Nací
en un mundo crepuscular bañado por la luz rojiza de dos soles
carmesí; un mundo de luces y sombras, donde los límites
entre el bien y el mal, entre la verdad y la mentira, entre el orden
y el caos, se difuminaban en las brumas del tiempo y el espacio.
He recorrido todas sus fronteras, he contemplado todas su maravillas
y también todos sus horrores. He llegado hasta las cimas
más altas y hasta los abismos más profundos; he atravesado
sus océanos y sus desiertos, sus valles y sus bosques. He
conocido a todas sus gentes: las pasiones humanas, los ideales élficos,
la perseverancia de los enanos; la codicia de los goblins, la magia
de los unicornios, el canto de las sirenas; las risas de las hadas,
los caprichos de los duendes, la mirada inescrutable de los habitantes
del bosque profundo… nada tiene ya secretos para mí.
A lo largo de mi vida
se han sucedido siete generaciones de hombres. En el reino donde
construí mi hogar han nacido y han muerto doce monarcas.
Las guerras y las alianzas, las lluvias y las sequías, las
hambrunas y las buenas cosechas se han desarrollado a mis pies.
El hombre nace, vive, muere. Y después su memoria se pierde
en la inmensidad del tiempo, como polvo entre la niebla.
Pero siempre vuelve la primavera, y luego el verano, y el otoño
y el invierno; así ha sido siempre, y así será
siempre. El ser mortal vive suponiendo que su instante es el único,
que no hay más mundo que el que le rodea, que no existe más
realidad que la que contemplan sus ojos. No quiere aceptar que el
ciclo vital seguirá funcionando mucho después de que
su especie haya desaparecido del mundo.
Yo, que puedo ver más allá, sé que mi mundo
envuelto en luz color sangre no es el único ni el último.
Sé que no existe un universo, sino un multiverso. Que todo
lo que pudo haber sucedido, lo que puede suceder, lo que podría
suceder… tiene su propia dimensión. El multiverso es
tan infinito como infinitas las posibilidades de cambio. Cuando
mi mundo sepa esta verdad, pensará de otra manera…
si es que sus mentes son capaces de atisbar, siquiera por un momento,
la pavorosa enormidad de lo que estoy describiendo.
Yo, que puedo ver más allá, sé que soy el último
de mi especie y que pronto voy a morir. A lo largo de mi vida me
he comportado de acuerdo con mi naturaleza. Sé por qué
me odian ahí fuera. Y no me importa. Nunca aspiré
a ser diferente de lo que soy. Nunca aspiré a la eternidad.
Pero algo dentro de mí se resiste a dejar desaparecer mis
conocimientos, sin más… Mi memoria… mi legado…
no deben permanecer en algo tan perecedero como este frágil
libro en el que estoy escribiendo. Y sé que existe un modo
de alcanzar la inmortalidad.
Se acerca la hora. Me queda poco tiempo.
Sólo sé de una salida. El multiverso es infinito,
como infinitas son las posibilidades. No puedo cambiar lo inevitable
dentro de mi mundo, pero sí puedo usar la magia de esas posibilidades
de otros mundos en mi favor. Puedo escoger una de esas posibilidades
y hacerla realidad mediante mi magia. Sería un inmenso y
ambicioso conjuro que afectaría a todo mi mundo en conjunto.
Es arriesgado, pero…
Veo… la veo claramente. Una posibilidad entre tantas. Una
posibilidad que nos haría inmortales a todos, pero cambiaría
completamente nuestra naturaleza, la naturaleza de todo este mundo.
Se acercan ya. No me queda mucho tiempo para realizar el hechizo.
Puedo ver esa posibilidad en mi mente: ¿y si…?
El enano le dio una patada
al cuerpo inerte del fondo de la caverna.
-Más muerto que mi abuela -refunfuñó.
La joven luchadora respiró hondo y esbozó una sonrisa
cansada. Su cuerpo estaba cubierto de sudor, su cabello chamuscado
y su piel ennegrecida. Pero su rostro mostraba la inconfundible
expresión de la victoria.
-Ha costado, ¿eh? -el guerrero se plantó en dos poderosos
saltos sobre el cuerpo muerto y tendió la mano a su compañera
para ayudarla a subir; ella guardó su espada y aceptó
gentilmente la invitación-. Esta maldita bestia se ha resistido
con todas sus fuerzas.
-Diríase que tenía mucho más que perder que
la propia vida -susurró entonces una voz desde las sombras.
Los guerreros no prestaron atención. Su momento de gloria
estaba allí, sobre el monstruo vencido, y no querían
plantearse nada más que el sabor de la victoria en la batalla.
