1– Los Sectarios
Fuera
llovía, y a Fabio no se le ocurría nada mejor que hacer
que quedarse contemplando las gotas de lluvia que resbalaban por los
cristales. El reloj marcaba las cuatro y cuarto de la tarde, pero
era mucho pedir que el profesor diese una clase interesante.
Fabio estaba decididamente aburrido, y decidió desconectarse.
No era difícil. Consistía simplemente en ponerse a imaginar
una historia, cuanto más fantástica, mejor. “Algún
día tengo que escribir mis historias”, se dijo. “Algún
día”.
Estaba a punto de desconectar por completo cuando el de atrás
le dio una suave patada para llamar su atención. Fabio espabiló
y echó una mirada furtiva al profesor: seguía con lo
suyo.
La mano del de detrás le pasó un pequeño papel
doblado. Fabio volvió a mirar al profesor y se apresuró
a desdoblar la nota, ocultándola bajo la mesa. La leyó
con interés:
“Este
sábado tenemos partida. ¡Prepárate!
Sturm”.
Fabio
sonrió.
–¡Ya era hora! –comentó para sí.
Hizo una bolita con el papel y trató de encestarlo en la papelera.
Falló por un pelo. El profesor le dirigió una mirada
amenazadora, pero Fabio se limitó a dedicarle su mejor sonrisa.
Estaba de tan buen humor que hasta decidió prestar atención
a la clase.
A la salida, mientras Fabio aún recogía sus cosas, el
autor de la nota acudió a hablar con él.
–Eh – le dijo–. ¿Qué te parecen las
novedades?
–Genial, tío. –La voz de Fabio sonó algo
ahogada, porque estaba agachado hurgando en el cajón en busca
del diccionario de inglés–. ¿Ha vuelto la inspiración
a nuestro Taliesin?
–No exactamente. ¿No sabes? Chimo dice que la próxima
aventura la hace él.
Fabio sacó la cabeza del cajón.
–No fastidies.
–Sí, tío. Dice que tiene una historia genial y
que él será el master en la próxima partida.
Que vamos a alucinar.
Fabio ladeó la cabeza.
–¿Lo sabe ya Alex?
–No.
–¿Y vas a decírselo?
–¿Decirme el qué?
Los dos se giraron rápidamente. Alex, un chaval rubio, con
cara de pillo y algo desarreglado, los miraba con curiosidad.
–Que te lo explique Víctor –dijo Fabio rápidamente–.
Él me lo ha contado a mí.
–¿Qué noticia? –quiso saber Alex.
Víctor lanzó a Fabio una mirada asesina. El chico se
encogió de hombros.
–¿Qué noticia? –repitió Alex, ya
algo mosqueado.
Víctor se aclaró la garganta.
–Ejem… Verás… este mediodía me ha
llamado Chimo por teléfono.
–¿Y?
–Dice que este sábado tenemos partida.
–¿Ah, sí? Pues tendré que inventar algo,
y rápido. No tengo ninguna aventura preparada.
–De eso se trata. Dice que él sí tiene una aventura
pensada, y que es una pasada.
Alex se quedó callado un momento, como meditando. Luego dirigió
a sus amigos una mirada dolida.
–Traidores –se lamentó–. Eso es competencia
desleal. Yo soy el master oficial de los Sectarios, el iszishualable
bardo Taliesin, el que inventa las historias… pero hasta los
mejores bardos tenemos épocas de sequía.
–Es que tu sequía duraba ya un mes –se le ocurrió
decir a Víctor; en seguida Alex empezó a protestar de
nuevo:
–No me pasáis una, tíos. ¿Qué es
un mes de sequía? Nada, cuatro sábados. Y ya quiere
el ilusionista ése de tres al cuarto quitarme el puesto que
tan merecidamente yo…
–Corta el rollo, tío. Es sólo una aventura. Y
después, si se te ocurren más a ti, pues seguirás
tú.
