrás.
Muy atrás.
- Me debo a la magia -murmuró.
Se soltó la larga trenza y de pronto decidió que aquella
melena le molestaba y no le servía para nada.
Sacó una pequeña navaja y se cortó el pelo
sin compasión. Cuando terminó, los mechones negros
se ondulaban con rebeldía hasta la mitad de la nuca aproximadamente.
Dana se miró en un pequeño espejo y asintió,
satisfecha. Su nuevo aspecto le daba un aire más decidido
y enérgico.
Porque ya no era una niña, aunque las pecas que salpicaban
sus mejillas hicieran que conservase un cierto aire infantil.
Lentamente, como si realizase un ritual, se quitó la túnica
verde y se puso aquella de color azul celeste.
Se asomó entonces a la ventana. El viento le azotó
el rostro y sacudió los mechones de su pelo oscuro.
Oyó los aullidos de los lobos, pero por primera vez, no sintió
miedo. Se concentró, cerró los ojos y murmuró
las palabras de un hechizo. Y el viento se calmó.
Dana sonrió. Aún le quedaba mucho por aprender, pero
aprendería, y entonces...
No le importaba estar sola. Siempre había estado sola, ahora
lo comprendía. Kai le había prom,etido que nunca la
abandonaría, pero ahora empezaba a pensar que tal vez habría
sido mejor no haberle conocido.
Dana había convivido con la soledad desde muy niña,
la había sufrido, la había tratado muy de cerca.
-Es mi destino -musitó, y sus ojos azules se endurecieron?.
¿Sola? -sonrió amargamente-. Que así sea.
Kai estaba sentado en el alféizar de la ventana del cuarto
contiguo; Dana no lo vio, pero él había escuchado
todas y cada una de sus palabras.