-Pues claro -dijo el enano-. Tiene que haber un botín en
alguna parte, ¿no? Para eso estamos aquí.
Los guerreros reaccionaron enseguida y saltaron de lo alto de la
bestia muerta.
La maga salió de las sombras y les dirigió una mirada
insondable.
-Estoy empezando a creer que no ha sido buena idea.
-¿De qué tienes miedo? -le espetó la guerrera-.
¡Está muerto!
-Te necesitamos para controlar los objetos mágicos del botín,
si los hay -añadió su compañero-. ¿Qué
pasa? Te hemos pagado bien. No puedes echarte atrás ahora.
-No tengo miedo -dijo ella suavemente-. Pero tal vez no merecía
morir.
-¡Era un dragón! -estalló el enano, con rabia-.
¡Mató a muchos de los míos a lo largo de su
vida! ¡Ha sembrado el terror en este reino durante más
de tres siglos! ¿Qué es eso de que no merecía
morir?
La maga no respondió. Se acercó a la criatura muerta
y posó una mano sobre la frente escamosa.
-Un tercer ojo -dijo-. Ni los más poderosos archimagos han
llegado a averiguar por qué algunos dragones nacen, de vez
en cuando, con un tercer ojo sobre la frente. Se dice que tal vez
poseen poderes especiales.
-¡Pamplinas!
-Si éste tenía poderes especiales, desde luego, no
los ha usado -concluyó el guerrero secamente-. ¿Para
qué preocuparse más? Está muerto; ya no causará
más dolor al mundo.
De pronto una melodiosa voz élfica sonó por los corredores;
un voz teñida de asombro y respeto:
-¡Nim´allas! ¡Venid a ver esto!
-¡Ese orejudo se ha escapado en busca del botín! -exclamó
el enano, echando a correr por el túnel.
Los guerreros le siguieron. La maga se quedó un momento en
silencio junto al cadáver y acarició de nuevo la cresta
del gran dragón azul. Después, con un suspiro, susurró
las palabras de un hechizo y se desvaneció en el aire.
Sus compañeros habían llegado a la inmensa cámara
del tesoro del dragón y lo contemplaban todo maravillados.
Allí había más riquezas de las que podrían
gastar ni aun viviendo a cuerpo de rey durante doscientos años.
Monedas de oro y plata, joyas, alhajas, piedras preciosas…
La maga se materializó junto a ellos, suspiró de nuevo
y dirigió su mirada al elfo. Al igual que ella, había
captado enseguida que aquella sala guardaba un secreto extraordinario.
Ignorando el fabuloso tesoro, había caminado hasta el fondo
de la cueva y estaba leyendo un enorme volumen, con semblante grave.
La maga avanzó hasta situarse a su lado.
-¿Un libro de magia? -preguntó, aunque ya sabía
la respuesta.
-No. Sus memorias.
La maga no dijo nada, por lo que el elfo añadió:
-No sabía que los dragones escribiesen libros.
-Te sorprendería lo que los dragones son capaces de hacer.
-Eran -corrigió el elfo-. Según este libro, esta bestia
que hemos matado hoy era el último de su especie.
La maga supo entonces, de golpe, por qué se había
sentido tan culpable todo el día.
-Pero dice también que hay otros dragones en otros lugares.
En otros mundos. Otras dimensiones. Otros universos.
La maga y el elfo se miraron a los ojos un momento. Entonces el
elfo volvió a centrarse en el libro y comenzó a leer,
en voz alta, la última anotación del último
de los dragones. Su voz ascendió hasta lo alto de la caverna
y la llenó por completo. Lentamente, de mala gana, el enano
y los guerreros se dejaron transportar por ella y llegaron a olvidarse
por un momento del botín del reptil azul.
Para cuando el elfo leyó los últimos párrafos,
todos estaban reunidos en silencio a su alrededor. Escucharon con
seriedad las revelaciones del visionario sobre el Multiverso; sus
corazones empezaron a llenarse de terror, un terror irracional a
la verdad.
A medida que las reflexiones del dragón azul llegaban a sus
mentes transportadas por la melodiosa voz del elfo, ellos se sintieron
cada vez más pequeños y más miserables. Sentían
miedo ante aquello que trataba de explicarles el visionario, aunque
no llegaran a entenderlo completamente. Sólo la maga lo intuía
con claridad; y, mientras el elfo leía en el libro cómo
aquella criatura había tratado de lanzar su último
hechizo antes de morir, ella supo, con total certeza, que lo había
conseguido.
Por eso se quedó completamente helada cuando el elfo leyó
la última frase anotada en el diario del dragón:
¿...Y si nuestro mundo no fuera más que una quimera
imaginada por la mente de alguien en otro universo?