Título: El desafío de Zhur

10– Esto no es un juego

Eva encendió la última vela y contempló en silencio cómo la llama chisporroteaba para alzarse finamente hacia arriba, temblorosa. La chica suspiró y volvió a su lugar en la habitación.
–Estamos todos ya, ¿no? –dijo, sentándose sobre un cojín multicolor.
–Falta Alicia –dijo Víctor.
–No la he llamado. ¿Para qué? Ella ya no está en el juego. Se ha retirado.
–Y ha hecho bien –murmuró Alex–. No sé dónde nos hemos metido, tíos, pero no me gusta nada.
Susana suspiró, asustada, y apoyó la cabeza en el hombro de su hermano. Fabio la miró un momento; acababa de contarle lo que había hecho días antes, en la azotea, y la chica se había quedado de piedra: no recordaba absolutamente nada.
–Estamos todos –dijo Fabio–. Todos menos Chimo. ¿Por qué?
Eva le miró un momento.
–Es evidente. ¿Recuerdas lo que te dije el otro día en la azotea del instituto?
–Claro, tu famosa teoría de la dimensión paralela. Creo que soy el único que la conoce, ¿no?
Los demás les miraban interesados. Eva les explicó en pocas palabras lo que le había contado a Fabio, y las reacciones fueron diversas: Víctor adoptó una expresión de incredulidad, Susana abrió mucho los ojos y Alex se mordió el labio inferior, muy nervioso.
–De modo que crees que nuestros personajes del juego existen de verdad –intentó concretar Víctor.
–Pero en otra dimensión –asintió Eva–. ¿Habéis oído hablar del Multiverso?
–No –dijo Susana–. ¿Qué es eso?
–Es una teoría que dice que no existe un Universo, sino un Multiverso. Infinitas dimensiones paralelas. Es como si todas las posibilidades tuviesen una realización concreta en algún otro plano, es decir… como si todo lo que imaginas ya existiese en otra dimensión. Si son infinitas las posibilidades, también son infinitos los planos de existencia.
>> Yo creo que este mundo en el que estamos jugando no fue una invención de Chimo, sino una especie de visión.
–Y crees que, de alguna forma, cada uno de nosotros ha contactado con gente que ya existe… –dedujo Alex–; que, por ejemplo, mi mente está unida a la de Huril, el bardo, ¿no?
–Me parece absurdo –dijo Víctor.
Alex inclinó la cabeza.
–No sé qué quieres que te diga. Yo vi a ese insecto del desierto, y fue demasiado real. Sé que tengo mucha imaginación, pero no soy un alucinado. Reconoce que en tres años jugando a rol nunca hemos tenido que reunirnos porque pasaban cosas raras.
–Pero, vamos a ver, ¿qué cosas raras? ¿Y si son todo coincidencias?
–¿Mi hermana manejando una barra de hierro como una perfecta espadachina, cuando no ha hecho en su vida más deporte del que le mandaba la profesora de educación física? –Fabio negó con la cabeza–. No, no lo creo. Y, por cierto, Víctor, ¿qué te pasa en la mano?
Víctor se sobresaltó y se miró la mano izquierda, que parecía encogida sobre sí misma.
–Pues… no lo sé. No la siento. Pensaba ir al médico, pero…
–Víctor, tío, eso no me gusta nada –dijo Alex, palideciendo–. Tu personaje perdió la mano izquierda en la lucha contra el bicho gigante.
Hubo un breve silencio.
–Bueno –dijo entonces Víctor–. Tal vez todo esto no sea más que una pesadilla, ¿no creéis?
–Si lo es, despertaremos algún día –razonó Eva–. Y no pasará nada. Pero, ¿y si no lo es, Víctor?
–Por eso nos has reunido hoy aquí, ¿no? –murmuró Fabio–. Para decidir qué vamos a hacer.
–¿Eran necesarias las velas, el incienso y el ambiente esotérico? –gruñó Víctor.
–Pues a mí me mola –replicó Alex.
Eva esbozó una leve sonrisa.
–Perdonad. Me gustan este tipo de cosas. Soy la maga, ya sabéis.