–¿Tú qué opinas, Fabio?
Fabio sonrió y se encogió de hombros de nuevo. Se cargó
la mochila al hombro y les indicó con un gesto que ya estaba
listo para marcharse.
Los tres amigos salieron del aula sin una palabra. Bajaron las escaleras
en silencio, hasta que Alex comentó:
–Por cierto: ¿por qué no ha venido a clase ese
suplantador?
–No lo sé –respondió Víctor–.
Cuando me ha llamado estaba bastante entusiasmado con su idea. Quizá
se ha quedado en casa escribiendo la aventura.
Fabio sintió de pronto una mano sobre su hombro, y se volvió.
Una chica rubia les había estado esperando en la puerta. Era
guapa, e iba muy bien vestida. Fabio la conocía de vista: iba
a la otra clase; era una típica “niña bien”,
y despertaba distintos tipos de sentimientos entre sus amigos. Alex
no la soportaba, a Víctor le resultaba indiferente, y Chimo
la admiraba en secreto.
Se llamaba Alicia.
–Os he estado esperando… –dijo ella, pero Alex la
interrumpió:
–Ya lo vemos.
–…porque quiero hablar con vosotros –prosiguió
ella sin hacerle caso–. Chimo me ha llamado este mediodía
y me ha dicho que puedo participar en vuestra nueva aventura de rol.
Alex resopló por lo bajo, y Fabio y Víctor cruzaron
una mirada.
Alicia llevaba tiempo insinuando que quería unirse a ellos,
pero Alex, que era el master, siempre se las arreglaba para dejarla
fuera.
Estaba claro que Chimo, que no sentía por ella lo mismo que
él, había aprovechado la ocasión para aceptarla
en el grupo.
–Este Raist… –comentó Víctor, refiriéndose
a Chimo por su nombre de Sectario.
–¿Qué pasa? –protestó Alicia–.
¿Es porque soy una chica, so machistas?
–No –replicó Alex–. Es porque eres una niña
pija y creída.
Alicia abrió la boca para replicar, pero no dijo nada. Fabio
le lanzó a Alex una mirada de advertencia: se estaba pasando.
Pero sabía que tenía razón. Aunque habitualmente
el club de rol de los Sectarios estaba constituido por cuatro chicos,
a veces habían participado chicas en alguna aventura. Alicia,
nunca; y, a pesar de que Chimo se hubiese quedado embobado mirándola
alguna vez, Fabio no la echaba de menos. No le tenía manía,
como Alex, pero no sentía el menor interés en conocerla
mejor; su intuición le decía que podía traerles
problemas.
–A veces creo que de verdad parecéis una secta –murmujeó
Alicia.
Víctor se rió, y Alex sonrió también.
El nombre se remontaba a los inicios del club, tres años atrás.
Un profesor los había pillado reunidos en un recreo preparando
una aventura, y había dicho algo parecido: “Parecéis
una secta en pleno conciliábulo, chicos”.
Fabio, que iba delante, se detuvo a pocos metros de la puerta del
instituto. Una figura les esperaba apoyada contra el muro. Era un
chico no muy alto, de pelo castaño y con gafas. Llevaba una
camisa a cuadros, por fuera del pantalón vaquero.
–¡Raist! –lo saludó Alex–. ¡Traidor,
robapuestos! ¿Qué es eso de que tienes una aventura
preparada?
Chimo sonrió.
–Es algo flipante, os lo aseguro –dijo cuando tuvo a sus
amigos (y a Alicia, aunque algo más apartada) reunidos en torno
a él–. Tuve un sueño anoche y no he parado de
darle vueltas… en serio, va a ser la aventura más alucinante
que hayáis jugado, todos vosotros.
–Ya será menos… –empezó Alex, pero
Víctor le interrumpió para empezar a hacer preguntas:
–¿En serio? ¿Y dónde se desarrolla? ¿En
los Reinos Olvidados, en Krynn, en la Tierra Media?