–Pero antes, el mago era Chimo, y ahora es el master –dijo Fabio–. ¿Qué ibas a decirnos sobre él?
Ella no respondió enseguida. Se quedó mirando un momento la sombra que proyectaba su cuerpo contra la pared. Al igual que la luz de la vela, era temblorosa, y estaba deformada.
–Volvamos de nuevo a la historia a la que estamos jugando –dijo por fin–: seis individuos son retados por un séptimo, en nombre de una serie de dioses, para participar en una especie de juego de supervivencia. Nosotros somos esos seis. ¿Y quién es el séptimo?
Hubo un silencio incrédulo, lleno de espanto ante la idea que estaba sugiriendo Eva.
–Pensadlo bien –insistió ella–. Si nos disparan los wibbas, ¿quién tira los dados por ellos? Si nos ataca un insecto gigante, ¿quién lo maneja? Si nos tropezamos con una tropa de hombres serpiente, ¿quién los ha puesto ahí? ¿Quién habla por los yan, quién hace cantar al hada del bosque?
–Bueno, pero él es el master –replicó Víctor, algo incómodo–. Es lógico que lo haga. También hablaba por los magos de la Torre de los Sortilegios, o por los sacerdotes enanos de Shurik…
–¿Quién ha inventado el juego, Víctor? ¿Quién nos ha retado a todos a jugar a “El Desafío de Zhur”?
–El propio Zhur –dijo Alex a media voz.
Víctor se levantó exasperado.
–Esto es de locos –dijo–. Eva, tú no estás bien de la cabeza. Díselo, Fabio.
Pero Fabio inclinó la cabeza.
–Yo pensaba como tú, Víctor. Pero son demasiadas casualidades. Ahora, ya no sé qué pensar.
–Entonces, ¿es Chimo el que se ha vuelto loco? –quiso saber Alex.
Eva alzó las manos, tratando de poner paz.
–Eh, eh, basta ya. Aquí nadie está loco. Siéntate, Víctor.
Víctor obedeció.
–Yo no he dicho que Chimo esté loco, ni que sea un cabrón. Creo que él no lo empezó todo. O, al menos, no directamente.
–¿Qué quieres decir?
–¿Recordáis la forma en que inventó el juego? “Una absoluta inspiración”, dijo. En una noche se le ocurrió todo, con todo lujo de detalles, como una avalancha de información.
>> Así empezó todo. Chimo fue el primer puente. El contacto.
–Habla más claro, tía –protestó Víctor–, que, con eso de que eres la maga, te da mucho por usar jeroglíficos…
Fabio apoyó la frente sobre las palmas de las manos. Sus sienes ardían.
–Está claro –dijo a media voz–. Zhur se puso en contacto con Chimo, y le dijo todo lo que tenía que hacer. Según Eva, nuestro malvado mago controla la mente de Chimo de alguna forma. Pero, ¿por qué?
Eva se encogió de hombros.
–Eso es lo que no sé. Sólo sé que, al adoptar la identidad de esas personas, y jugar por ellas en un juego de rol, estamos haciendo cada vez más delgada la línea que separa ambos mundos. Probablemente, es eso lo que Zhur quería. Pero no sé por qué.
–Has dicho que jugamos por ellos –dijo Alex–. Entonces, ¿quieres decir que, cada vez que tiramos los dados, depende de nosotros el destino de nuestros personajes en otra dimensión?
–No. Creo que hay una especie de interacción.
–¿Una qué? –intervino Susana.
–Quiero decir que puede que, si te sale mal una tirada, es porque a tu personaje le ha salido mal la acción, y no al revés. No lo sé. Puede que sea eso, o puede que Alex tenga razón, y el destino de esas personas dependa de nuestros dados. No lo sé, y ojalá lo supiera.
Fabio alzó la cabeza.
–¿Y si no tienes razón, Eva?
–¿Qué quieres decir? Tiene bastante sentido, ¿no?
–Sí, tiene sentido. Pero tal vez la explicación que buscas es la que no tiene lógica ni sentido. Cuando se trata de lo extraordinario, puede que no consigas encontrar nunca ninguna explicación.
Calló un momento, con la mirada perdida, antes de añadir:
–Puede que nunca lleguemos a saber lo que está pasando realmente.
Nadie respondió.
–Yo estoy asustada –dijo entonces Susana, al cabo de un rato–. Según todo esto, yo sigo hechizada. En cualquier momento puedo volver a atacaros. ¿Qué voy a hacer?
–Tienes dos posibilidades –respondió Eva–. Puedes seguir jugando y esperar a que alguien te levante el hechizo… es decir, que se lo levante a Iona…
–O puedes abandonar ya, como ha hecho Alicia –concluyó Fabio.
–Lo malo es que no sabremos si vas a seguir hechizada o qué.
Alex se balanceaba hacia adelante y hacia atrás, nervioso.
–Alicia no abandonó –les recordó–. Han matado a su personaje.
–Y el vínculo entre ambas, entre Alicia y Tamina, se ha roto –dijo Eva–. Entonces lo mejor que podemos hacer es seguir jugando y dejarnos matar, uno tras otro. Pero, en tal caso, Zhur habría vencido, y me temo que eso era lo que el quería, cuando lanzó su Desafío.
–Además –dijo Fabio–, si abandonamos ahora, ¿qué va a pasar con Chimo?
Alex no dijo nada. Rehuía la mirada de Fabio.
–Si llegamos hasta el final del juego y derrotamos a Zhur, el vínculo entre él y Chimo desaparecerá –dijo Eva–. Y, presumiblemente, toda su obra también, y todo volverá a ser como antes.
>> Si abandonamos ahora, puede que nos dejemos atrás a Chimo. Y no quiero ni pensar qué pasaría con Zhur.
–Es una decisión difícil –dijo Alex–. Ya me conocéis: nunca he sido un héroe. Me gusta mi vida, me gusta mi barrio, hasta me gusta el insti… quitando algunos profesores, claro. Me gusta jugar a rol, porque vives aventuras, pero nunca te pasa nada malo. Es como las pelis: cuando acaban, todo vuelve a la normalidad, y sales del cine y te encuentras con la calle, los coches, la gente, como siempre. Me gusta inventar historias, pero para que otros las vivan por mí
Miró a sus amigos.
–No quiero que mi vida cambie.
Alex calló. Víctor desvió la mirada. El silencio era incómodo, y Fabio se sintió obligado a decir algo.
–Tengo miedo –confesó–. No es que tenga miedo del peligro, ni de las aventuras. Simplemente tengo miedo de que todo esto sea una gran mentira; tengo miedo de cruzar la línea y no saber volver. Una cosa es imaginar una historia, y otra, muy distinta, es creérsela de verdad. Si todo lo que dice Eva es cierto, yo seguiré hasta el final, a través de la Tierra de los Dragones y hasta el Límite del Mundo, a plantarle cara a ese Zhur.
Hizo una breve pausa. Después alzó la mirada y concluyó:
–Pero, ¿y si no es verdad?
Eva colocó una mano sobre su hombro, en ademán tranquilizador:
–¿Tú sabes cuánta gente en el mundo, y a lo largo de la historia, ha luchado por una mentira? Si todo esto es una gran mentira, Fabio, tú no vas a hacer daño a nadie luchando por ella. En cambio, hoy en día existe gente que mata a gente por grandes mentiras. Y muchos de ellos están en el poder, y ha habido gente que les ha votado.
>> Si todo esto es mentira, sólo te perjudica a ti. Por tanto, sólo tú tienes derecho a decidir.
Fabio la miró. Siempre había sabido que su amiga era muy sabia, pero en aquel momento le impresionó más que nunca.
–Todo el mundo tiene derecho a elegir su verdad o su mentira –concluyó ella–. Lo que nunca debe hacer es tratar de imponerla a los demás.
–Tú tienes miedo de lo que diga la gente de ti –dijo Susana–. Tienes miedo de que digan que estás chiflado.
Eva sonrió y sacudió la cabeza.
–Vivimos en un mundo que no acepta a la gente diferente –dijo–. Si logran convencerte de que estás chiflado, puede que te lo creas y termines chiflado de verdad, Fabio. Ése es el riesgo.