Chimo negaba con la cabeza, sonriente.
–Bueno, y, entonces, ¿qué mundo es? –preguntó
Alex, intrigado.
Chimo hizo una pausa muy teatral antes de soltar:
–Un mundo nuevo que estoy inventando.
Reinó un silencio incrédulo.
–Que sí, tíos. Que estoy inventando un mundo,
yo solo; tengo mapas, esquemas, descripciones de criaturas y de razas,
panteón de dioses y diosas, resúmenes de la historia
reciente de cada reino, planos de ciudades…
–Embustero –soltó Alex–. ¿Y dices
que se te ocurrió la idea ayer?
–Claro. He estado trabajando en ello toda la mañana.
–¡Así que eso era lo que hacías en clase
de lengua, cuando la profe no dejaba de mirarte!
–Y en clase de mates, y en clase de historia… en la de
inglés ha estado más chungo, así que decidí
no venir a clase por la tarde. Bueno, en fin –concluyó–,
que os reto a todos a jugar a “El Desafío de Zhur”.
–¿El desafío de qué?
–El Desafío de Zhur –repitió Chimo; pronunciaba
la “Z” de una manera curiosa, como si fuera un zumbido–.
Así que no faltéis: el sábado, a las cinco, en
mi casa. Ah, por cierto –dio una mirada circular–, buscad
a otras dos personas. Tenéis que ser seis.
–¿Cómo seis? –se escandalizó Alex–.
¡Los Sectarios oficiales sólo somos cuatro!
–Podemos hablar con Eva –intervino Fabio–. Si no
tiene otros planes, tal vez le gustaría apuntarse.
–Buena idea –aprobó Chimo–. Además,
como soy el master ahora, os habéis quedado sin mago.
Chimo no quiso contarles más. Cuando quedó claro que
ya no soltaría prenda, se despidieron, y cada cual se fue a
su casa.
Por el camino, Fabio no dejaba de darle vueltas a todo lo que les
había contado el nuevo master. El Desafío de Zhur…
¿Realmente era Chimo tan creativo como para haber inventado
no sólo una aventura, sino todo un mundo, él solo?
Fabio sacudió la cabeza. Después de tres años
de vida, el club de rol de los Sectarios había probado casi
todos los juegos de rol de fantasía épica que habían
caído en sus zarpas. Dungeons and Dragons, Rolemaster, Reinos
Olvidados… Y siempre eran ellos cuatro y alguno más.
Víctor era un caballero (su pseudónimo, Sturm, aludía
al conocido caballero de la saga Dragonlance), Chimo un mago (y también
había elegido por nombre uno de la Dragonlance: el del hechicero
Raistlin), y él, Fabio, era un sigiloso y eszishmático
drow, un elfo oscuro, y su alias era Drizzt Do´Urden, el nombre
del famoso drow de los Reinos Olvidados. Cuando no hacía de
master, Alex era un bardo, un juglar o un ladrón. Le gustaba
firmar como Taliesin en honor al bardo del ciclo artúrico.
A veces, también habían jugado otras personas: su vecina
Eva, su hermana Susana.
Fabio torció el gesto. Susana era un año menor que él,
y no siempre se llevaban bien. En aquel momento no estaban pasando
una buena época, así que decidió no hablarle
de la nueva aventura de Chimo. Esperaba que sus amigos encontrasen
a cualquier otra persona; y, si no, no pasaba nada.
Con Eva era otra cosa.
Cuando llegó a su portal, en lugar de subir directamente a
casa, detuvo el ascensor dos pisos más abajo, y llamó
a su puerta.