Fabio inclinó la cabeza.
–Sigo confundido –dijo.
–De momento, lo único que tendríamos que hacer es seguir la partida, como hasta ahora. Puede que no nos haga falta saltar al otro lado, Fabio.
–¿Saltar al otro lado? –repitieron Alex y Susana a la vez.
–¿Cruzar a la otra dimensión? –dijo Fabio–. ¿Eso puede hacerse?
–No lo sé. Puede que sí, puede que no. En cualquier caso, no debéis olvidar que es a Zhur a quien debemos derrotar, y no a Chimo. Y Zhur está allí, no aquí.
–Tal vez ellos logren hacerlo por nosotros –dijo Susana–. Quizá, en el fondo, no corramos ningún riesgo.
–Yo voy a seguir –anunció Eva.
–¿Por qué? –quiso saber Fabio.
Eva meditó la respuesta.
–No sé –dijo por fin–. Me siento responsable, eso es todo. Responsable por Kali, supongo. Y por la historia que hemos empezado. –Miró a su alrededor–. Yo creo que inventar una historia es como tener un hijo: nunca debes quedarte a mitad. Por eso voy a seguir. Pero vosotros no tenéis por qué hacerlo.
–Yo sigo –dijo Susana–. Al menos un acto más. Quiero asegurarme de que en el Oráculo van a deshacer el hechizo de Iona.
–Yo también seguiré un acto más –dijo Fabio–. Quiero saber si todo es real, o es mentira.
Víctor y Alex cruzaron una mirada.
–Llevo un buen rato pensando una cosa –murmuró Víctor–: si nuestros personajes existen… Tamina murió por Althon. Se sacrificó, ¿sabéis? Dio su vida por la de él. Seguro que él no se rendiría, y menos ahora.
>> Si todo es una casualidad, el juego es inofensivo y no pasará nada por que sigamos jugando. Si no lo es… –sacudió la cabeza–. Estoy confuso. ¿Quién decidió sacrificarse? ¿Fue Alicia o fue la sacerdotisa?
–No podemos saberlo –dijo Eva–. Puede que las dos ya fueran una.
–¿Por qué no se lo preguntas a ella? –sugirió Susana.
El rostro de Víctor se iluminó.
–Sí… sí, eso haré. Siento curiosidad. Quiero saber por qué lo hizo. Tal vez me diga que simplemente se cansó del juego y necesitaba una excusa para dejarlo…
–No, no lo creo. Hablaba de corazón cuando le dijo a Chimo que Tamina iba a entregar al caballero toda su energía vital.
Víctor alzó la cabeza, decidido.
–No sé qué está pasando, pero me da igual: seguiré. Quedan dos actos, ¿no?
–Dos y el último –corrigió Fabio.
–El séptimo –dijo Alex lúgubremente, y Fabio se estremeció involuntariamente.
Eva dio una mirada circular.
–¿Seguimos, entonces?
–Hasta ahora –dijo Susana–, lo único malo que ha pasado es lo de mi encantamiento. Lo más lógico sería que, en cuanto se deshaga en el juego, yo deje de hacer cosas raras, ¿no creéis?
Hubo un nuevo silencio. Cuatro pares de ojos se centraron entonces en Alex, que sonrió, incómodo.
–Bueno, vale –dijo–. No me voy a quedar atrás yo solo, ¿no?
–Nadie te obliga, Alex –dijo Fabio.
Alex no se atrevió a sostener su mirada.
–Pero yo me siento obligado.
–¿Por qué? No te vamos a mirar mal si abandonas. Nadie ha dicho nada en contra de Alicia.
–Ella ha abandonado de una forma heroica. Yo abandonaría como una rata.
–No digas chorradas. Es un juego.
–No, Fabio –Alex levantó la cabeza y, esta vez sí, clavó sus ojos en los de su amigo–. No es un juego, y lo sabes.
Fabio no supo qué decir.
–Voy a seguir –advirtió Alex–. No creáis que vais a divertiros sin mí, aventureros de poca monta.