La propia Eva salió a abrirle. Era una chica serena y tranquila,
pero siempre agradable. Llevaba el cabello pelirrojo tan corto como
el de un chico, solía vestir ropas cómodas y de colorines,
estilo hippie, e iba en bici a todas partes. También iba al
mismo instituto que ellos, pero casi nunca asistía a clase,
pese a lo cual sacaba buenas notas. A Fabio aquello le parecía
casi milagroso, hasta que averiguó que las horas que Eva no
pasaba en clase las pasaba en la biblioteca, leyendo todo lo que caía
en sus manos. “Soy autodidacta”, le había dicho
ella (Fabio había tenido que buscar la palabra en el diccionario),
“se aprende más, pero hay que ser constante”.
–¡Hombre, pero si es nuestro amigo Drizzt! –saludó
ella con una sonrisa–. ¿Qué te trae por aquí?
–“El Desafío de Zhur” –respondió
Fabio, devolviéndole la sonrisa.
–¡Ah! ¿La aventura que está preparando Chimo?
A Fabio se le borró la sonrisa.
–¿Ya lo sabes? Esperaba poder contártelo yo.
Eva alzó una mano, y el chico pudo ver lo que sostenía
en ella: un bloc de dibujo.
–Chimo se ha puesto en contacto conmigo esta tarde –explicó–,
porque necesitaba bocetos.
Fabio sonrió. Nadie dibujaba elfos, dragones, orcos o magos
como Eva, y a menudo los Sectarios le pedían que hiciese bocetos
para ilustrar sus aventuras.
–Pero no me dijo nada de jugar –añadió Eva.
–Se le olvidaría –respondió Fabio, cogiendo
el bloc que le tendía ella–. Pero a mí me ha dicho
que era buena idea que participases.
Observó los dibujos con interés. Había una elfa
con una túnica blanca y un báculo, un caballero y una
guerrera que exhibía una gran espada y dejaba al descubierto,
entre el cuero y el metal, unas largas piernas y un generoso escote.
Todo esto le resultó reconocible. Pero había también
una extraña criatura encapuchada, vestida de trapos de los
pies a la cabeza, a la que sólo se le veían los ojos,
brillantes como brasas. Estaba además el dibujo de un ser alto
y delgado, sin cabello, con las orejas en punta y los miembros muy
largos, vestido con una túnica elegante y exótica.
–No he terminado, claro, porque no he tenido mucho tiempo –explicó
Eva–. Faltan tres personajes principales y algunas otras criaturas.
Por ejemplo, una especie de humanoide anfibio, una serpiente con alas…
–¿Un quetzacóatl?
–No. Una serpiente con alas de murciélago, sin plumas.
Y no lo confundas con un dragón.
–Ni hablar. ¿Y qué es esto?
–El de la capucha, no lo sé. Chimo me dijo el nombre,
pero no lo recuerdo. De todas formas, me dio una descripción
bastante exacta, así que creo que lo he dibujado bien. En cuanto
al otro, es un celeste.
–¿Un qué?
–Un celeste. Ahí no lo ves porque no lo he coloreado
aún, pero tiene la piel azul, como un pitufo.
Fabio devolvió el bloc a Eva con un suspiro.
–Se lo está currando –comentó ella–.
¿Qué se trae entre manos?
–No lo sé, y ojalá lo supiera. Para una vez que
nuestro mago decide montar una aventura, parece que la monta a lo
grande. Bueno, ¿te apuntas?
Eva pasaba el peso del cuerpo de una pierna a otra.
–No sé. Bueno, ¿dónde y cuándo?
–El sábado, a las cinco, en casa de Chimo.
–No te prometo nada.
Se despidieron, y Fabio subió a su casa. Eva nunca decía
que sí para no comprometerse, pero él había aprendido
que “No te prometo nada” significaba que había
bastantes posibilidades de que apareciese.
Aquella noche, antes de dormir, se preguntó de nuevo en qué
consistiría aquel “Desafío de Zhur”, y por
qué había decidió Chimo hacerlo todo tan complicado.
Cada uno de sus amigos, en sus respectivas casas, se estaban preguntando
exactamente lo mismo.
